Nombres: marcados por el destino


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Aunque no lo parezca, el nombre que nos ponen al nacer puede marcar la vida, para bien o para mal. Un nombre inadecuado puede dificultar una carrera artística, como le decían a la protagonista de Ha nacido una estrella
para obligarla a cambiarlo. Y es que sea el de verdad, el artístico o cualquier otro, es una cuestión importante. Tanto que hasta forma parte de algunos títulos. En el nombre del padre, Todos los nombres o El nombre de la rosa son buen ejemplo de ello.
De estas cosas sabemos mucho en nuestro teatro. Además de los alias, a los que ya dedicamos un estreno, tanto en nuestra vida toguitaconada común como en la que desarrollamos en el ámbito del Registro Civil, nos encontramos con anécdotas para dar y regalar.
Alguna vez he contado que a punto estuve de tener a mi hija, toga en ristre, en el camino que mediaba entre Fiscalía y la Audiencia Provincial. Y no sé por qué, en ese momento me dio por pensar que si nacía allí mismo y tenía que arroparla con la toga, no me quedaría otra que llamarla Raimunda. Menos mal que pude reponerme y tenerla en el hospital al día siguiente. Por supuesto, tras haber celebrado la sesión de juicios en Sala. Acabáramos.
Pero, como decía, hay nombres que marcan. Que un acusado se llame Cárcel de apellido, tiene su aquel, como lo tiene, por el contrario, llamarse Inocencio. También recuerdo un Prudencio acusado del entonces delito de imprudencia temeraria, como si fuera un chiste del colmo de los colmos. Y me cuentan de un habitual de los juzgados que se apellida Justicia Palacios, como si sus padres al juntarse hubieran tenido una premonición que ni Nostradamus Y me viene a la memoria una guardia hace mucho tiempo en que, decidido un coimputado a cantar La Traviata, djo que el autor había sido su compañero Angel Bueno. Y añadió, muy serio, que de bueno no tenía nada, y de ángel menos.
Al otro lado de estrados también se ven cosas curiosas. Me cuenta una compañera de una juez con apellidos Herencia Malpartida, que ya es. Y también sé de señorias que se llaman Justos o Justinas, algo que parece que determinó su destino desde la pila.
Por su parte, las modas y lo que se ve en películas y series tiene su influencia directa en este tema. Recuerdo en mi primera época de fiscal que empezaban a aparecer en las causas las Demelsas, Cristal, Rubí o Davinias, de series como Poldark o La Fundación o de culebrones eternos. Ahora me dicen que abundan las Shakiras, y hasta una Khalessi. Aunque respecto a esta última, comparto la reflexión de una compañera, que manifestaba su justa indignación porque no le hubieran puesto Daenerys de la Tormenta, como está mandado, que lo de Khalessi ya llegaría.
Las modas hacen que la gente marque para siempre a sus retoños con nombres como María del Cisne, que debió ser lo más en una temporada, aunque tiene el riesgo de comprobar si el cisne quedó en Patito Feo y no al revés.
Y es que pocos sitios como el Registro Civil para comprobar que a padres y madres es, a veces, para matarlos o poco menos. Todavía me acuerdo cuando vi la primera denegación de inscripción de un nombre, el de Skylab que pretendían los padres, y que el encargado del Registro se negó a inscribir por “extravagante, propio de un laboratorio espacial pero no de una persona”. Quizá ese mismo criterio de sensatez debieron haber tenido quienes consintieron que existiera un Alonso Alonso Alonso, Segundo Tercero o Melodía Barata, nombres todos ellos reales y que dicen mucho –y no demasiado bueno- de los padres al encajar el patronímico con el apellido que ya venía de serie. Y, otras veces, sin necesidad de apellidos curiosos, le atizan al niños un Lenin o Stalin que pobre de él como decidiera afiliarse a un partido de derechas.
Otras veces, es la suerte la que juega esas pasadas. Como la de un matrimonio en que los cónyuges se apellidaban, respectivamente, Oliva y Aceituno, tal como suena. O la de los que ostentan un apellido foráneo que aquí suena, cuanto menos, hilarante, como Kitemoko Panda, o Karamoko, de quienes llamarlos en la puerta de estrados es todo un momentazo, como cuentan otras compañeras. O el de Mohamed Chichi, o Yousef Tirititaum que, como dice un compañero , no se sabe si tiene frío o es fan del flamenco. Y otro patronímico curioso del que me llega noticia es el de un tal sr. Triki, que hacía que, cuando era llamado, la gente esperara la aparición del monstruo de las galletas recién llegado de Barrio Sésamo.
Verdaderos casos de mala suerte son los de una mujer apellidada Pendón, que denunciaba pintadas en su puerta con la palabra “puta” o el de un hombre apellidado Preguntegui Dudagoitia. Pero para colmo de los colmos, el de una funcionaria de la Generalitat catalana que, en estos tiempos que corren, carga con el nombre –no apellido- de María España.
Pero estas cuestiones pintorescas no son siempre culpa de los padres o del azar. A veces, la actuación de los propios afectados es la que crea la anécdota. Como un señor que, decidido a cambiar su nombre , Cojoncio, por otro, escogió el de Tiburcio para el cambio. O el de otro hombre, de nombre y apellido muy normal, que pretendía hacer valer su filiación respecto de alguien que, precisamente regentaba un bar llamado “El Pichina”. Y lo más curioso, un tal señor García que solicitaba ser “García de Valladolid” porque, obviamente, era pucelano, y no se conformaba con ser un García cualquiera.
Así que ahí queda eso, que Toguilandia da para mucho en lo que a nombres se refiere. Pero como este estreno no hubiera sido posible si mis compis que me han proporcionado estas anécdotas, el aplauso es hoy para ellos. En mi nombre y en el de quienes me lean, por supuesto. Mil gracias

Neuras: el síndrome de la panadería


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Hay cosas que dejan huella, sin duda. Y no siempre se trata de Algo para recordar, ni de Recuerdos maravillosos. Las huellas, a veces, consisten en un trauma o, al menos, en cosas que te dejan marcada para siempre. Y cualquier día, te encuentras saltando las rayas de los adoquines como el Jack Nicholson de Mejor imposible. Y si es así, todo en orden, siempre y cuando no lleguemos a emularlo hacha en mano en El Resplandor.

En este espacio toguitaconado hablamos sin parar de jueces y fiscales  -y menos, pero también, de LAJs , esos grandes desconocidos-, pero pocas veces nos entretenemos en saber el precio de llegar hasta aquí, el tributo satisfecho y, lo que es peor, los que quedan en el camino. Ya abordamos el esfuerzo que cuesta, y el tesón  necesario para alcanzar la meta. Pero quedan cosas por contar. Y me parecía justo hablar sobre ello.

Ya he contado otras veces que una de las secuelas que arrastro de mi ya lejano tiempo de opositora es la visita nocturna del ordenamiento jurídico dispuesto a aplastarme sin piedad. Aunque aun no lo ha logrado, todavía me despierto muchas noches con sudores fríos temiendo que semejante monstruo acabe conmigo. Y esto es solo un ejemplo. Tengo una compañera que no puede soportar ver en una película las rimbobantes puertas verdes y doradas de las salas del Tribunal Supremo donde nos examinábamos sin que le entren ganas de vomitar, y también hay quien ha desarrollado una fobia terrible a los cronómetros tras tantas horas de cantar temas amenazados por esos segundos traidores. Por no hablar de las manías que heredamos de aquellos tiempos, y con las que seguimos, en muchos casos inconscientemente, como la necesidad de escribir con un bolígrafo de punta fina con la que yo continúo guerreando, o la de tener un rotulador de determinado color o una regla para subrayar. Taras absurdas y aparentemente inofensivas que darían un buen tema a una tesis doctoral en psiquiatría.

