Burocracia: ¿lastre imprescindible?


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Los artistas son artistas. Y, salvo raras excepciones, poco les gustan las formalidades, los trámites y los papeleos varios. Y es comprensible, las musas son las musas y una no puede elegir el momento en que vengan a visitarla. Sería cómodo, desde luego, pero no veo factible poder decirle a la musa que aparezca únicamente de 8 a 2, debidamente provista de su carnet de musa, con sus pólizas o su chip electrónico. La verdad, no lo veo.
Pero sea como sea, y les guste o no a los artistas y a su inspiración, todas las cosas tienen su trámites, y cada día más. Los teatros necesitan sus papeles en regla, los espectáculos la consabida licencia, las ganancias sus impuestos, los trabajadores su alta y cada cosa en su sitio. Y no queda otra que pasar por el aro, o resignarse a que no pueda alzarse el telón.
También nosotros tenemos nuestros trámites burocráticos. Cosas supuestamente ideadas para ayudarnos y que a veces no son sino un obstáculo más en nuestra paciencia y nuestro tiempo. Una sobre otra, como si alguien se empeñara en ponernos a prueba. ¿Hasta cuanto son capaces de soportar los togadillos sin sacarlos de quicio?, es lo que deben preguntarse. Pero igual cualquier día se llevan una sorpresa, que todo tiene un límite. O no.
Y es que alguien pensará que exagero. Pero si me dieran un euro por cada hora que he perdido haciendo trámites que poco o nada tienen que ver con el trabajo que según la ley desempeño, estoy segura que tendría para dedicarme a la Dolce Vita sin necesitar de dar un palo al agua nunca más. Después, por supuesto, de haber tramitado con todos sus papeles mi excedencia. Pero no caerá esa breva. Si el estado nos diera un euro por cada hora tirada en esas cosas, a buen seguro estaría en la más absoluta de las miserias. Por siempre jamás.
Por eso, para demostrar que de exagerada, nada, y que más bien me quedo corta, solo daré algunas pinceladas. Porque si pintara el cuadro entero se acabarían las existencias de pintura. Y, sin duda alguna, la paciencia de los lectores.
Pero vayamos con un ejemplo práctico. La dichosa estadística –que ya tuvo su estreno- que nos obligan a rellenar periódicamente –cada mes en mi caso-. Y que a todos les toca. Cuando empecé mi vida toguitaconada, la rellenábamos a mano, con palotes. Cuando llegaron los ordenadores, y los programas informáticos, pensamos que el programa haría ese trabajo. Vana ilusión. Continuamos con los palotes, aunque, en un momento dado, nos obligaron a rellenarlas también informáticamente. Eso sí, después de haber anotado todo a mano con los mismos palotes que siempre. Doble faena. Y a cada actualización, más cosotosa se hace, más datos piden y más pegas ponen. Y lo mejor de todo es cuando, llegado el momento de la memoria anual, alguien te llama y te alerta de que los datos no coinciden. “Entonces, ¿tienen los datos salidos del programa?”, preguntó un compañero con inocencia. Y le contestaron que sí, de modo que una no alcanza a comprender para qué tanto palote si ya lo tenían en ese remoto lugar donde van a parar los datos del programa. El Triángulo de las Bermudas Judicial, ese sitio donde son abducidos los datos para no regresar jamás. Y solo se me ocurren dos respuestas: o no se fían del programa, o se trata de un método especial de tortura. O tal vez es una suerte de entrenamiento de alto rendimiento para una Misión Top Secret que aún no nos han desvelado.
Pero parece que este método está de moda y se va implantando. Tai chi jurídico. Con un masaje reiki que en vez de piedras gasta expedientes. Tal vez sea ese el espíritu que informó la creación de lexnet, y nosotros sin saberlo.
Y, como en todas partes cuecen habas, hay otros papelotes que me llaman la atención. Todos los que tienen que hacer los abogados del turno de oficio cada vez que hacen una asistencia. Allí se sientan con su carpeta llena de impresos, formularios y talones con su copia y todo, tratando de explicar al indignado detenido, o a la atribulada víctima a los que atienden, que por favor le firmen todo aquello porque lo necesitan. Y hasta a veces se tienen que prestar los papelitos los unos a los otros, porque es imprevisible la cantidad de asistencias de un día de guardia y tal vez se quedaron cortos. Quizás por ello esas declaraciones de cierto mandamás de que si no les pagan a tiempo es por problemas administrativos, que hay que tener perendengues para soltar eso y quedarse tan fresco. Con el calor que hace y lo caldeados que andan los ánimos.
Todo ello sin olvidar, por supuesto, esos prodigios tecnológicos que necesitamos en nuestro día a día y que son los sellos y membretes. Con sus fechas y sus colores, y su tinta que te mancha las manos como cuando el boli bic desparramaba su contenido en la mochila del colegio. Y que no se le ocurra a nadie prescindir de ellos, porque ya está el lío armado. Hasta el punto que son varias las resoluciones que, en caso de conflicto por cómputo de plazos, dan prevalencia a la fecha consignada en la estampación del sello que a la que consta en el ordenador. Modernidad en estado puro, vaya.
Y las dichosas copias. Que por más que nos quieran vender eso del papel 0, las copias se presentan en papel como toda la vida. Faltaría más. Ni que esto fuera la NASA.
Así que hoy el aplauso, aunque pudiera parecerlo, no es para los cuños, los posits, los impresos, las copias ni los palotes. Es para los que aguantamos todo eso sin decir por dónde opinamos que se podían meter todas estas gaitas quienes las idearon y quienes siguen inventándolas. Pero que no se confíen, que cualquier día alguien no podrá soportarlo más. Y pobre del que le pille cerca.

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3 pensamientos en “Burocracia: ¿lastre imprescindible?

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