Adiós, compañera: lo que no hubiera querido escribir


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Hoy este teatro lleva un crespón negro. He tratado hasta ahora de mirar el vaso medio lleno, pero cuando ya no ningún hay líquido, no es posible. Volveré a tratar de sacar punta a la vida en Toguilandia, al encierro, y a lo que se presente. Pero hoy la realidad me estrelló en las narices.

Tardé algo en darme cuenta. En días como estos, en que los mensajes en el móvil se suceden a un ritmo incansable, llega un momento en que hay que discriminar. O que quedarse con el último, porque el día, aún confinados, no tiene horas bastantes para leer todo lo que circula.

Pero esta vez era distinto. El maldito bicho se ha llevado a una compañera. Y no es que me importe ahora que está cerca y me trajera sin cuidado antes, sino que es ese bofetón de realidad que te demuestra que la cosa va en serio. Muy en serio.

Los seres humanos tenemos una enorme capacidad de adaptación, mucha más de la que imaginamos antes de que las cosas suceden. La de gente que hubiéramos afirmado, con todo convencimiento, que no aguantaríamos un encierro en casa de, al menos, un mes -y cruzo los dedos para que ahí quede la cosa- Yo, entre esa gente, que siempre he sido de las personas a las que no caerá la casa encima.

Pero me cayó. La casa, y mucho más que eso. Y, aunque entre aplausos en los balcones, clases de gimansia on line, sucedáneo de teletrabajo, lectura, y otros hobbys parecía que estaba la cosa controlada, nada de eso. La verdadera historia está ahí fuera, donde la gente muere cada día. Y, a veces, necesitas un golpe duro para ser consciente de ello.

El golpe duro que hoy he recibido, junto con toda la carrera fiscal, se llama Cristina Toro Ariza. O, por desgracia, se llamaba. Yo no la conocía, al menos que recuerde. Y, por lo que estoy viendo escrito sobre ella, estoy segura que, de haberla conocido, no la habría olvidado.

Cuando recibía la noticia yo estaba en fiscalía, sentada en mi despacho, atendiendo cosas que creía urgentes -cómo cambian las prioridades cuando pasan estas cosas- mientras esperaba para acudir a la vista de una causa con preso que, como cualquiera podía imaginar, se ha suspendido por falta de comparecencia de testigos y peritos. Pero, sentada en mi silla de siempre, ante la pantalla de mi ordenador de siempre y el desorden de mi mesa de siempre, podía haber caído en el engaño de que aquello era como siempre. Pero no es así. Las manos enguantadas de algunas -no todas, que los guantes están contados- de las personas que pululaban por la Ciudad de la Justicia, el aparcamiento vacío del Conservatorio al que da mi ventana y los pasillos vacíos gritaban que nada es normal. Una actividad fantasma en un edificio fantasma.

   El mazazo me lo daba la muerte de Cristina, mi compañera, por coronavirus. Como he dicho, no la conocía, pero a la vista de lo que dicen de ella, me hubiera encantado conocerla. Una cosa más que reprocharle al bicho.

Me hablan de una compañera en toda la extensión de la palabra. De esas que no se conforman con ser buena fiscal, que lo era y mucho, sino que tienen la paciencia y las ganas para ayudar a quien lo necesitara, para integrar a quien llegara de nuevo, para estar ahí siempre.

Un compañero que la conocía bien me la describe con esta frase tan expresiva “era de esas personas que transmiten buenas vibraciones desde lejos”. Y, desde luego, en cualquier fotografía su sonrisa cálida llega a traspasar la pantalla.

Podría decir que ojala su muerte sirva para percatarnos de lo desprotegidos que estamos, de lo frágiles que somos y de la necesidad de tomar medidas. Pero lo que hubiera querido no es que su muerte sirva, sino que no hubiera ocurrido. Lo que realmente me hubiera gustado es que ella misma pudiera contarlo y recuperar esa sonrisa.

No es posible. Un abrazo enorme a quienes tuvisteis la suerte de conocerla y de quererla, porque he comprobado que no era posible una cosa sin la otra.

Por favor, desde donde esteis, cuidad de que esto no vuelva a pasar. Y a ver si toma nota quien corresponda.

No diré más. Vaya mi aplauso, en forma de pequeño homenaje, para Cristina y, con ella, para todas las personas que han perdido la vida con esta pandemia

Y gracias, @madebycarol por ilustrar una vez más uno de mis estrenos. En este caso, el que nunca hubiera querido haber escrito

 

6 pensamientos en “Adiós, compañera: lo que no hubiera querido escribir

  1. Bonito homenaje a una compañera.
    Soy consciente de que la preocupación es doble. Dejaremos a compañeros y compañeras por el camino y lamentablemente estos golpes servirán para replantearnos muchos temas a nivel personal. Tal vez tengamos que renunciar a algunas cosas en favor de otras, aún cuando suponga un sacrificio. Todo saldrá bien. Hay que quedarse en casa. Un fuerte abrazo

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