Mientras estudiaba, alguien me dijo que todo iba bien mientras no cayera en la neura de los autobuses y las matrículas. Cuando me explicaron en qué consistía, me quedé consternada: ya era tarde para mí, al parecer. Consistía, ni más ni menos, en andar por la calle mirando los números de tales vehículos y comprobando que ese número de tema estaba bien anclado –o no- en mi cabeza. Horroroso. Y también estaban los dichosos consejos o trucos supuestamente infalibles con los que los temas se fijarían indeleblemente en nuestros cerebros, desde grabarlos y escucharlos en el coche, o por la calle, hasta ponérselos debajo de la almohada. Nada de nada, pero lo bien cierto es que, durante esos espantosos años, me he levantado innumerables veces de la cama sobresaltada porque algún artículo del Código Penal o Civil había huido de mi cabeza. Verdad verdadera.

Pero quizás la peor de las cuitas del opositor es lo que llamo el síndrome de la panadería, que le persigue durante todo el tiempo de estudio y aún después. No es ni más ni menos que esa frase aparentemente inocente que nuestra madre, o cualquier otro ser cercano, escucha en la cola del pan, y que nos trae a casa para amargarnos la existencia. “Fulanita dice que su vecino aprobó la oposición en seis meses”, “Menganita me ha contado que hay un preparador con el que nunca nadie ha suspendido” “Perenganito cuenta que no van a salir plazas en seis años” “Sotanito me ha dicho que si no tienes un buen enchufe te olvides, que la prima de su cuñada aprobó sin estudiar solo porque conocía a alguien muy importante”. Y, pan en ristre, espetan cualquiera de estas sentencias, u otras peores, y te dejan hundida en la miseria para horas. Y cuantas más horas desaprovechadas, menos temas aprendidos, ya se sabe. Pero es inevitable. Nadie se sustrae al síndrome de la panadería, que sigue y sigue incluso cuando ya se ha superado la oposición. Porque incluso en el momento de la elección -¿juez o fiscal?- parece pesar lo que puedan presumir tus padres en la panadería o en el súper. Y ahí, lamentablemente, perdemos los fiscales. Porque al público en general, le parece más importante y mucho mejor ser juez que fiscal. Faltaría más. Sospecho que más de uno y una hizo una elección incorrecta por esta razón u otra parecida.

Pero, bueno, si ha llegado ese momento, se supera el síndrome y mil que vinieran. Es un momento mágico, un momento en que crees que has vencido al mundo, el día D Y es un momento que deberíamos recordar con más frecuencia, siempre que el desasosiego, la desilusión o el desencanto nos vienen a visitar en nuestro trabajo. Aunque fuera solo por todos aquellos que, mereciéndoselo como el que más, se han quedado en el camino.

Hoy, más que nunca, creía oportuno contar todas estas cosas. Hay cosas que ponen en solfa la oposición y a quienes opositamos y arrojan la sombra de la duda sobre el proceso. Y después de todo lo que ha pasado tanta gente, de lo que siguen pasando y lo que está por venir, es terrible que la sombra de una injusticia nos salpique. Por eso, utilizo las tablas de este escenario para reivindicar la transparencia y que no haya ni sombra de opacidad. Déjennos que podamos confiar en el sistema. Seguro que no hace falta que diga más, porque a buen entendedor, ya se sabe.

Por todo ello, vaya desde aquí mi homenaje en forma de aplauso a todas las personas que tienen el coraje de seguir intentándolo. A quienes cada noticia de un posible cambio legislativo les oprime el estómago, a quienes se angustian mirando el número de los autobuses, a quienes están desarrollando fobias al cronómetro o alimentando una adicción eterna a los rotuladores fosforitos.

Yo me voy a buscar mi bolígrafo de punta fina no vaya a ser que si no lo encuentro, vuelva a por mi el ordenamiento jurídico esta noche. Que nunca se sabe.

 

 

 

Apocalipsis: puñetero fin del mundo


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Desde que el mundo es mundo, la especie humana anda preocupada con la cuestión de cuándo dejará de serlo. Desde la crisis del milenio, de la que se han hecho eco muchas películas, hasta el famoso efecto 2000, que al final quedó en nada, el pánico a la llegada de Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis nos invade. El día del fin del mundo, El día de la bestia y hasta esos reflexiones ficcionadas de lo que vendrá a continuación como la de El día después, Blade Runner o El planeta de los simios, por citar algunas. Ya sabemos, Winter is coming…

En nuestro teatro, sin embargo, el fin del mundo llega, sin faltar, dos veces por año. Cuando llega el verano y cuando acaba el año natural. Y, aunque ya nos planteamos en otro estreno cómo sería el juicio final , no se trata de eso. Qué va. Se trata de algo mucho más pedestre. Nuestros particulares fines del mundo puñeteros. Y tan puñeteros.

Me explicaré, aunque a buen seguro cualquiera que transite con alguna frecuencia por Toguilandia ya sabe de qué hablo. De pronto, a todo el mundo le entra el ataque y es como si los expedientes estuvieran en llamas, o llenos de chinches, y hubiera que soltarlos a toda costa. Y para ello, por supuesto, practicar lo que sea y como sea, pero no cuando sea sino ya. Para anteayer.

Cuando empiezan los turnos de vacaciones, llega el síndrome del fin del mundo. Y, de repente, se crean unas autopistas imaginarias que hacen que las causas necesiten viajar, como las personas. Lo importante es que no estén en tu mesa cuando te vayas. Y eso es una regla universal estés donde estés y tengas el papel que tengas en nuestro teatro.

En los juzgados, surge la necesidad irremediable de mandar las causas a fiscalía, que siempre hay algún informe que pedir, y los famosos carritos de supermercado empiezan a llenarse como si no hubiera un mañana. A la recíproca, en fiscalía también nos entra el come-come, y es el momento de dar salida a todas esas causas que estaban ahí, agazapadas, esperando su momento. Nos invade el deseo apremiante de ver nuestra mesa limpia, y descubrir, al menos una vez al año, de qué color es la madera de que está hecha, normalmente cubierta con expedientes. Una experiencia enriquecedora, no digo yo que no. Igual hasta encontramos algún Código que creíamos perdido e incluso, albricias, un taco de pósits nuevecito. Todo es ponerse.

Por supuesto, no somos los únicos que sufrimos ese síndrome. Letrados y letradas, y también procuradores, sienten como el peso de los plazos es más apremiante que nunca. Y, en esa parte de estrados, sé de buena tinta –no en vano soy hija de abogado- que los clientes que estaban Missing durante mucho tiempo resurgen como el Ave Fénix con la pretensión de que se solucione en un mes lo que parecía no importarle un pimiento durante mucho tiempo. He oído llantos y lamentos de abogadas amigas contando que ese cliente que ni siquiera cogía el teléfono ahora no puede vivir sin hablar con su letrada cada cinco minutos. “Tendremos que dejarlo solucionado antes de las vacaciones…”, como si en vez de irse a la playa se fueran a Marte a los mandos de la nave nodriza.

Y lo peor no es eso. Lo peor es lo que ese movimiento produce un efecto secundario terrible, el de la causa del último día. Y así, ese último día en que podía entrarnos papel, entra, y con ganas. Un asunto con la terrible pegatina  de “causa con preso”, que equivale a una bomba con  temporizador, y que, traducido al castellano, significa que tendrás que alargar ese último día porque eso tiene que salir, sí o sí. Además, como la ley de Murphy es lo que tiene, la dichosa causa suele ser de varios tomos. Que estamos que lo tiramos, oiga. Hasta juro que a veces me parece a oír al vendedor de fruta que cada año destroza las siestas estivales en cualquier lugar de veraneo que, en lugar de anunciar el melocotón de Murcia, dulce como el caramelo o los cuatro melones cinco leuros, gritan “cuatro tomos para informe y una causa con preso, que me las quitan de las manos”. Cosas de mi imaginación, supongo. O no.

