Sistemática: el caos


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Los artistas tienen fama de anárquicos. Ya lo he dicho otras veces. Pero entre la anarquía simpática y el caos absoluto hay una línea que nunca se debe traspasar. La que distingue una buena de obra de un desastre absoluto. Porque hasta para improvisar hay que estar preparado. Y nadie pagaría una entrada por ver una obra cuyo nombre se ignora, o sin tener idea del elenco. Y menos aún, por algo en lo que sea imposible encontrar una mínima coherencia o línea argumental. Vive como quieras, desde luego. Pero que el espectador sea capaces al menos de saber que vives y qué es lo que quieres.

Y hay veces que los guiones de nuestro teatro dan esa sensación de anarquía. Y si nos descuidamos, acabamos cayendo en el caos. Y no es para menos.

Comentaba con un buen amigo la falta de sistemática absoluta de algunas de las líneas sobre las que se ha de basar nuestro espectáculo. Casi hicimos una porra. El, civilista de pro, apostaba por el Código Civil. Yo, que soy más jurista de sangre, vísceras y sexo, por la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Pero, sin ánimo de hacer spoiler, adelantaré que la cosa quedó en tablas. Y seguro que si se hubieran unido al debate otros actores de otras ramas de derecho, hubieran hecho su propia apuesta. Hagan juego señores. Que ya estoy oyendo la música de El Golpe y viendo a Redford y Newman juntos.

Pero nuestros Código son viejos, por no decir viejunos, y la obsolescencia es lo que tiene. Y ojo, que nadie piense que me quiero cargar todo el sistema jurídico español de una tacada. No pretendo tanto. Pero sí llamar la atención de algo que nos angusta. O al menos desahogarme. Blogterapia, que tampoco está mal.

Aún recuerdo que mi primer Código Civil, ése que me acompañó desde primero de carrera, estaba subtitulado como “el centenario de una gran obra legislativa”. Centenario. Y ya hace unos cuantos años. Tiempos en que nadie soñaba que existieran unas teclas desde las que yo escribiría algo que leerían desde cualquier punto del planeta. Si es que quisieran, claro. Pero la cuestión es que a veces buscar el precepto acertado se convierte en Misión Imposible, si pretendemos hacerlo haciendo uso de la lógica. Que se lo digan o no a los sufridos opositores. O, al menos, a mí cuando era tal, que me sentía invadida por El espíritu de la dislexia, porque el modo de ir situados los artículos, con saltos de más de 100 números entre preceptos que deberían estudiarse juntos, hacía esforzarse a mi capacidad nemotécnica Al Límite. Los años que estudiamos peligrosamente. Y ahí sigue, con pocas reformas o no demasiadas en comparación con otros, y cumpliendo años uno tras otro. Y con el botox adicional de las diferentes operaciones de estética legislativa le han insuflado.

Y por otro lado, nuestra ley de enjuiciamiento criminal. Retrotrayéndome también a mis tiempos de estudiante, recuerdo que en la Facultad no veía al Derecho Procesal pies ni cabeza. Eso de trocearlo en virtud de un programa preestablecido, de saltarse temas por problemas de tiempo, o de saltarse clases también –que la culpa no va a ser siempre de los demás- hizo que durante toda la carrera no diera con la sistemática del derecho procesal. Alguien me dijo que le vio su sentido cuando se metió de lleno en la oposición, y comparto por completo su visión. Y añado que esa otra obra centenaria anda pidiendo a gritos la jubilación porque no admite ni medio lifting más. ¿Exagero? Tal vez, pero que alguien me explique por qué se llama procedimiento abreviado a un proceso que pùede durar años, porque se le considera un proceso especial cuando por él se juzgan la inmensa mayoría de los delitos, y por qué se llama ordinario a un procedimiento –el sumario- cuyo uso es absolutamente extraordinario. Y eso por poner algún ejemplo. Sin entrar en esos cambios de nombres que nos vuelven tarumbas, y de los que el legislador no se acuerda de retocar en eso que llamamos preceptos concordantes. Así que no han desparecido referencias a las faltas, o a la pena correccional y hasta algún “imputado” sigue escapándose pese a que se hayan empeñado que la solución a los problemas de la justicia consiste en llamarlos “investigados”.

Recuerdo también que hubo una reforma que se refería a las defraudaciones medidas en ecus, en el colma de la modernidad del legislador de aquel momento, y que ahí quedó por una buena temporada aunque semejante unidad monetaria nunca llegara a existir de facto. Y seguro que saldrían más ejemplos.

Y mientras volviéndonos locos con el GPS legislativo activado a ver si encontramos la norma aplicable en el tiempo, dada la afición reformista que ha invadido últimamente. Y plagados de bis, quater, y hasta quinquis, a pesar de que hay quien proscribe el uso del latín. Quizá habría que poner estos añadidos en esperanto, por si las moscas. Y programar ese idioma en el GPS que alguien debería inventar.

Así que hoy va un aplauso extra. Para los juristas, que con su brújula siguen empeñados en orientarse y orientarnos en este maremágnum del derecho. Y para los estudiantes, y especialmente, para los opositores, sufridas víctimas de estas cosas. Que la fuerza os acompañe.

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