Habitualidad: los repetidores


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En el mundo del cine, y también en el de la televisión, vemos con bastante frecuencia un fenómeno común: el de los habituales. Un actor o actriz se pone de moda, y lo tenemos hasta en la sopa. Estrenando varias películas al mismo tiempo, o simultaneando series hasta el punto que una enchufa la tele y no entiende cómo ese señor tan moderno y simpático se ha vuelto de repente un malandrín de armas tomar en pleno Medievo. Y sin pasar por el Ministerio del tiempo. O sí.

Y, lo crean o no,  en nuestro teatro tenemos bastante de eso. Y no solo entre quienes vestimos toga o somos profesionales, que no nos queda otra que asistir a cada nuevo estreno a representar nuestro papel. También tenemos unos cuantos de los que nos visitan con frecuencia, hasta el punto que una pensaría que les gusta. Para que luego se quejen de que les tratamos mal.

También en nuestro caso va por épocas, por no decir por modas. Nuestros Sospechosos habituales nos visitan una y otra vez hasta que, en ocasiones, no quedo otra que mandarlos a prisión para estar una temporadita sin verles. Y porque se lo merecen, no vaya nadie a creerse que frivolizo con algo tan serio como la privación de libertad.

Y es que la habitualidad, aparte de una construcción jurídica recogida en el Código Penal, que considera reos habituales a quienes cometen varios delitos de la misma naturaleza en un breve lapso de tiempo, también existe en su acepción meramente gramatical. Aunque no se trate de reos –que por cierto, los reos habituales no siempre son “reos”-, sino de testigos, querellantes, denunciantes o cualquier otro de los personajes que transitan por Toguilandia.

Sin duda alguna, el premio gordo se lo llevan los investigados –antiguos imputados- en su versión engrilletada –detenidos- o no. Recuerdo que antaño no pasaba un día sin que tuviéramos a alguno, o más de uno, por aquel delito que ha cobrado naturaleza de incunable consistemte en robar radiocassettes de coches. Una y otra vez los veíamos llegar detenidos, después de “haberse hecho” unos cuantos vehículos de motor, en algunos casos aprovechando para dar una vuelta. Y ahora la verdad es que cuando aparece alguno, ganas entran de hacerle la ola por preservar una tradición delincuencial que tantos escritos de calificación nos hizo hacer.

Quienes sí siguen manteniendo la tradición son quienes se dedican a la sustracción en establecimientos comerciales. Esos hurtos en tiendas que no dan lugar más que a una antigua falta o a un nuevo levito  y que se han convertido en la especialidad de más de uno y de una. El record absoluto lo tenía una mujer que ya hace tiempo superaba con mucho las doscientas detenciones. No sé que habrá sido de ella, pero supongo que hasta en El lado oscuro se tiene una jubilación.

Lamentablemente, algunos de mis habituales son quebrantadores casi profesionales. Individuos a los que un auto de alejamiento le impone bien poco respeto y siguen merodeando hasta que, pillados por enésima vez, nos dejan pocas salidas que no sea su ingreso en prisión. Dentro de estos hay una modalidad singular, aquéllos cuya localización está sujeta a un dispositivo telemático, vulgo pulsera. Tengo algunos que han superado sin despeinarse las doscientas incidencias del centro de control. Imaginará el sagaz lector dónde están ahora. Aunque entre estos, merece especial atención un caso: el de un indigente que, controlado por dicho dispositivo, registraba incidencias todos los días, con puntualidad británica, a partir de las ocho de la tarde. Hasta que descubrimos que se trataba exactamente del tiempo que dura la batería que cargó en la institución de caridad que le da cobijo para dormir. Y que no puede volver a cargar hasta que vuelva al carecer de domicilio. Una buena prueba de que hay que ponderar las circunstancias personales a la hora de decidir la medida a imponer.

Pero, como decía, hay otros habituales, del otro lado del banquillo, y de diverso grado de curiosidad. Recuerdo uno, en uno de mis primeros destinos, que venía todas las semanas a contarnos las distintas abducciones extraterrestres de las que era víctima, u otro que se paseaba con una enorme piedra arguyendo que era lo que le quedaba del patrimonio familiar que supuestamente le habían esquilmado.

Y, en el colmo de la picaresca, recuerdo una señora cuyas visitas al forense y al juzgado eran más frecuentes que lo habitual, hasta que descubrimos que tenía la costumbre de arrojarse delante de los coches para que la atropellaran y cobrar un buen pellizco del seguro, que se había convdertido en su principal fuente de financiación.

También los hay cuyas disputas familiares o vecinales son tan frecuentes que no hay semana que no crucen denuncias por un quítame aquí estas pajas. Y hasta, a veces, la cosa llega a mayores. Más de una vez se han oído un “¿ya están otra vez aquí?” por parte de quienes hemos de acabar resolviendo sus disputas . Y lo que nos quedamos con ganas de decir, que todos somos humanos, con toga o sin ella.

Así que hoy el aplauso será, no para quienes nos visitan con más frecuencia de la que quisiéramos, sino para quienes, con paciencia y profesionalidad los atienden sin perder los nervios. Que en ocasiones no es nada fácil.

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