Frío: togas congeladas


                El tiempo atmosférico es mucho más que el tema para una conversación de ascensor. La lluvia, la nieve, el sol o la tempestad han dado lugar a numerosas películas. El tsunami de Lo imposible, la tempestad de La tormenta perfecta, Las nieves del Kilimanjaro o la Lluvia en los zapatos dan idea de la buena excusa que constituye el clima para un buen título. Porque se puede desde estar Cantando bajo la lluvia hasta retándose en un Duelo al sol. Todo es posible.

                En nuestro teatro, aunque no lo parezca a primera vista, la meteorología puede jugar un gran papel. De hecho, las condiciones meteorológicas pueden dar lugar a suspensiones y retrasos o a hacer evidente la necesidad de medios materiales que siempre nos agobia. Y pueden, incluso, ser la causa de juicios históricos como ocurrió con el desbordamiento de la presa de Tous debido a las lluvias torrenciales con que el clima obsequia de vez en cuando a mi tierra.

 En su día, ya dedicamos un estreno al calor , que hacía que las togas sobraran. Ahora, sin embargo, nos pasa justo lo contrario. Ojalá las togas fueran plumíferos para poder combatir la ola de frío a la vez que hay que ventilar para combatir otra ola, la del covid. Y es que se nos amontona la faena.

                No es la primera vez que salen a la luz nuestras carencias cuando el frío aprieta. Ya veíamos, cuando hablábamos de sedes, que en esos sitios donde el termómetro gusta de pasearse por debajo del cero, la falta de calefacción es un riesgo evidente para la salud, y algo más frecuente de lo que sería desear. Espero que algún día pueda dedicar una entrada a la llegada de unos medios apabullantes para nuestra pobre justicia, pero de momento esto es lo que hay.

                Pero, más allá de nuestras cuitas, y una vez nos hemos aprovisionado de guantes, bufanda, camiseta térmica y calcetines de lana, nos disponemos a sufrir las consecuencias del temporal, que en este 2021 se ha despachado a gusto. Y, obviamente, lo primero que nos encontramos son las dificultades para asistir a juicios. De profesionales y del justiciable o, lo que es lo mismo, de intérpretes y público.

                Es obvio que jurídicamente la circunstancia de verse atrapado por la nieve o imposibilitado de acudir por falta de medios de transporte no puede calificarse de otro modo que no sea el de fuerza mayor. Pero cuestión distinta es cómo se arbitra la situación para causar el menor perjuicio posible, Y ahí empiezan los problemas.

                Evidentemente, si alguien, sea testigo, perito, intérprete o investigado, no acude al llamamiento judicial por este motivo, no pueden aplicársele las consecuencias legales de la incomparecencia en cualquier otro caso, esto es, multa, o, en casos recalcitrantes, ser encartado por un delito de obstrucción a la justicia. La nieve es un buen salvoconducto para escaquearse, aunque tiene su plazo de caducidad. En cuanto los muñecos de nieve se derriten, el salvoconducto deviene inválido.

                Caso parecido es el de los y las profesionales. Si jueza, fiscal, forense, Laj o cualquier otra persona que sirva en Toguilandia no llega por las mismas razones, tampoco habría ninguna consecuencia para quien no ha comparecido. La consecuencia lógica sería poner un suplente a quien falte, pero andamos escasos de medios y los sustitutos ya hace mucho que quedaron reducidos al mínimo. Así que o se cubre la sustitución por un colega disponible, o el fantasma de la suspensión empieza a planear. Y aterriza, claro

                No obstante, cuando pasan estas cosas se revientan algunas de nuestras costuras. Entre ellas, la excesiva rigidez de nuestra legislación que da lugar a situaciones estrambóticas. Leía hoy mismo la de un juzgado donde letradas, letrados y procuradores habían acudido como habían podido, y se habían encontrado sin jueces, porque se había acordado previamente por el Decanato suspender las vistas. No sé hasta donde es cierto, aunque sí sé de fiscalías que han emitido notas advirtiendo de su incomparecencia a algunas sedes -recordemos que los fiscales tenemos una sede física que puede distar muchos kilómetros del juzgado o juzgados al que estemos adscritos- Pues bien, en nuestro caso, la fiscalía toma la decisión, pero quién lo hace en el caso del órgano judicial? ¿El Decanato? ¿El Tribunal Superior de Justicia correspondiente? Pues, salvo que me equivoque, creo que corresponde a cada juzgado en concreto, aunque ya nosé si es cosa de Su Señoría o del LAJ acordarlo y comunicarlo, respectivamente. Lo que sí sé es que resulta bastante disfuncional no saber hasta el último momento a que atenerse, y que es desconcertante que diferentes órganos judiciales de la misma localidad pudieran adoptar medidas diferentes para el mismo supuesto. Pero, si la logística nacional no está preparada para contingencias de este tipo, no podríamos esperar que la administración de Justicia lo estuviera.

                No quiero despedir esta función sin recordar que el frío me trae buenos recuerdos. Un día como hoy, hace ya muchos años , hacía en Zaragoza mi primer ejercicio de la oposición que me convirtió en Fiscal. No recuerdo haber pasado más frío nunca, y aseguro que no era cosa de los nervios.

                Ahora ya, no me queda más que dar mi aplauso para bajar el telón de este estreno. Hoy es, sin duda, para quienes han seguido dándolo todo sin denuedo pese al frío, la nieve y todos los inconvenientes. Un cálido agradecimiento en esta heladora situación

Adiós María Jesús: ya te echamos en falta


                Todo el mundo hemos cantado alguna vez esa sevillana tan conocida: “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Muchas personas, además, la relacionamos con aquella muerte que paralizó a un país entero: la de Chanquete en Verano azul. Así que me pareció la mejor banda sonora para mi estreno de hoy. Un estreno que cumple una deuda histórica de gratitud. Que se abra el telón.

                Este maldito 2020 culminó su nefasta andadura con el peor colofón para mucha gente. La noticia de la muerte repentina de María Jesús Moya nos dejaba con la boca abierta y el corazón roto, mirando una y otra vez las pantallas de nuestros móviles deseando que fuera un mal sueño, o un malentendido, o lo que sea. Pero, no. La desgracia se confirmaba y la noticia recorría foros y grupos de WhatsApp. En un día de celebración, se nos partía el alma.

                No obstante, no quiero escribir algo triste. Ya hice un pequeño homenaje en la prensa que resumía el sentir de muchos compañeros y compañeras. Hoy quiero escribir algo que le hubiera gustado leer, algo que vea desde allá donde esté y que provoque su eterna sonrisa pintada de carmín, tan indeleble como su recuerdo.

                Cuando hace ya más de seis años empecé con este blog, María Jesús fue una de las primeras seguidoras, al que se mantuvo fiel. Desde entonces, muchas veces me decía que era algo tan bonito que debería conocerlo todo el mundo, y que debían enseñarlo a las nuevas promociones de la carrera en el Centro de Estudios Jurídicos. Obviamente, el cariño guiaba sus palabras, como guaba todas sus obras. Y yo quiero devolverle ese ejercicio de confianza y afecto con estas líneas. Hoy será mi blog el que haga que todo el mundo conozca a María Jesús, así que difundid este post por tierra, mar y aire. Que todo el mundo sepa la fortuna que tuvimos quienes la conocimos.

                Me gusta recordarla con una flor en el pelo, como la ilustración de @madebycarol que he escogido para ilustrar este estreno. Fue en una cena tras la presentación de uno de mis libros, a las que nunca fallaba, donde, entre risas, decía que la ilusión de su vida era ir a un hotel del Caribe con una flor en el pelo. Nos divertimos tanto que ninguna persona de las que asistimos olvidamos aquella anécdota, que tan bien te describe.

                María Jesús era alegría. Era la persona que, como dijo una compañera, nos alegra las mañanas elogiando cualquier cosa que lleváramos con tal de hacer la vida un poco más bonita. Qué zapatos más lindos, qué bien te queda ese traje, qué guapa estás, cómo te sienta ese color. Siempre pendiente, siempre amiga, siempre ahí.

                Pero la alegría de María Jesús no era gratuita. Se había ganado a pulso su derecho a reír de un episodio injusto que tanto le hizo llorar. Todavía me caen las lágrimas cuando pienso en su llamada: he decidido pedir el traslado a Valencia, por la gente que conozco de redes sé que voy a estar bien. Era un halago y una responsabilidad enorme que se convirtió, en apenas unos días, en una fortuna aun más grande. Aunque suene raro, mi madre le diría que no hay mal que por bien no venga. Esa madre a la que siempre trató con tanto cariño como si fuera la suya y a la que dedicaba un beso en el último mensaje que me envió, unas horas antes de irse para siempre.

                Fue una gran fiscal como solo podían serlo las grandes personas. Las leyes necesitan tener alma y ella se la insuflaba en cada dictamen, junto con todos sus conocimientos. Algo que no digo solo yo, sino que dice mucha gente.