Y nada, que no hay manera. Otro año jurándonos que el año que viene no nos pasa, que me organizo mejor, que lo tendré todo controlado. Pero el síndrome del fin del mundo puñetero  es lo que tiene. Que es inevitable.

Así que hoy el aplauso lo dedico a todas las víctimas del síndrome del fin del mundo. Que los plazos les sean leves. La playa, como el cielo, puede esperar.

 

Desacuerdos: voluntades divergentes


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Como todo el mundo sabe, cada cual es hijo de su padre y de su madre. Un dicho universal que, no por obvio deja de tener sus consecuencias. Cada quien tiene sus ideas, su posicionamientos y su manera de gestionarlo, más o menos flexible. Seguro que no es fácil tomar las decisiones correspondientes a la hora de decantarse por un intérprete en un casting, a la hora de escoger cuál de los guiones propuestos se va a convertir en película y hasta a la hora de ponerle título. Como, a la recíproca, tampoco es fácil para el eventual público decidir en cuál de todas las opciones de la cartelera gasta su tiempo y su dinero, sobre todo si se va con alguien y las preferencias no coinciden. Es necesario llegar a acuerdos, aunque  a veces ser Divergentes o Rebeldes sin causa -o con ella- también sea necesario. Y el cine está lleno de homenajes a estas personas que se escaparon de la norma por no estar de acuerdo con las injusticias, como Ghandi, Nelson Mandela y tantos otros y otras.

En nuestro teatro los acuerdos y desacuerdos son el pan nuestro de cada día. Tanto a un lado del escenario como a otro, las muestras y las consecuencias de la conjunción de voluntades o la falta de ellas tienen su fiel reflejo.

Sin ir más lejos, el Derecho Civil nos da continuas muestras del acuerdo de voluntades por antonomasia, el contrato, regido por algo tan importante como la autonomía de la voluntad. Y en esa parte tan delicada como es el Derecho de Familia  se hace más patente que nunca el dicho popular de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio.

Del lado de los delincuentes, también el acuerdo juega un papel importante. Ya sabemos eso del plan preconcebido o aprovechamiento de idéntica ocasión que caracterizan el delito continuado, y las agravaciones, pasadas o presentes, de cuadrilla –siempre me encantó el término-, auxilio de gente armada o abuso de superioridad, que hacen más reprochable la acción cuando la cometen varias personas conjuntamente.

Pero, de ese lado del banquillo, donde más se ve la importancia del acuerdo es las formas de participación. Más allá del autor material, esto es, el que empuña la pistola o toma para sí lo que no es suyo, las otras personas que participan también tiene su responsabilidad, aunque su manos estén en apariencia limpias. Cooperadores necesarios, cómplices, inductores o encubridores tiene su cuota de culpa, y por tanto, de pena, según toque en cada caso. Y aquí no dejan de ser curiosas las cosas que pasan. Con tal de escaquearse, he visto a amigos desde la infancia negarse como el mismísimo San Pedro, sin necesidad de que cante el gallo, y no tres sino trescientas veces si hace falta. Recuerdo a un muchacho habitual de los juzgados que,  cuando iba a ser detenido por participación en un robo, se empeñaba en decirnos que él no conocía de nada al otro detenido. Comprobada su identidad y filiación, resulto que a quien decía no conocer de nada era nada más y nada menos que  su propio hermano. Lo mejor es que cuando le advertimos oportunamente de que conocíamos esa circunstancia, diciéndole que cómo no iba a conocer a su propio hermano, el muchacho se despacho con un “anda,¿ y solo por eso tenía que conocerlo?”. Claro que, él no contaba con la visita de la madre de ambos que, apostada a la puerta del juzgado de guardia -haciendo ídem-, preguntaba a todo el mundo si iban a soltar a sus chicos, con lo buenos que eran y lo unida que está la familia. Faltaría más. Le faltó decir eso de que la familia que delinque unida, permanece unida.

En el plano opuesto, allá donde las togas tienen puñetas, también hay desacuerdos. Algo que se ve especialmente en las salas de Audiencias y Tribunales, donde tiene que existir mayoría para tomar una decisión. Incluso cuando hay mayoría pero no unanimidad, quien disiente está en su derecho de hacerlo constar expresamente mediante un voto particular. Algo que ocurre en muchas ocasiones, pese a lo que se cree y lo que se ha dicho respecto de un controvertido voto particular en un reciente y mediático asunto.

También cuando quienes deciden no tienen toga ni puñetas, como ocurre en los juicios por jurado , es necesario estar un mínimo acuerdo en cada uno de los puntos controvertidos para llegar a una decisión. Tanto es así que si no existe se ha de disolver en jurado y volver a la casilla de salida.

Antes de llegar a ese momento, con o sin jurado, hay otra oportunidad de acuerdo, en la que participan Fiscal, partes  acusadoras, si las hay, y el acusado. Es la conocida conformidad , un instrumento muy útil por más que en ocasiones se vea como un mercadillo. Por eso aprovecho para repetir que esto no es una película americana, y no podemos hacer esos cambalaches que vemos en algunos filmes. En nuestro Derecho, cualquier oferta de rebaja de pena ha de estar dentro de los límites de la ley. Y tampoco pueden entrar en juego otras cosas, como pretendía un acusado, que decía que se conformaba si convencíamos a su churri de que volviera con él. Pero la churri debía tener muy claro que no quería ni verle porque al final no hubo conformidad.

Por último, no podía poner el The End a este estreno sin hacer referencia a lo que ocurre con los desacuerdos en Fiscalía. A pesar de que mucha gente insiste en vernos como soldaditos disciplinados y obedientes, las cosas no son así. Cuando un o una fiscal disiente con el criterio de su superior, las cosas no se limitan a un “señor , si señor” con taconazo incluido, sino que hay un mecanismo legal previsto en nuestro Estatuto para dirimir este desacuerdo. Se convoca Junta de fiscales y se exponen las posturas, debiendo asumir el parecer de la junta. Últimamente, hemos podido ver varios ejemplos en asuntos de sobra conocidos.

No obstante, siempre es deseable llegar a un acuerdo o, al menos, agotar las vías para intentarlo. Por eso, el aplauso de hoy es para quienes, con cintura y paciencia, ponen todo de su parte para alcanzarlos. Por más que cueste.

 

Cuatrianiversario: parece que fue ayer


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En el mundo del espectáculo gustan mucho de las celebraciones. Fiesta, Feliz navidad, La boda de mi mejor amigo y hasta Cumpleaños sangrientos se celebran, tanto dentro como fuera de las tablas. Cualquier excusa es buena para calzarse los tacones, ponerse unas lentejuelas y echarse unos bailes. Faltaría más.

En nuestro teatro, por supuesto, no íbamos a ser menos. Por eso hoy me coloco la boa de plumas sobre la toga, me subo a unos tacones con lentejuelas y me dispongo a celebrar el cuarto cumpletogas toguitaconado. Como debe de ser.

