Sedes: los pies sobre la tierra


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A lo largo de este recorrido por los recovecos del espectáculo hemos visto de todo. Desde las tablas hasta las bambalinas, desde los personajes más visibles a los más ocultos, desde lo más prosaico a los sentimientos más escondidos. Pero no habíamos hablado de esa gran caja que lo contiene todo, ese edificio donde se aloja nuestro teatro y sin el cual no podría existir. El Cinema Paradiso de nuestro día a día, y de nuestro revival también.

Por desgracia, cuando pienso en sedes judiciales – o de fiscalía, que también existen, como Teruel- lo primero que se me viene a la cabeza es aquello de Esta casa es una ruina. O el título de aquel ya vetusto concurso de televisión, Si lo sé no vengo. Y hasta ganas me entran de montar un concurso tipo Un millón para el mejor para ir viendo ejemplos, y a ver quién adivina El Precio Justo del presupuesto gastado en mejorar las instalaciones judiciales. Y pensando, se me ocurre ahora que eso del papel 0 igual les confundió, por eso de que somos de letras y nos cuesta sumar dígitos. O no.

La cuestión es que, al igual que no hay obra que se pueda representar sin un edificio o entorno que contenga el escenario y todo lo necesario, tampoco nuestra función se puede representar sin él. Y que cuanto más digno sea uno, más lucida será la otra. Y viceversa. ¿O alguien se imagina cómo quedaría El Rey Lear o Hamlet si las dependencias de palacio fueran cajas de cartón o escombros varios?

Pues eso. A nosotros nos toca muchas veces representar importantes obras entre ruinas, improvisar soluciones o hacer apaños.  Casi casi como el árbol de cartón de las funciones escolares de Navidad del tipo de Love Actually. Aunque por supuesto, ya quisiéramos en más una ocasión un atrezzo tan elaborado como aquel traje de crustáceo del hijo de una de las protagonistas, por más que confieso que nunca entendí muy bien qué pintaba en una representación navideña.

Y es que cuando de sedes judiciales se trata, de todo hay en la viña del señor. Desde algunas tan indignas que franquean -si no entran de lleno- en los límites de la salubridad laboral, hasta un tufo de pretendida opulencia que ha acabado quedándose en muchos casos en agua de borrajas. No hace falta que cite casos concretos, pero todos conocemos de buena tinta faraónicos proyectos de Ciudades de Justicia que están durmiendo el sueño de los justos. O más bien, de los injustos.

Pero no hace falta irse tan lejos. Recuerdo que en los años en que permanecí adscrita a uno de los partidos judiciales de mi fiscalía, tuve oportunidad de poder asistir hasta cuatro veces a la colocación de la primera piedra en las nuevas dependencias judiciales. Ni que decir tiene que, si no me fallan los cálculos -que ya he dicho que somos de letras- irán colocadas cuatro piedras, porque no hay más, si no es que mi sucesor ha tenido alguna otra oportunidad . Y claro a este paso, ni Keops, Kefrén y Micerinos juntas. Hasta podrían rodar La Momia allí, si dejan pasar un par de siglos.

Mientras tanto, hay sedes que se caen. Literalmente. Las he visto de todos los colores. Incluso con minúsculos habitantes del mundo animal dentro, campando por sus fueros. Por no hablar de problemas de accesibilidad, que eso ya son palabras mayores. Recuerdo un lugar donde la consulta del forense estaba en un cuarto piso sin ascensor. No es difícil imaginar lo cómodo que resultaba a todos los lesionados que tenían que ser visitados.

Fiscalías en plantas de edificios de vecinos, plantas bajas donde las goteras convierten a los cubos de agua en parte del mobiliario, techos que van desprendiendo cascotes y cosas parecidas se siguen viendo con mucha más frecuencia de la que se imagina. No hay más que bucear un poco entre recortes de prensa y aparecerán miles de ejemplos.

Y no solo eso. Es que incluso en los edificios casi nuevos y casi emblemáticos, es tan poco el presupuesto que se gasta en mantenimiento y tanta la improvisación que se ven cosas verdaderamente absurdas. En la Ciudad de la Justicia de Valencia, que tiene poco más de diez años, se construyó un aparcamiento para el furgón de presos en cuya puerta de acceso no cabía dicho furgón, sin ir más lejos. Si a eso añado que la solución fue cambiar los furgones, está casi todo dicho.

Y no sé por qué razón se empeñan en congelarnos o derretirnos debajo de nuestras togas. No sé por qué extraño motivo todos los edificios judiciales, o muchos de ellos, tienen seriás deficiencias en el sistema de climatización. Y pasamos del modo cocido al modo pingüino en un nanosegundo. Y no digo lo de Un pingüino en mi ascensor , como aquel grupo musical de hace un tiempo, porque lo de los ascensores también tiene su aquel. Que fallan tanto que a veces una no sabe si agradecer a la Administración de Justicia que cuide por su salud y por su econocmía: nos obliga a hacer ejercicio y nos ahorra un dinerillo en gimnasio. Para que encima nos quejemos, vaya.

Las anécdotas serían miles. Pero me quedo con dos. La primera, ocurrida en mis primeros años de fiscal. Tenía que por aquel entonces despachar un juzgado a unos kilómetros de la fiscalía -el escalafón es lo que tiene-, y estábamos en pleno verano, tiempo de fiestas patronales. Los toros se celebraban en la misma plaza que estaba el juzgado y juro por lo más sagrado que en más de una ocasión hube de correr sobre mis tacones para atravesar la improvisada plaza, maletín en mano y miedo en el cuerpo, porque nadie había previsto que aquella ubicación no era la más correcta. Porque, aunque fuera fiesta, los delincuentes tenían el mal gusto de no respetarla, y había que ir. La sede cambió, es cierto, pero hace mucho menos de lo se puede imaginar. Y sé que no he sido la única de tener que emular involuntariamente a un mozo pamplonica en plenos Sanfermines.

La segunda, de poco después. Recuerdo una visita de un Director general en que ofrecía su número de teléfono para cualquier contingencia. Al cabo de poco tiempo, el Juzgado se inundó, con una canitdad de agua que amenazaba convertirse en Niágara. Y la juez, no corta ni perezosa, echó mano de la tarjeta y llamó al susodicho Director General, que aseguró que mandaba de inmediato a un equipo para solucionar el tema. Y lo cierto es que no tardó mucho tiempo en llegar el prometido “equipo”. Que no era otro que la misma empleada de la limpieza de siempre debidamente equipada con…una fregona, un cubo y varias toallas.

Así que hoy el aplauso, como no podía ser de otro modo, va para todos los que achican agua, fumigan bichos, saltan obstáculos, suplen con ingenio las deficiencias de la climatización, y, pese a todo ello, trabajan como si estuvieran en las mejores condiciones posibles. Que ya nos vale.

 

 

 

 

 

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3 pensamientos en “Sedes: los pies sobre la tierra

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