Intrusismo: fuera de órbita


                Sentirse ajeno es una sensación que a nadie es ajena, valga la redundancia. Con más o menos frecuencia, todo el mundo ha sentido alguna vez la sensación de sobrar en algún sitio, de estar fuera de lugar o de ser un extraño. En definitiva, ser La intrusa o El intruso. Aunque esta no es la única manera de ver las cosas. Se puede ser intruso si se finge ser El especialista que no se es. Porque no todo el mundo puede ser El sabio. Y al final todo se sabe, como le ocurría a Barbara Stanwick -o a a Virginia Mayo, en una versión más moderna- en Bola de Fuego, encerrada entre un montón de catedráticos listísimos.

                En nuestro teatro no todo el mundo es listísimo como los profesores de la película, pero tenemos nuestros propios intrusos e intrusas, y también quienes pretenden serlo. Su mayor o menor éxito ya es harina de otro costal.

                El intrusismo es, en primer lugar, un delito. Lo comete quien ejerce actos propios de una profesión u oficio sin estar habilitado para ello. El anecdotario judicial y la hemeroteca nos muestran pintorescos casos de médicos que ejercían sin haber pisado una facultad en la vida, en alguna ocasión, durante muchos años y sin que nadie se percatara hasta que salta la liebre. Aunque no es la única profesión en que sucede, claro está. También se ha visto algún caso de abogados, de administradores de fincas o de asesores que carecían de título para asesorar. Y es que, como dice el refrán, zapatero a tus zapatos.

                Entre nuestras extintas faltas existía también la de uso indebido de uniforme, traje o condecoración, que daba mucho juego. Y es que la gente no podía pasearse por ahí impunemente con el pecho lleno de medallas como si fuera un general, o, en nuestro caso, con más raimundas que las que se le hubieran concedido, si era el caso. Porque no digo yo que ese collar tan mono que lleva el rey en las fotos oficiales no pueda quedarnos pintiparado, pero no se puede llevar lo que no nos corresponde. Así que a conformarse con la medalla de la Comunión o la insignia de la falla, de la casa regional o del cursillo de natación. Porque aunque ahora ya no es delito, puede ser sancionable en otra vía. Más vale no jugársela.

                Pero hay otro tipo de intrusismo al que, aunque ya hemos dedicado espacio en varios estrenos, siempre hay que tener presente, por su frecuencia. Me refiero al de opinadores y tertulianos varios que, haciendo uso de esa nueva ciencia llamada todología nos hablan de cualquier campo del Derecho sin despeinarse, a pesar de no haber visto un Código mas que en foto. El Derecho Penal es especialmente proclive a ese tipo de invasiones, y es tan sufrido el pobre que apenas se queja. Leyes que no existen, cuñadismo -sea en su versión analógica o digital– como fuente del Derecho y tertulias en medios como vehículo de transmisión son sus herramientas más importantes.

                En estos tiempos tan extraños, sin embargo, hay una profesión que se ha unido con fuerza a las huestes de las profesiones diana de la todología. Se trata de una profesión de la que nadie sabía antes, y que hoy es lo más de lo más. Y es comprensible, en su versión fetén, aunque no tanto en la sucedánea. Seguro que más de uno y de una sabe ya a qué me refiero. La profesión nominada no podía ser otra que la virología, la epidemiología o cualquier otra que suene igual de bien al tertuliano de turno y tenga relación con enfermedades, virus y vacunas. Hoy en día, todo el mundo parece conocer a alguien que se dedique a esto, o que, al menos, tenga un primo cuya novia es hermana de una chica que estudia para serlo. Y por eso aparecen por tierra, mar y aire supuestos expertos que dicen una cosa y la contraria para que cada cual se quede con la que más le gusta. Todo el mundo ha oído a esos supuestos expertos que recomiendan usar un tipo de mascarilla, a otros que otra, y hasta a alguno que ninguna. Todavía recuerdo cuando nos conminaban, al principio de la existencia de este bicho maldito, a desinfectarnos antes de entrar en casa como si fuéramos a operar a alguien a corazón abierto. Juro que jamás tendré una experiencia más parecida a entrar en la NASA que las medidas que se tomaban en mi primera visita a la peluquería tras el confinamiento. Todo esto, por supuesto, sin perjuicio de los científicos y científicas expertos de verdad, que tanta falta nos hacen además.

                Quizás hay un factor de distorsión que hace más difíciles las cosas. En España, desde hace tiempo, se llama “doctor” -o doctora- a todo el que tiene un título de Medicina en su poder. Sin embargo, doctor es quien tiene un doctorado, que pude ser en medicina, en física cuántica, filosofía o cualquier otra cosa. Pero, como en inglés “doctor” equivale a “médico”, hemos acabado asumiendo una terminología que no es nuestra. Como ocurre con las dichosas nominaciones, sean a los Oscar o a abandonar la casa de Gran Hermano, cuando “nominar” en castellano no era otra cosa que poner nombre a las cosas. Anglicismos que nos cambian la vida.

                Y es que ahora se entienden muchas cosas. Quienes transitamos por Toguilandia hemos experimentado más de una vez la creencia de que por tener u título de Derecho has de saber de todo el ordenamiento jurídico y de cualquier especialidad. Te encuentras a una prima segunda que hacía siglos que no veías, y te espeta que si le puedes hacer un favorcito que tiene un problema con la declaración de la renta, o con el alquiler, o con la pensión de su abuelo que fue a la guerra. Y por más que le digas que tú de lo que sabes es de Derecho Penal, o de Contencioso, o de lo que sea, lo mismo le da. Eres malaje por no resolvérselo así, a bote pronto y en la calle. Y gratis, por supuesto que, aunque jueces y fiscales no podamos asesorar, letrados y letradas no solo lo hacen, sino que cobran por ello. Y es que eso de comer cada día es una mala costumbre, sin duda.

                A este respecto, me acuerdo de una anécdota que siempre cuenta mi prima -médica y doctora, además- Cuando alguien le para por la calle y le pide que le diagnostique porque le duele la barriga, el tobillo o se le cae el pelo, ella le dice que se desnude, Cuando el incauto o la incauta le dice que cómo va a desnudarse en la calle, ella responde que, al fin y al cabo, es en la calle donde pretende que le dé una solución. Una buena táctica para tomar nota.

                En estas fechas, no podía bajarse el telón sin dar cuenta de un intrusismo especial, que llevamos ejerciendo padres y madres toda la vida y que no es delito. Será, en todo caso, delictivo, el no hacerlo. Me refiero al hecho de suplantar los papeles de Papá Noel y los Reyes Magos para repartir regalos a niños y niñas, y a quienes ya no lo son pero, pese a todo, esperan estos días con ilusión. Que sepamos poner todo de nuestra parte para que nos traigan eso que deseamos todas las personas del mundo: que se acabe esta maldita pandemia. Ojala fuera posible tener este regalo y tenerlo ya esta Navidad.

                No me olvido el aplauso que hoy dedicaré a quienes, pese a todo, siguen manteniendo la ilusión y se esfuerzan en transmitirla. Gracias. Ya queda menos.

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