Ya es el cuarto año que comparto toga, tacones y escenario con quien me honra con sus visitas, ya más de 300.000, con sus  5500 seguidores en la fanpage de facebook   Y, tacita a tacita, ya van más de cuatrocientos estrenos, que hay que ver que cansina puedo llegar a ser, aunque, como dije, mi madre prefiera llamarlo tenacidad. Y este año, con premio extra, esa nominación a los premios 20 blogs que me hicieron tan feliz. Y que, por supuesto, me animan a seguir. Que me esperen al año próximo, que allá voy.

Ya conté en el primer y segundo cumpleaños toguitaconado cómo surgió la idea de este blog, así que no me voy a repetir. Como no voy a repetir el repaso de los temas tratados, a los que dediqué la fiesta del tercer aniversario. Porque el año ha dado ya mucho de sí en nuestra Toguilandia. Y merece la pena recordarlo.

Cuando celebramos el tercer aniversario, todavía seguíamos en aquello de La vida sigue igual y pensando que, por mucho que nos quejáramos, pocas cosas cambiarían. Pero como la realidad siempre supera a la ficción, mientras seguíamos peleando con la falta de medios y la falta de voluntad, nos llegó el Tornado de acontecimientos.

Primero fueron las movilizaciones, esa patada encima de la mesa por la que desde Togulandia dijimos que ya estaba bien, que había que hacer algo. En cumplimiento del plan preconcebido –como si de un delito continuado se tratara- o aprovechando idéntica ocasión, continuamos con la huelga , la segunda a la que nos lanzamos en la carrera fiscal y la tercera para los jueces, con un amplio seguimiento que dio cuenta de lo grave del caso. Prueba de ello es que la actual ministra de Justicia, por entonces fiscal y consejera, secundó los paros, como tantos y tantas compañeras. No se pueden conocer las cosas más de primera mano en el Ministerio.

Y a eso iba, precisamente. De pronto, cuando ya nos estábamos resignando a que el ministro de nuestras últimas desdichas iba a eternizarse, llegó el Terremoto. Una moción de censura sacudía la política española y, por supuesto, la Justicia no podía ser ajena a ello. Y, de pronto, una Ministra Fiscal, una Fiscal General del Estado Fiscal, y un secretario de estado de Justicia Fiscal también. Un hat-trik de nuestra carrera tan sin precedentes en nuestra historia que me perdonaréis que ponga chauvinista, pero mi fiscalita interior no me perdonaría que no lo hiciera. Un equipo que conoce bien la casa y en el que he depositado todas mis esperanzas, o al menos muchas de ellas. Espero ansiosa esa derogación del límite de instrucción tan reclamada, y un aumento de plazas en las convocatorias que ya se ha empezado a vislumbrar. Y también que revisen ese engendro llamado productividad y todos los absurdos  con que nos obligan a bregar. Pero tiempo al tiempo. Roma no se hizo en un día

También hemos dado pasos importantes en igualdad. Además de un gabinete más que paritario, con una ministra de Justicia entre sus filas, contamos con la segunda Fiscal General del Estado. Un paso importante. A ver si la carrera hermana toma nota, que ya le ganamos por 2/0, sin penalty ni prórrogas. Ojala este año no se repita la foto multicorbata a la que nos han acostumbrado cada apertura del año judicial.

Y no me olvido de otro de los hitos importantes de este pasado año, el 8 de marzo, el dia de la mujer este año fue especial. Una salida masiva a la calle reivindicando una igualdad tantas veces postergada, y una huelga feminista que algunas secundamos desde Toguilandia. Y me vine tan arriba que hasta mis queridas fallas las celebré desde los tacones con un cuento sobre igualdad y violencia de género.

Y, como de todo hay en botica, también ha sido el año en que nos hemos enfrentado, más que nunca, a la opinión de la calle. Hemos tenido que asumir que también cabe la crítica respecto a nuestro mundo, y que hay que bregar con el descontento y soportar los juicios paralelos  y tratar de sacar de ello, como de todo, su parte positiva. Aunque cueste.

Para acabar, no puedo dejar de nombrar un acontecimiento en mi vida toguitaconada. Las bodas de plata de mi promoción de fiscales, un evento inolvidable por lo que suponía y por cómo se desarrolló. Gracias de nuevo a quienes lo hicisteis posible. Y a por veinticinco años más.

Así que ahora os dejo, sin olvidar el aplauso para todos y todas mis lectores. Esto no tendría sentido sin vuestra presencia. Me retiro a soplar la tarta toguitaconada que me ha regalado, una vez más @madebycarol1 con su deliciosa ilustración. Gracias por aportar tanto a este blog con tus imágenes. Y ahora…a celebrarlo. Os espero para soplar las velas.

Gestión del tiempo: el secreto


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El tiempo es muy importante en nuestras vidas. Y en este mundo acelerado que vivimos, cada minuto vale un potosí. Cada día que se rueda una película en exteriores, por ejemplo, supone un coste adicional que los productores quizás no puedan permitirse, como no pueden permitirse irse de las fechas previstas de entrega de un  guión, de montar una película o de entregarla ya montada para llegar a tiempo al estreno. En el cine, como en la vida, Las horas valen su peso en otro y 24 horas pueden dar mucho de sí. De lo que hagamos o lo que dejemos de hacer puede depender que tengamos Un día inolvidable o Un día de furia. O hasta ambos.

Me han preguntado muchas veces cuál es mi secreto para gestionar el tiempo.  Hay mucha gente que se empeña en que tengo un pócima mágica para que los días den mucho de sí y me dé tiempo a hacer muchas cosas. Aunque confieso que ya me gustaría tener una varita mágica que estirara horas y minutos, porque juro que todavía me quedan más de una Asignatura pendiente en mi vida. Algún día tendré que aprender a hacer una paella –un baldón para una valenciana-, apuntarme a Corte y Confección o estudiar alguna otra carrera, como Periodismo, Criminología o hasta Medicina. Ganas no me faltan.

Pero,ya que estamos en confianza, confesaré uno de los secretos. Tengo el máster de madre grado avanzado. Mi rito iniciático en la maternidad coincidió con el ascenso forzoso del padre de mis hijas a una ciudad a bastantes kilómetros, y mi edad y mi bisoñez en la carrera hicieron que tuviera un lote de trabajo especialmente pesado. Nada original el que, al ser la última, te lleves lo que nadie quiere. Coincidió esa época con mi pertenencia al Consejo Fiscal, en un tiempo en que ni whatsapp, ni mensajes, ni móviles, ni vida cibernética sustituían a las reuniones presenciales, que se celebraban en Madrid cuando todavía no existía el AVE. Así que tenía que aprovechar cada segundo. Todavía me entra ansiedad de recordar cómo mecía la cuna de mi hija con una mano y leía un procedimiento para calificar con otra. Tenía tanta práctica que a base de vaivén las ruedas se hicieron cuadradas y tuve que cambiarlas, y desarrollé un bíceps en el brazo izquierdo capaz de emular al más aguerrido levantador de piedras. Y, además, desarrollé otro talento para el que ya apuntaba maneras desde chiquitita: el de dormir poco. Por supuesto, debe ser hereditario porque mi hija lo tenía muy desarrollado desde que nació, y no me quedó otra. Ni que decir tiene que si ahora lo de la conciliación en nuestra carrera estaba mal, entonces ni existía. Solo diré que el padre de las criaturas no tuvo ni 1 día por paternidad, ya que solo podían coger tres a cuenta de los permisos por asuntos propios ordinarios, o restarlos de vacaciones.

Pero mis hijas crecieron. Y yo, como la juventud se cura con la edad, me hice mayor y, por tanto, más veterana, y pude escoger un lote de trabajo mejor. Fue entonces cuando aprovechaba el tiempo de espera de las extraescolares para ir calificando que es gerundio. Ellas siguieron creciendo, y cada vez tenía más minutos, y luego horas, libres. Pero ya me había acostumbrado a exprimirlos y se me quedó la costumbre. Cualquiera que me conozca sabe que acostumbro a usar varios dispositivos móviles a la vez para diferentes cosas, o que mientras atiendo a alguien sigo tecleando, y juro que no dejo de escuchar lo que dice.