                Por eso hoy he querido, como despedida y homenaje, traer el testimonio de los dos últimos jefes que tuvo, que compartimos, que no tardaron ni un minuto en atender mi petición. El actual fiscal jefe de Valencia, José Francisco Ortiz, dice de ella

                “Siempre recordaré de María Jesús su carácter afable y su compromiso en defensa de la sociedad y de los valores del Estado de Derecho”

                Por su parte, Teresa Gisbert, actual Fiscal Superior de a Comunidad Valenciana y anteriormente fiscal jefe de Valencia cuando María Jesús llegó, escribe lo siguiente:

                “He sentido mucho el fallecimiento de María Jesús, no solo por lo que supone perder a una compañera y a una fiscal muy trabajadora sino, sobre todo, porque hemos perdido a una persona buena, porque así es como yo definiría a María Jesús, una persona generosa, empática y siempre dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Siempre la echaré de menos por su alegría, su simpatía y su cariño”

                He querido que sean nuestros jefes quienes dejen esas palabras para que todo el mundo sepa que ella, que llegó incluso a dudar de sí misma como fiscal, era una profesional querida y valorada en todos los aspectos.

                Por mi parte, cierro el telón de hoy con una ovación cerrada para ella. Me quedo con su silla vacía en cada acontecimiento, pero la llenaré con su recuerdo. Y con esa inmensa sonrisa con la que miraba a la cámara con los labios pintados de rojo y una flor en el pelo.

Reyes Magos de nuevo: más precisos que nunca


                Aunque, en repercusión cinematográfica, nuestros Reyes Magos pierden por goleada ante Santa Claus, hoy son más necesarios que nunca. Es más, el estreno del año debería ser una película que plasmara la coalición entre unos y otro para asumir conjuntamente no el gobierno de la Navidad sino el de todo el año. Una película que, además, debería estar basada en hechos reales como esas que nos facilitan la siesta del domingo mejor que el mejor de los somníferos. Pero, mientras llega, tendremos que escribir nuestra carta, más necesaria que nunca.

                En nuestro teatro, ni un solo año hemos dejado de escribirles. Y he de decir que, como pasaba cuando era una niña, no siempre traen todo lo que pedimos. La diferencia es que entonces no siempre se podía llegar a todo lo que era capaz de pedir la imaginación de una niña que todavía cree en la magia, y ahora, nos conformaríamos con aquellos mínimos necesarios para quienes hace tiempo dejamos de creer en la magia.

                Porque, seamos realistas, si a alguien le quedaba el más mínimo rescoldo de creencia en la magia de la Navidad, esta se lo ha puesto fácil para barrerla de un plumazo. Sonrisas secuestradas bajo las mascarillas, reuniones restringidas, toque de queda, o limitaciones de aforo y de horarios no son buen caldo de cultivo para dejarse llevar por el espíritu navideño. Si a ello unimos los agujeros sin fondo en el bolsillo por la crisis económica, el panorama se vuelve desolador. Por mucho brilli brilli con que lo disfracemos.

                En las anteriores cartas, desde Toguilandia nos hemos desgañitado pidiendo medios, medios y más medios. Sobre todo, medios informáticos , que en muchas cosas todavía andamos dándole al pedal para que los ordenadores se pongan en marcha. Y claro, ha llegado el lobo y ha pillado a Pedro yendo a por uvas. Un lobo que, aunque diminuto e imperceptible a simple vista, ha sido más demoledor que el de Caperucita y el de los Tres cerditos juntos tras tomarse la pócima que volvía al Increíble Hulk en La Masa.

                Así que ahí va la primera petición, tan vieja como lo es nuestro escenario. Necesitamos medios materiales adecuados. Esto es, además de aprovisionarnos de bolis -que no sean verdes, por dios-, possits a discreción -qué haría sin ellos-, grapadoras, subrayadores, carpetas y demás adminículos de papelería, unos medios informáticos suficientes para que lo del teletrabajo sea una realidad que consista en mucho más que llevarse el trabajo a casa como toda la vida.

                Y, cómo no, medios personales. Necesitamos jueces, fiscales, funcionarios y funcionarias, forenses y hasta personal de limpieza, que siempre olvidamos la intendencia y hoy es más precisa que nunca. Qu no se nos olvide que la mopa, el trapo y el desinfectante son de las armas más poderosas para nuestra lucha diaria contra el coronavirus.

                Tampoco podemos olvidar que no podemos relajarnos mientras el virus siga ahí. Así que nada de trampas. No podemos sucumbir a la tentación de dejar de ventilar, de espaciar los juicios o de llamar para que desinfecten entre uno y otro. Que sí, que es una pesadez y lo hace todo mucho más largo, pero más pesado sería contagiarnos y más largo recuperarnos. Y eso sin ponernos en lo peor, claro…

                Pero, si en estos días duros hace falta algo, ese algo es la ilusión , eso tan volátil que siempre amenaza con marcharse volando. Y ahora, más todavía, con las ventanas abiertas para ventilar. Hagamos lo posible por mantenerla ahí, aunque cueste. Es una parte importante de la pócima del éxito. Unida, cómo no, a la esperanza, el bien más buscado en estos días inciertos.

                Este año, más que nunca, os pediremos, queridos Reyes Magos, esa varita mágica que nos debéis desde hace varios años. Creo que es hora ya de tenerla, y que, después de toda la experiencia que hemos adquirido -a la fuerza ahorcan- seguro que sabemos usarla. Y si no puede ser varita mágica, que sea su versión low cost, la lámpara de Aladino. Creo que a estas alturas tenemos la capacidad de síntesis suficiente para resumirlo todo en tres deseos, y hasta que nos sobre alguno.

                Por todas estas cosas, este año voy a introducir una novedad. Traed lo que queráis, pero, por favor, llevaos unas cuantas cosas. Llevaos el maldito virus para que no vuelva jamás, y llevaos con él la incertidumbre en la que nos ha sumido. No os pediré optimismo, ni alegría, porque seguro que sabemos encontrarlas en el momento en que el bicho desaparezca. Y seguro también que desaparece como por ensalmo ese cansancio perenne con el que vivimos cada día. No más Día de la Marmota, por dios. Y si tampoco hay Día de la Mascarilla, mejor que mejor. Ya va siendo hora de volver a vernos las caras, una frase que ha pasado de ser una amenaza velada a un canto a la esperanza.

                No me pondré muy pelma. No vaya a ser que no me hagáis caso, querido Reyes Magos. Por eso bajaré hoy el telón con el aplauso. Ese que os daremos, aunque sea en diferido, cuando todas estas cosas se cumplan. O, cuando al menos, se cumpla la que resume todo. Que se baja el bicho de una vez. Y para siempre.

2020: el año que vivimos peligrosamente


                Acabamos de salir de un año en que hemos vivido algo inaudito. Por más que nos hubieran pintado situaciones similares en filmes como Contagio o Estallido, aquello sonaba poco menos que imposible, propio de otras épocas como La peste. Pero lo que parecía que nunca pasaría pasó y convirtió a 2020 en El año que vivimos peligrosamente, un año para decirle Sayonara, baby, vete y no vuelvas más. Adiós, 2020, adiós.

                Pese a todo, es preciso hacer balance. Incluso diría que es preciso más que nunca, porque nunca tuvimos una mejor ocasión de reflexionar y autoevaluarnos que la de este año. Con todo el tiempo que el confinamiento nos dio y se llevó. Siempre según el cristal con que se mire.

                Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta que la cosa no empezó tan mal. Es mas, empezó de maravilla para mí, con momentos inolvidables, aunque ahora parezcan tan lejanos que hace una eternidad.

                Para mí el año comenzaba de un modo inmejorable. En el mes de enero recibía el primer premio de apropòsits en el concurso de teatro en lengua valenciana de Junta Central Fallera, con mi obra Caixa sense música. Era y es algo especialmente importante para mí, porque se trataba de mi primera incursión en el mundo del teatro, y lo había hecho aunando dos temas que me apasionan: la igualdad y las fallas. Espero poder verlo algún día representado. Y espero también poder repetir hazaña, que los huevos ya están puestos en la cesta. Ahí lo dejo.

                El mes de febrero fue en el que vio la luz mi sexta criatura en solitario, No me obligues , mi segunda novela. No había cumplido ni quince días de vida cuando nos cerraron el mundo, y nos dejaron a ella y a mí sin un montón de presentaciones en diferentes puntos de España. Cáceres, Madrid, Teruel o Castellón eran algunas de sus citas, además de diferentes lugares de Valencia. Y, por supuesto, la Feria del libro, ese evento que tanto hemos añorado quienes amamos las letras. Mis criaturas y yo ya contamos los días para volver.

