Frío: togas congeladas


                El tiempo atmosférico es mucho más que el tema para una conversación de ascensor. La lluvia, la nieve, el sol o la tempestad han dado lugar a numerosas películas. El tsunami de Lo imposible, la tempestad de La tormenta perfecta, Las nieves del Kilimanjaro o la Lluvia en los zapatos dan idea de la buena excusa que constituye el clima para un buen título. Porque se puede desde estar Cantando bajo la lluvia hasta retándose en un Duelo al sol. Todo es posible.

                En nuestro teatro, aunque no lo parezca a primera vista, la meteorología puede jugar un gran papel. De hecho, las condiciones meteorológicas pueden dar lugar a suspensiones y retrasos o a hacer evidente la necesidad de medios materiales que siempre nos agobia. Y pueden, incluso, ser la causa de juicios históricos como ocurrió con el desbordamiento de la presa de Tous debido a las lluvias torrenciales con que el clima obsequia de vez en cuando a mi tierra.

 En su día, ya dedicamos un estreno al calor , que hacía que las togas sobraran. Ahora, sin embargo, nos pasa justo lo contrario. Ojalá las togas fueran plumíferos para poder combatir la ola de frío a la vez que hay que ventilar para combatir otra ola, la del covid. Y es que se nos amontona la faena.

                No es la primera vez que salen a la luz nuestras carencias cuando el frío aprieta. Ya veíamos, cuando hablábamos de sedes, que en esos sitios donde el termómetro gusta de pasearse por debajo del cero, la falta de calefacción es un riesgo evidente para la salud, y algo más frecuente de lo que sería desear. Espero que algún día pueda dedicar una entrada a la llegada de unos medios apabullantes para nuestra pobre justicia, pero de momento esto es lo que hay.

                Pero, más allá de nuestras cuitas, y una vez nos hemos aprovisionado de guantes, bufanda, camiseta térmica y calcetines de lana, nos disponemos a sufrir las consecuencias del temporal, que en este 2021 se ha despachado a gusto. Y, obviamente, lo primero que nos encontramos son las dificultades para asistir a juicios. De profesionales y del justiciable o, lo que es lo mismo, de intérpretes y público.

                Es obvio que jurídicamente la circunstancia de verse atrapado por la nieve o imposibilitado de acudir por falta de medios de transporte no puede calificarse de otro modo que no sea el de fuerza mayor. Pero cuestión distinta es cómo se arbitra la situación para causar el menor perjuicio posible, Y ahí empiezan los problemas.

                Evidentemente, si alguien, sea testigo, perito, intérprete o investigado, no acude al llamamiento judicial por este motivo, no pueden aplicársele las consecuencias legales de la incomparecencia en cualquier otro caso, esto es, multa, o, en casos recalcitrantes, ser encartado por un delito de obstrucción a la justicia. La nieve es un buen salvoconducto para escaquearse, aunque tiene su plazo de caducidad. En cuanto los muñecos de nieve se derriten, el salvoconducto deviene inválido.

                Caso parecido es el de los y las profesionales. Si jueza, fiscal, forense, Laj o cualquier otra persona que sirva en Toguilandia no llega por las mismas razones, tampoco habría ninguna consecuencia para quien no ha comparecido. La consecuencia lógica sería poner un suplente a quien falte, pero andamos escasos de medios y los sustitutos ya hace mucho que quedaron reducidos al mínimo. Así que o se cubre la sustitución por un colega disponible, o el fantasma de la suspensión empieza a planear. Y aterriza, claro

                No obstante, cuando pasan estas cosas se revientan algunas de nuestras costuras. Entre ellas, la excesiva rigidez de nuestra legislación que da lugar a situaciones estrambóticas. Leía hoy mismo la de un juzgado donde letradas, letrados y procuradores habían acudido como habían podido, y se habían encontrado sin jueces, porque se había acordado previamente por el Decanato suspender las vistas. No sé hasta donde es cierto, aunque sí sé de fiscalías que han emitido notas advirtiendo de su incomparecencia a algunas sedes -recordemos que los fiscales tenemos una sede física que puede distar muchos kilómetros del juzgado o juzgados al que estemos adscritos- Pues bien, en nuestro caso, la fiscalía toma la decisión, pero quién lo hace en el caso del órgano judicial? ¿El Decanato? ¿El Tribunal Superior de Justicia correspondiente? Pues, salvo que me equivoque, creo que corresponde a cada juzgado en concreto, aunque ya nosé si es cosa de Su Señoría o del LAJ acordarlo y comunicarlo, respectivamente. Lo que sí sé es que resulta bastante disfuncional no saber hasta el último momento a que atenerse, y que es desconcertante que diferentes órganos judiciales de la misma localidad pudieran adoptar medidas diferentes para el mismo supuesto. Pero, si la logística nacional no está preparada para contingencias de este tipo, no podríamos esperar que la administración de Justicia lo estuviera.

                No quiero despedir esta función sin recordar que el frío me trae buenos recuerdos. Un día como hoy, hace ya muchos años , hacía en Zaragoza mi primer ejercicio de la oposición que me convirtió en Fiscal. No recuerdo haber pasado más frío nunca, y aseguro que no era cosa de los nervios.

                Ahora ya, no me queda más que dar mi aplauso para bajar el telón de este estreno. Hoy es, sin duda, para quienes han seguido dándolo todo sin denuedo pese al frío, la nieve y todos los inconvenientes. Un cálido agradecimiento en esta heladora situación

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