Convocatoria: misería y compañía


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Si una cosa esperan con ansia quienes aspiran a hacer realidad su sueño de ser artistas, es una oportunidad. Ese casting donde por fin sean valorarlos, esa casualidad gozosa de que un productor se fije en ellos, y hasta esa carambola que haga que por fin su talento emerja al exterior. Los artistas viven esperando el momento en que su talento pueda ser por fin exhibido, apreciado y valorado por el público. Como aquellos jóvenes bailarines desesperados por un papel en A chorus line, o los alevines de artistas de Fama y sus secuelas, como la española Un paso adelante.

Hemos dedicado muchos estrenos a los distintos personajes que intervienen en nuestro teatro. Y también a los que aspiran a hacerlo, y están esperando su momento. Los opositores  que no son otras cosa, como decíamos entonces, que aspirantes esperando el casting que les lleve al triunfo, a ese día en que puedan decir que Ha nacido una estrella en versión togada.

Pero, lamentablemente, los castings en nuestro teatro son más escasos y cicateros que en cualquier otro sitio, y a los pobres aspirantes no les dan opción ni siquiera a demostrar lo mucho que saben.

Porque es así. Resulta indignante que, en los tres años que llevamos con toga y tacones, y sumado alguno más, las convocatorias son lo que el dicho popular llamaría Misería y compañía. O sin compañía. Desde que llegó la dichosa crisis, cortaron el grifo de la creación de plazas y, por más que nos digan que hemos salido de ella, no será por este barrio, porque seguimos exactamente igual. Convocando 100 plazas por año, de las cuales un tercio aproximadamente son de fiscales y el resto de jueces. Una verdadera birria, que no da ni para cubrir las jubilaciones, bajas o cualquier otra circunstancia. Y, si alguien piensa que exagero, que haga el cálculo o mire el escalafón. Tomando el ejemplo de fiscales, y partiendo de que somos cerca de 2.500, a nadie se le escapa que 35 plazas por años no dan ni para pipas. Si me apuran, ni para las cascaras. Y, si a eso le sumamos que el supuesto plan estrella de esta legislatura era darnos la instrucción, la cosa da risa. Claro, siempre que una se tome al pie de la letra eso de reirse por no llorar, que la cosa no es para menos.

Y es que la tomadura de pelo es de las que hacen historia. Por un lado, ya nos han vendido ni sé las veces las famosas 300 plazas que nunca existieron, algo así como La Amenaza Fantasma de Lo que pudo haber sido y no fue. Y, aunque alguno se haya querido olvidar, no eran más que las que correspondían a los juzgados que crearon y nunca funcionaron, que motivaron que hubiera promociones de jueces vagando con sus togas como almas en el purgatorio, y llenando huecos aquí y allí cubriendo la función de los sustitutos, que también fueron eliminados de un plumazo y sin ninguna consideración ni a ellos ni a quienes estaban llamados a sustituir. En matemáticas puras, y aunque seamos de letras, chapuza + chapuza= chapuza al cuadrado.

Y encima, hay que oír que el mandamás de turno se llena la boca diciendo que han convocado más plazas de oposiciones que nunca, y que estamos divinamente. Pero, si la suerte va por barrios, a Toguilandia nunca le toca. Y eso repercute a mucha más gente de lo que pudiera parecer.

La inasumible cicatería a la hora de convocar plazas afecta, desde luego, a los opositores, que ven como todas la expectativas de vida se escapan por la ventana una vez más. Nadie que no lo haya pasado puede imaginar lo terrible que es ver que, cuando llega el momento, mucha gente preparada y con vocación se quedará en el camino. Y lo terrible que es también para su entorno, sus familias y hasta sus preparadores, que ven como se desperdicia talento, trabajo y vocación.

Pero, obviamente, no son solo ellos los afectados. También lo somos los profesionales, a los que nos acrecientan la carga de trabajo sin que venga savia nueva a repartirse el peso. Y viendo como cada vez se espacian más los señalamientos, porque ya no hay huecos en la agenda.

Aunque tal vez lo peor no sea eso. Lo peor es que, como siempre, a pagarlo, pocarropa. Esto es, el justiciable. Porque si no hay jueces, ni fiscales, ni Lajs suficientes, el servicio no se puede atender como toca, y lo que se frustran son los derechos de la ciudadanía, ni más ni menos. Y eso por no hablar de las soluciones que propugnan, que aunque quieran aparentarlo, no son McGyver dispuesto a evitar la ruina de un edificio con una horquilla del pelo y un chicle. De muestra, un botón, esos juzgados bis donde confinan a jueces recién estrenados a resolver el zipizape que han armado con las cláusulas suelo. Que se lo cuentes si no a doña Delfina, la del hostal, que ya se ha hecho famosa por compartir sede con ellos. Igual hasta saca un piquito alquilando habitaciones para los expedientes que se acumulan, o preparando un buen potaje de garbanzos para aliviar la espera.

Pero la cosa no es para tomarla broma, desde luego. Que tiene maldita la gracia el agravio comparativo con otros servicios públicos, siempre mejor dotados de medios, de personal y de sistemas. Y es que un Estado que pone medios para reclamarnos nuestras obligaciones y nos los escamotea para reclamar nuestros derechos es para hacérselo mirar. Y con gafas de aumento.

Pero es lo que hay.  Así que hoy mi aplauso para esos aguerridos opositores que, pese a todo, siguen adelante. Y por supuesto, los tomates, para los de siempre. Ya los lectores y lectoras se ocuparán de ponerles nombres. Y hasta apellidos.

 

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4 pensamientos en “Convocatoria: misería y compañía

  1. Pingback: Trianiversario: la vida sigue igual | Con mi toga y mis tacones

  2. Es que a este gobierno le encantan los atascos, sobre todo cuando se producen en sus cloacas, y así, a mayor inri, os echa la culpa de que no brille la justicia, lo que hay que oir (y aguantar). Estos se llevan todos los castings de embaucadores, cínicos y mentirosos. Con la venia.

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