#unaNavidaddiferente : De pata negra


DE PATA NEGRA

– ¿Qué haces, mami?

– Estoy preparando tarteras para llevar a los pobres

– ¿Quiénes son los pobres? ¿Y por qué les preparas tarteras?

– Pues… -la madre de Inés se paró a pensar antes de contestar- Son personas que no tienen de nada. Y, con esta situación de pandemia, cada día son más. Por eso preparamos comida para que puedan celebrar la Navidad. ¿Me ayudas?

         Inés cogió una silla y se subió encima, para conseguir llegar al banco de la cocina. Su madre seguía trajinando sin parar. Preparaba la mitad de aquellas cajitas de plástico con macarrones con tomate que había en una gran olla y la otra mitad la llenaba de una miscelánea de cosas ricas que ella llamaba “entremeses”. Unos canapés variados, unos pedazos de queso y jamón.

  • ¡Qué rico! ¡Jamón!

         A Inés le encantaba el jamón. A sus siete años recién cumplidos, era casi una especialista en tan preciado producto. No en balde fue el alimento que nunca fallaba cuando su madre se desesperaba ante la inapetencia de su hija.

         Inés no pudo reprimir la tentación de coger un trozo de aquel jamón que su madre ponía, meticulosamente ordenado, en cada tartera.

-Mami, este jamón no es como el que comemos en casa. No está tan bueno. ¿Está podrido, o algo así?

-No, hija, qué va. Lo que pasa es que nosotros comemos jamón de pata negra. Y no vamos a darle eso a los pobres

-¿Por qué? ¿No les gusta?

-Bueno -su madre volvió a pararse a pensar- No es que no les guste. Es que… no sabrán apreciarlo.

-Pues yo creo que sí. Como me decías a mí, hay que probar las cosas. Y seguro que les gusta

-Qué cosas tienes hija. A ver si lo entiendes, el nuestro es un jamón de pata negra, el más bueno y caro que hay, porque es el que nos corresponde. Somos…diferentes

-¿Cómo nuestro jamón? ¿Somos de pata negra?

La pregunta quedó en el aire. Para alivio de la madre de Inés, sonó el teléfono y pudo abandonar la cocina por un momento para atenderlo. La niña se quedó sola con su perplejidad, aupada sobre un taburete en la enorme cocina de su casa.

Al día siguiente, varias personas sin hogar disfrutaron en el albergue donde se refugiaban de una apetitosa cena con un inexplicable producto estrella. En todas y cada una de las tarteras, varias cortadas del mejor jamón de pata negra esperaban a que les hincaran el diente.

Cuando, en una casa a un mundo de distancia de allí, a pesar del escaso kilómetro que las separaba, la madre de Inés se tiraba de los pelos al descubrir que el exquisito jamón que guardaba para la cena de Nochebuena, se había convertido en unas toscas lonchas de ínfima categoría a punto de caducar.

Fue a preguntar a su hija, pero, al ver la expresión de su cara, no se atrevió. La furia se convirtió en vergüenza y no fue capaz de pronunciar palabra.

– Feliz Navidad, mami.

Pese a que estaban solas en casa, la madre de Inés se puso la mascarilla. Ni siquiera así consiguió disimular el color escarlata que invadió sus mejillas. Ni, por supuesto, las lágrimas.

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