Alcohol: una copa de más


homer bebe

No hay fiesta que se precie que no vaya acompañada de sus copas y sus botellas de cava o champán, según donde estemos. Con ella se celebra haber obtenido el Oscar, o el Goya, o el premio que sea, y con ellas se consuela la decepción de no haberlo logrado. Parece que cualquier excusa es buena. Pero ello no implica que siempre sean buenas sus consecuencias. Que se lo digan si no a los protagonistas de Días de vino y rosas o Living las Vegas o le cuenten a la chica de Cita a ciegas los desastres que organizaba cada vez que daba un trago, por más que ésta acabara bastante mejor que aquellos.

En nuestro teatro tenemos que pasar más de un mal trago. Y que no se me malinterprete, que no se trata de que sus señorías anden por ahí con la petaca debajo de la toga, que ya se sabe eso de “si bebes, no pleitees” y que, como los polis de las películas, no se bebe estando de servicio, más allá de la copita que se toma una en las comidas de jubilaciones o despedida de compañeros y compañeras.

El consumo de alcohol ha sido y es una circunstancia considerada como eximente o atenuante desde la noche de los tiempos. Ya el Código anterior, y supongo que los que le precedieron, consideraban que la intoxicación plena por alcohol daba lugar a una exención de responsabilidad, que sería semi exención si era semiplena. También el alcoholismo tiene cabida en las circunstancias que rebajan la pena como enfermedad crónica que es. Y asimismo es cierto que el tratamiento de deshabituación tiene premio, en nuestro caso traducido en la posibilidad de remisión de la pena si se sigue el tratamiento a pies juntillas. Que, aunque a veces parece que se nos olvide, el fin de la pena es la reinserción.

Aunque en ocasiones no es fácil entender para el común de los mortales por qué esto, como ocurre con el consumo de drogas, puede dar lugar a una rebaja. Es más, hay hasta quien lo entiende como un reproche extra. Precisamente, si en algo se distingue a un delincuente bisoño del que tiene costumbre de transitar por Toguilandia, es en su reacción a la pregunta de si había consumido usted alcohol, drogas o estupefacientes. Los alevines de delincuentes suelen negarlo, aunque les huela el aliento a veinte kilómetros a la redonda o no puedan mantenerse en pie, porque creen que les perjudica. Los que tienen experiencia, piden que les vea el forense y análisis varios a ver si cae una atenuante por caridad. La experiencia es un grado.

Pero por supuesto, hay excepciones. Desde hace mucho tiempo, el hecho de conducir borracho constituye un delito contra la seguridad vial –antes contra la seguridad del tráfico- por sí mismo. Y ahí no valen prendas, ni atenuantes, ni nada de nada. Basta comprobar que la tasa que arroja el aparatito supera la permitida y ya se puede dar por acusado el angelito. Y la cosa no es para broma, que ya se saben los efectos dramáticos que puede tener un accidente, alcohol mediante.

No obstante dar a la cuestión la seriedad que merece, tampoco podemos olvidar la de jugosas anécdotas que nos regalan que estos juicios, celebrados habitualmente por el trámite de juicios rápidos en la guardia. Empezando por cómo llegan los investigados, si es que llegan. Porque más de una vez no han comparecido porque estaban durmiendo la mona, y además han dicho, literalmente, que esa era la razón de su retraso o incomparecencia. Claro está que si una se pone a pensar que cuando le citaron, después de dar un resultado en el aparatito que casi lo rompen, no estaban finos para enterarse de a dónde y a qué le estaban citando para el día siguiente. Y juro que alguna vez me planteo si cuando dan su conformidad a una pena están en condiciones de enterarse. Y de sus reacciones muchas veces compruebo que no.

Recuerdo un muchacho que, tras conformarse con varios años de privación del derecho a conducir vehículos a motor y ciclomotores, requerido para entregarlo, nos dijo que iba a traer el coche desde su casa, que se lo había dejado dentro. También recuerdo a otro que, una vez se hubo conformado a la misma pena, preguntaba si el camión lo podría coger, que eso no era un coche ni una amoto (sic). Pero lo mejor son las excusas peregrinas con que algunos nos obsequian: que si yo iba bien, pero había aterrizado un helicóptero en la autopista, que si me deslumbró un OVNI que venía de frente, que si me obligaron a beber pero yo no quería, que si tomo medicamentos o un colutorio -como si éstos subieran la tasa de alcoholemia-. Pero una de las mejores fue la de un señor que, con lengua de trapo, repetía “oiga, que yo no bebo, que soy Eusebio”, aunque en su DNI decía llamarse Heliodoro. Cuando descubrí que al decir “Eusebio” quería decir “abstemio”, casi me caigo de la silla. Aunque mantuve la compostura como pude, lo juro. Y sin necesidad de copazo alguno

Otra de las cosas curiosas venían en la diligencia de síntomas que se rellenaban en un formulario. Allí hacía referencia a cosas sencillas como el color del rostro o la deambulación, o a otras más complejas como la diplopia o el signo de Roemberg. En cuanto a los del rostro, siempre me acordaré de la cara que se me quedó en juicio cuando el acusado, del cual decía en la diligencia de síntomas que tenía el rostro pálido, resultó ser un senegalés de piel negra negrísima. También me acuerdo muchas veces de otro juicio donde, preguntado el agente de la guardia civil  qué entendía por mirada vidriosa, dijo, ni corto ni perezoso, que el individuo llevaba gafas. Y, para rizar el rizo, el que explicaba que la deambulación vacilante consistía en que el muchacho en cuestión le estaba vacilando. Y yo allí queriendo de repente que lo que se me tragara fuera la tierra bajo mi silla de acusación pública.

En cuanto a esos otros síntomas, una se lleva una pequeña decepción cuando sabe qué son. Lo de la diplopia no es otra cosa que lo de ver doble de toda la vida, algo que un imputado muy gracioso me discutía diciendo que lo que pasaba es que le habían hecho la prueba dos agentes iguales, que serían gemelos. Y eso del signo de Roemberg, aunque suena muy fino, no es otra cosa que esa prueba consistente en mantener el equilibrio a la pata coja, gracias a la cual un acusado llegó al juicio con la nariz rota del guantazo que se pegó intentándolo. Ni que decir tiene que uno y otro acabaron condenados sin paliativos. Como no podía ser de otro modo, claro.

Así que, como estamos en las fechas que estamos, el aplauso lo convertiré en brindis por quienes, desde las trincheras de la guardia o la sala de vistas, bregamos con estos temas como podemos. Eso sí, con una ovación extra para quienes, como es mi caso, habremos de vérnoslas con los efectos del alcohol en las guardias de Nochebuena, Navidad y Nochevieja. Que el Niño Jesús y Papá Noel nos traigan este año buenas guardias.

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