Autoayuda: manuales toguitaconados


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De un tiempo a esta parte, cada día están más en boga los libros de autoayuda. Se ve que en en nuestro mundo necesitamos un empujoncito extra para afrontar el día a día. Y, por supuesto, esta tendencia también pasa al mundo del espectáculo, aunque se gritaba eso de Help desde mucho antes. Películas como Del revés se empeñan en que nos conozcamos por dentro, con todas nuestras emociones, a ver si somos capaces de hacer las cosas de un modo Mejor imposible.

A pesar de que hay libros de autoayuda en muchos ámbitos de la vida, no sé si hay alguno destinado a los habitantes de Toguilandia. Al menos tal y conforme los concebimos, porque en realidad los hay sin que nos hayamos dado cuenta de que lo son.

Me di cuenta de que los Códigos tienen mucho de eso a raíz de una anécdota que me contó un amigo juez hace mucho tiempo. Por aquel entonces, él era juez de un juzgado mixto y había ido a verle uno de los jueces de paz de su partido judicial. Para quien no lo sepa, explicaré que los jueces de paz son los encargados de algunas gestiones relativas a la justicia en pueblos donde no hay juzgado de primera instancia e instrucción, pero no pertenecen a la carrera judicial ni hacen oposición alguna. Pues bien, en esa consulta, relativa a un asunto de tierras, el juez de paz en cuestión, tras plantear sus cuitas dijo algo inolvidable. Sacó una cosa que llevaba guardada en su maletín y enarbolándolo con cara de triunfo, exclamó: me han dicho que me compre este libro rojo donde viene todo. Y algo de razón tenía, sin duda. Porque ese libro rojo –color de la editorial que le recomendaron- no era otro que el Código Civil. Por supuesto, el juez le dijo que era una recomendación extraordinaria, y que tomaba nota. Faltaría más.

El Código civil que no es el único de esos libros que eran pioneros de los libros de autoayuda sin saberlo. Pero hay qué ver la de cosas a las que da solución, o al menos le pone nombre, que no es poco. Hay que reconocer que saber que se llaman servidumbres cosas como que el vecino  pase por nuestra casa para ir a la suya porque así lo ha hecho toda la vida, o que no puedan levantarnos una finca delante que nos tape el panorama -con su reja remetida, o no- pues tranquiliza mucho. Y es que el Código Civil igual sirve para saber a quién le corresponde la propiedad del tronco que flota en un río, cómo qué hacer con un enjambre de abejas o con un tesoro oculto, supuestos con los que nos encontramos a diario, como todo el mundo sabe.

Bromas aparte, el Código Civil, aun cuando date del siglo XIX, resuelve muchas más cosas de lo que la gente cree. La clave, claro, está en saber buscar, y para eso nos formamos. Al hilo de esto, recuerdo algo que me pasó hace mucho y que creo que es ilustrativo. Un familiar me decía que quería formalizar algo para que en el caso de que le pasara algo, su pareja, que estaba por aquel entonces embarazada, no quedara desprotegida y se supiera que el niño que esperaba era suyo. Le dije que podía inscribirse en el Registro de parejas de hecho, que podía hacer un documento ante notario y que podía hacer testamento donde reconociera al niño, que se mantenía aunque luego hiciera otro testamento. Me miró diciendo que menudo lío. Entonces le expliqué que había algo que resolvía todo lo que quería: se llamaba matrimonio y estaba en un libro estupendo -recordé entonces al juez de paz de mi amigo- que se llamaba Código Civil. Y que, ojo, no ponía en ningún sitio que tuviera que ir acompañado de convite, vestido blanco ni tarta de merengue, por si había dudas. Y añadi que no tenían que besarse los padrinos, por si acaso.

Pero no creamos que solo el Código Civil nos da soluciones. Todas las leyes están hechas para eso, aunque a veces no lo parezca. Y entre ellas, también hay que destacar al Código Penal que, aunque, como su propio nombre indica, regula esencialmente las penas, en el sentido de dar castigo a las conductas ilícitas que él mismo define, es una autoayuda fantástica para un derecho que debería tener reconocimiento constitucional: el derecho al pataleo. Tal vez no consigas recuperar ese bolso que te robaron ni que vuelvan las cosas al estado que tenían antes de que nos causaran tal o cual mal, pero, al menos, le atribuye un castigo a quien lo ha hecho, que siempre es un consuelo.

Esta función de autoayuda la puede tener cualquier ley. Las leyes procesales, sin ir más lejos, nos indican cuál es el camino a seguir para hacer una reclamación ante los tribunales. Aunque, tal conforme están redactadas, hay que concluir que el camino más corto entre dos puntos en Derecho casi nunca es la línea recta.

Las publicaciones en el BOE pueden tener esa importante función de autoayuda. Pensemos, por ejemplo, en los concursos de traslado, o en los nombramientos. Si salen bien, te ponen en casa. Y si no, ya sabemos, nada es infalible, y el BOE menos aún.

No quisiera bajar el telón de este estreno sin hablar del contrario a esa función de autoayuda. La de no-ayuda, una característica que tienen muchas leyes que no hacen sino complicar las cosas en lugar de mejorarlas. El mejor ejemplo que me viene a la cabeza es el de la limitación de los plazos de instrucción, cuya derogación seguimos pidiendo a gritos. Que gran ayuda será el día en que el BOE, por fin, la publique, que esperemos que sea más pronto que tarde.

Solo me queda dar el aplauso, que va hoy dedicado a todas esas leyes que mejoran nuestras vidas y, sobre todo, a quienes saben aplicarlas para lograr tal efecto. Porque en eso consiste administrar justicia.

 

Enseñanzas: Derecho en pantuflas


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  La casa es la primera escuela. Por eso el cine nos cuenta las cosas que pasan cuando algo de eso no funciona, bien porque dejan al niño Solo en casa, o bien porque ni casa tiene, como les pasaba a Marcelino pan y vino o a Annie y sus compañeras. Y es que los padres son capaces de cualquier cosa por sus hijos, tanto en casos límite como La vida es bella, como en filmes más amables como Buscando a Nemo. Y si no, que se digan a Marco, que se recorrió De los Apeninos a los Andes buscando a su mamá,con su mono Amedio al hombro.

Por eso, los padres y madres, sin saberlo, nos hacen desde niños una suerte de rito iniciático a Toguilandia, se tuerza luego o no. Ya me diréis si tengo  razón cuando caiga el telón de la función de hoy.

Como me gusta ser honrada, y darle al césar lo que es del césar, he de reconocer que la idea de este estreno no se me ocurrió a mi sola como por ensalmo. Aunque ya había hablado del derecho casero, o derecho de las madres, alguien (gracias, Roberto) colgó en un foro uno de esos mensajes que corren por redes que me hizo mucha gracia. Y decidí continuarlo tirando del hilo. Con su permiso, claro está.

El texto en cuestión decía que los padres nos enseñaron, entre otras cosas, Derecho administrativo, al hacernos pedir los permisos oportunos para salir; Derecho Mercantil, al reclamarnos las vueltas de la compra; Derecho Político, al repetirnos eso de que tenemos derechos y deberes; Derecho electoral, cuando nos decían que no teníamos ni voz ni voto; Derecho aduanero, al mostrarnos las normas que regían en casa de puertas para adentro; Derecho canónico, al apelar a la Corte celestial; Derecho Internacional, al decir que algo lo sabían hasta los chinos, o Derecho comparado, porque te repetían lo poco que les importaba que Fulanito también hubiera suspendido. La verdad es que todo un resumen de los cinco -o cuatro más máster, ahora- cursos de Derecho, convertido en jurisprudencia de batín y zapatillas. Así que he decidido desarrollarlo un poco más, a modo de trabajo de fin de máster de Derecho en pantuflas.