Además, como nuestro teatro, y especialmente las guardias, están llenos de tiempos muertos, mientras esperamos que llegue el letrado  o  el intérprete,  que se conecte el ordenador o el programa o que se alineen los planetas, pues hay que aprovecharlos también. Son ratitos que dan mucho de sí para miles de cosas, como escribir este mismo post,  sin ir más lejos

Tengo la suerte –o la desgracia- que las ideas se me amontonan en la cabeza y pugnan por salir, hasta el punto que a veces siento que mi cerebro emite un mensaje como el de los móviles “memoria llena, vacíe espacio”. Y más vale que lo haga, no vaya a ser que se me borre el disco duro y me toque resetear. O que me dé un patatús toguitaconado. Por eso tengo mi casa llega de libretitas y pósits, y cosa que se me ocurre, cosa que apunto. Si además luego fuera capaz de recordar dónde he dejado la nota en cuestión, sería perfecto. Pero no es el caso.

Porque ahí, precisamente, está la otra cara de la moneda. La cara B de fiscalita multitarea. Que no es otra que fiscalita multidespiste. Quienes me conocen pueden dar fe –sin necesidad de ser notarios ni LAJ  y aún siéndolo- que más de una vez me he visto en el brete de subirme en el tren un día antes del que debía ir a algún sitio, de confundir el mes y creer que tenía que ir a un acto el 8 de mayo en vez del 8 de junio y acabar encontrándome mas sola que la una o ir a una conferencia creyendo que se hablaba de un tema y era de otro y tener que improvisar como buenamente pude. Como dicen en Con faldas y a lo loco –en nuestro caso, Con togas y a lo loco-, nadie es perfecto. Y esta toguitaconada menos que nadie.

Así que podría decir que aquí está el secreto. Aunque en realidad, mentiría, o más bien diría una verdad a medias. Hay quien piensa que en realidad somos tres fiscalitas toguitaconadas en una y por eso podemos desplegarnos. Y yo, por supuesto, ni confirmo ni desmiento. Aunque la verdad verdadera, seamos una o tres, es que no hay más secreto que las ganas de hacer cosas. Y de eso voy bien servida, por suerte.

Por todo eso, mi aplauso va hoy para quienes estiran el tiempo hasta lo inimaginable cuando el fin vale la pena. Difícil, pero no imposible. Haced la prueba

 

Absurdos: más sobre la digitalización


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Todo el mundo ha oido hablar del teatro del absurdo. Mucha gente lo identificará con obras como Esperando a Godot o La cantante calva, entre otras muchas. Porque el absurdo forma parte de nuestra existencia y el teatro quiso hacerse eco de ello con todo un movimiento destinado a exaltarlo. Aunque, desde luego, no todo lo absurdo se incardina en este movimiento ni tiene fines tan elevados. Hay cosas que, sencillamente, caen por su propio peso de pura inconsistencia. Cosas que te hacen exclamar eso de Qué he hecho yo para merecer esto. Y cuando suceden, ya sabemos, Aterriza como puedas.

En Toguilandia tenemos más ejemplos de los que nos gustaría, por desgracia. Pero hoy voy a traer uno en concreto, el de la fiscalía digital y, por extensión, la digitalización, a la que ya hemos dedicado algún que otro estreno toguitaconado. Pero es que la cosa tiene perendengues. Y no se trata de que no queramos modernizarnos, ni ingresar en el siglo XIX, aunque hayamos pasado por el siglo XX como de puntillas. Se trata de cómo se hacen las cosas, o cómo se han hecho hasta ahora. Pero no seré yo quien dé el diagnóstico. Expondré varios ejemplos y que quien los lea responda después al consabido Qué me pasa, doctor.

Cualquiera que transite en nuestro mundo sabrá en qué consiste el “visto” del fiscal. Un trámite por el que quienes ejercemos esta función manifestamos de forma escrita estar conformes con la resolución judicial de la que se nos da traslado. Cuando yo empecé, allá por el Pleistoceno toguitaconil, lo poníamos a mano y a la vuelta del folio. Más tarde, estampando un cuño prefabricado y firmando, que es como seguimos haciéndolo en muchas fiscalías. Por tanto, una vez leída la resolución y tomada la decisión, el tiempo físico empleado no excedía de unos segundos. Hasta ahí todo correcto, ¿no?. Pues ahora agarrémonos que viene curva. Esto es lo que transcribo de un compañero que amablemente me ha cedido para compartir.

REALIZACION DE UN “VISTO” POR EL FISCAL EN UNA NOTIFICACION DE ARCHIVO POR NO SER LOS HECHOS CONSTITUTIVOS DE DELITO EN UN LEVE ACCIDENTE TE TRAFICO.

1-Encender el ordenador con su clave
2-Entrar en Fortuny con su clave

 3–Picar en consultas
4-picar en acontecimientos notificados

 5-elegir jurisdicción
6-elegir fecha “desde

7-elegir fecha “hasta”
8-elegir nombre del Fiscal

9-elegir revisado, “si, no, todos”
10-picar en “buscar”

11-Abrir la resolución que se notifica
12-Picar dos veces sobre dicha resolución abierta para verla en su totalidad.
13-Cerrar la resolución
14-Picar en el documento o documentos en los que se basa el archivo (parte de lesiones)
15-Cerrar dicho documento o documentos
16-Picar sobre NGF para ver en Fortuny
17-Picar sobre el procedimiento en concreto para seleccionarlo (aparece como pendiente de “VISTO”)
18-Picar sobre “resolución archivo”
19-Picar sobre “dictamen”
20-Picar sobre “elaborar” dictamen
21-Picar para elegir tipo de dictamen (VISTO)
22-Picar para “seleccionar intervinientes “
23-Picar para “verificar firmantes”
24-Picar sobre “tramitar”
25-Esperar un momento a la composición del documento.
26-Picar en “aceptar”
27-Escribir sobre el documento elaborado ( “visto”)
28-Picar en “Complementos”
29-Picar en “guardar y salir”
30-Esperar a que se genere el documento
31-Picar en guardar como definitivo o borrador
32-Abrir la página de inicio de Intranet de Xusticia con clave
33-Picar en Fiscales 34-Picar en porta signaturas
35-Introducir la tarjeta criptográfica
36-Elegir y picar en una de las dos opciones que da la tarjeta
37-Picar aceptando la opción elegida
38-Picar seleccionando el documento pendiente de firma
39-Introducir el PIN de la tarjeta

40-Picar en aceptar
41-Esperar a que se firme el documento y aparece ventana indicando la existencia o no de solicitudes pendientes

Nada menos que 41 pasos, cuando antes de la digitalización nos limitábamos a estampar un cuño. Un verdadero avance, al que hay que sumar el tiempo que se tarda en encender el ordenador, cruzando los dedos para que no tarde.