                Marzo también me tenía sorpresas reservadas antes del cerrojazo pandémico. Ser elegida una de las cuatro mujeres referentes de mi Comunidad para la fantástica campaña “vull ser com..” (quiero ser como) realizada para el Día de la Mujer, es un lujo al que pocas mujeres tienen acceso. Así lo valoré en su día y hoy lo hago aun más, teniendo en cuenta lo que vino después. Ese mismo mes otro acontecimiento tenía que haber llenado mi vida, pero lo dejo en suspenso como quedó el acto. Ya lo contaré cuando recuperemos nuestras vidas.

                Entonces llegó la pandemia y todas sus consecuencias. Todavía en el mes de marzo me dio tiempo a ir a la Biblioteca Valenciana, donde mi obra había sido reconocida como una de las que merecían celebrar un encuentro y formar parte de la misma. Ahí fuimos Caratrista y yo, y ella se quedará para siempre. Y la jornada, en mi recuerdo, también.

                Ese mismo día dieron el aldabonazo de entrada en una de las épocas más duras que nos ha tocado y nos tocará vivir. En mi caso, la suspensión de mis amadas Fallas fue lo que me hizo ser consciente de la magnitud de la tragedia. Solo una Guerra Civil había podido evitar que se celebraran, y aun así hubo conatos. Era algo que jamás hubiéramos imaginado. Y marcó el pistoletazo de salida de una situación que nos ha perseguido y sigue haciéndolo: el reino de la incertidumbre

                Teletrabajo , videollamadas, aplausos en los balcones y mil maneras de tratar de invertir la cantidad de tiempo con la que nos habíamos encontrado, marcaron unos días de confinamiento que se hicieron eternos. Cantábamos Resistiré a voz en grito para tratar de acallar las dudas sobre si resistiríamos que nuestra mente se empeñaba en formular. Pero resistimos. Aunque ahora, mirando atrás, creo que lo hicimos con la esperanza de recuperar nuestras vidas en cuanto pudiéramos abrir las puertas de nuestras casas. Craso error. La era de la mascarilla había comenzado.

                No obstante, una echa la vista atrás y descubre que hubo cosas hermosas, como aprender a disfrutar la vida y la compañía de los nuestros, que no es poca cosa. Y, por supuesto, la literatura. Este tiempo me ha permitido leer aquellos libros que tenía pendientes -no todos, claro- y escribir y escribir más. Se acabó mi colaboración con El Mundo, donde seguí publicando hasta que las circunstancias se llevaron la delegación de Valencia, y comencé una colaboración periódica en El Plural y también en Próxima Parada, de APunt, y en Mitomanía en Radio El Álamo, además de continuar en El Periódico de Aquí. También abrí una página en el blog dedicada a todos mis artículos Gracias por contar conmigo, y gracias también a quienes han recogido otras colaboraciones puntuales o esporádicas. Soy muy afortunada de tener tantas puertas abiertas a mi pluma.

                En cuanto a libros, han visto la luz varios de los que había formado parte. Cada vez más iguales, de Valencia Escribe, fraguado antes de la pandemia, 2070 Relatos líquidos, de Generación Bibliocafé, relatos alrededor de la ciencia ficción con mucha relación con lo ocurrido. También participé en las dos antologías sobre Mujeres en el arte, y en “Ñ” de Ole libros, un libro muy necesario por su planteamiento optimista y positivo. Como necesaria es otra de las antologías de relatos en las que he participado, Los hilos de la vida, destinado a visibilizar el Alzheimer y a ayudar a quienes padecen sus consecuencias.

                Las otras dos antologías en las que he estado presente, “Mirad, están ahí” de Acen, y la de los relatos finalistas del premio Carolina Planells, responden a mi condición de finalista en sendos certámenes literarios. También en esto he sido afortunada, porque mi relato Doña Nadie fue finalista del premio de narrativa de mujeres de la Generalitat Valenciana, mi cuento Raimunda logró el tercer premio del concurso literario del Colegio de Abogados de Valencia y, ya a punto de acabar el año, me llegaba de Paiporta la gran noticia de haber ganado el certamen de narrativa breve contra la violencia de género con mi relato “Azogue”. Mis microrrelatos , por su parte, también gozaron de reconocimiento en los diversos concursos que se organizaron en Valencia Escribe. No fue una mala cosecha, la verdad.

                No me olvido de mi trabajo toguitaconado. Ha sido un año entero luchando, como siempre, por la igualdad, tanto en su vertiente relacionada con la Violencia de género como en la relativa a los delitos de odio , una materia tan desgraciadamente en boga. Solo diré que me encanta este trabajo, pero lo que más me encantaría es que ni yo ni nadie hubiéramos de hacerlo porque no hubiera razón para ello. Seguiremos, cómo no, luchando para lograrlo.

                Pero el año todavía tenía algunas cosas tristes con las que machacarnos. A la muerte de todas las personas que nos dejaron por covid, que quise representar en la compañera fallecida a la que dediqué el post más leído del año, se unen dos pérdidas dolorosas para mí. La de Miguel Ángel Martínez , el que fuera Secretario Judicial -hoy LAJ- y querido amigo y muy recientemente, la de mi amiga y compañera María Jesús Moya . Ya les echo de menos

                No puedo cerrar el telón sin nombrar esas otras cosas que me han dado la vida que las circunstancias se empeñaban en quitarnos. Mis amigas y amigos, a través de las pantallas o en persona, además de la familia, han sido esenciales. Gracias por estar ahí. Y la danza, tanto como espectadora como practicante -en la medida de lo posible- ha sido más de una vez e agarradero que necesitaba. Con razón dicen que bailar es soñar con los pies

                Por último, me queda el aplauso. Lo siento, 2020, pero no te toca. Y el de 2021 lo dejó en suspenso a la espera de cómo se porte, No nos defraudes, por dios, que tu antecesor te lo ha puesto fácil.

                Gracias por último a @madebycarol por esta y por todas sus ilustraciones. Y por ser amiga y cómplice tantas veces.

Acciones positivas: la vacuna


                El año está a punto de acabar. Por suerte, me atrevería a decir. Pero antes de que este tremendo 2020 se marche, nos da tiempo a hacer algo bueno. Incluso me atrevería a decir que nos da tiempo a poner en práctica algo de lo que hemos aprendido, o de lo que deberíamos haber aprendido. Tenemos la oportunidad de hacer una última  acción positiva de 2020, o de empezar el 2021 con buen pie. Que la suerte nos acompañe, en un momento tan de ciencia ficción que cualquier película del género parece más real.

                En nuestro escenario tampoco vamos a perder este tren, y vamos a abrir el telón para contar una historia de ficción que pude ser realidad, o tal vez una realidad que puede quedar en ficción. Cada cual lo decidirá cuando baje el telón.

                Vivimos en un momento en que una de nuestras principales preocupaciones es la vacuna. La dichosa vacuna, dicho sea en el sentido más literal. Cuándo llegará, cuándo nos tocará y cómo se hará son algunas de las grandes incógnitas. Porque el dilema entre ponérsela o no para mí no es incógnita alguna. Sí o también. No nos queda otra si queremos recuperar nuestras vidas.

                Ahora hagamos un ejercicio de imaginación y pongámonos en la piel de las científicas y científicos que han dado con ella. Pensemos cuánto habrán tenido que estudiar para tener la formación adecuada, cuánto habrán tenido que sacrificar y cuán necesario habrá sido el apoyo de sus familias.

                Un esfuerzo más y sigamos imaginando. ¿Qué habría pasado si estas personas no hubiera logrado terminar sus estudios? ¿Qué sería de nosotros sin que hubieran alcanzado el nivel de excelencia que les ha permitido llegar hasta ahí?

                Podría haber pasado. Es más, podría estar pasando ahora mismo. Podría haber ocurrido que esa niña o ese niño que soñaban emular a Madame Curie, a Fleming o a cualquier otro referente hubieran visto radicalmente interrumpida su vida. Podría haberles ocurrido que un aciago día un crimen machista acabara con la vida de su madre y hubiera supuesto el fin de su padre, encarcelado o muerto. No es algo imposible, desde luego. Este año les ha pasado a más de veinte niños y niñas en nuestro país. Y a otros tantos a lo largo de la historia.

                ¿Exagero? No lo creo. Tal vez las personas que conocían a las 43 mujeres asesinadas pensaban que era exagerado intervenir, y ahora la cosa no tiene remedio. Cuando se trata de salvar vidas, nada es exagerado. Mejor prevenir que curar porque, en este caso, de nada sirve el “más vale tarde que nunca”.

                No solemos pensar más allá del dolor del hecho. Nos quedamos con el drama del asesinato y no reflexionamos sobre qué será de esos niños y niñas que no solo han perdido a la persona que más querían sino que han perdido con ello la posibilidad de labrarse el futuro que anhelaban.

                Por fortuna, hay quién sí pensó en ello y quien sigue pensando. Soledad Cazorla , la que fue la primera fiscal de sala de Violencia de Género, cuya memoria permanece, se anticipó a todo. Dejó como herencia un fondo para becas de estudio para estas criaturas. Y la Fundación que lleva su nombre se dedica desde entonces a traducir en hechos su voluntad. Cada Navidad nos da, además, la oportunidad de contribuir con el simple gesto de adquirir un décimo de lotería solidario. Así lo hicimos otros años y, gracias a ello, varios huérfanos y huérfanas de violencia de género han podido seguir estudiando.