El Derecho administrativo era, desde luego, muy usado en las casas. Además del ejemplo de los permisos, otro de los principios que se siguen a pies juntillas es el de solve et repete -paga y después reclama- pilar del Derecho administrativo según nos enseñaron. Lo que no nos dijeron es que eso no es original de ese campo del Derecho sino de las relaciones paterno filiales, porque, ¿quién no ha escuchado de boca de su padre o de su madre eso de “tú haz lo que te digo y después hablamos”? Y además, normalmente acompañado de un formulario tipo: ni peros, ni peras… ¿O no?

Además, en cuanto a los permisos, entraban rápidamente en el campo de la jurisdicción militar, exigiéndonos un pase pernocta para dormir en casa de una amiga, que podía ser anulado si habíamos hecho algo que mereciera una sanción de arresto. Y es que el Código penal Militar lo debió inventar algún padre, de los que repetían constantemente el “aquí mando yo” y su consecuencia legislativa “porque lo digo yo”. Eso sí, no andaban muy duchos en Derecho Procesal, porque lo de la motivación se lo pasaban por alto.

Sin embargo, otras partes del Derecho Procesal sí que les gustaban. Especialmente, la declinatoria y la inhibitoria, para pasar la pelota de un progenitor a otro como se remiten los asuntos de uno a otro Juzgado. “Eso, que lo resuelva tu madre” o “se lo voy a decir a tu padre y verás lo que es bueno”. Porque claro, también en el Derecho en pantuflas hay juzgados más accesibles que otros. Y ojo, que lo de los recursos también les venía de perilla cuando les convenía: le voy a mandar una nota al profesor que vas a ver. Eso sí, se trataba de recursos devolutivos, porque el profe remitía a su vez las notas a los padres. Y ahí, volvían al Derecho administrativo, porque se tenían que devolver firmadas, que el requisito de forma para hacer constar la notificación era indispensable.

No obstante, como ocurre en Derecho, siempre había resoluciones que no admitían recurso alguno, con exhortaciones al Derecho Canónico si hacía falta. Además de la Corte Celestial, a la que ya me he referido, había cosas que “no las cambia ni Dios”. Acabáramos.

En lo que no estaban muy puestos era en Derecho Constitucional. Lo de la libertad de expresión lo llevaban francamente mal, porque repetían lo de “No quiero ni oir hablar de eso” o “No me vengas con cuentos” vulnerando nuestro derecho a opinar sin duda alguna.

También tenían algunas lagunas en Derecho de familia, sobre todo en lo relativo a la filiación. Solo así se explican esas expresiones de un padre diciendo a una madre -o viceversa- “tus hijos han hecho esto o aquello” como si de repente hubiera desaparecido la relación paterno filial o materno filial y se hubieran subrogado en familia monoparental de un plumazo

Aunque si de algo sabían los padres y madres era de Derecho Penal. Ellos inventaron todas las sanciones, desde el confinamiento (“te quedas sin salir de la habitación”) hasta el destierro (“no vas a volver a ir a tal sitio”), aunque el top ten era la reprensión, tanto privada como pública, porque la bronca igual te caía en la habitación que en un bar lleno de gente, sin olvidar la reina de las condenas, el arresto domiciliario, invento paterno donde los haya. Tampoco desdeñaban las penas pecuniarias (“te quedas sin paga”) y las de privación de derechos (“a la cama sin postre”). Y por supuesto, fueron pioneros en la imposición de penas de alejamiento (“que no te vea acercarte a unos recreativos”) y de prohibición de comunicación (“y nada de hablar por teléfono”, que en la actualidad, se ampliaría a móvil, ordenador y demás).

También fueron los inventores de las reglas de conducta, en particular de los cursos de rehabilitación y reeducación. Por eso lo de no salir del cuarto hasta que hubieras leído tal o cual cosa, e incluso de un modo más sutil, “quedate ahí, y piensa en lo que has hecho”. Y, por descontado, con la espada de Damocles de ponernos un profesor particular o clases de repaso como curso de reeducación en su más genuina forma.

Además de todo eso, tenían un conocimiento exquisito de una institución del Derecho tan poderosa como el indulto. Lo podían aplicar o no a su prudente arbitrio. Y sin recurso, conforme establece la ley. Con suspensión de la pena mientras tanto según estimaran o no. Faltaría más.

Así que cuando estudiamos Derecho, resulta que todo estaba inventado, aunque no nos hubiéramos percatado. Por eso hoy, el aplauso será para esos padres y madres que, en batín y zapatillas, nos iniciaron en las leyes. Y con agradecimiento extra a quien me hizo llegar ese texto que me ha servido de inspiración. Que, como diría mi madre, es de bien nacida ser agradecida.

 

 

Herramientas: Kit de supervivencia


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Las situaciones límite son un escenario idóneo para cualquier obra de teatro, novela o película. Sentirse Acorralado en plena guerra es lo que hizo a Rambo pronunciar su ya clásico “no siento las piernas” . Y aunque vernos Al límite hace aguzar el ingenio, nada como un buen kit de supervivencia para estar en disposición de enfrentarnos a lo que sea. Que no todo el mundo puede ser Mc Gyver, que igual desactivaba una bomba con un chicle y una goma de pelo que la fabricaba con una lata de judías caducada y un clip sujetapapeles.

En nuestro teatro, aunque no hay guerras con fusiles ni hay que fabricar bombas, sí que hay más situaciones límites de lo que la gente cree habitualmente. Y guerras, no lo dudemos. Que nos lo digan sino a quienes llevamos familia, que mas de una vez nos hemos encontrado reviviendo La guerra de los Rose.

En mi toga y mis tacones queremos tenerlo todo dispuesto para esas situaciones límite, así que he elaborado mi propio kit de supervivencia toguitaconado, que espero que resulte útil tanto a quienes llevan toga -con puñetas o no- o a quienes esperan llevarla alguna vez, como a quienes nunca vestirán eso que una testigo llamaba el batín negro –se refirió a mi como la señora del batín negro-.

Lo primero de lo que debemos andar bien surtidos es de material escolar , todos esos adminículos sin los cuales, en plena era digital, no puede salir adelante la Justicia. Ya saben quienes me leen habitualmente mi fijación con los pósits, pero es que de verdad que son un bien escaso y de reconocida utilidad social. Tanto, que me planteo proponer una reforma donde se incluyan en el patrimonio digno de especial protección, y que el hurto o robo de los mismo sea un subtipo penal agravado. Igual así actúa eso que conocemos como prevención general –o sea, que el eventual delincuente pueda pensárselo mejor a la vista del castigo que le pueda caer- y dejen de desaparecer de mi mesa.

Entre todo este material nunca hay que olvidar los folios. Y conste que me refiero a los de papel de toda la vida. Porque, se crea o no, está empíricamente comprobado que la implantación de la tan cacareada digitalización  con su no menos cacareado lexnet  ha multiplicado el gasto de folios en juzgados, tribunales y fiscalías. El papel 0  en estado puro, vaya. Y sé de buena tinta de lugares donde a abogados y procuradores les instan a llevarse sus propios folios porque si no no les dan las copias que piden. Que no está la cosa para bromas.