Esto es solo un ejemplo. Pero para que nadie crea que es una mera anécdota o exageramos, traeré otro de mi cosecha, con el que seguro qe se identifican muchos fiscales, y tambien otros operadores jurídicos. Se trata de la estadística o el estadillo, de la que también he hablado alguna vez. Cuando yo ingresé en la carrera fiscal, las hacíamos a mano, con palotes, sobre una plantilla predeterminada, que íbamos rellenando conforme trabajábamos y entregábamos mensualmente. Cuando aparecieron en nuestra vida los ordenadores, y los programas informáticos en los que se supone que se introduce todo, todo y todo, albergamos la esperanza de que esa obligación desapareciera. Lógicamente, si estaba todo registrado –a demás de en papel, claro-, debería bastar con apretar un botón para saber el trabajo de cada cual. Pero, como suele pasar, lejos de desaparecer, esa obligación perisitió, y además se creó un programa específico para rellenarlo. De modo que seguíamos anotándolo a mano en las planillas predeterminadas, pero después teníamos que introducirlo en el programa, que, por cierto, falla más que una escopeta de feria. Cada actualización es peor que la anterior, y, además de que no siempre se puede acceder y de vez en cuando se cuelga y desparece lo hecho, da serios problemas para cosas tan simples como cortar y pegar. Como quiera que cada seis meses nos amenazan con todos los males si no están entregados todos los estadillos mensuales, decidí contar el tiempo invertido con el siguiente resultado, no sin antes describir los pasos a realizar:

1.Encender el ordenador con su correspondiente clave

2. Entrar en fiscal.es con su correspondiente nombre de usuario y clave

3. Redirigirse a ainhora con su correspondiente nombre de usuario y clave –cruzar los desos para que no haya caducado y toque llamar a la central y que después de un rato de musiquilla te den una clave nueva, si hay suerte.

4. Picar aplicaciones

5. Picar aplicaciones del Ministerio Fiscal

6. Picar estadillos

7. seleccionar semestre

8. seleccionar mes

9. Ir desplegando cada pestaña (ver foto)

10. Dar a “expandir nodos” en cada hueco en que sale un bocadillo

11. Rellenar en cada hueco los procedimientos debidamente numerados y por fechas

12. Ir guardando a cada rato para que no se borre, mirando el circulito

13. Guardar cambios

14. Enviar

15. confirmar envío (responder a la pregunta “¿desea enviar al Fiscal jefe?”, que siempre da un poco de yuyu)

16. comprobar que está validado por el fiscal jefe (cruzar los dedos)

17 caso de no estarlo, corregir o modificar

18. Inversión de tiempo:

– Enero: 30 minutos. De pronto pantalla en blanco y desparece todo.

20 minutos más. Otro fundido en negro y se borra parte (lo que no dio tiempo a guardar)

5 minutos más. Se queda colgado

14 minutos más y por fin puedo dar a “enviar”

– Febrero. 23 minutos

el sistema detecta una contradicción y avisa: 2 minutos en corregirla

– Marzo: 6 minutos. Hay una interrupción, Suerte que le dí a guardar antes

24 minutos más

– Abril: 27 minutos (sin incidencia, yupi)

– Mayo: 31 minutos (idem, más yupi)

– Junio: 8 minutos. Hay una interrupción, También tuve suerte porque guardé casi todo

26 minutos

En total, son 174 minutos de una funcionaria teórícamente cualificada desperdiciados. Eso equivale a casi tres horas, en que podría haber celebrado una mañana de juicios en Juzgado de lo Penal (a una media de 7 juicios), o de sala (1 ó 2 juicios), una mañana de guardia (con unos 5 detenidos y órdenes de protección) o podría haber despachado papel en el despacho a una media de 4 o 5 calificaciones, recursos o un montón de vistos -salvo digitalización, como vimos antes-. Si multiplicamos este tiempo por los aproximadamente 2000 fiscales de trinchera extendidos por el universo de Toguilandia, tenemos que cada seis meses, se invierten nada menos que 6000 -no me he confundido en añadir ceros- horas tiradas a la basura, en que se podrían haber hecho, por ejemplo, 14.000 juicios, o 10000 calificaciones. Para hacérselo mirar. ¿O no?

Pero, para que nadie crea que practico ese deporte de riesgo llamado ombliguismo extremo, he hecho una pequeña incursión en nuestro mundo para comprobar que en todas partes cuecen habas. No me ha costado mucho encontrar otro estupendo ejemplo, en este caso, al otro lado de los estrados. Comrpuebo en la guardia el papeleo que tienen que hacer los letrados y letradas del turno de oficio para cobrar, tarde y mal, su trabajo, y alucino . Los pobres van cargados con una carpeta con papeles de diversos tamaños y colores que deben cumplimentar si albergan la esperanza de cobrar alguna vez por su trabajo. Armados y pertrechados con ellos, deben perseguir a sus clientes para que les estampen firmas por triplicado en varios modelos. Me cuentan que, además, tienen que tener el cuño del juzgado para, a su vez, ir a su respectivo colegio de abogados a presentarlo en mano y les den el taloncito correspondiente, no vaya a ser que de otro modo no llegue. Y, como me he puesto curiosa, me cuentan cosas tan pintorescas como que por los recursos de reforma no cobran, al igual que no cobran si el procedimiento se convierte en delito leve -en falta, en su día- salvo que el juez tenga a bien hacerles un auto motivado diciendo que era necesaria su intervención. Lo más chocante es que, en un tiempo donde les imponen el uso de Lexnet en los procedimientos, con la tortura sobreañadida que su mal funcionamiento supone, a la hora de cobrar se olvidan de todo eso de la digitalización y el papel 0 y han de rellenar tropemil papeles de los de toda la vida, con firmas y cuños a tutiplen. Faltaría más.

Así que hoy no hay aplauso. O, mejor dicho, hay un aplauso supendido en el aire esperando a poder prorrumpir en salvas algún día. El día en que dejemos de hacer todos estos trámites absurdos y nos dediquemos a tiempo completo a eso para lo que nos preparamos y que constituye nuestro oficio: hacer Justicia. Nada más y nada menos.

 

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Esperas: ¿desesperas?


espera

Cada cosa a su tiempo. Algo que oímos a diario, a pesar de que a veces la impaciencia nos consume y cuesta llevarlo a la práctica. Los tiempos de espera son en el mundo del espectáculo tan importantes como las obras mismas. Quien quiere las mejores entradas para un estreno espera pacientemente horas y hasta días de cola, quien es seguidor de una saga espera a que llegue la siguiente entrega y, por supuesto, quien aspira a abrirse un hueco en el mundo de la farándula espera a que algún día llegue su oportunidad, sea Una segunda oportunidad, sea La última oportunidad, o sea la enésima. Y la verdad, cuando de esperas cinematográficas se trata, siempre me vienen a la cabeza esas escenas de películas de antaño donde el futuro padre aguarda en la sala de espera del hospital fumando un cigarrillo tras otro –que raro se nos hace ver eso ahora- a que La cigüeña diga sí, preguntándose eso de Qué esperar cuando estás esperando

Nuestro mundo toguitaconado está lleno de esperas. Grandes o pequeñas, importantes o nimias, largas o cortas, llenan minutos y horas de nuestro día a día. Algunas, en forma de recesos, otras en forma de suspensiones y otras más en meros retrasos que colman nuestra paciencia y a veces son dignas de poner a prueba al mismísimo Job.

Uno de los momentos en que la espera adquiere tintes melodramáticos por su intensidad e importancia, es el que sirve de antesala a nuestra llegada a Toguilandia. Seguro que cualquiera de quienes hayan pasado por la oposición recuerdan ese momento angustioso entre haber terminado el examen y el momento en que el ujier de mi época, el agente judicial o el auxilio actual salen y cuelgan en el tablón ese papelito donde está el veredicto que puede marcar nuestro futuro para siempre. Apto o no apto. Un momento en el que el mundo se para o comienza a girar vertiginosamente. Y, hasta que llega, la espera. Esos paseos interminables por el pasillo de los pasos perdidos, esa sequedad de boca, ese apretar amuletos y mirar una y mil veces a ver si llega el momento. Y, a pesar de que llevamos casi toda la vida ensayando para ese momento, en cada examen de la carrera, en cada prueba a superar, no hay entrenamiento que palíe la angustia de esos momentos. Tanto es así que tengo una compañera que dice que aún siente ansiedad cada vez que ve las puertas verdes y doradas del Tribunal Supremo, aunque sea en una serie de teelevisión.