                Tal vez sea una de esas personitas la que el día de mañana, si sufrimos otro colapso mundial como esta pandemia, lleguen a tiempo de solucionarlo. Así que, si no somos capaces de hacerlo por ellos, hagámoslo en nuestro propio beneficio.

                Un solo clic aquí, y nuestra acción positiva estará hecha. Por supuesto, podéis hacer ese clic en el número de cualquiera de las madrinas, pero ya sabéis que si es el mío me hace mucha ilusión.

                No bajaré el telón si el aplauso. Hoy se lo daré a la Fundación Soledad Cazorla y a su enorme labor, pero lo comparto con quienes os animáis a este pequeña gran acción positiva. No les falléis.

Y, como siempre, mil gracias a @madebycarol por su preciosa ilustración hecha ex profeso, No a defraudéis a ella tampoco

Os recuerdo el enlace de nuevo, por si acaso. Ganemos o perdamos, ganamos igual

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

#unaNavidaddiferente : De pata negra


DE PATA NEGRA

– ¿Qué haces, mami?

– Estoy preparando tarteras para llevar a los pobres

– ¿Quiénes son los pobres? ¿Y por qué les preparas tarteras?

– Pues… -la madre de Inés se paró a pensar antes de contestar- Son personas que no tienen de nada. Y, con esta situación de pandemia, cada día son más. Por eso preparamos comida para que puedan celebrar la Navidad. ¿Me ayudas?

         Inés cogió una silla y se subió encima, para conseguir llegar al banco de la cocina. Su madre seguía trajinando sin parar. Preparaba la mitad de aquellas cajitas de plástico con macarrones con tomate que había en una gran olla y la otra mitad la llenaba de una miscelánea de cosas ricas que ella llamaba “entremeses”. Unos canapés variados, unos pedazos de queso y jamón.

  • ¡Qué rico! ¡Jamón!

         A Inés le encantaba el jamón. A sus siete años recién cumplidos, era casi una especialista en tan preciado producto. No en balde fue el alimento que nunca fallaba cuando su madre se desesperaba ante la inapetencia de su hija.

         Inés no pudo reprimir la tentación de coger un trozo de aquel jamón que su madre ponía, meticulosamente ordenado, en cada tartera.

-Mami, este jamón no es como el que comemos en casa. No está tan bueno. ¿Está podrido, o algo así?

-No, hija, qué va. Lo que pasa es que nosotros comemos jamón de pata negra. Y no vamos a darle eso a los pobres

-¿Por qué? ¿No les gusta?

-Bueno -su madre volvió a pararse a pensar- No es que no les guste. Es que… no sabrán apreciarlo.

-Pues yo creo que sí. Como me decías a mí, hay que probar las cosas. Y seguro que les gusta

-Qué cosas tienes hija. A ver si lo entiendes, el nuestro es un jamón de pata negra, el más bueno y caro que hay, porque es el que nos corresponde. Somos…diferentes

-¿Cómo nuestro jamón? ¿Somos de pata negra?

La pregunta quedó en el aire. Para alivio de la madre de Inés, sonó el teléfono y pudo abandonar la cocina por un momento para atenderlo. La niña se quedó sola con su perplejidad, aupada sobre un taburete en la enorme cocina de su casa.

Al día siguiente, varias personas sin hogar disfrutaron en el albergue donde se refugiaban de una apetitosa cena con un inexplicable producto estrella. En todas y cada una de las tarteras, varias cortadas del mejor jamón de pata negra esperaban a que les hincaran el diente.

Cuando, en una casa a un mundo de distancia de allí, a pesar del escaso kilómetro que las separaba, la madre de Inés se tiraba de los pelos al descubrir que el exquisito jamón que guardaba para la cena de Nochebuena, se había convertido en unas toscas lonchas de ínfima categoría a punto de caducar.

Fue a preguntar a su hija, pero, al ver la expresión de su cara, no se atrevió. La furia se convirtió en vergüenza y no fue capaz de pronunciar palabra.

– Feliz Navidad, mami.

Pese a que estaban solas en casa, la madre de Inés se puso la mascarilla. Ni siquiera así consiguió disimular el color escarlata que invadió sus mejillas. Ni, por supuesto, las lágrimas.

Intrusismo: fuera de órbita


                Sentirse ajeno es una sensación que a nadie es ajena, valga la redundancia. Con más o menos frecuencia, todo el mundo ha sentido alguna vez la sensación de sobrar en algún sitio, de estar fuera de lugar o de ser un extraño. En definitiva, ser La intrusa o El intruso. Aunque esta no es la única manera de ver las cosas. Se puede ser intruso si se finge ser El especialista que no se es. Porque no todo el mundo puede ser El sabio. Y al final todo se sabe, como le ocurría a Barbara Stanwick -o a a Virginia Mayo, en una versión más moderna- en Bola de Fuego, encerrada entre un montón de catedráticos listísimos.

                En nuestro teatro no todo el mundo es listísimo como los profesores de la película, pero tenemos nuestros propios intrusos e intrusas, y también quienes pretenden serlo. Su mayor o menor éxito ya es harina de otro costal.

                El intrusismo es, en primer lugar, un delito. Lo comete quien ejerce actos propios de una profesión u oficio sin estar habilitado para ello. El anecdotario judicial y la hemeroteca nos muestran pintorescos casos de médicos que ejercían sin haber pisado una facultad en la vida, en alguna ocasión, durante muchos años y sin que nadie se percatara hasta que salta la liebre. Aunque no es la única profesión en que sucede, claro está. También se ha visto algún caso de abogados, de administradores de fincas o de asesores que carecían de título para asesorar. Y es que, como dice el refrán, zapatero a tus zapatos.

                Entre nuestras extintas faltas existía también la de uso indebido de uniforme, traje o condecoración, que daba mucho juego. Y es que la gente no podía pasearse por ahí impunemente con el pecho lleno de medallas como si fuera un general, o, en nuestro caso, con más raimundas que las que se le hubieran concedido, si era el caso. Porque no digo yo que ese collar tan mono que lleva el rey en las fotos oficiales no pueda quedarnos pintiparado, pero no se puede llevar lo que no nos corresponde. Así que a conformarse con la medalla de la Comunión o la insignia de la falla, de la casa regional o del cursillo de natación. Porque aunque ahora ya no es delito, puede ser sancionable en otra vía. Más vale no jugársela.

                Pero hay otro tipo de intrusismo al que, aunque ya hemos dedicado espacio en varios estrenos, siempre hay que tener presente, por su frecuencia. Me refiero al de opinadores y tertulianos varios que, haciendo uso de esa nueva ciencia llamada todología nos hablan de cualquier campo del Derecho sin despeinarse, a pesar de no haber visto un Código mas que en foto. El Derecho Penal es especialmente proclive a ese tipo de invasiones, y es tan sufrido el pobre que apenas se queja. Leyes que no existen, cuñadismo -sea en su versión analógica o digital– como fuente del Derecho y tertulias en medios como vehículo de transmisión son sus herramientas más importantes.

                En estos tiempos tan extraños, sin embargo, hay una profesión que se ha unido con fuerza a las huestes de las profesiones diana de la todología. Se trata de una profesión de la que nadie sabía antes, y que hoy es lo más de lo más. Y es comprensible, en su versión fetén, aunque no tanto en la sucedánea. Seguro que más de uno y de una sabe ya a qué me refiero. La profesión nominada no podía ser otra que la virología, la epidemiología o cualquier otra que suene igual de bien al tertuliano de turno y tenga relación con enfermedades, virus y vacunas. Hoy en día, todo el mundo parece conocer a alguien que se dedique a esto, o que, al menos, tenga un primo cuya novia es hermana de una chica que estudia para serlo. Y por eso aparecen por tierra, mar y aire supuestos expertos que dicen una cosa y la contraria para que cada cual se quede con la que más le gusta. Todo el mundo ha oído a esos supuestos expertos que recomiendan usar un tipo de mascarilla, a otros que otra, y hasta a alguno que ninguna. Todavía recuerdo cuando nos conminaban, al principio de la existencia de este bicho maldito, a desinfectarnos antes de entrar en casa como si fuéramos a operar a alguien a corazón abierto. Juro que jamás tendré una experiencia más parecida a entrar en la NASA que las medidas que se tomaban en mi primera visita a la peluquería tras el confinamiento. Todo esto, por supuesto, sin perjuicio de los científicos y científicas expertos de verdad, que tanta falta nos hacen además.

