Sentidos (II): fragancias y pestes


olfato

Empezamos en un estreno anterior con una pequeña serie dedicada a los sentidos, esos que nos vienen tan de serie que a veces no somos conscientes de ellos hasta que alguno empieza a fallar. Pero entre los cinco sentidos, los hay más presentes y aparentemente más ausentes.

El olfato nos acompaña en nuestra vida casi sin hacerse notar. Pero ahí está. Tanto que el cine lo ha erigido en protagonista absoluto de alguna de sus obras, desde El perfume, hasta Esencia de mujer, pasando por Aquí huele a muerto. Y hasta la publicidad usa de su tirón. O a ver quien no ha dicho alguna vez esa frase de “A qué huelen las nubes” del anuncio de un producto de higiene femenina. Uno de los grandes misterios de la humanidad, por cierto, que a saber a qué narices huelen.

En nuestro teatro son muchos y muy variados los olores con que nos encontramos en nuestro día a día. Y aunque la pituitaria solo parece recordar aquellos especialmente desagradables, hay de todo, como en botica.

Entre esos recuerdos olfativos, hay uno que difícilmente olvide quien haya pasado por ello. El que despide un cadáver en descomposición, de ésos que hemos levantado –metafóricamente, porque de levantar, nada- la mayoría de quienes vestimos toga. Peor cuantos más días han pasado y especialmente dramático cuando el calor aprieta. Pero sobrevivimos, cómo no. Y, a veces unido a él y otras por separado, el que tienen determinadas viviendas abandonadas, o en las que el síndrome de Diógenes hizo que su propietario amontonara basura. Algo difícil de olvidar, y difícil también de despegarse de la piel en algún tiempo.

También hay otros olores más sutiles, pero que también acaban por torturar a nuestra pituitaria. Uno de los más habituales es el que queda impregnado en el despacho donde se toma declaración en el juzgado de guardia tras una larga jornada de recibir  detenidos, algunos de los cuales llevan un tiempo en el calabozo. Cuando el despacho en cuestión carece por completo de ventanas ni de ningún tipo de ventilación, como es el caso de aquel en el que yo paso uno de cada siete días de mi existencia. No quiero ponerme quejica, pero todavía nadie ha hecho un esfuerzo por remediarlo. E invito a cualquiera a que nos visite en uno de esos días de julio donde el calor aprieta y el aire acondicionado se declara en huelga. Verán como no exagero ni un ápice.

Pero no me quedaré solo con lo negativo. Hay aromas que contribuyen a alegrarnos un poco la existencia. Sin ir más lejos, el que sube hasta el ascensor cada mañana proveniente de la cafetería, un olor a tostadas recién hechas que siempre me hace evocar cosas buenas. O el del café de la máquina que, a pesar de todo, huele a café de verdad. Aunque tal vez uno de los mejores es el de las flores con que de vez en cuando adorna mi despacho una funcionaria. Flores de verdad, de las que coge del jardín de su casa. Huele a flores, desde luego, pero también huele a detalle y a cariño, uno de los mejores aromas del mundo.

Pero más allá de los despachos también el olfato puede formar parte esencial de nuestra representación. Recuerdo en un juicio que una testigo afirmaba estar segura de que la autora era quien ella decía que era, a pesar de que afirmaba no haberla visto. Dijo que el olor de su perfume lo reconocería a la legua. Y puedo dar fe de que llevaba razón. Fue entrar aquella señora y desprender a su paso un aroma denso y dulzón de perfume que nos hizo comprender a los presentes que aquel reconocimiento era más fidedigno que cualquier rueda de reconocimiento al uso.

Y todavía hay más olores que impregnan nuestras narices. El de los Códigos recién comprados, por ejemplo, que pocas cosas huelen tan bien como un libro nuevo. Y que, por más que nos vendan eso del Papel 0 todavía perdurará visto lo visto, aunque sean comprados de nuestro bolsillo, claro está.

Y también, el de las humedades que padecen más de una de nuestras instalaciones. Que no hay más que visitar algunas sedes  para comprobar que en cualquier momento, se pueden hasta criar champiñones.

El olfato nos acompaña tanto en nuestra vida toguitaconada que lo usamos casi sin pensar en ello. ¿O acaso no nos olemos que, al paso que vamos, cada nueva reforma va a ser un nuevo despropósito? ¿Acaso no echamos pestes cada día de la falta de medios? ¿Acaso no hay más de un nombramiento que huele a chamusquina? ¿O nos sentimos más que quemados de hacer nuestro trabajo en estas condiciones? Pues eso.

Así que hoy el aplauso es, como no podía ser de otra manera, un aplauso de narices. El dedicado a quienes, sean cuales sean los medios, hacen de tripas corazón y siguen adelante. Con un par de narices.

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