Pero no creamos que eso nos libra de tratar de informatizarnos, digitalizarnos y hasta supervitaminarnos y mineralizarnos como Super Ratón. De eso, nada. Como quiera que en nuestro caso, una cosa no quita otra sino que lo que hace es multiplicar la faena –versión papel y versión digital-, pues también hay que estar armados y pertrechados de CD´s vírgenes y memorias usb para llevarnos la información. No deja de ser gracioso que los juicios siguen grabándose en CD pero los ordenadores ya no llevan lectores, así que la cosa tiene bemoles. Juro que no hace mucho me pase mi buen rato dando vueltas al ordenador portátil por el que sustituyeron el fijo en busca de la ranura para introducir el Cd. Sin resultado, claro, aparte de las carcajadas  de quien me observaba en semejante trance.

Tampoco la modernidad ha llegado a nuestras vidas hasta el punto de hacer desparecer los Códigos en papel. Continúan siendo una parte indispensable de nuestro kit de supervivencia, como toda la vida. Ahí están, sobreviviendo a reformas, a cambios de despacho, a traslados de un juzgado a otro, con sus páginas más que manoseadas, llenos de notas, acompañándonos en cada paseo por Toguilandia. Porque por más que la tecnología avance y los podamos llevar en nuestros dispositivos móviles, ellos siguen ahí, inasequibles al desaliento.

Pero, como no solo de pan vive el ser humano, hay otras cosas menos materiales que no pueden faltar en nuestro kit de supervivencia en Toguilandia. Cosa como la empatía  o la amabilidad  para tratar con profesionales y justiciable, que ya tuvieron su propio estreno. Aunque quizás de lo que más necesidad tenemos es de paciencia, así que conviene aprovisionarse de una ración doble, o triple. Paciencia para aguantar los retrasos en los señalamientos, paciencia para soportar los excesos de trabajo, paciencia para pelearse con ordenadores y programas informáticos y paciencia, en definitiva, para bregar con el día a día, que no es moco de pavo.

Tampoco nos puede faltar nunca una buena dosis de sentido del humor , que ya sabemos que la risa si no es siempre el remedio que cura la enfermedad, si que es, al menos, una buena receta para combatir los síntomas.

Aunque, ya puesta, nunca olvidemos tener a mano una bolsa para hiperventilar, un buen cacho de gomaespuma para que no nos duela si nos damos de cabezazos contra la pared y un paquete de kleenex para los disgustos. Y, ya que estoy generosa, revelaré mis dos ingredientes secretos: el respiranhondismo y la cuentahastresdina, ideales antes de tomar una decisión, lo aseguro.

Así que ahí queda eso. Mi aplauso va hoy para quienes son precavidos y nunca salen de casa sin su kit de supervivencia. Porque ya se sabe. Toguitaconada precavida vale por dos.

Pseudodelitos: el otro Código Penal


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No es oro todo lo que reluce, ni artista todo el que se jacta de serlo. En el mundo del espectáculo están los de verdad, los que trabajan por y para ello, y Los otros, los advenedizos que aprovechan su momento de gloria por cualquier causa para tratar de hacerse un hueco donde no les corresponde. Original y copia, que no suele salir bien, aunque dé que hablar . Lo que podría llamarse El intruso.

En nuestro teatro, como en todas partes, hay quien intenta hacerse pasar por lo que no es. Ahí tenemos el reflejo en el castigo del intrusismo, esto es, ejercer actos propios de una profesión careciendo del título para ello, o la agravante de disfraz, de la que ya hablamos en el estreno dedicado a las circunstancias agravantes 

Hoy no voy a hablar desde ese lado, sino desde otro que cada día vemos más. Esos pseudodelitos que nos llegan calentitos desde tertulias y redes y cuyos adalides parecen exponer como si la verdad absoluta les perteneciera.

Por una parte, están los exégetas del Derecho penal, amateurs que florecen como si estuviéramos en una eterna primavera jurídica, por más que no hayan leído un solo código en su vida. Uno de los ejemplos más glorioso es el de la interpretación del delito de prevaricación que, en esencia, no consiste en otra cosa que en dictar a sabiendas una resolución manifiestamente injusta, por supuesto, en el ejercicio de las funciones, sean judiciales o administrativas. Pues bien, no han sido ni una, ni dos ni tres las veces que he leído cómo se acusa a alguien -incluida yo misma, por supuesto- de prevaricador por alguna opinión expresada en twitter, o en cualquier medio de comunicación. Ni que decir tiene, para empezar, que en las redes no estamos ejerciendo función alguna más allá de la de ciudadano o ciudadana que opina, pero hay más. Prevaricar no es, desde luego, pensar de manera diferente a quien valora, que se convierte, además, en juez y parte sin toga ni título que le habilite.

Otro tanto ocurre con el delito de malversación, que hay que ver la gente cuánto sabe para distinguir así, de un plumazo, qué son caudales públicos y el uso inadecuado de estos. Por supuesto, hay que repetir lo mismo. Que uno crea que sabe cómo se ha de gastar el dinero no le convierte en Ministro ni en Inspector de Hacienda in pectore.

Pero hay otro tipo de pseudodelitos que todavía me gustan más. Los que la gente se inventa sin ningún sonrojo, o aquellos a los que da unas características diferentes de las que en Derecho tiene.

A la cabeza de estos, el delito de perjurio, que no sé cómo hay que repetir que no existe en nuestro Derecho, que es cosa de las películas americanas. Aquí en España somos más sencillitos y como no hay obligación de jurar, difícilmente faltar al juramento pueda ser delito. En nuestro caso se puede cometer delito de falso testimonio si el testigo -que jura o promete decir verdad- miente deliberadamente ante el tribunal, pero no es así en el caso del acusado, que puede acogerse a su derecho a no declarar o hacerlo diciendo lo que le venga en gana, falso o cierto.

Otro pseudodelito muy conocido es el de abandono de hogar. Cuántas veces habremos oído eso de “no te vayas de la casa, que te pueden denunciar por abandono de hogar”. Pues no. En nuestro derecho actual, no hay abandono de hogar que valga. Hay, eso sí, delito de abandono de familia, pero las más de las veces viene concretado en un simple impago de pensiones. Y en otras, escasas pero las más graves, en abandonar a los menores en condiciones que pongan en riesgo su vida. Pero la conocida conducta de irse a comprar tabaco para no volver no es delito alguno. Salvo, claro está, que esa marcha sea dejando a menores en riesgo para su vida, conforme se ha dicho, o que por el camino se cometa cualquier otro hecho delictivo aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que todo puede ser.

También se lee de vez en cuando lo del pseudodelito de suplantación de personalidad, revivido ahora con el uso de las nuevas tecnologías y la posibilidad de hacerse pasar en redes por otra persona. Pues bien, lamento decir que, aunque suena muy bien, ese delito tampoco existe. Existe, eso sí, el de usurpación de estado civil, que necesita mucho más que dar el nombre de otra persona cuando a una le preguntan. Hubo un tiempo en que sí que existía un delito de uso público de nombre supuesto, con un caso paradigmático que nos traía de cabeza, el de unos gemelos que se hacían pasar el uno por el otro para esquivar los antecedentes penales. Pero la suplantación dichosa, no existe como tal. Y, en el caso de abrir una cuenta a nombre de otra persona en redes, puede cometerse delito pero si se usa como medio para cometer otros, como unas injurias, un acoso o una revelación de secretos.