                Quizás hay un factor de distorsión que hace más difíciles las cosas. En España, desde hace tiempo, se llama “doctor” -o doctora- a todo el que tiene un título de Medicina en su poder. Sin embargo, doctor es quien tiene un doctorado, que pude ser en medicina, en física cuántica, filosofía o cualquier otra cosa. Pero, como en inglés “doctor” equivale a “médico”, hemos acabado asumiendo una terminología que no es nuestra. Como ocurre con las dichosas nominaciones, sean a los Oscar o a abandonar la casa de Gran Hermano, cuando “nominar” en castellano no era otra cosa que poner nombre a las cosas. Anglicismos que nos cambian la vida.

                Y es que ahora se entienden muchas cosas. Quienes transitamos por Toguilandia hemos experimentado más de una vez la creencia de que por tener u título de Derecho has de saber de todo el ordenamiento jurídico y de cualquier especialidad. Te encuentras a una prima segunda que hacía siglos que no veías, y te espeta que si le puedes hacer un favorcito que tiene un problema con la declaración de la renta, o con el alquiler, o con la pensión de su abuelo que fue a la guerra. Y por más que le digas que tú de lo que sabes es de Derecho Penal, o de Contencioso, o de lo que sea, lo mismo le da. Eres malaje por no resolvérselo así, a bote pronto y en la calle. Y gratis, por supuesto que, aunque jueces y fiscales no podamos asesorar, letrados y letradas no solo lo hacen, sino que cobran por ello. Y es que eso de comer cada día es una mala costumbre, sin duda.

                A este respecto, me acuerdo de una anécdota que siempre cuenta mi prima -médica y doctora, además- Cuando alguien le para por la calle y le pide que le diagnostique porque le duele la barriga, el tobillo o se le cae el pelo, ella le dice que se desnude, Cuando el incauto o la incauta le dice que cómo va a desnudarse en la calle, ella responde que, al fin y al cabo, es en la calle donde pretende que le dé una solución. Una buena táctica para tomar nota.

                En estas fechas, no podía bajarse el telón sin dar cuenta de un intrusismo especial, que llevamos ejerciendo padres y madres toda la vida y que no es delito. Será, en todo caso, delictivo, el no hacerlo. Me refiero al hecho de suplantar los papeles de Papá Noel y los Reyes Magos para repartir regalos a niños y niñas, y a quienes ya no lo son pero, pese a todo, esperan estos días con ilusión. Que sepamos poner todo de nuestra parte para que nos traigan eso que deseamos todas las personas del mundo: que se acabe esta maldita pandemia. Ojala fuera posible tener este regalo y tenerlo ya esta Navidad.

                No me olvido el aplauso que hoy dedicaré a quienes, pese a todo, siguen manteniendo la ilusión y se esfuerzan en transmitirla. Gracias. Ya queda menos.

Doña Nadie: protagonista de Navidad


      Cada Navidad, nuestras pequeñas y grandes pantallas nos sorprenden -o no- con obras sobre Navidad. La típica Que bello es vivir, la rompedora Pesadilla antes de Navidad o cualquiera de las de Santa Claus son buena muestra de ello.

Este inicio de Navidad en nuestro escenario queremos hacer un regalo e invitar a la reflexión con este relato. Un pequeño regalo toguitaconado para estas Navidades tan extrañas que nos ha tocado vivir

DOÑA NADIE

(Relato finalista del premio de narrativa de mujeres de la Generalitat Valenciana)

-No hace falta que venga, Señoría. Es una muerte natural

-¿Infarto?

-Hipotermia. Una indigente que dormía en la calle. Con la que está cayendo, es normal.

-Es terrible que en pleno siglo XXI pasen estas cosas. Terrible

-Lo es. Y aun pasa demasiado poco para lo que podría ser

Colgué el teléfono con una sensación de angustia enganchada al alma que no me abandonó en todo el día. La médica forense con la que trabajaba me había informado cumplidamente del estado del cadáver del que nos habían alertado y las causas probables de su muerte. Muerte natural. Tan natural, que ni siquiera hacía falta que acudiera la jueza de guardia. Sin embargo, esa muerte era de todo punto antinatural. Antinatural y evitable. Y por eso se me había enganchado la angustia al alma, clavada con unos garfios que dolían. Unos garfios de indiferencia e insensibilidad.

La noticia, y la forma en que me la contaron, me hicieron sentirme tal mal que decidí hacer caso omiso de la recomendación de la forense, y me planté allí. Ni siquiera pedí el coche oficial con el que nos desplazábamos para esos menesteres

-¿Qué haces aquí? -me dijo, sorprendida, la médica forense- ¿No te dije que no hacía falta?

-Sí, pero… -no sabía que decir, porque lo de los garfios en el alma no creo que convenciera a alguien tan pragmático como ella- No me quedaba tranquila

-Por dios -fingió ofenderse- ¿No te fías de mí, o qué? Son las seis de la mañana y hace un frío que pela. ¿O acaso vas buscando ponerte mala para pedirte una baja?

-Me has pillado -bromeé- Eres más sagaz que tus colegas de las series de televisión

-Al menos quédate aquí y no enredes -seguía con la broma- Voy hacia el cuerpo y te sigo contando. Pero ya te adelanto que la pobre mujer se ha muerto de frío, tal cual.

-¿Era muy mayor?

-No demasiado. A falta de confirmación, unos sesenta. Si llega

-Qué horror, María. No sé cómo puedes hacer este trabajo, la verdad

-Mira quién fue a hablar

Aquello no era del todo cierto. A mí no me agobiaba lo más mínimo mi trabajo de jueza, es más, disfrutaba haciéndolo. Por supuesto que había cosas desagradables y asuntos engorrosos que hubiera preferido no llevar, pero en general me parecía un trabajo apasionante. Me consideraba una privilegiada por ello. Sin embargo, lo de María era otro cantar. Aunque yo sabía de sobra que, por el contrario de lo que piensa mucha gente, solo una parte del trabajo de la medicina forense consistía en levantar cadáveres y hacer autopsias, esa parte me horrorizaba y me admiraba a un tiempo.

Por alguna razón, el hallazgo de aquella mujer muerta me había impresionado de una manera especial. Y no porque el cadáver tuviera un aspecto desagradable ni el escenario tuviera algo que alarmara en particular, sino, precisamente, por lo contrario. Parecía no importarle a nadie, que se asumía aquello como un mal inevitable, como un peaje a pagar por vivir en una sociedad como la nuestra.

No tenían ni idea de quién era, de cómo se llamaba ni de cuáles fueron las circunstancias que le llevaron a dormir al raso en plena ola de frío. No llevaba encima documentación alguna ni nadie había denunciado su desaparición. Según me aclaró María, podía llevar un par de días muerta, aunque fuera esa misma noche cuando se descubrió el cadáver. No entendía cómo podía no haberla visto nadie antes, tendida como estaba en la parte trasera de unos almacenes en el centro de la ciudad. Cuando lo pensaba, los garfios que me atenazaban el alma apretaban con más fuerza, hasta el punto de que tuve que disimular para no dar un grito allí mismo.

            La carpeta donde iría su expediente se identificó con un número, pero todas las personas que estábamos allí esa madrugada, la bautizamos como “Doña Nadie”. Una verdadera paradoja eso de darle un nombre, pero no darle ninguno. Pero más valía eso que nada.

            Doña Nadie resultó un problema casi desde el primer momento. Había varias cosas que no encajaban. Sus ropas distaban mucho de ser las propias de una indigente, y lo mismo cabía decir de su dentadura, que delataba a primera vista varias intervenciones odontológicas muy poco congruentes con una sin techo; o de sus manos, que denotaban que habían sido cuidadas, aunque hiciera mucho tiempo de su última manicura.

            No tardaríamos en conocer su identidad a través de las huellas dactilares, pero, mientras tanto, elucubrábamos sobre ella y las razones que la llevaron hasta un lecho de cartón en la parte trasera de aquellos almacenes. Siempre lo hacíamos como una especie de divertimento, pero en esa ocasión yo lo sentía como una necesidad. Y mientras, el garfio seguía apretando.

            A pesar de que llegué a casa, después de trabajar todo el día, muy cansada, no pude pegar ojo. Un duermevela denso hacía que se pegaran las sábanas del sudor, a pesar del frío que hacía en la calle. Doña Nadie se empeñaba en visitarme y repetirme que la sacara del anonimato, pero ni siquiera conseguía verle la cara. La mujer de mis sueños era escurridiza y veloz, y desaparecía en cuanto estaba a punto de descubrir sus rasgos. Solo llegó a enseñarme unas manos de cuidadas uñas esmaltadas en rojo.

-¿María? -contesté al teléfono, aun desde la cama- ¿Alguna novedad?

-Nada nuevo -me tranquilizó- Era sobre Doña Nadie. Te vi muy ansiosa por saber

-¿Y? ¿Sabemos quién era?

