Desvirtualización: momentazos


desvirtualizar

Para un fan de cualquier estrella que se precie, el momento en que se encuentra con ella cara a cara es un verdadero momentazo, de esos que no se olvidan. Y es que poner cara y voz a alguien a quien se admira, se aprecia, o ambas cosas, siempre resulta inolvidable. Claro está, si no le pasa a una como a aquel pobre señor que perseguía a Fernán Gómez y se encontró con que, en vez de La lengua de las mariposas, tenía una lengua viperina de aquí te espero o Un día de furia de los que hacen historia.

Como en nuestro teatro, salvo en contadas excepciones, no somos estrellas –bastante tenemos con no estrellarnos cada día- es difícil que nos inunden el camerino de flores o vengan a nuestro encuentro pidiéndonos un autógrafo. Aunque, en cualquier caso, quien no se consuela es porque no quiere, porque ¿acaso no firmamos más autógrafos que cualquier artista en una premier?. Si me dieran un céntimo por cada firma que estampo, a buen seguro sería millonaria. Y confieso que a veces me entran ganas de firmar las notificaciones con un “Con cariño, para mi delincuente favorito” o “Para la jueza que más quiero” o, lo que es mejor, al modo La Faraona, para ese público que tanto me quiere y al que tanto debo. Así que, aviso a navegantes, ojo con las notificaciones que cualquier día se me ocurre. O no.

Pero aunque no tengamos fans, ni falta que nos hagan, sí tenemos nuestro propio modo de poner voz y cara a personas con las que nos hemos relacionado de uno u otro modo. Y sí, la vida te da La sorpresa, como a Pedro Navaja, unas veces agradable y otras no tanto

Un primer modo de desvirtualizar es el más clásico. ¿A quien no le ha pasado eso de ver a un detenido ante sus narices después de haber leído su nombre mil veces en los papeles?. Cuando una es fiscal, y despacha miles de asuntos en una u otra fase del proceso, acaba memorizando los nombres que se repiten, sobre todo, los de esos habituales  que parecen tener querencia por los juzgados y entran y salen como Perico por su casa hasta que la prisión se hace inevitable. Confieso que alguna vez me he quedado con las ganas de decirle eso de “qué ganas tenía de conocerlo”. Aunque he de decir que en estos casos, el placer no suele ser recíproco, así que mejor callarse. Cosas de la vida toguitaconada.

También me ha pasado con profesionales. Recuerdo haber descubierto hasta a qué sexo pertenecía una procuradora o abogada a quien solo conocía por los apellidos, precedidos de un “sr” que me hacían suponerles bigotes y corbata. Ahora, por suerte, ya son, al menos “sras” aunque la sorpresa de verles en persona no me la quita nadie. Al final, una cree que son un holograma o poco menos. Y no deja de ser gracioso cuando, después de una hora hablando con alguien, descubres que es el nombre que tantas veces has leído. Y a la recíproca. Que de un tiempo a esta parte también me pasa a mí eso de que alguien me diga “ah, pero tú eres la de la toga y los tacones”. Y algún día responderé, como en el anuncio, eso de “Oui, se moi” y, por supuesto, encantada de que así sea. Aunque no me llame Lou Lou.

Pero en los últimos tiempos, la auténtica desvirtualización es la que sucede por obra y gracia de las redes sociales . Quienes, con mejor o peor fortuna, navegamos por ellas con frecuencia, nos hemos visto en esa situación. Gente con la que acostumbras a interactuar a través de las redes, de repente, se vuelve real. Y he de decir que el balance del debe y el haber es más que bueno, excelente. Y eso que no tengo ni repajolera idea de contabilidad, que ya he dicho más veces que yo soy más fiscal de sangre, sexo y vísceras que de números.

Hoy en día, gracias a los grupos de whatsapp, quienes tenemos querencia por el activismo  tejemos estrechos lazos con personas a las que no hemos visto nunca. Tan estrechos que se forjan verdaderas amistades a través del teléfono móvil. Y, como si de un síndrome de abstinencia se tratara, surgen unas irrefrenables ganas de poner cara, voz y de dar un abrazo  a esos seres con los que el cariño traspasaba las teclas. Debo decir que mis experiencias en este sentido han sido fabulosas. La realidad ha superado a la virtualidad y los abrazos físicos han superado el cariño de los abrazos virtuales. No diré nombres, pero todos mis compinches desvirtualizados han respondido a mis expectativas, que ya venían altas. Y me han dejado siempre con ganas de más. Que habrá, seguro.

Y como a veces esta fiscalita toguitaconada se empeña en emular a Willy Fogg, mis periplos me han regalado experiencias entrañables. Personas que se han acercado a mí cuando he ido a una mesa redonda, a una charla, o a pasear mi MarDeLijaPorElMundo –perdón por el umbralismo- y me han dicho que tenían ganas de conocerme. Que, aunque una no tenga alfombra roja, le hacen sentirse Estrella por un día y hasta Más bonita que ninguna  -con permiso de Rocío Dúrcal-Mil gracias. Y recuerdo con especial cariño esas ocasiones en que mujeres que han sido víctimas de maltrato se han acercado a darme las gracias o a darme ese abrazo. No hay recompensa mejor al trabajo y a las ganas.

También me ha ocurrido al contrario. El hecho de reconocer a alguien a quien solo conocía de las redes y los medios de comunicación me ha hecho feliz por un instante. Ventajas de poder ser intérprete y público de un mismo escenario.

Así que hoy mi aplauso virtual para los seres reales que se han incorporado a mi vida para quedarse. Mil gracias de nuevo.

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