Pero ahí no acaban nuestros tiempos de espera. La vida en los juzgados y tribunales está jalonada de ellas. Esperar en la puerta a que te toque el turno de hacer el juicio es algo a que abogados y abogadas viven a diario, al igual que lo vive el justiciable.

También vivimos muchos momentos de espera en los juzgados de guardia. Esperar a que llegue el intérprete , por ejemplo, sobre todo si se trata de un dialecto raro, es otro de los momentazos que pone a prueba la templanza. Como lo pone la espera a la llegada de algunos profesionales, como esos pobres letrados y letradas del turno de oficio  que van de la comisaría al juzgado corriendo como pollo sin cabeza y que encima a veces tienen  que tragarse la bronca de unos y otros porque, de momento, no tienen el don de la ubicuidad. Aunque me consta que siguen pidiéndoselo a los Reyes cada año.

Una de las esperas que todavía me ponen un nudo en la boca del estómago es la del veredicto del tribunal del jurado . Pasas días dándolo todo en juicio y al fin, una vez concluidos los informes finales y entregado a las partes el objeto del veredicto, solo queda esperar a que esas nueve personas decidan si el acusado es o no culpable, y en qué circunstancias. Unas horas o unos días donde estás esperando La llamada de la sala para ir a escuchar cómo ha quedado la cosa. Confieso que yo siempre me imagino a los miembros del jurado deliberando como en Doce hombres sin piedad aunque también confieso que, a pesar de lo que piensa mucha gente, sus veredictos suelen estar llenos de sentido común. Ese rato -o ratos- de espera, pueden darse mientras se aguarda la resolución de cualquier otro proceso, sin duda, pero en pocos se vive con la inmediatez e intensidad que en este tipo de juicios. O, al menos, esa es mi experiencia.

Pero no todas las esperas son de tanta trascendencia, aunque el nivel de desesperación sea considerable. Hay un tipo que vivimos a diario cualquiera de quienes nos dedicamos a este oficio. La espera del rosco. Ese momento en que el ordenador, el programa informático o ambos a un tiempo, deciden que están cansados y nos obsequian con un circulito dando vueltas en pantalla. Generalmente, como manda la ley de Murphy, hacen esto cuando termina un plazo, cuando se trata de una causa urgente o cuando una tiene intención de irse de vacaciones, incluso cuando suceden las tres cosas a la vez. Y hay que contenerse para no coger el terminal y arrojarlo por la ventana.

Y, por supuesto, están los períodos de esperar sentados. O sentadas. Y han sido demasiado frecuentes en los últimos tiempos. Opositores esperando una convocatoria donde las plazas no sean miseria y compañía, jueces, fiscales y LAJs esperando que salga el concurso ansiado, profesionales esperando que creen juzgados y que nos doten de medios materiales y de condiciones dignas para ejercer nuestra función o la ciudadanía esperando que deroguen una ley o que promulguen otra, u otras, que nos coloquen de una vez en el siglo XXI. Y seguimos preguntándonos si es cierto eso de que el que espera desespera. Suma y sigue.

Por todas esas razones, una vez más, el aplauso se lo daré a la paciencia. Eso sí, siempre que no se convierta en resignación, que de eso ya tenemos de sobra.

 

Insistencia: derogad el limite de instrucción


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Insistir, persistir y nunca desistir. Un lema que no por muy usado resulta menos necesario. Cuando se precisa algo, hay que perseguirlo hasta el final, ser inasequible al desaliento y continuar insistiendo hasta que a una le hagan caso. Es lo que hacen esos directores de cine empeñados en sacar adelante su proyecto aunque se dejen muchos años y casi la vida en ello. O como dijo una en su día una famosilla de pro, conocida por estar en el candelabro, una se deje la piel en el pellejo. Hay que insistir, sea Buscando a Susan deseperdamente, o sea repitiendo que No nos moverán, como cantaba la pandilla de Verano Azul a bordo del barco de Chanquete.

En la carrera fiscal tenemos una obsesión muy grande, una obsesión que nos hizo encabezar un movimiento sin precedentes en contra de la reforma procesal, al que se unieron todos los operadores jurídicos. Se trataba de la entrada en vigor del famoso artículo 324 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, el que fija el famoso límite de instrucción en 6 meses, aunque sean prorrogables en ciertas cicrcunstancias hasta 18, y siempre con petición expresa y dentro de ese primer plazo semestral. Y el que introduce la no menos famosa declaración de complejidad , una suerte de contorsionismo jurídico para tratar de eludir el temporizador de la bomba del plazo.

Por si alguien no se acuerda, anda fuera de Toguilandia, o se ha incorporado más tarde a nuestro reino de togas y puñetas, recordaré que no contentos con el chapucero texto legal, nos obsequiaron con unas directrices que cargaban sobre el Ministerio Fiscal el peso de los plazos, a pesar de no tener destino en ningún juzgado –nuestro destino es la respectiva fiscalía- y no ser nosotros sino los LAJ quienes tienen encomendada la custodia de los autos. O sea, que somos los responsables de un tesoro cerrado con una llave que está en poder de otro. Si a eso añadimos que muchos y muchas fiscales llevan más de un juzgado cuya sede puede estar a muchos kilómetros de su despacho, la cosa se vuelve esperpéntica. Y a ese esperpento es al que nos seguimos enfrentando día a día, con la amenaza constante de que el temporizador nos estalle en las manos. Fue terrible lo de aquellas revisiones para poder acoplar a esa nueva exigencia causas y más causas, sin medios materiales ni personales para hacerlo porque la disposición adicional así lo establecía expresamente. Como si el legislador quisiera darnos un tirón de orejas tal cual si fuéramos críos que no sacáramos el papel adelante por mero capricho en vez de por el colapso que nadie se molestó en solucionar. Pero ahí no acababa la cosa. El tiempo sigue pasando, los plazos acuciando y a mí se me siguen poniendo los pelos como escarpias cada vez que el sistema informático –cuando funciona- me manda una aviso con un triángulito rojo que me advierte de que revise los plazos. Juro que me siento como en las viejas películas de espías, en que el microfilm se audestruirá en cinco minutos.

Se habló, protestó y escribió mucho sobre ello en su día. Más de la mitad de la carrera fiscal firmamos un escrito donde pedíamos su derogación o al menos, el retraso de su entrada en vigor en tanto no existieran medios. Se unieron a nosotros jueces y abogados y más operadores juridicos. Pero fue en balde. Como suele pasar, nos ignoraron. Y es precisamente una de las reivindicaciones concretas que hacemos los fiscales en las movilizaciones. Porque el problema sigue ahí. Aunque ya parece no interesar y nosotros, como siempre, hemos acabado acostumbrándonos a él. Uno más.

En su día se comentó mucho sobre qué pasaría con las causas largas y difíciles de instruir, fundamentalmente corrupción y delitos económicos, en que lo de los 6 meses parece una broma de mal gusto. No se habló tanto, aunque es también terrible, de lo que ocurriría con otras causas como las de violencia de género, donde sobreeseer provisionalmente, el único subterfugio que permite paralizar el temporizador, dejaría automáticamente sin protección a las víctimas, ya que no se pueden mantener medidas cautelares de un proceso archivado, aunque sea con carácter provisional. Y se sacaron, además, de la chistera, esa cosa llamada declaración de complejidad  que sigue sufriendo distinta suerte según tribunales y audiencias.