Otro supuesto bien conocido es el del desacato, una palabra que se emplea mucho y con muchos fines. Pero el delito de desacato, que consistía en faltar al respeto a una autoridad o funcionario público en el ejercicio de sus funciones, desapareció hace tiempo. Lo cual no significa que la falta de respeto no sea punible como tal, cuando consiste en injurias, vejaciones, calumnias o cualquier otra cosa. Pero será ese resultado el que se castiga, no el desacato en sí.

Relacionado con ello, me viene a la cabeza el delito de escándalo público, también desaparecido de nuestro derecho. No obstante, no me resisto a la tentación de contar algo que escuché a un profesor cuando estudiaba la carrera. Se refería a ese delito para contarnos el caso de  unos muchachos que fueron detenidos por escándalo público por realizar “el acto solitario” -con ese eufemismo se referían a la masturbación- escondidos detrás de unos pinos. Ni que decir tiene que si el acto era solitario y ellos estaban escondidos, poco escándalo montarían, y menos público. Más claro aún cuando los agentes que los traían detenidos explicaban muy convencidos que los sorprendieron porque estaban vigilándoles camuflados en un coche. Muy curioso ese supuesto escándalo sin público para escandalizarse. Por fortuna, son cosas de otra época, aunque no tan lejana como a veces creemos.

Otro término supuestamente jurídico que se usa mucho es el de la deportación, que tampoco existe en nuestros Códigos. En España tenemos la figura de la expulsión de extranjeros tanto por causas administrativas -sin papeles- como por la comisión de delitos, cuando concurran determinados requisitos, pero no la figura de la deportación como tal. Y tampoco acude un agente de inmigración a controlar que te hayas casado por amor y que sepas hasta la marca de los calzoncillos de tu pareja, como en Matrimonio de conveniencia. Por muy entretenido que pueda resultar visto en película.

También hay que aclarar que aquí no hay homicidio en primer, segundo y no sé cuantos grados. Aquí hay homicidio doloso o imprudente, y pare usted de contar. Algo que vemos en las películas americanas y se traslada aquí como si fuera lo mismo. Como ha pasado, sin ir más lejos, con el término “libertad con cargos” que suena muy vistoso pero no es propio de nuestro derecho. Aquí la libertad es definitiva o provisional. Y sanseacabó, por más que la prensa se empeñe en usar ese vocablo.

A veces lo que ocurre es que se usan términos coloquiales con pretendidas ínfulas jurídicas. Es lo que ocurre con robos, estafas, injurias o calumnias, o con el ensañamiento, del que se habló en el estreno dedicado a las agravantes.  Podremos considerar que si nos han cobrado una cantidad desorbitada por algo es un atraco, un robo o una estafa. Pero de ahí a que sea constitutivo de tal delito hay un mundo.

Por último, y como no solo de Derecho Penal vive el jurista, traeré otro término pseudojurídico muy usado recién cogido del horno del Derecho Civil, la desheredación. Lo lamento mucho por los amantes de series de familias millonarias como Falcon Crest o Dinastía, pero aquí no se deshereda alegremente a quien a una le venga en gana. Aquí hay unos herederos legítimos -hijos e hijas, generalmente- que no pueden ser privados de su cuota salvo casos muy graves tasados en la ley, como haber atentado contra la vida del testador. Del resto de la herencia, se puede disponer -y no disponer- como se quiera.

Así que aquí va el aplauso. Por un lado, a quienes se informan antes de poner negro sobre blanco un término supuestamente jurídico como si estuvieran en posesión de la verdad absoluta. Y, por otro, a quienes dedican su tiempo a explicarlo. Algo muy necesario.

 

Malentendidos: el mundo al revés


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La literatura y el cine se han servido mucho de los malentendidos, especialmente para hacer humor. Miles de comedias románticas se nutren de esos malos entendidos entre sus protagonistas que ponen miga a la trama y no se resuelven hasta el final, como ocurre, entre otras con El novio de mi mejor amiga o el padre de la novia, esos  finales lo que aclaran todo – o no- al estilo Cuatro bodas y un funeral o Los amigos de Peter.

Nuestro teatro es poco dado a las comedias románticas, aunque no dudo que algún romance que otro se haya gestado entre estrados y togas. Pero sí que da lugar a algunos malentendidos de todos los tipos.

Uno de los que más recuerdo fue el de un juicio, muy sonado en su momento, en que el quid de la cuestión estaba en las últimas palabras que se oyeron a una persona que luego falleció. La diferencia entre “Que em tira” -en valenciano, que me tira- o “estira´m” -estira o sujétame- fueron la clave para marcar la línea entre absolución o condena, resuelta, por descontado, a favor de la presunción de inocencia.

Pero la mayoría de casos de malentendidos son más de otra índole, con un punto de gracia de esas que nos alegran el devenir a veces rutinario de Toguilandia. Y es que las palabras tienen su aquel, como el de un denunciado por insultos que se empeñaba en explicarnos que lo que le dijo a su novia no fue “gorda asquerosa” como ella decía sino “gorda amorosa”, insistiendo mucho en que lo de “gorda” lo decía por cariño, aunque yo no le vea el amor a esa palabra por ningún sitio.

Aunque de lo mejor que he oído en mucho tiempo fue uno que me contaron el otro  día, y que aun me hace reír con solo recordarlo. En este caso, el acusado de  haber amenazado a gritos desde el portal a su pareja con una frase tan poco original como “te voy a matar” se defendía con una versión cuanto menos pintoresca. Decía que lo que había dicho no era tal frase, sino “He visto Avatar” en relación a la conocida película de los seres azules. Muy ingenioso, la verdad, pero, según creo, tampoco coló. Aunque no se pude por menos que valorar el esfuerzo.

Respecto a estas cosas, hay una leyenda urbana que no sé si pasó alguna vez, pero se transmite boca  a boca -incluso creo que forma parte de alguna recopilación de anécdotas judiciales- y que no me resisto a traer aquí. Era el caso de aquel hombre que, declarando como testigo, fue preguntado sobre si resultó herido en la reyerta. La respuesta, que ya forma parte de la antología de anécdotas togadas, fue algo así como: bueno, exactamente en la reyerta no, más bien fue entre la reyerta y el ombligo. Soberbio.

En otra ocasión, el malentendido vino desde la propia petición de la parte. Nos decía la mujer que quería que se prorratease el alejamiento. Ahí estábamos dando vueltas a cómo narices se podría repartir a trozos proporcionales semejante medida cuando caímos en la cuenta de que lo que pretendido era que se prorrogase. Acabáramos.

También, como en el primer caso, la lengua juega sus malas pasadas. Así nos pasó en el caso de una mujer muy ofendida con su marido porque había dicho que era pudorosa. Viendo que aquello tenía pocos visos de ofensivo, le preguntamos, y nos aclaró que el insulto venía porque le estaba diciendo que olía mal, ya que “pudor”, en valenciano, significa mal olor. Ignoro si la pretensión del hombre era una u otra, pero tuvimos que acabar por darle el beneficio de la duda y, por ende, la absolución.

