Trata: no hay trato


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Muchas son las obras que han tratado el tema de la prostitución y la trata de sereshumanos. Pero la vida real poco tiene que ver con la simpática Irma la Dulce o la almibarada Pretty Woman

Cercano el día contra la Trata nuestro escenario quiere expresar su más enérgica repulsa a este modo de esclavitud cruel y terrible.

Y lo hace de nuevo con un relato.

Vaya desde aqui la solidaridad con las víctimas y el aplauso a quienes luchan contra ello.

 

LA HERMANA QUE PERDI

Cuando recibí aquella llamada, no podía suponer que, además de perturbar mi sueño, iba a cambiar mi vida. Pensaba que era una de aquellas llamadas intempestivas con que de vez en cuando me obsequiaba algún cliente insatisfecho, o alguno que otro pillado en una fechoría. Es lo que tenía mi vida de abogada y, visto el nivel de mis asuntos, de abogada de causas perdidas.
Pero aquello no tenía nada que ver con mi oficio, ni con nada que me esperara en aquellos momentos. Aunque, en el fondo de mí misma, sabía que algún día llegaría algo así. Solo era cuestión de tiempo. Y, al parecer, el tiempo había llegado.
Cuando oí preguntar por mí al otro lado de la línea telefónica, ya me percaté que aquella no era una de esas conversaciones a las que estaba acostumbrada. Y, cuando me preguntaron si la conocía, mis sospechas se confirmaron. Y el corazón me empezó a latir a un ritmo desbocado, como si fuera a salírseme por la boca. Precisamente, ese corazón al que le faltaba un trozo desde que ella desapareció de mi vida.
Raquel era mi hermana melliza, mi otra mitad. Había sido una parte insustituible de mi vida. Y cuando desapareció, esa parte se fue con ella para no volver jamás. Pero siempre albergué la esperanza de que esa parte reaparecería en algún momento, y recuperaríamos el tiempo perdido. Y ahora esa llamada me decía que aquello nunca tendría lugar.
Me vestí a toda prisa y bajé a la calle para buscar un taxi. Estaba tan alterada que ni siquiera atiné a encontrar las llaves de mi coche. De todos modos, como no sabía dónde estaba la dirección que me facilitaron, sería lo mejor para encontrar el lugar.
Quien me llamó fue un policía, amigo de un amigo mío, al que conocía por mor de mi oficio. Me hizo el favor de darme la noticia antes de que me hicieran la comunicación oficial, aunque ante el contenido de la misma, no fui capaz de agradecerle el detalle. Pero eso era lo de menos.
Aquella voz desconocida me comunicaba que en una casa abandonada de un barrio marginal, habían hallado el cadáver de una mujer, cuyos apellidos coincidían con los míos. Su nombre era Raquel. Y no había ninguna duda de que era mi hermana, esa hermana que se me perdió un día para siempre. Aunque yo, por aquel entonces, pensaba que siempre era demasiado tiempo.
No especificó demasiado. Supongo que la delicadeza, o tal vez la confidencialidad de la llamada, le hizo ahorrarme detalles escabrosos. O tal vez no sabía más. Pero no tardaría en enterarme de todo. Y no sabía si prefería demorar el momento o acelerarlo.
El taxi seguía la carrera que me llevaba a aquel sitio. Aún no entiendo como aquel hombre podía conducir tranquilamente sin percatarse que me llevaba a un punto sin retorno. Y sin darse cuenta que estaba a punto del colapso. Pero, claro, él qué iba a saber. Aquel era su trabajo.
No tardamos en llegar. El sitio era francamente horroroso. Entre las pocas casas que había, ninguna se mantenía en condiciones habitables, y el resto eran chabolas rodeadas de basura y toda clase de desperdicios. Jamás hubiera imaginado que pudiera haber un sitio así en mi propia ciudad, pero no solo lo había, sino que me había tocado ir allí en busca de mi hermana… o de lo que quedara de ella.
Cuando llegué, ya estaba toda la parafernalia organizada. Coches de policía, varios agentes uniformados y la consiguiente cinta cercando el lugar. Respiré hondo, y me acerqué a uno de ellos identificándome como la hermana de Raquel. Me miró con una cara de infinita tristeza –o al menos eso me pareció- y me dijo que esperara. Habló con alguien y enseguida se acercó a mí una mujer policía que me dijo que la acompañara. Obedecí sumisa, y me encaminé junto con ella a lo más parecido a un lugar tranquilo que pudimos hallar por allí. Y entonces me contó todo.
Aquel era, como yo ya suponía, un lugar donde se refugiaba la gente que ya no tenía donde refugiarse. El tráfico de todo tipo de sustancias era una constante y, por desgracia también lo eran las reyertas y las muertes, en extrañas o no tan extrañas circunstancias. El caso de Raquel no era una excepción.
