Lazos personales: más allá de la toga


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Todo el mundo sabe que el artista nace, no solo se hace. El talento, el temperamento, la inspiración  y el duende son cosas que no se pueden aprender, aunque sí se pueden potenciar. Por eso, quien es artista, lo es mucho más allá de las tablas del escenario. Su vocación impregna todo lo que hace, desde freír una huevo hasta subir a un autobús. Y eso vale para todos los campos del arte. Las vidas de Frida, El Greco, Lautrec, el VanGogh de El loco del pelo rojo, el Goya de Los fantasmas de Goya o el Van Vermeer de La joven de la perla trascendían mucho más allá de sus momentos entre lienzos y pinceles. El arte es lo que tiene.

En nuestro teatro no tenemos la fortuna de atesorar talentos tan trascendentes. Lo nuestro son las obras de cada día, las interpretaciones diarias de nuestros papeles. Pero también en muchos momentos nuestra labor trasciende más allá de nuestro escenario, y no se queda colgada con la toga en el armario que la guarda.

Nosotros no pintamos cuadros, ni hacemos esculturas, ni componemos música que pueda quedar para la posteridad. Pero sí tejemos relaciones personales que van más allá de togas y puñetas. Y hoy, desde las tablas de Con Mi toga y mis tacones, quería compartir una de ellas.

Conocí a Carla cuando ambas intervinimos en un programa de radio. Era el Día de la Violencia de Género y ella, una de esas heroicas supervivientes de esta tragedia  iba a dar su testimonio del infierno vivido por vez primera. Yo no la había visto nunca, por eso cuando se acercó a mí y me dio un abrazo diciéndome las ganas que tenía de conocerme, me quedé sorprendida. No solo por sus palabras, sino porque en ese abrazo  noté una corriente eléctrica que excedía con mucho de un mero contacto entre dos cuerpos. Supongo que tiene que ver con eso que llaman química  que nuca llego a comprender, por eso de que soy de Letras.

Carla me conocía por referencias, por contactos comunes, porque había leído cosas que yo escribí y me seguía en redes sociales. En cuanto la escuché, me consideré enormemente honrada por ello. Si algo de lo que alguna vez dije o hice pudo echar agua en el fuego de su infierno, todo el trabajo de tanto tiempo lo daba por bien empleado. Su historia era dura, como tantas otras. Ella había salido de  aquel calvario pero aún se enfrentaba a miedos y, cómo no, a muchos flecos legales de su historia. Mayores que los de otras porque, en su caso, no hubo sentencia condenatoria, sino una absolución por falta de pruebas. No obstante, ella jamás perdió la fe en el sistema y continuó luchando por ella y por su hija. Y, poco a poco, iba ganando batallas.

En esa ocasión el miedo que todavía la atenazaba quiso que su voz saliera distorsionada, y también se negó a salir en las fotografías que se harían públicas. Por eso, al despedirnos con un nuevo abrazo, le hice prometer que algún día mostraría su rostro y su voz a todo el mundo. Ese día tejimos un lazo entre nosotras que sigue hasta hoy.

No había pasado mucho tiempo cuando volvimos a coincidir. De nuevo me sorprendió, esta vez con un regalo. Era una fotografía enmarcada de aquella primera vez en que nos vimos, la imagen en la que ella sí que salía, la que no quiso que se hiciera pública. Me la dio y me presentó a su hija, que había contribuido a elegir el marco. Unos días más tarde, me hizo un regalo más grande, si cabe. Se acercó a mi oído y me dijo que había decidido cumplir la promesa que me hizo. Ya no se escondería más tras una imagen pixelada ni una voz distorsionada.

A partir de ese momento, el testimonio de Carla se hizo público, tanto en los medios como en actos públicos para ayudar a otras mujeres. Y además, como no podía ser de otro modo, ha sido públicamente distinguida por ello. Y tengo el enorme honor de haber compartido ya varias fotos con ella que comentamos, por fin, sin que el miedo apague su voz. También se ha convertido en una incansable activista en redes sociales, sin dar tregua a esa violencia de género que no pudo acabar con su fortaleza.

Ayer Carla vino a verme. Puso punto final a otro de esos flecos legales que aún le pesaban como una losa, relacionado con su hija. Como siempre que la veo, sentí esa corriente eléctrica que me recorre cuando nos damos un abrazo. Y me dijo que podía contar su historia si con eso ayudaba a alguien. Y desde luego que ayuda. A mí, la primera, sin duda alguna.

Y esa visita no fue más que el preludio de algo que sucedería apenas un rato después, otro lazo personal que acababa con los flecos de su historia. Y otra corriente eléctrica.

Por todo eso, hoy cambiaré el aplauso por un emocionado gesto de agradecimiento a todas esas heroínas que no desfallecen. Porque al verlas, una siente que vale la pena seguir. Y no podemos defraudarlas.

Y una ovación extra. Esta vez para Paula (@Click_ea_), la autora de esa pequeña y maravillosa toguitaconada que ilustra esta historia

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