Para acabar, otra de esas anécdotas recién recogidas pero que valen un potosí. En este caso el malentendido no fue con palabras, sino más bien con conceptos. Venía un muchacho detenido por un hurto en un establecimiento. El insistía en que cogió aquello por qué lo necesitaba, así que a quienes se encargaban del caso les vino a la cabeza algún producto de primera necesidad, normalmente alimentos, por aquello de la figura del hurto famélico que estudiábamos en la Facultad. Cuál no sería su sorpresa cuando vieron que el objeto de la sustracción eran nada menos que preservativos. Así que adiós teoría del hurto famélico. Salvo, eso sí, que fueran de sabores, que igual en ese caso colaba.

Y no podía acabar este estreno sin el correspondiente aplauso. El dedicado, una vez más, a quienes me han proporcionado tan jugosas anécdotas y por supuesto, a sus protagonistas. Porque estas notas de color siempre se agradecen.

 

Mitos: justicia con la Justicia


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El mundo de la farándula está lleno de mitos. Unos son realidad y otros no lo son en absoluto, pero se transmiten como si lo fueran. Ideas preconcebidas sobre actores y actrices, estereotipos, presunciones de divismo y mil cosas más. Pensamos que todos los artistas son seres extravagantes que se desplazan siempre en limusina, que exigen llenar su camerino de flores azules veteadas de verde esmeralda o de botellas de agua extraída del pozo más recóndito de los Alpes Suizos y cosas parecidas. Y claro, haberlos, haylos. Pero son los menos. El mundo del espectáculo está lleno de gente normal que tiene vidas normales con familias normales, lejos de fiestas y saraos varios y del brilli brilli del papel couché. Y que incluso tienen serias dificultades para llegar a fin de mes. Y es que, como en el Show de Truman o La rosa púrpura de El Cairo, a veces es imposible distinguir realidad de ficción.

En Toguilandia tenemos nuestros propios mitos. Leyendas urbanas que se transmiten boca a boca sin que muchas veces respondan a la realidad. Aunque, como sabemos, también muchas veces la realidad supera la ficción. Veamos algunas de las más conocidas, y desmontémoslas… o no. No hare spoiler antes de tiempo.

La primera de ella es un verdadero clásico. La justicia es lenta. Algo que a veces pasa, pero las más de las veces no ocurre en absoluto. El imaginario colectivo, sobre todo quien vive alejado de togas y puñetas, piensa que cualquier demanda o denuncia tardará una eternidad en ser resuelta. Debe ser por eso por lo que más de una vez, la gente se queda con cara de pasmo cuando en la guardia celebramos un juicio rápido y se va con su sentencia recién hecha, todavía calentita del horno -o de la impresora, que también se calienta- No voy a negar que en asuntos complejos o mediáticos -o ambas cosas a un tiempo- los tiempos pueden llegar a dilatarse hasta la exasperación, sobre todo por la cantidad de diligencias a practicar y la escasez de medios para hacerlo, pero no podemos convertir la excepción en regla. La aplicación de la atenuante de dilaciones indebidas es una realidad jurídica a la que hubo que dar nombre propio, ya que no hace tanto se metía en ese cajón de sastre que eran las atenuantes por analogía.

El problema de la lentitud de la justicia, cuando la hay, suele ser por una razón de medios, o, mejor dicho, de falta de ellos. No negaré la cantidad de señalamientos que se fijan con años de antelación porque no hay huecos en las agendas que permitan ponerle fecha antes. No hay más que darse un paseo por twitter para comprobarlo a través de las cuentas de algunos abogados. Pero me gustaría dejar claro que, a pesar de que hay quien se empeña en difundir lo contrario, no somos una panda de vagos a quienes nos importe un rábano si las cosas se resuelven hoy o dentro de varios meses. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Y la realidad es que hay juzgados donde no queda otra que señalar a muchos meses – si no años- vista porque materialmente no se puede hacer antes. Pero en esto, como en todo, la noticia suele ser que el hombre muerde al perro y no al contrario, y no se habla de la multitud de asuntos que son resueltos con celeridad y eficacia . Y también eso habría que contarlo. Al césar lo que es del césar.

Otra de las leyendas urbanas que corren por ahí y de las que más abomino es la relativa a las pocas ganas de trabajar, por decirlo de forma elegante -como diría una buena amiga-  Nos afecta a todos los habitantes de Toguilandia, pero a veces se ceba especialmente en los funcionarios. He trabajado con muchos y he encontrado de  todo, como en botica, pero ganan por goleada quienes trabajan de un modo eficaz y entregado. No son seres que se dediquen únicamente a almorzar o hagan del “vuelva usted mañana” su modus vivendi, a pesar de que haya generalizaciones francamente ofensivas. Por eso desde aquí quiero romper una lanza por todo ese personal que, pese a que casi nunca tiene protagonismo, son esenciales en el engranaje de la Justicia.

Y clásico entre los clásicos es otro de nuestros mitos, el de que la Justicia no es igual para todos o su variante de que hay justicia para ricos y pobres. A este respecto, hay que decir que la Justicia es igual, que jueces, fiscales, lajs y personal actuamos de la misma manera sean quienes sean las partes -normalmente, ni nos fijamos en sus nombres-, y que otro tanto cabe decir de los letrados, sobre todo los que actúan de turno de oficio, que lo hacen con igual entrega y profesionalidad que para clientes particulares. Otra cosa es que litigar, a veces, pueda resultar costoso, y que no todo el mundo pueda permitírselo y opte por eso de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio. Algo que todavía se acentuó más durante la triste época en que estuvieron vigentes las tasas judiciales que, además, todavía perviven para empresas, por pequeñas que sean, y ONG, aunque parezca que se nos haya olvidado.

Hay otra leyenda urbana de la que he hablado en otra ocasión, en el estreno dedicado a los sueldos. La de que cobramos un pastón.  Y de eso, nada. Más de uno se ha quedado ojiplático viendo la nómina de jueces o fiscales en su primer destino, o comprobando la exigua cantidad que se cobra por una semana entera de guardia. Y esto hay que hacerlo extensivo a letrados y letradas. Más allá de los grandes despachos o de abogados estrella, la mayoría viven como cualquier autónomo, sin saber si ese mes se dará o no bien la cosa. Por no hablar del turno de oficio, siempre retribuido tarde y mal. Y es que, créanlo o no, las togas no dan para cuentas en Suiza.

Otra cuestión es el mito de que la Justicia es viejuna. Ahí me siento incapaz de desmontar nada. Nuestra Justicia aun sigue los patrones del siglo XIX en que empezó a andar en medio de una sociedad rural e incomunicada. Y los intentos de modernización han sido bastante calamitosos, como la famosa digitalización que sigue dando más problemas de los que resuelve. Eso sí, hay cosas en que hemos cambiado. Hoy día sería inconcebible una sentencia, una demanda o un escrito de calificación sin usar el corta y pega. Pero más allá del uso de ordenadores con sus imprescindibles modelos y plantillas, seguimos transitando sobre esquemas arcaicos. No hay más que echar un vistazo a esas fotos de apertura del año judicial que parecen sacadas de otra época.

