Mayores: ¿olvidados?


abuelitos
Cuando se piensa en el mundo del espectáculo, la mente viaja rápidamente al glamour, a la alfombra roja y a cierto estereotipo de belleza relacionado con personas de determinada edad. Las más rutilantes estrellas del panorama cinematográfico son jóvenes y bellas, más aun si de mujeres hablamos. Aquí parece que se lleva más lo de que el tiempo no pasa en balde que eso de veinte años son nada…
Pero no todo es así. Hay artistas que llevan su arte a las tablas hasta edades avanzadísimas. Siempre tuve debilidad por Aurora Redondo, actuando con más de 90 años, y este mismo año, sin ir más lejos, estaba nominada al Goya a la mejor actriz revelación toda una señora nonagenaria, Antonia Guzmán, por A Cambio de nada. Y es normal, ¿Cómo si no interpretar a tantos personajes de edad que han deleitado a la audiencia?. Desde El Abuelo hasta El Estanque Dorado, de Abuelo Made in Spain y toda la saga de Paco Martínez Soria a Sofia Petrillo y el resto de Las Chicas de Oro, pasando por los maduros románticos de Cartas a Julieta o los Puentes de Madison. Solo por citar a algunos. ¿O acaso tendría algún sentido nuestra Heidi de la infancia sin su abuelo, el cascarrabias pero tierno Viejo de los Alpes?
También en nuestro teatro tenemos grandes momentos con personajes mayores, abuelos o no. Ya he contado en más de una ocasión mi primer juicio, por la violación de una octogenaria realizada por un chico joven. Toda la vida llevaré conmigo a aquella buena mujer, que se negaba a contarme lo ocurrido porque yo era soltera, y no debía escuchar ciertas cosas. Y que solo se avino a declarar cuando le juré que tenía novio y me casaría en breve.
En honor a la verdad hay que decir que las personas de cierta edad siempre -o casi siempre- llegan a juicio antes de tiempo, perfectamente ataviadas para la ocasión, y con una buena dosis de nervios. Nunca las ví acudir con chanclas y atuendo de playa, como veía con frecuencia a muchos de los habituales de los juzgados de zonas de costa, que una no sabía si estaba en un juicio o en un after hour. Y en más de una ocasión, les he visto acudir al juzgado con sus nietos, en esa función de abuelos cuidadores que la sociedad actual les ha regalado, explicando tan ufanos que debían cuidar a la criatura, que no se la iba a llevar su hija al trabajo.
Y a una señora octogenaria corresponde una de las mejores descripciones que he oído nunca para identificar al autor de una atraco. “Tenía la tez y el pelo morenos, pero como de haber sido rubio de pequeño”. Glorioso. Ni que decir tiene que el delincuente fue localizado y dio con sus huesos en prisión por una temporada.
Pero no siempre sus intervenciones en nuestro teatro son tan tiernas. Y más de una vez me han hecho irme a casa con el corazón encogido, entre la pena y la indignación. Abuelos coraje que luchan como titanes por el derecho a ver a sus nietos, o por localizarlos. El espíritu de las Abuelas de Mayo. O, en otras ocasiones, de los Iaioflautas, que ser mayor no implica desistir de luchar por los derechos.
Y la peor parte viene cuando su aterrizaje en Toguilandia responde más a un tema social que judicial. O a una mezcla de ambos. Siempre recordaré un juicio de faltas por el lamentable episodio desencadenado en plena calle cuando los familiares de un señor de mucha edad que iba en silla de ruedas se pelearon por a quién le tocaba –o mejor, no le tocaba- llevárselo a casa en el mes de agosto, y acabaron dejándolo tirado en mitad de la acera con su silla de ruedas y su equipaje. Por supuesto que hube de contener muy mucho a la fiscalita destroyer que llevo dentro para no decirles lo que opinaba de ellos.
También he sido testigo de otros episodios igual de lamentables en guardias de Navidades, en que ha llegado a venir el pobre hombre al juzgado en pijama, sin saber muy bien dónde había de ir. Y de desaprensivos que les esquilman el patrimonio fingiendo simplemente que a cambio les darán un poco de cariño. Y es que la soledad es muy mala compañera de viaje, y más aun si ese viaje es el último.
Y quizás lo peor de todo lo que he visto ha venido de la mano de esa fuga de la memoria que acompaña en muchos casos a la edad. Y aún se me eriza todo de recordar a un anciano que, perdido el juicio totalmente por el Alzheimer, cometió el peor de los crímenes con la persona a la que más quiso. Un verdadero drama, que tal vez hubiera acabado de otro modo si contáramos con centros y medios suficientes para atender estos casos antes de que suceda la tragedia.
Por todo eso el aplauso de hoy va dedicado a todos los que dedican su vida al cuidado de estas personas. Y para ellos, por supuesto. Porque una sociedad que no respeta a sus mayores es incapaz de respetarse a sí misma.

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