-Bueno -dijo María, enigmática- Conocemos su identidad. Saber quién era, no sé si lo sabremos alguna vez

Me intrigó la manera de hablar de María, pero no tardé en conocer el motivo, una vez tuve en mis manos el expediente de Doña Nadie. Sería difícil llegar a saber cómo alguien como Doña María de las Mercedes García de la Asunción y Galán-Medina había acabado en la más absoluta indigencia, durmiendo en la calle y sin que nadie la echara de menos. Aquella mujer había sido en otro tiempo asidua de la prensa del corazón, y, sin no me fallaba la memoria, había tenido, al menos, un marido y un hijo. Sin apenas darme cuenta, gruesos lagrimones empezaron a correr por mi cara.

En cuanto llegué al juzgado, me puse a hacer lo que tenía que hacer, es decir, ordenar la localización del hijo, familiar más directo, y la citación para que acudiera al juzgado. Era un trámite casi burocrático que, en este caso, me producía una ansiedad que no sabía muy bien a qué se debía. Si no fuera porque nunca creí en esas cosas, hubiera dicho que se trataba de una premonición.

-Señoría -una funcionaria llamaba a la puerta de mi despacho- ¿Se puede?

-Adelante, Dolores. Pase

-He localizado al hijo de…Doña Nadie

-¿Y? ¿Cuándo viene? Tenemos un cuerpo esperando a ser enterrado

-Pues, no sé no sé -me dijo, enigmática- Veo mal la cosa

-¿Cómo? ¿qué pasó? ¿La forense descubrió algo más? -me alarmé- Me lo hubiera dicho de inmediato

-Qué va -me interrumpió- Su hijo dice que no le molestemos con esas cosas que no piensa venir ni hacerse cargo de nada. Que él no tiene madre desde hace mucho tiempo

-¿Y el marido?

-Menos. Según el hijo está postrado en cama desde que tuvo un ictus

-Qué barbaridad. ¿Cómo es posible que nadie quiera hacerse cargo de esta pobre mujer? -estaba indignada- Imagino que le habrá dicho que ha de venir le guste o no

-Por supuesto Señoría. Le he citado para mañana y hasta le he dicho lo de los apercibimientos legales. Y, aunque de muy malos modos, dijo que vendría

“Lo de los apercibimientos legales” no era más que la fórmula legal de advertirle a alguien que debía obedecer o podía ser sancionado y hasta, en algunos casos, traído por la fuerza pública. Yo no dejaba de preguntarme qué pudo llevar a un hijo a abandonar así a su madre y no tener compasión ni siquiera cuando la han encontrado muerta de frío en la calle en la más completa miseria.

No tardé en empezar a desentrañar la historia. Doña María de las Mercedes, por matrimonio Marquesa de las Dunas, había sido en un tiempo poco menos que la reina del papel cuché. Aunque era una época donde Internet aun no había hecho su entrada triunfal en nuestras vidas, no era difícil encontrar imágenes de ella, sonriente y exquisita, en actos sociales. De pronto, su estela desaparecía de las revistas del corazón para pasar a la sección de “sucesos” de los periódicos, después a la de “tribunales” y de ahí a la nada. Los archivos de los juzgados, aun con la dificultad de tratarse de hechos anteriores a la digitalización, confirmaban el rastro de la caída a los infiernos de Doña María de las Mercedes García de la Asunción y Galán-Medina.

Según las crónicas sociales de la época, Merchi, como la llamaban, pertenecía a una familia de rancio abolengo y escaso pecunio, que recuperó al casarse con el marqués de las Dunas, un riquísimo empresario cuyo título nadie sabía muy bien de donde había salido. No parecía que ella tuviera familia propia porque ni siquiera en la foto en blanco y negro de su boda, publicada en la crónica social del “Hola”, parecía existir rastro de ellos. También en el “Hola” se anunciaba el nacimiento de su único hijo, Borja, en una crónica según la cual “los marqueses de las Dunas tenían el honor de comunicarles el próximo bautizo de su hijo, en la basílica de Santa María de los Lirios”. A ello seguían insulsas imágenes de la Primera Comunión de Borjita, de galas benéficas y bodas y funerales donde la flamante marquesa acudía con sus mejores galas. Y de pronto, el vacío del colorín y directa al precipicio del blanco y negro y de ahí a un fundido en negro para siempre.

Por los periódicos de la época supe que aquella mujer había tenido el coraje de denunciar, en la década de los 90, una violación. Pero no una violación cualquiera, sino una violación cometida por su marido. Aunque aquello ya estaba previsto en la ley como delito, el círculo social en la que se movía no estaba preparado para una convulsión así. Y, según lo que pasó más tarde, no solo el círculo en el que se movía sino la sociedad entera.

Nadie apoyó a la pobre Merchi, que para entonces ya había pasado a llamarse Mercedes, pero ella se empeñó en sostener la denuncia pasara lo que pasase. Yo había conseguido rescatarla del archivo y la tenía en mis manos mientras me ponía enferma de rabia y pena a un tiempo.

Reconozco que lloré a moco tendido mientras releía una declaración plasmada en papel a golpe de Olivetti, con las letras difuminadas hasta casi borrarse en una acción combinada de aquel papel carbón con el que entonces se hacían las copias y del paso del tiempo. Aun así, de sus cinco páginas se desprendía el dolor de la mujer que, tras mucho sufrir, ha decidido que ya no puede más. A través de aquellos renglones apretados se veía a una mujer joven que era insultada primero, humillada después, más tarde golpeada y apalizada, mientras un muro de aislamiento cada vez más alto se elevaba en torno a ella. Se leía cómo se sintió capaz de aguantarlo todo, incluso aquella golpiza que acabó con la pérdida de la niña que tanto tiempo anheló, hasta que le quebró la dignidad de un modo para ella intolerable. Después de todo lo que había aguantado en silencio, su esposo la había violado, aunque quizás sería más correcto decir que la había violado una vez más, pero que en este caso fue de un modo tan violento y humillante que fue el revulsivo para reaccionar como antes no lo había hecho.

Merchi había salido de casa a merendar con sus amigas, como hacía cada miércoles, pero en aquella ocasión tenían algo que celebrar y se les fue la hora de las manos. Por supuesto, por aquel entonces no había otro modo de avisar de su tardanza que el teléfono tradicional del bar que, según su relato, no funcionaba. Así que decidió dejarse llevar y no preocuparse más. Ya lo explicaría cuando llegara.

Aunque esperaba que su marido estuviera enfadado, no podía imaginar lo que le esperaba. La recibió fuera de sí, con los ojos inyectados en sangre y comenzó a llamarla “puta”, “zorra” y a acusarle de serle infiel con cualquiera, algo que a la pobre Merchi no podía ni pasársele por la cabeza. La agarró con fuerza y le dijo que iba a castigarla, y que, si se comportaba como una prostituta, la trataría como tal en su propia cama.

Según su declaración, aquel monstruo la desnudó por completo y la ató a los barrotes de la cama con corbatas de seda, una por cada extremidad. Ella no ahorraba el detalle de explicar que cada una de aquellas corbatas había sido un regalo de aniversario que le hizo la propia Merchi. Mientras yacía vulnerable y aterrorizada amarrada a su propia cama, él sacó del cajón con parsimonia su máquina de fotografiar y la asaetó a disparos del flash que llegaron a deslumbrarla. Según contaba, ella solo quería que acabara con ella pronto, que la matara si tenía que hacerlo pero que no la hiciera sufrir más. Y así se lo dijo, pero él no accedió a su ruego. La mantuvo en aquella posición hasta que ella tuvo calambres y la penetró una y otra vez hasta que se cansó. Antes de desatarla, varias horas más tarde, trajo a su hijo Borja, de solo seis añitos, a la habitación, y dijo que mirara a la zorra que tenía por madre, que le gustaba hacerlo como las furcias.

Después, la desató entre carcajadas, y le advirtió que de ahí a entonces debería obedecerle en todo, pues de lo contrario las fotos acabarían en manos de todo el mundo. Y por supuesto, que ni se le ocurriera contar aquello a nadie o sabría quién era el marqués de las Dunas.

Pero ella no podía más y decidió arriesgarse. Decía que cualquier cosa que le pasase no podía ser peor que permanecer en aquella cárcel dorada y acudió a la policía a la noche siguiente, a escondidas, con una pequeña maleta como equipaje. Después de denunciar, y de ver la cara de incredulidad de uno de los agentes, se registró en un hotel, el mismo que facilitaba como domicilio y que suplicaba en la propia declaración que su marido no conociera.

Ahí acababa su declaración, que me puso el corazón en la garganta. El mismo garfio que me agarraba el alma desde que encontramos el cadáver, me apretaba sin piedad. Busqué con ansia en aquel expediente que se desmontaba por momentos, la declaración de él. Negaba los hechos tal conforme ella los contaba, y decía que la relación sexual existió, pero que fue ella la que le pidió que la atara y la fotografiara, porque siempre estaba ávida de sexo, y gustaba de probar todo tipo de perversiones. Que a él aquello no le gustaba, pero accedía por complacerla, porque era la madre de su hijo y por nada del mundo querría romper la familia. Apenas unas líneas transcritas a máquina daban fe de sus palabras.

