Visibilizar: es justo y necesario


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De poco servirían tener una obra de arte maravillosa si no hay medio de que sea conocida y compartida. El arte es para ser visto, disfrutado y hasta vivido por el público. Como me dijo una vez una escritora, quien escribe solo para sí lo que hace es un diario. Y el mundo del espectáculo se nutre de obras, no de diarios escritos para una misma, más allá de esos diarios que dejan de serlo para convertirse en libros o películas, reales como el Diario de Ana Frank, u otros de ficción como El diario de Noa. Y, por cierto, no hace falta que el autor muera para ser conocido, como el Van Gogh que veíamos en El loco del pelo rojo, o el autor de La Conjura de los necios, cuya madre se empecinó en publicar a su hijo tras su fallecimiento.

En nuestro teatro tenemos un problema. Al parecer somos invisibles, como el pobre hombre del anuncio de aire acondicionado. Y aquí, precisamente, lo de ser invisible no es un super poder, como el de El hombre Invisible, o el de aquel chico de la serie Los Protegidos, mucho más afortunado con su don que la pobre muchacha que achicharraba a base de corrientes eléctricas todo lo que tocaba.

Esa invisibilidad se ha hecho patente estos días, y mucho. A pesar de que nos hemos desgañitado por tierra, mar y aire –o sea, medios de comunicación, redes sociales y foros varios- anunciando movilizaciones, gritando que #MercemosUnaJusticia De Calidad y llegando adonde pocas veces se llega, y menos en estas carreras, a la huelga, nos han hecho poco caso. No hemos abierto ningún informativo y en algunos ni siquiera se nos ha nombrado. Tal como lo escribo.

Por si alguien no me cree, y como de muestra vale un botón, contaré una anécdota, aun a riesgo de parecerme a esa cantante que siempre tiene una a mano, venga o no a cuento, mientras ejerce de jurado de un talent show.

Era el mismísimo día de la huelga, 22 de mayo. Esta toguitaconada, que había colgado no solo la toga sino las funciones de portavoz, recibía una llamada en su teléfono –particular, el corporativo es un Nokia antediluviano sin internet – de una periodista. Me pedía, cómo no, información sobre el asunto del día, que ya sabrá todo el mundo cuál era. Le respondí muy educadamente que estaba de huelga y que las labores de información no estaban incluidas en los servicios mínimos. Y, para mi sorpresa, me preguntó” ¿Qué huelga?”. Ojiplática, le respondí que la de jueces y fiscales, y me dijo que no sabía nada. Por si no era suficiente, me aclaró que ella se dedicaba a Sucesos. Como si los sucesos no tuvieran que ver con los juzgados y tribunales, que son parte de su escenario natural. Y no la reprocho a ella personalmente, sino que lo cuento como prueba de la poca repercusión que han tenido nuestras movilizaciones.

Pero si aun así tenéis dudas de mi veracidad, contaré más. Aunque a la primera de las movilizaciones y paros sí que acudieron algunos medios, cada vez fueron menos, hasta el punto que éramos nosotros quienes nos hacíamos fotos y las retransmitíamos por redes. E incluso en algún caso, el mundo al revés, era el medio quien cogía la foto del tuitero togado, y no al contrario. Y gracias, porque otros ni eso.

También es, cuanto menos, curioso, que alguna tele pública que sí dedico unos cuantos minutos a la huelga lo hiciera solo en su informativo territorial, dejando en el nacional un número de minutos similar a lo que pretenden decir del papel de los juzgdos. Cero patatero. Solo que ese cero es real y el del papel solo existe en la imaginación de los mandamases de turno.

Claro está que no contábamos con la contraprogramación. Y nada menos que la consistente en la detención de quien en otros tiempos estuvo en los más alto. Aunque es algo a lo que, por desgracia, nos venimos acostumbrando en los últimos tiempos, que no damos abasto. Pero no fue solo eso. Desde el más mínimo detalle del chalé del que todos sabemos , del que solo nos falta por conocer el tono del alicatado de los baños, hasta cotilleos variados nos dejaban sin sitio en los informativos. Incluso sé de buena tinta que, antes del hecho contraprogamatorio, se había llegado a cancelar alguna entrevista sobre la cuestión por falta de espacio.

Pero no voy a echar la culpa solo a los medios, ni a los periodistas, que nosotros también tenemos nuestra parte de culpa. No sabemos transmitir y nos falta cintura para reaccionar, arrimando el ascua a nuestra sardina, si es necesario. Si la hubiéramos tenido, podríamos haber aprovechado para insistir en que si al detenido estrella del día se le podía, llegado el caso, juzgar, era porque hay unos profesionales de la Justicia que pese a la carencia de medios y a la abundancia de trabajo ahí están, inasequibles al desaliento. Igual que lo han estado para instruir, calificar, hacer el juicio y culminar con la sentencia de la Gürtel, el tema que, al día siguiente, acabó de invisibilizarnos.

También podríamos haber dado la vuelta a un tema del que hablaba todo el mundo, el referente a la declaración judicial de una actor más polémico en otros campos que en el del espectáculo, y con apellido de ciudad castellana, que, al parecer, tenía que declarar en un juzgado y no lo hizo. ¿Qué mejor momento para explicar que si se suspendió su declaración era por el ejercicio del derecho de huelga por parte de unos profesionales que estamos hasta las puñetas de que nos traten como la hermanita pobre de la Administración?. Pero nada, ahí estaban comentando a diestro y siniestro las ocurrencias del actor de marras sin pararse a pensar ni por un instante en ello.

No obstante, es cierto que al final -a la fuerza ahorcan- algunos medios se hicieron eco de la huelga, aunque fuera al día siguiente. Que más de la mitad de la plantilla de jueces y fiscales colgaran las togas es un hito histórico. Pero no es menos cierto que ninguno lo hizo en portada, ni con un misero faldoncillo, con la honrosa salvedad de algún rotativo local, como, que yo sepa, ocurrió en Ciudad Real o Galicia. Y les alabo el gusto, o el tino.

Casi  da la sensación que en el extranjero llamara la cosa más la atención que aquí. ¿Nadie es profeta en su tierra? Pues no lo sé, pero lo que sí sé es que medios como Times o Le Figaro dedicaron un considerable espacio a ello.

Aunque no desesperemos, ni seamos pesimistas. Algo de pupa debió hacer cuando al día siguiente el director de nuestro teatro, o sea, el Ministro, ha anunciado que, como si fuera El Mago, se ha sacado de la chistera unos cuantos milloncejos para nuestras retribuciones. Como si con eso nos callara la boca. Y, al margen de poderles decir a nuestros loros que ya tienen  su chocolate, poco más. La dignidad de las retribuciones -también necesaria- no era, ni con mucho, la más importante de nuestras reivindicaciones. Interpretarlo así es acusarnos de mezquindad. Así que guárdese su chocolate que ya le daremos pipas al loro.

Y eso es todo, hasta ahora. Veremos cual es el siguiente paso. Pero, de momento, ahí va mi aplauso para quienes colgaron sus togas en pro de la dignidad de una Justicia mejor para todos, y para quienes nos apoyaron desde sus diferentes posiciones. Ahí seguiremos.

 

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