A aquella amable agente uniformada parecía costarle la vida proporcionarme toda aquella información. Pudiera decirse que casi sufría más que yo. Hube de asegurarle una y mil veces que hacía más de siete años que no había tenido ningún contacto con mi hermana para que siguiera con la historia sin dar por sobreentendido ninguno de los detalles escabrosos. Y se resignó finalmente a no ahorrarme ninguno de ellos.
Aquella mujer que identificaron como Raquel era una prostituta, vieja conocida de la policía. Ignoraba cómo habría llegado a ese punto, pero sabía con toda certeza que era adicta a la cocaína y a varias sustancias más. Trapicheaba con drogas, con efectos robados o con lo que surgiera con tal de sacar algo de dinero para sufragarse la adicción. Había pisado los calabozos varias veces, pero nunca había llegado a ingresar en prisión. Aunque, según la agente, tarde o temprano lo hubiera hecho de no haberle sucedido lo que le había sucedido. Aquello que aun no me había contado.
Habían encontrado el cuerpo de Raquel varios días después de su muerte. Las terribles condiciones higiénicas del lugar, y las veinticinco puñaladas que le habían asestado la habían dejado en un estado que no era nada recomendable que yo viera. En cualquier caso, me dijo que tampoco la reconocería con facilidad, dado el deterioro que ella había sufrido y el tiempo que hacía que yo no la veía. Estaba claramente identificada por su documentación y sus efectos personales, así que poco había que investigar. Y muchos policías la conocían más que de sobra.
Llevada por sus consejos, desistí de todo intento de ver el cuerpo sin vida de Raquel. Aunque nunca he sido especialmente aprensiva, preferí quedarme con la imagen que guardaba de mi hermana el día que desapareció de mi vida, aquel día más de siete años atrás.
Después de formalizar todos los trámites administrativos, asegurar que me haría cargo de las exequias y dejar mis datos personales para que me localizaran cuando fuera preciso, acepté el amable ofrecimiento de un coche para llevarme a casa, y abandoné aquel lugar que durante mucho tiempo poblaría mis pesadillas. Al fin y al cabo, allí ya no tenía nada que hacer.
Los días siguientes se me aparecen como envueltos en una bruma. Me pasé horas y horas buscando y rebuscando en mi casa todos los recuerdos de mi hermana que el rencor no había destruido. Me maldije una y mil veces por no haber cedido a la soberbia y haber podido ayudarle, y di gracias a que mis padres ya no estuvieran en este mundo y se hubieran evitado algo que a buen seguro les hubiera matado de no estar ya muertos. Y empecé a hacerme a la idea de que tendría que pasar el resto de mi vida con otra pesada carga más a cuestas.
A pesar de que mis amigos me recomendaban pasar página, estaba empeñada en reconstruir la vida de mi hermana. Quería saber a toda costa qué la había llevado a rodar por esa pendiente cuesta abajo hasta acabar de la peor manera posible. Pero, sobre todo, quería quitarme de encima ese insoportable peso que me hacía sentirme culpable. Aunque nunca lo reconocí, anhelaba a toda costa encontrar un responsable que aliviara mi conciencia y me dejara seguir adelante tranquila. Pero no había manera.
Aunque por mi trabajo tenía algún que otro contacto del que echar mano, estos no eran demasiado importantes y el hilo se rompía antes siquiera de haberlo tensado. Por más que daba vueltas y vueltas, las pistas empezaban hacía no más de dos años, en que Raquel empezó a aparecer en las fichas policiales como una prostituta drogadicta y acabada. Y, en efecto, tal como auguró la mujer policía que me atendió aquella noche, su aspecto poco tenía que ver con la hermana que un día tuve. Incluso pude llegar a cruzármela por la calle sin reconocerla en absoluto, tal era su cambio. Pero, al margen de eso, no fui capaz de encontrar a nadie que la conociera mínimamente, ni compañeras, ni novios, y ni siquiera el proxeneta que debía tener. Nada de nada.
También probé con la prensa. Aunque no eran infrecuentes asesinatos como el de ella, este tipo de asuntos siempre tenían un componente morboso que los convertía en atractivos. Tampoco me hizo falta buscar demasiado. Apenas habían pasado unas horas desde el momento en que abandoné lo que pomposamente llaman la escena del crimen, y un reportero me localizó. Para mi sorpresa, sabía todavía menos que yo acerca de Raquel. Y he de reconocer que con ello se me desplomó un mito, porque yo pensaba que la prensa lo sabía todo siempre. Pero intercambiamos los números de teléfono y acordamos mantenernos en contacto por si alguno de ambos llegábamos a saber algo más. Pero, aunque volvimos a hablar varias veces, ninguno dio con nada nuevo.