Y tampoco el Tribunal Constitucional nos ayudó mucho. Ante una de las cuestiones planteadas, se limitó a lanzar al aire un pequeño balón de oxígeno, o quizás a lanzar un balón fuera, diciendo que la inadmitía porque no tratánodse de plazos propios sino impropios, no suponían los resultados que el proponente exponía. Faltará conocer si quedan más por resolver, pero ya se sabe eso de las cosas de palacio van despacio.

Pero tal vez sea el momento de hacer balance. La cosa ha traído consigo, además de angustia y presión a quienes trabajmos en esto, algunas prácticas cuanto menos discutibles. La precipitación, que no es lo mismo que la rapidez, que hace que prime la necesidad de quitarse el procedimiento de encima aunque no se haya practicado toda la prueba que podría practicarse  Porque parece que lo primordial, según el espíritu de la ley, es hacer las cosas deprisa en lugar de hacerlas bien. Y, en otros casos supone la imposibilidad de practicar pruebas que podrían determinar la diferencia entre absolución y condena. Ahí es nada.

Eso sí, los artífices de la reforma sacaron pecho de lo bien que había ido, aunque fuera a nuestra costa y a pesar de ellos. Y la verdadera lástima es que nunca sabremos el coste que estas cosas ha tenido en la calidad de nuestra justicia, ni los asuntos terminados en absolución porque el síndrome de correprisa impidió que se practicara más prueba.

No nos resignemos. Ahora que las cosas han dado un giro y ha llegado el momento de abrir puertas y ventanas, que el dichoso artículo 324 vuele con viento fresco para no volver jamás. El aplauso lo guardo para entonces, que será cuando inicie una ola toguitaconada para quien le ponga el casacabel al gato.

Invisibles: lo que no vemos


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El don de la invisibilidad, como ya hemos dicho alguna vez, es algo muy atractivo para cualquier guión de cine u obra de teatro. El hombre invisible es un clásico entre los superhéroes, como lo son Los cuatro Fantásticos o cualquier otro superhéroe o superheroína, que también las hay. Pero la invisibilidad no siempre es un súper poder. Y más de una vez hace referencia a quienes la gente mira sin ver, como Los miserables. Ser Invisible o ser Los invisibles es demasiadas veces sinónimo de olvido.

En otros estreno hablamos de cuando los invisibles  a ojos de la opinión pública, somos quienes habitamos Toguilandia. Aunque parece que solo lo somos cuando reclamamos cosas, y no lo somos en absoluto cuando alguna de nuestras actuaciones  da lugar a críticas y, por qué no decirlo, al descontento.

Pero la invisibilidad a que dedico este estreno es la que tiene lugar al otro lado de las togas, la de todas aquellas personas que existen pero que no vemos o no sabemos ver. Por ejemplo, quienes acaban teniendo el complejo del tipo del anuncio del aire acondicionado porque creen que no les hacen ni caso. Se sientan en la puerta del juzgado o de la sala de vistas pensando que alguien va a preguntar por ellos y se lo va a explicar todo. Incluso alguna vez he visto quien busca, como si se encontrara en la cola de la carnicería, el numerito, o hasta pregunta aquello de Quién da la vez. Y claro, si quien llama dice cosas como “que pase el actor” o “que pase el demandado” pues no se dan por aludidos. Hubo un señor que no respondió al llamamiento, pese a estar en la puerta sentadito varias horas. Cuando acabó la sesión y se quejó al agente judicial porque no le habían llamado, le dijo que sí lo habían hecho, a lo que el señor, cariacontecido, dijo que ese tal José Martinez al que llamaron creyó que no era él, porque dijeron que era actor y él es panadero, y a mucha honra.

Y es que a veces no nos damos cuenta, y no explicamos las cosas. Como ocurre con testigos que pasan la mañana en la puerta sin que nadie les explique que ha habido una conformidad y no es necesario su testimonio. Lo normal, lo correcto y lo educado es salir a explicarlo o, como he visto hacer a algún magistrado, llamarles a la sala de vistas para contarles lo sucedido y decirles que se pueden marchar, y que les agradecemos su asistencia. Pero cuando hay quince juicios, se llevan dos horas de retraso, la grabación no se conecta, la videoconferencia parece una comunicación con el planeta Saturno y el aire acondicionado no funciona pese a los cuarenta grados a la sombra, esas cosas se olvidan. Y, claro está, se sienten invisibles. Y con razón.

Pero si de invisibilidad hablamos, la peor parte es la que se llevan algunas víctimas. Se trata de personas que, con razón o in ella, se sienten ninguneadas en los juzgados o en el proceso judicial. A veces porque la ley no lo prevé, otras porque no saben lo que pasa y alguna otra porque alguien no lo hace todo lo bien que debiera.

Los ejemplos son variados.  A las mujeres víctimas de violencia de género no siempre se les explica bien eso de poder personarse y en qué consiste. Y no hablo solo de los juzgados. Esta cuestión empezaría en las propias comisarías, donde no siempre son asistidas por letrado desde el principio para poner la denuncia, porque entienden que con que el abogado o abogada que les asista en el juzgado es suficiente. Y quienes trabajamos en esto sabemos la trascendencia de esa primera declaración al interponer la denuncia. Dar importancia a unos hechos o a otros, concretar circunstancias o poner el acento donde toca evitaría esas famosas preguntas: ¿por qué no dijo eso ante la policía? o ¿por qué tardó tanto en denunciar?.

También los menores se sienten ninguneados. Quieren contar “su” verdad, por qué quieren irse con tal o cual o progenitor o por qué no quieren hacerlo. Escucharles siempre es bueno pero, si no se hace por alguna otra razón, debería saberse la causa. Y, en la vorágine de los procesos judiciales despachados uno detrás de otro, no siempre se tiene el tiempo o la paciencia para hacerlo ver.

Luego están todas aquellas personas que se sienten víctimas sin que la ley les atribuya tal carácter. Sería el caso de quien se considera estafado o perjudicado por un hecho, pero no hay indicios suficientes para considerar que tal hecho haya traspasado los límites de la jurisdicción civil -o, en su caso, la administrativa- para considerarlo un delito. Una señora, por ejemplo, estaba muy indignada con el alcalde de su pueblo porque no se arregló el socavón en el que ella cayó, rompiéndose la cadera. La buena mujer puso una denuncia y solo vio que un día le llegaba un papelito del juzgado diciéndole que la causa se había archivado, sin que ni siquiera le hubieran llamado a declarar. Y, si nadie le cuenta que esa no es la vía pero puede reclamar de otro modo, le da la sensación de que la han ignorado olímpicamente. Y es que no todo lo que la gente piensa que es de juzgado de guardia es susceptible de ventilarse en el juzgado de guardia.

Hay mucha gente que cruza el umbral de salida de Toguilandia mascullando eso de “no me han hecho ni caso” sin saber que eso no es exactamente así, y que si lo es, tal vez haya una razón comprensible que nadie le ha hecho comprender. La famosa frase “¿qué hay de lo mío?” se queda suspendida en el aire, esperando una respuesta.

Así que hoy el aplauso va dirigido a quienes, en un encomiable ejercicio de profesionalidad y empatía, se bajan a las trincheras para explicarle al justiciable que lo suyo importa, aunque le dé la sensación de que no es así. Algo realmente muy difícil cuando el colapso y la carencia de medios transforman cada minuto empleado en ello en oro puro.

Y por supuesto, una vez más una ovación extra para @madebycarol1, que ha hecho la ilustración que enriquece este estreno