Aunque reconozco que mis leyendas urbanas favoritas son las que nacen de la creencia de que los juicios son como las series de televisión americanas. Esos testigos con la mano en el pecho para jurar en estrados, los que buscan la Biblia para poner su mano encima, los que se empeñan en que nos van a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, o los que quedan decepcionados porque no decimos eso de “Protesto, señoría” a cada rato, proporcionan momentos impagables. Aunque quizás el despago más grande se lo llevan cuando ven que en la sala de vistas se entra como Pedro por su casa, sin pronunciar el espectacular “en pie, preside la vista el honorable juez Fulanito”, o que el juez no nos llama a fiscal y letrados para comentarnos algún incidente en petit comité. Pero si he de echar de menos algo, es lo de los paseos arriba y abajo de la sala de vistas mientras se hace el informe, que quedaría mucho más bonito, dónde va a parar. Pero es lo que hay. Y no, no llevamos pelucas blancas tampoco, aunque algún juez bajo la amenaza de la alopecia me ha confesado que le encantaría llevarla para disimular las entradas o, directamente, la calvorota.

Y esto son solo algunos de los mitos que rodean nuestro mundo. Algunos desmontables, y otros no tanto. Por eso, una vez más, dedicaré el aplauso para todas las personas que, con toga o sin ella, hacen que la justicia sea justa. O, al menos, lo más justa posible.

 

 

 

Más animales: a nuestro lado


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Qué importantes son los animales en nuestras vidas, y qué momentos tan inolvidables han regalado al mundo del espectáculo. Dumbo, Rin tin tin, Beethoven, Bambi, Mickey, Lassie, Maya, Garfield, Platero, Baloo, Silvestre, Donald, Boogs Bunny, Super Ratón, Piolín… El mundo animal tiene miles de nombres propios

En nuestro teatro ya hablamos de la importancia que pueden tener los animales en Toguilandia. Por fortuna, cada día el Derecho se acerca más a ellos y la sensibilidad hace que el maltrato animal no solo se reproche moralmente, sino también jurídicamente.

Por eso hoy, aprovechando la reciente celebración del día de San Antón, patrón de los animales, mi toga, mis tacones y yo misma hemos querido hacer este pequeño homenaje en forma de relato a esos querido peludos que tan importantes son en muchas vidas.

El aplauso es para ellos.

 

Pigmento rojo

 

Sabía que tendría que llegar el momento. Desde el principio lo supo, pero aún así no pudo evitar encariñarse con ella. Era distinta a todos. Un animal con el que se entendía mucho mejor que con cualquiera de sus congéneres.

Se sentaba junto a ella, en el bosque, mirando los árboles y las flores, el sol y las nubes, y se comunicaban de la única manera que sabían. Eran felices. Cada día, se escabullía de las tareas que le estaban asignadas para pasar el mayor rato posible con su amiga, la única que la comprendía.

Por su causa dejó de comer carne. Prefería las bayas y las frutas que ingerir cualquier cosa que le recordara a ella. Hubiera sido como comerse a su hermana.

Pero el resto del poblado no la entendía. La arrinconaron cuando trató de explicar a su modo que podían prescindir de comer animales, que eran sus compañeros, sus amigos.

Por eso empezó a pintar. Se metía en su cueva y reproducía en las paredes las siluetas de los bisontes. Distinguía perfectamente unos de otros. Su favorita, a la que llamaba Qu por el sonido que solía emitir, destacaba entre todas las figuras.

No tuvieron piedad, y uno a uno fueron cazándolos. El hambre no entiende de sentimientos. Y ella encontró su modo de hacerles su particular homenaje. Buscó entre las plantas del bosque unas flores rojas de las que extraía unos polvos del color de la sangre, y rellenaba el interior de la silueta de cada bisonte muerto a medida que acababan con él.

Trató de esconder a Qu, de evitar que su silueta se tiñera de rojo. Llegó un momento en que solo ella permanecía carente de colore las paredes de la cueva. Pensó que podría salvarla custodiándola día y noche.

Pero el sueño le venció, y aprovecharon ese momento para prender a Qu.  No tardaron apenas nada en acabar con ella y comenzar a dar buena cuenta de su carne.

Le despertó el olor. Por supuesto que no probó bocado, pero sí que probó por vez primera un sabor que desconocía, salado, húmedo y doloroso, un sabor que le acompañaría siempre. El sabor de sus propias lágrimas mientras buscaba el pigmento rojo más brillante para homenajear a Qu.

Nunca llegó a imaginar que su pequeño homenaje a su amiga convertiría su cueva en Altamira en la primera galería de arte de la historia y a ella, en la primera pintora.

Sobreseimiento ¿the end?


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En el cine, la literatura y el teatro, el final es tan importante que un buen o un mal final determina que el producto guste mucho, poco, o nada en absoluto. El momento del The End es uno de los esenciales, aunque cada vez ese rótulo se vea menos en beneficio de otros finales más implícitos o sutiles, pero finales al fin y al cabo. Porque siempre ha de haber un final, aunque títulos como La historia interminable o Amor sin fin pretendan desmentirlo. Y que no siempre ha de ser lo de “fueron felices y comieron perdices”.

  En nuestro teatro tenemos nuestro propio rótulo para dar por terminada una función. O, más bien, nuestros propios rótulos. Muchas veces se habla de sobreseimiento, de archivo o de absolución como si se tratara de sinónimos. Y de eso nada.

Los procedimientos penales solo pueden acabar de dos formas: o con un auto de sobreseimiento, o con una sentencia, sea de absolución o de condena. Otros modos de terminación mediante archivo no son realmente un The End sino en realidad un To be continued, aunque no sepamos hasta cuando. Pero vayamos por partes.

Como decía, el sobreseimiento es uno de los modos de acabar el proceso penal, el que tiene lugar sin que ni siquiera exista juicio. Puede ser libre o provisional, y deberse a diversas causas, todas ellas expresadas en la ley. Cuando es libre, tiene carácter definitivo, y se da porque los hechos no son delictivos. Cuando es provisional, puede tener lugar porque no se ha acreditado la perpetración de delito o la autoría.

Si somos realistas, el sobreseimiento provisional es el top ten de las resoluciones de su clase. Da mucha más tranquilidad cerrar una causa con la posibilidad de poderla reabrir si en el plazo legal -5 años, generalmente- aparece cualquier otra prueba, que darle carpetazo Por siempre jamás. Al hilo de esto, hay algo que nos pasa a muchos y muchas fiscales al inicio de nuestra actividad profesional. Nos llama la atención ver tanto sobreseimiento provisional y tan poco libre -aunque haberlos, haylos- Recuerdo que, en mi caso, le preguntamos a un compañero veterano la razón de tal cosa, y nos contó una historia muy interesante, la de un sobreseimiento libre por un fallecimiento que parecía fruto de una accidente de tráfico y que, pasados años y decretada la inhumación del cadáver por una cuestión relativa a una herencia, resultó que el cadáver tenía alojada una bala en algún punto de su cuerpo, pero no pudieron reabrir porque el sobreseimiento era libre y no provisional. A día de hoy todavía ignoro si esta historia era cierta o una mera leyenda urbana -hay algo que no me cuadra, como el resultado de la autopsia- pero en su día me sirvió para meterme en el cuerpo el gusanillo de esepear provisionalmente siempre que fuera posible.

A este respecto, también recuerdo una anécdota parecida que oí contar a Antonio del Moral en un curso, y de la que ya hablé en el estreno dedicado a las fuentes. Decía, medio en broma medio en serio, que en sus primeros días en la carrera fiscal fue cuando descubrió que la costumbre, entendida como el modo habitual de proceder en cada juzgado o fiscalía, era la fuente fundamental del Derecho procesal. Y la verdad es que más de una vez acabamos resolviendo los problemas a base de preguntar qué es lo que se viene haciendo aquí. Por supuesto, siempre que eso sea posible con la ley en la mano. Faltaría más.