Sin darme cuenta, había superado con mucho la hora en que solía marcharme del juzgado, pero seguía absorta en la historia de Mercedes, así que pasé con ansiedad las páginas hasta encontrar la sentencia.

Era, como temía, una sentencia absolutoria. Con pocas páginas se despachaba explicando que la versión de la víctima no resultaba en absoluto creíble, y que concurría lo que llamaba “vis grata puellae”, o fuerza grata a la mujer, en aquellas conductas sexuales que podrían parecer perversas, por lo que, existiendo consentimiento, no había violación alguna. Por si había alguna duda, añadía en el apartado de análisis de la prueba que las fotografías aportadas por la defensa confirmaban la versión del acusado.

No había presentado recurso, según pude comprobar. No quiero ni pensar cómo se sentiría aquella mujer de clase alta y modales exquisitos viendo su cuerpo expuesto y examinado ante desconocidos.

Me marché con una terrible sensación de impotencia unida a los garfios que ya se habían hecho fuertes en mi interior. Tras una tarde dando vueltas a la historia, afronté otra noche en blanco donde una Merchi ya con rasgos propios venía a verme y me pedía ayuda. Y desperté sin tener ni idea de cómo dársela.

La comparecencia del hijo fue terrible, una de las más desagradables de mi vida profesional

-Como le dije por teléfono, no quiero saber nada de esa furcia que, por desgracia, fue mi madre. Tuvo el final que se mereció

-¿Y su padre? -pregunté, tratando de ocultar las ganas de escupir a aquel niñato- ¿No puede venir? Todavía constan casados.

-No se atreva a citar a mi padre. Como consecuencia de todo lo que le hizo sufrir, tuvo un ictus del que no se recuperó nunca. Tiene paralizada la mitad de su cuerpo, y una grave depresión crónica. No pudo soportar todo lo que dijeron los periódicos de él por culpa de esta mujer

-¿Y hermanos? ¿Alguna otra familia?

-Su única hermana se fue al extranjero hace muchos años y no volvimos a saber de ella. Tampoco ella pudo soportar la vergüenza- me miró altivo- Pero dígame donde tengo que firmar, y ya se apañarán con el cuerpo. No quiero saber nada más.

Pocas veces en mi vida me había parecido alguien tan despreciable. Me había parecido tan real el testimonio de Mercedes, que aquello resultaba una nueva violación a su memoria. Estaba pensando en ello cuando una funcionaria interrumpió mis cábalas

-Señoría, acaban de llamar de Decanato. La comida homenaje por la jubilación del magistrado Esteban Antúnez se suspende

-¿Por?

-No han dicho nada

Me alegré. Aunque solía ir, por protocolo o por educación, a todas aquellas comidas, no me apetecía lo más mínimo. Ni siquiera tenía ninguna relación con aquel magistrado cuyo nombre, sin embargo, cobró nuevo significado ante mí. Esteban Antúnez era uno de los firmantes de la sentencia que absolvió, por unanimidad, al marido de Mercedes. El era uno de los que no la habían creído. O de los que no quisieron creerla. Y mientras tanto, el cadáver de Mercedes seguía sin ser reclamado. Si nadie lo evitaba, acabaría en una sepultura anónima.

Al día siguiente, la médica forense me llamó muy excitada. Me preguntaba cómo gestionar el hecho de que alguien sin ningún parentesco con Mercedes García de la Asunción quisiera pagar a la funeraria y hacerse cargo de las exequias. Me dijo que habían llamado por teléfono sin dar identidad alguna, así que pensé en un Borja arrepentido o en la hermana perdida. Al fin y al cabo, tenían corazón, aunque fuera pequeño. Y darían a Mercedes la dignidad en la sepultura que le negaron en vida.

Se tramitó con rapidez y al día siguiente fue enterrada en el cementerio general. Una sencilla lápida de mármol con su nombre y la fecha de su muerte guardaría por siempre su memoria. Lo comprobé cuando, de extranjis, accedí a la factura de la funeraria que se hizo cargo de su cuerpo. Cuando leí el nombre del titular de la tarjeta con la que se hizo en pago, me quedé de piedra.

Esteban Antúnez había pagado la factura, sin reparar en gastos. El magistrado debió luchar toda su vida con los remordimientos de no haber creído a aquella mujer. O de haberla creído y haber guardado silencio. Y hoy, después de conocer su triste muerte, quería acallar su conciencia a golpe de talonario. Justo el día que, por una pirueta del destino, le tendrían que haber homenajeado a él por su trayectoria.

Aquel hombre llegó, incluso, a encargar y pagar una misa por el alma de Mercedes. Y yo, aunque no soy religiosa, quise ir. En la iglesia, como no podía ser de otro modo, un Esteban Antúnez circunspecto estaba atento a las palabras del sacerdote. El y yo éramos el único público en la ceremonia. Cuando me descubrió en la última fila, me miró con cara de sorpresa. Más tarde me pareció vislumbrar una mirada de súplica en sus ojos. Y quise hacer lo que había ido a hacer.

Mi intención, al acudir a aquel inusual funeral, era acercarme al viejo magistrado y decirle unas palabras de ánimo que le permitieran disfrutar tranquilo de su jubilación. Pero, por un instinto incontrolable, me marché sin acercarme a él, sin dirigirle tan siquiera una mirada. Yo no era nadie para otorgarle un perdón que llevaba décadas esperando.

Si Mercedes le perdonaba o no, era cosa de ella y de nadie más. Tal vez le hubiera bastado con saber, aunque fuera con treinta años de retraso, que la habían creído. O tal vez no.

Justo en ese momento sentí que los garfios que apretaban mi alma se aflojaban por fin.

Lesiones: las mil posibilidades


                Dar o recibir golpes es uno de los temas más frecuentes en el cine. Desde los tiempos del cine mudo, en que Charlot o el Gordo y el Flaco recibían más que una estera, ha habido multitud de películas y géneros cinematográficos donde los golpes eran gran parte del contenido del filme. La emprendía a baser de artes marciales Bruce Lee en Operación Dragón y todas las que se le pusieran por delante, y la emprendían también a tiros, a sillazos o a lo que tocara El bueno, el feo, el malo y todos los protagonistas de spaghetti western. Y, por supuesto, no faltan golpes y tiros en la saga de James Bond, ni tampoco en todas las películas de acción de Van Damme , Swarzenegger y demás. Por no hablar, por supuesto de los Rambos y los Rockys de Silvester Stallone.

                En nuestro teatro, las lesiones son protagonistas de una buena parte de nuestras funciones. Y no solo en Derecho Penal, que es lo primero que se le viene a la cabeza a una -o al menos, a una penalista irredenta como yo- cuando le hablan de lesiones. El daño corporal puede ser objeto de debate también en la jurisdicción civil, en la laboral y hasta en la contencioso administrativa.

                Por lo que al Derecho Civil atañe, hay multitud de casos en que se pude entablar una reclamación por daños personales, o sea, lesiones. Desde una reclamación por responsabilidad extracontractual -ese cajón de sastre tan usado- por haberte caído en una zanja por obras o por una macha de aceite en el súper, hasta un accidente de tráfico o  o laboral o una responsabilidad profesional por negligencia. Y esto son solo algunos ejemplos. Las posibilidades son infinitas. Y todas, o casi todas ellas, pasan por atravesar la fina línea que divide el Derecho Penal y el Civil, que a veces es tan sutil y difusa que es imposible estar segura.

                Otras jurisdicciones tampoco son ajenas a la existencia de daños corporales y a la necesidad de aunarle consecuencias jurídicas, sea en forma de indemnización, de pensión o de cualquier otro modo. Pensemos, sin ir más lejos, en una pensión por incapacidad laboral o una reclamación referida a un accidente de trabajo, por lo que atañe a la jurisdicción social. También en la vía contencioso administrativo podemos encontrar pretensiones derivadas de daños corporales, como puede ser en el caso de mal funcionamiento de un servicio público cuyo resultado haya sido precisamente ese.

                Pero la guinda del pastel queda para el final, como debe de ser. Cuando las lesiones alcanzan sus más variadas formas y sus más variopintos resultados es el la jurisdicción penal, donde las posibilidades son tan variadas como variado es el mundo. Y, donde, por descontado, las anécdotas son más frecuentes. Es de mucha gente conocida la anécdota -no sé si leyenda urbana- de aquella testigo que, preguntada si resultó herida en la reyerta, dijo que no en la reyerta exactamente, sino más bien entre la reyerta o el ombligo.

                También hay otra que ha circulado por redes, y que cuenta la historia de alguien a quien, tras verterle aceite hirviendo, no respondió sino con un amable “¿no has visto que me estás quemando y resulta una sensación desagradable en exceso?”.

