Lugar: la escena del crimen


escena crimen

Si hay algo que guste sobremanera a los autores y guionistas, eso es una buena secuencia con la escena del crimen, con su sangre, sus vestigios, sus vísceras según lo gore que sea la cosa, su cinta delimitando el lugar y, cómo no, ese dibujito con tiza del cuerpo del finado. Y alrededor, miles de detalles nimios que nunca pasan desapercibidos al CSI –sea Las Vegas, Miami o el que toque- a la Jessica Fletcher o Miss Marple de turno o hasta a la aparentemente despistada protagonista de Los Misterios de Laura, versión patria o anglosajonizada. Hasta el punto que a veces he llegado a pensar que podían cambiar el título de la serie por el de Se ha dibujado un crimen.

Pero si hay algo que películas y series de televisión han traído consigo, es la cantidad de gente que sabe tanto que el FBI y la CIA se quedan en unos aprendices a su lado, y creen que la vida real es como lo que ven tras las pantallas. Y entonces toca explicar eso de que Spain is different, no sé bien si a otros países, o a lo que el cine y la tele nos muestran de otros países. Tampoco nuestros detectives son como los de la pantalla.

A lo largo de mi vida toguitaconada, he visto bastantes y muy variadas escenas del crimen, algo distintas de El cuerpo del delito de las películas. Antes de las últimas reformas, acudíamos en las guardias a todos los levantamientos de cadáver que imaginarse puedan, sean asesinatos –a los que seguimos yendo- o sean muertes naturales si no se han certificado, suicidios, accidentes y, como decía la ley, cualquier otra muerte violenta o sospechosa de criminalidad. Pero juro que nunca he visto el dibujito con tiza marcando la silueta del cadáver. Y eso que me fijo. Y juro también que, a pesar de los pesares y de haber pasado más de un mal trago, mi estómago y yo hemos sobrevivido.

Aunque el tema dé para ello, voy a intentar no ser morbosa, e incluso tratar de explicar alguna anécdota de humor negro, que a veces es necesario para seguir adelante. Espero conseguir mi objetivo.

Lo primero que hay que reseñar de estas cosas es la sensación que una tiene cuando recibe la llamada a horas intempestivas sobre el hallazgo de un cuerpo. El nudo en el estómago, vestirse a correprisa y salir disparada pensando qué nos deparará esta vez el destino. Con la certeza de que nunca es agradable. Pocas cosas he visto en mi vida más impresionantes que el efecto de un atropello de tren o de tranvía, y ni imaginarme quiero lo terrible que debe ser cuando se trata de  dantescas escenas de accidentes o atentados con varios muertos. Afortunadamente, no he pasado ese trago, aunque sé de buena tinta que quien ha visto esas escenas, las ha revivido una y otra vez en sus pesadillas.

Pero hay de todo. Aunque quizás lo más duro es ese momento en que has de hablar con familiares, absolutamente destrozados por la muerte en tales circunstancias de un ser querido.

También produce una mezcla de ternura y desasosiego comprobar las condiciones en las que vivían algunas personas. Ya me referí en otro caso al levantamiento del cadáver de una mujer, que murió sola en su pulcro apartamento, y en el que descubrimos, a través de las fotografías enmarcadas y cuadros de la pared, que en otro tiempo fue una vedette de cierto éxito, a la que el olvido había relegado a la más completa soledad. Nadie la echó de menos hasta varios días después, en que los vecinos avisaron alertados del olor que desprendía la vivienda en pleno mes de agosto. Como solos también murieron personas en condiciones deplorables, deshechos por ese mal terrible que fue durante mucho tiempo la heroína, con la jeringa todavía incrustada en el brazo.

Pero de todo pueden sacarse anécdotas y hasta una sonrisa. Como la que esbozo cada vez que recuerdo a un policía empeñado en que fumara en la propia escena del crimen para alejar el olor, a pesar de que yo estaba embarazada de ocho meses. Algo que hoy sería impensable.

Otro de los momentos estrella en estos trances me sucedió en una ocasión en que, avisados de un suicidio en una alquería, nos perdimos en el coche de la guardia el chófer y toda la comisión judicial, esto es, jueza, fiscal, forense y secretario judicial –entonces no era LAJ-. Anduvimos dando vueltas por la huerta durante un buen rato, porque para aquel entonces ni GPS ni móvil ni Cristo que lo fundó. Cuando llegamos, la cara de todo el mundo era un poema. Y más aún nuestras pintas, después de aparcar el coche donde pudimos, y cruzar huertos embarrados porque, como en toda buena escena del crimen, llovía a cántaros.

Y también recuerdo otra ocasión en la que también llovía, como no, y el cadáver se encontraba en un lugar de difícil acceso, en el margen del río. Cuando nos preguntaron a la juez y a mí si íbamos a bajar, dijimos que por supuesto, y, como no había otro modo, hubo de ser en brazos de los bomberos que habían acudido al lugar. Por fortuna no había tampoco móviles para inmortalizar el momento, porque hubiera sido un filón. Porque toga no llevaba, pero tacones sí. Pero cumplimos, vaya que sí.

Así que la próxima vez que vean una serie con todos sus sabihondos protagonistas adivinándolo todo de un solo golpe de vista y tomando notas sin perder la compostura, no se lo crean. La realidad ofrece cosas muy diferentes, aunque tan profesionales y eficaces como las que más.

De modo que hoy el aplauso no puede ser otro que para quienes han soportado y soportan esos momentos conjugando profesionalidad y sensibilidad. Una combinación en ocasiones muy difícil.

 

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4 pensamientos en “Lugar: la escena del crimen

  1. Pingback: Piezas de convicción: pasen y vean | Con mi toga y mis tacones

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