La vida siguió adelante con su curso inexorable, ajena a mí y a mi dolor. Y poco a poco, como pasa siempre, la herida cicatrizó dejando una nueva zona muerta en mi alma que, de vez en cuando, despertaba en mitad de la noche en forma de pesadilla. Pero, aparte de eso, continuaba con mi existencia normal, con la única concesión de acudir cada quince días al lugar donde había esparcido las cenizas de mi hermana, una pequeña playa de difícil acceso a la que íbamos de pequeñas con mis padres, un bonito sitio donde me permitía a mi misma dar rienda suelta a mi melancolía y, a veces, hasta a mis lágrimas.
Aunque solía estar sola, de vez en cuando coincidía con algún otro solitario. Y, conforme se acercaba el buen tiempo, a buen seguro que habría por allí más gente. Pero en mis últimas visitas, me pareció que siempre andaba rondando por allí la misma persona, un hombre de caracteres borrosos que solo llamaba la atención por su elevada estatura. Quizás arrastrara una pena como la mía, no sé. O simplemente era otro solitario al que le gustaban las olas y el olor a sal. Pero jamás llegábamos a cruzarnos.
Cuando se cumplieron seis meses de la muerte de Raquel, decidí hacer algo especial y le compré un ramo de rosas blancas que pensaba arrojar al mar en su memoria. Aunque no era gran cosa, era una manera de recordarla, de hacer algo por ella. Y me dirigí al paraje de siempre.
Aquel día no había ninguna otra persona por allí. Ni siquiera aquel gigante taciturno con el que nunca llegaba a cruzarme. Anduve un rato por allí, arrojé parsimoniosamente mis rosas de una en una al mar, y me dirigí adonde tenía aparcado mi coche para volverme a casa, como siempre hacía. Allí, sentada sobre el capó, había una niña pelirroja sosteniendo entre sus manos las rosas que yo había arrojado al mar, chorreando agua salada. No dijo nada, pero me las dio con una sonrisa y un papel doblado, y salió corriendo. En aquella nota solo había dos palabras: “Gracias. Raquel”
Después de leerla, traté en balde de encontrar a la niña. Y me volvía a casa sin atender apenas a la carretera por la que conducía. Comencé a tejer fantasías. Aquella niña era pelirroja, como mi hermana y como yo misma, y, por la edad, podría ser hija de cualquiera de nosotras. No tendría más de seis años, con lo cual Raquel podría haberla tenido sin que yo supiera de su existencia. Y tal vez yo hubiera podido ayudarlas si me hubiera preocupado más.
Me entró la tentación de marcar el número de aquel reportero, pero desistí. Algo me decía que aquello formaba parte de un secreto que no debería airear, e hice caso a mi intuición. Pero las dudas me carcomían, y llegué a ir cada día hasta aquella playa. Y estrujaba la nota entre mis manos como si al hacerlo fuera a aparecer la clave que buscaba.
Hasta que una tarde volvía cruzarme con el hombre alto y taciturno. Y esta vez si se acercó a mí y me preguntó en voz baja si era la hermana de Raquel. Yo asentí, y le seguí sin rechistar hasta el lugar que me indicó con la cabeza, con la certeza de que no iba a hacerme daño.
No era su chulo, como yo había llegado a imaginar. Pero sí había sido su cliente, aunque su aspecto no era el de alguien que necesitara pagar por tener sexo. Y efectivamente, no lo necesitaba. Pertenecía a una organización que pretendía ayudar a las mujeres que se ven obligadas a prostituirse y acabar con quienes las explotan. Consiguió conectar con Raquel y alejarla de aquello, hasta el punto que ella misma se involucró en la organización y trataba de ayudar a otras chicas que tenían menos suerte que ellas Tuvieron aquella preciosa criatura que me había traído las flores, y todo parecía ir bien. .Pero la descubrieron, y ella tuvo que esconderse, fingiendo que volvía a su vida anterior. Y el resto, era historia.
Las lágrimas me caían a raudales cuando, a mis espaldas, una mujer pelirroja me daba un fuerte abrazo al tiempo que me indicaba por señas que callase. Y entonces las lágrimas llegaron a ahogarme.
Aquel cadáver no era el de ella, sino el de una infeliz que le robó días antes la documentación. Pero les había dado la solución a sus problemas. Oficialmente muerta, ya nadie la buscaría para ajustarles las cuentas.
Nadie más sabe que Raquel vive. Y yo sigo yendo cada quince días a aquella playa solitaria donde arrojé las cenizas de una desconocida. Y hoy, un año después de aquello, un gigante taciturno sonríe mientras dos mujeres pelirrojas arrojan una docena de rosas blancas al mar.

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