                 No sé si esta historia será cierta, pero sí recuerdo una que me ocurrió a mí, en relación con un partido de fútbol y unas lesiones al árbitro. Resulta que había habido una reyerta -esta de verdad, no la de al lado del ombligo- en un partido importante entre dos pueblos limítrofes y, por ende, rivales. Uno de los futbolistas había acabado propinándole un puñetazo tan fuerte al árbitro que le rompió la nariz y le dejó la cara hecha un cristo. Pues bien, preguntado por esta toguitaconada, tras su explicación según la cual solo protestó con educación, si entonces debía de entender que él, después de que el árbitro pitara una penalty injusto en el último minuto por el que bajaban de categoría le dijo “señor árbitro, creo que ha tenido usted un error de discernimiento” su respuesta no tuvo desperdicio. Exactamente, señorita -me dijo- ha acertado de pleno. Y de pleno acertó él con su repuesta con una condena como la copa de un pino.

                La verdad es que las faltas daban mucho juego, y muchas de ellas se celebraban por mal trato de obra o lesiones leves, con un anecdotario jugoso. De vez en cuando alguien se empeñaba en enseñarnos su cicatrices de guerra remangándose o incluso bajándose el pantalón o subiendo su falda para que apreciáramos bien el resultado. De poco servía que insistiéramos en que teníamos el dictamen del médico forense. “Déjese de florenses y florituras y mire como me puso el muslo, que aún me se nota la meretriz” Una frase que no he olvidado ni creo que olvide nunca. Los sucesores de aquellos juicios de faltas, lo juicios por delitos leves -o levitos, que me gusta más- no han conseguido aquel grado de emoción.

                Hay lesiones, sin embargo, que no son para tomarlas a broma. El tipo básico viene constituido por aquellas que necesitan, además de una asistencia, tratamiento médico o quirúrgico. Este criterio, que sustituyó al anterior -que yo no llegué a conocer más que de oídas- que se basaba en los días necesarios para la curación, tampoco resolvió las muchas zonas limítrofes entre el delito y la falta -o ahora, el delito leve- Todavía encontramos resoluciones contradictoritas en asuntos como el collarín cervical, el reposo o los puntos de sutura. Y es que, como me dijo una vez una forense y yo me grabé a fuego, para un profesional de la Medicina, tratamiento médico es todo lo que hacen, desde prescribir una aspirina a operar a vida o muerte.

                Por el límite superior están las lesiones que causen graves daños a la integridad corporal, esto es, las mutilaciones, que se distinguen según se trate de privación de sentido o de miembro u órgano y a su vez entre estos si son o no principales. Otra posibilidad de zonas difíciles de interpretar en cada caso. Y más aun cuando puede plantearse la duda de donde acaban las lesiones consumadas y donde empieza el homicidio intentado, un tema que ha dado para páginas y páginas de la literatura jurídica.

                No obstante, no cerraré el telón sin recordar un tipo penal de mis primeros tiempos toguitaconados, que nunca ví en la práctica y cuya formulación me dejaba de pasta de boniato. Se trataba de las automutilaciones para eximirse del servicio militar y aun me pregunto cómo podría ser de horrible la perspectiva de irse a la mili para que alguien prefiriera mutilarse que acudir a su cita con el ejército.

                Por último, no quiero olvidarme de las lesiones más difíciles de probar y puede que también de curar, las lesiones psíquicas. Un tema tan peliagudo que daría lugar para otro estreno, que ya llegará en su momento

                Y hasta aquí, la función de hoy. El aplauso se lo dedicaré a todos esos médicos y médicas del cuerpo y del alma que devuelven su integridad a las personas tras un episodio de esta clase. Muchas gracias por estar ahí

Tono de espera: desesperando


                Cuando el mundo del cine empezó a dar sus primeros pasos, el teléfono no era de uso generalizado porque, aunque se inventara a mitad del siglo XIX, aún tardaría bastante en incorporarse a la vida común de los mortales. ¿Quién hubiera imaginado un mundo donde los teléfonos apenas ocuparan lo que la palma de la mano, y se convirtieran casi en una prolongación de la misma? Ni Julio Verne, aunque pudiera fabular con un Viaje al centro de la tierra o 20.000 leguas de viaje submarino. Tampoco se hubieran figurado Las chicas del cable que acabarían heredándoles unos teleoperadores que, desde los más recónditos lugares, amenazan con fastidiarte la siesta ofreciéndote las ofertas más peregrinas. Han quedado muy lejos los tiempos de aquel Teléfono rojo, volamos hacia Moscú , pero algo queda. Y ese algo no es otra cosa que el tiempo de espera. Y ya se sabe lo que dice el refrán: el que espera, desespera.

                Nuestro teatro no iba a ser una excepción, que de esto de esperar sabemos mucho. Y de desesperar, desde luego, también. Casi casi podríamos hacer un máster diario desde los distintos puntos del escenario, el público y las bambalinas.

                Pero hoy no me iba a referir a cualquier tiempo de espera, sino a uno muy particular, que todo el mundo conoce, tanto dentro como fuera de Toguilandia. Y no es otro que el tiempo que en cualquier teléfono, generalmente oficial, te hacen esperar hasta llegar a quien quiera que tenga que solucionarte la cuestión. Y eso si hay suerte. Ese tiempo viene amenizado –por llamarlo de algún modo- con una musiquilla que, tras repetirse una y otra vez, acaba clavándosete en la meninge como si fuera la más refinada de las torturas. Porque mucha música clásica, mucha pretensión cultureta y muchas gaitas, pero al finas de oír siempre los mismos compases una acaba hasta el gorro.

                A este respecto, recuerdo una experiencia que me ha marcado. Cuando estudiaba solfeo, allá por el Pleistoceno, tuve que aprenderme un famoso tema de Ana Magdalena Bach combinando las notas y la sintonía cantadas, el compás con las manos, y otro compás con los pies. Lo aprendí, desde luego, pero acabé aborreciéndolo. Y cada vez que en un hilo musical de tono de espera del teléfono aparece –es bastante frecuente- regresa a mí aquella pesadilla y cuelgo, bañada en sudor. Traumas de una infancia sin psicólogos.

                Pero ahora a Ana Magdalena la acompañan varios compositores más en mis neuras. Según les dé a quienes se encargan de elegir esos tonos de espera. Y no quiero ni pensar lo que será ya mismo con los villancicos. Acabaré con pesadillas donde caerá una campana sobre otra campana, que acabarán golpeando al pobre Tamborilero, entretenido como estaba mirando los peces en el río y perdiendo la pista a los pastorcillos, a la burra y a los Reyes que iban a Belén. Y hasta a las muñecas de Famosa, que no nos falte de na.

                Hoy me pasó otra vez. Tenía que hacer uno de esos absurdos  que nos obligan a hacer, los famosos estadillos, y cómo no, el sistema no reconocía mi contraseña. Aunque mejor sería decir que no reconocía una de las mil contraseñas que venimos obligados a memorizar. Paradojas de la vida, ha habido un cambio encaminado precisamente a que eso no ocurra, algo llamado Escritorio Integrado, que se supone que evitará la multiplicidad de contraseñas. Pues mira por donde, no reconoce la que tenía. Así que tengo que llamar al organismo correspondiente para que me faciliten una nueva o me restablezcan la antigua. Algo que parece fácil y que se ha convertido en una escalada al Everest porque llevo una semana llamando y escuchando el mismo tonillo en espera que se repite una y otra vez. Durante cinco, diez, veinte minutos. Y no soy la única. Y eso, por supuesto, después de las típicas opciones entre las cuales no sé cual elegir. Si quiere una cosa, pulse 1, si quiere otra, pulse 2, si quiere la de más allá, pulse 3 y así sucesivamente hasta que me dice que me espere a que me atienda la operadora, porque no identifico mi problema ni con 1 ni con 2 ni con 3, aunque también los he probado en balde. Puede resultar gracioso, pero cuando una tiene que calificar, hacer juicios, ir a la guardia o cualquier otra cosa, es bastante exasperante perder el tiempo de esa manera.

                Esto es solo un ejemplo, claro está. Cualquier ciudadano o ciudadana se ha topado con la musiquilla de espera para tratar de contactar con cualquier administración, más aun en estos tiempos de pandemia en que ya nada es presencial. El colmo de los colmos es el caso de que te den cita telefónica para atenderte por teléfono, pero es así en muchos casos. Juro que no invento nada.

                Además, no soy la única, y, aunque maldita la gracia que tiene el refrán de “a mal de muchos, consuelo de tontos” es una verdad como un templo. Una se siente menos sola en su desesperación pensando en cuantos compañeros y compañeras están oyendo el mismo tonillo desde distintos lugares de España con el mismo resultado. Ánimo.

                Solo me queda el aplauso que hoy voy a hacer en modo especial. Si le ha gustado el post, pulse 1, si no le ha gustado pulse @·”*+&# -tampoco lo voy a poner fácil- si le ha gustado muchísimo pulse 2 y si le ha gustado a rabiar, pues a dar ese aplauso con ovación que tanta ilusión me hace. Me dará fuerzas para seguir escuchando el tono de espera. Que no se diga