Día de la mujer: avanzando


BOMBERA

Como cada año, mi toga, mis tacones y yo misma seguimos conmemorando el Día de la Mujer.

Para ello, esta vez he querido rescatar un relato que hice para el libro de fiestas de los bomberos de Valencia, y que me agradecieron con un generoso reconocimiento en un acto el pasado año siempre guardaré en mi memoria.

Hoy, como regalo por este día, lo quería compartir con quienes me honrais leyéndome cada semana.

 

Relato publicado en el libro de fiestas de Bomberos de Valencia 2017

IDEAS DE BOMBERA

 

    Apenas quedaba tiempo. Cada gota de aquel maldito artilugio conectado a su brazo era como cada grano de su viejo reloj de arena, descontando las horas, los minutos, los segundos. Decidió tomarlo con calma. No podía hacer otra cosa. La vida marcaba su inexorable rumbo y las personas poco teníamos que hacer para escapar a nuestro destino. O tal vez sí.

              Casi sin darse cuenta, se sumió en un sueño narcótico que le transportó a otra época. Y esta vez no quiso resistirse más. Le dejó entrar por la rendija donde se meten los sueños, y se dejó llevar.

              Se vió a sí misma con ocho años, su uniforme del colegio y su mochila cargada a la espalda, volviendo a casa como cada día. Y, al doblar la esquina, todo se volvió humo. Apenas se distinguía el edificio de su casa, y tampoco se podía acercar más. Un montón de gente se apiñaba junto a su portal, sin dejar apenas vislumbrar la cinta roja y blanca con que habían acordonado la zona. Su edificio, su portal, su casa. Y su ventana. De allí es donde salía el humo. Le empezaron a escocer los ojos y ya no supo mucho más. Alguien la cogió de la mano y se la llevó lejos, a pesar de sus protestas. No quería marcharse. No sin comprobar que su mamá estaba bien. Solo quería ir con ella, pero nadie le contaba nada. Solo le decían que se tranquilizara y fuera una niña valiente, que todo iba a ir bien. Pero ella no quería ser valiente. Solo quería ser una niña y dormir acunada por su madre, como tantas veces, y despertarse en su cuarto con sus muñecas. Tampoco pedía tanto.

     Pero no pudo ser. Le explicaron algo sobre un terrible accidente, y la llevaron a casa de sus tíos que, aunque se empeñaban en ser cariñosos con ella, no le reportaban ningún consuelo. Al fin y al cabo, no había tenido apenas relación con ellos. A su padre no le gustaba demasiado la vida social, y su madre había acabado por limitar su vida a un mundo maravilloso en que solo existían ellas dos. Un mundo en el que ni él, ni sus gritos ni sus golpes tenían cabida.

     Se empeñaron en que les contara lo que había pasado el día anterior. Pero no pensaba decirlo. Le había prometido a su madre que nunca contaría a nadie esas cosas, y no pensaba faltar a su palabra. Solo quería verla, saber cómo estaba, y volver a aquel mundo privado en que nada importaba. Pero por más que preguntaba, seguían sin constestarle. Pasó la noche en vela, en aquel cuarto prestado que le era tan ajeno, hasta que, cuando ya casi era de día, sonó el teléfono.

     Aguzó el oído. Escuchó a su tía llorar y, tras un minuto que pareció una eternidad, fue junto a ella y le dijo que su madre estaba en el hospital, que estaba muy malita pero que pronto podría verla y todo iría bien. Y quiso que fuera verdad.

     Su tía no mintió. Y aunque no tan pronto como hubiera querido, su madre se recuperó. Había sufrido graves quemaduras en el cuerpo, pero luego sabría que más graves aún fueron las del alma. A su padre no volvería a verlo, aunque eso más la alivió que otra cosa. Pero le dolió el corazón cuando supo que el bombero que había logrado rescatar a su madre del infierno había muerto. Y entonces tomó la decisión más importante de su vida.

     Pasaron los días, los meses, los años. Su madre apenas tenía secuelas y había cambiado por completo. Ya no vivían solo para ellas. Ya no tenía miedo a salir de casa, ni a alzar la voz, ni a ponerse guapa. Juntas iban a todas partes, pensando que aquel incendio se llevó consigo mucho más que su casa. Ya no necesitaban aislarse en un mundo privado porque el mundo les pertenecía. Aunque nunca dejaron de recordar a aquel héroe que las devolvió a la vida.

     Cuando llegó el momento de decidir qué hacer con su vida, le dijo a su madre lo que tenía claro desde aquel día lejano en que volvía a su casa con su uniforme y su mochila. Ella sería bombera. Y salvaría a la gente no solo de las llamas sino de una vida de pesadilla como la que ellas habían tenido. Pero su madre, como siempre que tenía alguna de sus ocurrencias, le dijo aquello de que las suyas eran ideas de bombera, que ninguna mujer se dedicaba a aquello.

     Pero a ella no le importó lo más mínimo. Si no había ninguna, ella sería la primera. Y seguro que tras de ella vendrían otras muchas. Y ella les esperaría con los brazos abiertos para poder dedicarse a la profesión más hermosa del mundo, la que un día salvó la vida de su madre y también la suya.

     Se preparó concienzudamente. Se enfrentó a la oposición de mucha gente, y hasta las burlas. Se machacó el cuerpo para preparar las pruebas físicas y se peló los codos para estudiar todo el temario. Y, mientras tanto, se acordaba de cuando en cuando de aquel héroe y le llevaba flores al cementerio. Las flores que nunca le llevó a aquella otra lápida donde estaban los restos del hombre que quiso acabar con la vida de su madre. Su padre. El que todavía aparecía en sus pesadillas.

 

     El sonido del monitor la sacó de sus sueños. El gotero seguía su curso. Su madre, a su lado, le recordaba lo orgullosa que estaba de ella. Logró lo que anhelaba. Ser una de las primeras mujeres bomberas de nuestro país. Ahora ya eran más, aunque todavía quedaba un largo camino. Solo 10 mujeres entre 400 hombres en toda la Comunidad Valenciana, y solo dos en los cargos más altos en todo el país. No podía haberle hecho más feliz cumpliendo con aquellas ideas de bombera.

     El gotero terminó su contenido. Vinieron a por ella y se la llevaron en una camilla. La suerte estaba echada.

Cuando volvieron a llevarla a la habitación, su madre seguía allí, con lágrimas en los ojos.

Todo había ido bien. Había dado a luz a un niño precioso. Y, por supuesto, no podría tener otro nombre. Se llamaría Salvador, como aquel bombero que les salvó la vida. Y quizás algún día, él también volvería loca a su madre con sus ideas de bombero.

 

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Un pensamiento en “Día de la mujer: avanzando

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