El otro tipo de sobreseimiento provisional, el de la falta de autor conocido, que tanto engrosaba nuestras estadísticas sobre todo cuando de delitos patrimoniales se trataba, ha perdido su puesto de privilegio en el ranking de los autos más comunes a partir de la reforma procesal de 2015 que permite que esas causas se archiven por la policía antes de llegar al juzgado. Me refiero, por supuesto, a todas esas denuncias de robos o de sustracción al descuido en que no se ha visto al autor ni se sabe ningún dato del mismo.

La otra forma de acabar el proceso penal es la sentencia. Absolutoria o condenatoria, según el caso. Firme, cuando ya no cabe recurso alguno -porque las partes se han aquietado o porque se han agotado los recursos- o no, mientras tanto. Ni que decir tiene que la gran mayoría de las absoluciones en los juicios penales son por falta de prueba, aunque puden existir otros motivos, como que el delito haya prescrito, o que se considere que los hechos no encajan en ningún tipo penal.

Para acabar de cerrar el círculo, el archivo existe cuando los autos han de quedar paralizados por alguna razón. Puede ser también provisional o definitivo. El definitivo tendría lugar, por ejemplo, cuando hay una sentencia firme absolutoria o condenatoria totalmente ejecutada. El provisional, mientras se está ejecutando, o mientras se está a la espera de cualquier otra cosa, como sucede en el caso en que el investigado está en paradero desconocido.

Hasta aquí, un pequeño repaso a algunos principios básicos del Derecho procesal penal. Pero hoy me gustaría ir un poco más lejos. ¿Qué pasa cuando el procedimiento acaba en un sobreseimiento o sentencia absolutoria y quien fue investigado o acusado queda libre? ¿Quiere esto decir que la denuncia o la acusación fueron falsas, como parece que se argumenta por algunos sectores en materias como la violencia de género? La respuesta no puede ser otra que no, porque una cosa es que no haya pruebas y otra muy diferente que se haya denunciado falsamente. Cuando hay indicios de una denuncia falsa, se trate de la materia que se trate, se deduce testimonio se remite al tribunal competente para instruir la causa contra  quien, presuntamente, denunció en falso. Así de claro y así de sencillo. Porque, aunque haya quien se empeñe en ver confabulaciones, no hay interés ninguno en perseguir unos delitos y dejar de hacerlo con otros.

Así que esto es lo que hay. Un The End mucho más aburrido que el de cualquier película aunque, de vez en cuando, nos pueda sorprender con algún que otro desenlace inesperado. Entre estos, uno especialmente curioso fue el de un preso que se había especializado en mimetizarse con el aspecto de otros compañeros para luego asumir ante la autoridad judicial, ignoro a cambio de qué, el delito que se le imputaba al recién llegado. Casi nos la dio con queso, hasta que comentamos que a varios nos había pasado el mismo caso y se descubrió el pastel. Y no, no recibió un Oscar, pero lo hubiera merecido.

Por todo esto el aplauso, una vez más, irá dedicado a todos y todas los que se dejan las pestañas en ese trabajo diario y constante que a veces tan poco se valora. No todo son casos mediáticos. Por fortuna.

Ignorancia: lo que hay


ignorancia

Hay un dicho popular según el cual la ignorancia es muy osada. Y no le falta razón. El mundo del espectáculo está lleno de fracasos gloriosos de quienes pensaron que cualquiera podía dirigir cine o teatro aunque no estuviera preparado para ello. Lo mismo que ocurre con esos famosillos que por el hecho de tener cierta repercusión mediática se deciden a escribir un libro como si eso fuera coser y cantar. Aunque, a veces, las colas para que esos famosillos firmen tales libros nos demuestren que no todo el mundo conoce el refrán. No hace falta ser La tonta del bote para saberlo.

Que nadie se me asuste. No voy a decir que Toguilandia esté llena de ignorantes, ni mucho menos. Ni siquiera que existan, aunque  como en cualquier sitio, pueda haber de todo. Pero hoy me voy a centrar más en las afueras de Toguilandia, en sus barrios periféricos reales o virtuales.

No sé que tiene el Derecho, que todo el mundo se cree que sabe, aunque jamás haya pisado una Facultad de Derecho ni haya visto un juicio más que en la tele o el cine. Pasa algo parecido con la Medicina, que hay que ver la cantidad de catedráticos que andan sueltos recomendándote un remedio infalible contra el dolor de muelas, la indigestión o la depresión sin bata blanca  que les avale ni visos de tenerla. Y, por supuesto, como en el fútbol, que es bien sabido que todo el mundo tiene un seleccionador nacional en su interior.

Ya dedicamos otros estrenos a cuñadismo, y al cuñadismo on line, su versión digital y a todo lo que aprenden muchas personas en Twitter University. Pero, de un tiempo a esta parte, parece que han proliferado los opinadores jurídicos sin toga, sea en la variante de tertulias de café o redes sociales, o sea en la de todólogos o tontulianos -cojo prestado el término que alguien me pasó- en medios de comunicación del más diverso pelaje. Dicho sea, por supuesto, con todo el  respeto para quienes colaboran en los medios con conocimiento de causa y aportando saber, que es lo que más necesitamos en los tiempos que corren.

Y es que, de pronto, todo el mundo sabe de presunción de inocencia, carga de la prueba, medidas cautelares, tipificación de delitos, procedimiento penal o reglas de determinación de la pena, por poner un ejemplo. Tanto es así que he llegado a pensar que quienes somos tontos somos quienes hemos invertido años de nuestra vida y seguimos invirtiéndolo en saber de eso llamado Derecho. Me compadezco de los estudiantes de la carrera y de quienes se encierran estudiando una oposición para luego ver que todo el mundo parece saber de eso que tanto les está costando aprender. No desfallezcáis, os necesitamos.

La frase “no soy jurista pero…” parece haberse convertido en un mantra, especialmente en las redes sociales. Estoy segura que si me dieran un euro por cada cuenta que replica a algo que haya dicho usando esta frase, sacaría un capitalito. Y así se leen las cosas que se leen. Hoy mismo, sin ir más lejos me decía alguien que el habeas corpus no prospera en violencia de género contra la detención porque es una medida cautelar. Imposible explicar que precisamente ese procedimiento solo es aplicable a la detención, medida cautelar por excelencia.

Por no hablar de la empanada mental que tiene mucha gente con el concepto de “prueba” y sus consecuencias. Que el testimonio de la víctima no es una prueba, que si la palabra de uno contra la de otro, que si inversión de la carga de la prueba. No deja de sorprenderme que sin tener ni idea de cuáles son las pruebas en nuestro Derecho -incluida la testifical, por supuesto-, en qué consiste la carga de la misma y dónde se regula, se pueda hablar alegremente de inversión de la carga de la prueba. Como si yo dijera que estoy en contra de la fisión nuclear de los átomos y a favor de la de los protones, sin tener ni la más repajolera idea de los que son unos y otros

Los ejemplos son muchos. La orden de protección, sin ir más lejos. Cuánta gente hay por ahí hablando de órdenes de alejamiento, que jurídicamente no existen, sino que son órdenes de protección, que pueden incluir el alejamiento y otras medidas, y autos de alejamiento, y que pueden imponerse, la primera, en todo el ámbito de la violencia doméstica además de la de género y la segunda, en cualquier ámbito, exista relación familiar o no. Más veces de las que quisiera, incluso en publicaciones aparentemente serias, se habla de que en una sentencia se impuso una orden de alejamiento, cuando eso es jurídicamente imposible. Las sentencias imponen penas, las órdenes de alejamiento son medidas cautelares, aunque puedan tener el mismo contenido material.

Y otra cuestión que me tiene hablando sola es la invención de un término nuevo: anticonstitucional. Como quiera que el Tribunal Constitucional dice que determinada norma no es inconstitucional, y a quien sea no le gusta como ha resuelto, pues dice de la norma que no es inconstitucional sino anticonstitucional, y se queda tan pichi. O sea, que usted no tiene un constipado sino un resfriado, porque lo digo yo.

Estas  cosas vienen la mayoría de  veces de perfiles anónimos, así que te dicen eso de “yo no soy jurista, pero…” y comentan sobre tu trabajo dejándote en franca desigualdad. Porque como no sé si se trata de albañiles, físicos nucleares o torneros fresadores, nunca les podré contestar si en su oficio se aprenden estas cosas mejor que en el mío.

Pero la que más me alucina es la que hace referencia a un supuesto reproche moral. Una condena una crimen -la violencia de género, en otros no pasa- y siempre hay alguien que le espeta de modo agrio que no condene la violencia a menores, la siniestralidad laboral o cualquier otra cosa, como si fuera incompatible. Y ojo, sin cortarse un pelo, te dicen que eres cómplice del asesinato de esos menores -en un caso en que me lo dijeron, fui yo misma quien calificó el asunto y logró la condena, por cierto-.Algo que voy a comparar con un ejemplo de la medicina, para que se entienda mejor.

-Fulanito es un oncólogo premiado por haber logrado un método para curar muchos casos de leucemia

-Así que Fulanito no cura el SIDA. ¡¡¡¡Es cómplice de las muertes causadas por el SIDA!!!!

Ridículo,¿no?. Pues eso.

Ya sé que puede parecer predicar en el desierto, pero siempre albergo la esperanza de que en el desierto haya alguien más. Por eso hoy el aplauso es, sin duda, no solo para quienes opinan con conocimiento de causa sino para la prudencia de quienes no lo hacen si es que no lo tienen.

 

 

Hostilidad: huida hacia delante


enfado

No todo en el mundo pueden ser aplausos y palmaditas en la espalda. Desde que el mundo es mundo, siempre ha habido personas que responden a cualquier cosa con un bufido. O con algo peor. Porque, desde luego, ni en el escenario ni en la vida vivimos en Los mundos de Yupi. Por eso, el cine se hace eco de tantos títulos tremendos donde sentimientos negativos como la Traición, la Revancha o la Venganza son los protagonistas, convirtiendo a los personajes en Enemigos irreconciliables, lo busquen o no.

Nuestro teatro, como la vida misma, no se libra de esos sentimientos, unas veces justificados y otras menos. No me cansaré de decir que sentarnos a uno u otro lado de estrados no convierte a los profesionales de la justicia en enemigos, pero sí hay quien se lo toma así y llega a asumir la defensa o representación de una parte como una cuestión personal. Ya he dicho alguna vez que esa frase de “en estrictos términos de defensa” puede llevar una carga de profundidad que incluye acordarse de los ancestros de la sra fiscal, aunque no tenga por qué ser así.

Pero es que hay quien sale de casa con el enfado puesto. O lo lleva de serie. Siempre me acuerdo de aquel chiste en el que uno le pregunta a otro cómo está, y aquél le responde “pues anda que tú”. Y eso, que parece exagerado, a veces hasta se queda corto.

Una de las ocasiones en que estas cosas se hacen patentes es cuando preguntamos por eso que se llama “las generales de la ley”, unas preguntas destinadas a evaluar la credibilidad del testigo, entre las que se incluye la de si tiene interés directo o indirecto en la causa, y cuáles su relación con las partes. Como quiera que nuestro lenguaje   no es siempre entendible para quienes son ajenos a este mundo, las respuestas pueden ser de lo más pintorescas.

Lo de si tiene interés directo o indirecto  en la causa parece una pregunta trampa. Y, en ocasiones, lo es. La respuesta correcta, si se tratara de un examen, sería decir que no, pero no suele entenderse lo que se pregunta. Por eso, he oído respuestas del cariz de “como no voy a querer que castiguen a este -o esta- sinvergüenza” o “claro que tengo interés en que hagan caso a mi prima Puri”. Cuando los testigos contestan así, suele verse la cara atribulada de quien lo ha propuesto y, si llega a reaccionar, un intento de salvar la situación con un “lo que quiere es que se haga justicia, ¿no?”, a lo que el testigo en cuestión suele responder con un “claro que sí” algo confundido. Aunque a veces, ni eso, e insisten con lo de que lo que quieren es que ese pague por lo que ha hecho a la pobre Puri.

Situaciones más curiosas aún nos encontramos cuando preguntamos por las relaciones con las partes. Una señora, que debía venir con el enfado de serie, malinterpretó eso de las “relaciones” y nos dijo muy ofendida que “ella solo tenía relaciones con su marido, faltaría más”. Y otro nos respondió que él era muy ecualizador con todos sus vecinos, porque de eso iba el tema. Confieso que me costó unos segundos caer en que quería decir ecuánime y que, después, me costó mantener la compostura. Aunque la palma se la lleva un señor un poco duro de oído que contestó preguntando que tenía el juicio que ver con sus partes.

    Cuando se trata de parientes, la cosa se pone aún más peliaguda, sobre todo cuando hay un antagonismo familiar desde tiempo ha. Más de una vez he visto repreguntar diciendo “usted no tiene mala relación con su madre ¿verdad?”. No señor, quien diga eso miente, no tenemos mala relación porque no nos dirigimos la palabra desde hace cuatro años. Pues eso.

Pero esa hostilidad no solo la vemos en persona. Últimamente, la veo y leo en redes sociales a diestro y siniestro. Hasta extremos impensables. Confieso que había hecho una lista por orden alfabético de los insultos con los que me han obsequiado en twitter a raíz de un hilo en que explicaba lo que dice y no dice la ley. Dudaba si contarlo o no hasta que he visto algo que me ha hecho reaccionar en sentido positivo. A una mujer a la que conozco, que ha sufrido un calvario por violencia de género y que por fin se ha decidido a contarlo en un reportaje, le contestaban de mala manera y en tono burlón. Y eso sí que no. Vaya desde aquí mi admiración y todo mi apoyo a ella, además de todo mi cariño. Y por añadidura, a la periodista que firma el reportaje que tiene que padecer cada vez que sale en la tele el ataque de los  machistas que comentan sobre su aspecto físico y le obsequian con toda clase de lindezas.

Así que me despediré recordando que el insulto es el argumento de quienes no tienen argumentos. Y por supuesto, lo de que “ladran, luego cabalgamos” que, aunque no es cierto que se diga en Don Quijote, está muy bien dicho.

Mi aplauso, esta vez, para ellas dos y para quienes cada día padecen esa hostilidad injusta e injustificada. Por no decir otra cosa, y caer en lo que trato de evitar.