Hostilidad: huida hacia delante


enfado

No todo en el mundo pueden ser aplausos y palmaditas en la espalda. Desde que el mundo es mundo, siempre ha habido personas que responden a cualquier cosa con un bufido. O con algo peor. Porque, desde luego, ni en el escenario ni en la vida vivimos en Los mundos de Yupi. Por eso, el cine se hace eco de tantos títulos tremendos donde sentimientos negativos como la Traición, la Revancha o la Venganza son los protagonistas, convirtiendo a los personajes en Enemigos irreconciliables, lo busquen o no.

Nuestro teatro, como la vida misma, no se libra de esos sentimientos, unas veces justificados y otras menos. No me cansaré de decir que sentarnos a uno u otro lado de estrados no convierte a los profesionales de la justicia en enemigos, pero sí hay quien se lo toma así y llega a asumir la defensa o representación de una parte como una cuestión personal. Ya he dicho alguna vez que esa frase de “en estrictos términos de defensa” puede llevar una carga de profundidad que incluye acordarse de los ancestros de la sra fiscal, aunque no tenga por qué ser así.

Pero es que hay quien sale de casa con el enfado puesto. O lo lleva de serie. Siempre me acuerdo de aquel chiste en el que uno le pregunta a otro cómo está, y aquél le responde “pues anda que tú”. Y eso, que parece exagerado, a veces hasta se queda corto.

Una de las ocasiones en que estas cosas se hacen patentes es cuando preguntamos por eso que se llama “las generales de la ley”, unas preguntas destinadas a evaluar la credibilidad del testigo, entre las que se incluye la de si tiene interés directo o indirecto en la causa, y cuáles su relación con las partes. Como quiera que nuestro lenguaje   no es siempre entendible para quienes son ajenos a este mundo, las respuestas pueden ser de lo más pintorescas.

Lo de si tiene interés directo o indirecto  en la causa parece una pregunta trampa. Y, en ocasiones, lo es. La respuesta correcta, si se tratara de un examen, sería decir que no, pero no suele entenderse lo que se pregunta. Por eso, he oído respuestas del cariz de “como no voy a querer que castiguen a este -o esta- sinvergüenza” o “claro que tengo interés en que hagan caso a mi prima Puri”. Cuando los testigos contestan así, suele verse la cara atribulada de quien lo ha propuesto y, si llega a reaccionar, un intento de salvar la situación con un “lo que quiere es que se haga justicia, ¿no?”, a lo que el testigo en cuestión suele responder con un “claro que sí” algo confundido. Aunque a veces, ni eso, e insisten con lo de que lo que quieren es que ese pague por lo que ha hecho a la pobre Puri.

Situaciones más curiosas aún nos encontramos cuando preguntamos por las relaciones con las partes. Una señora, que debía venir con el enfado de serie, malinterpretó eso de las “relaciones” y nos dijo muy ofendida que “ella solo tenía relaciones con su marido, faltaría más”. Y otro nos respondió que él era muy ecualizador con todos sus vecinos, porque de eso iba el tema. Confieso que me costó unos segundos caer en que quería decir ecuánime y que, después, me costó mantener la compostura. Aunque la palma se la lleva un señor un poco duro de oído que contestó preguntando que tenía el juicio que ver con sus partes.

    Cuando se trata de parientes, la cosa se pone aún más peliaguda, sobre todo cuando hay un antagonismo familiar desde tiempo ha. Más de una vez he visto repreguntar diciendo “usted no tiene mala relación con su madre ¿verdad?”. No señor, quien diga eso miente, no tenemos mala relación porque no nos dirigimos la palabra desde hace cuatro años. Pues eso.

Pero esa hostilidad no solo la vemos en persona. Últimamente, la veo y leo en redes sociales a diestro y siniestro. Hasta extremos impensables. Confieso que había hecho una lista por orden alfabético de los insultos con los que me han obsequiado en twitter a raíz de un hilo en que explicaba lo que dice y no dice la ley. Dudaba si contarlo o no hasta que he visto algo que me ha hecho reaccionar en sentido positivo. A una mujer a la que conozco, que ha sufrido un calvario por violencia de género y que por fin se ha decidido a contarlo en un reportaje, le contestaban de mala manera y en tono burlón. Y eso sí que no. Vaya desde aquí mi admiración y todo mi apoyo a ella, además de todo mi cariño. Y por añadidura, a la periodista que firma el reportaje que tiene que padecer cada vez que sale en la tele el ataque de los  machistas que comentan sobre su aspecto físico y le obsequian con toda clase de lindezas.

Así que me despediré recordando que el insulto es el argumento de quienes no tienen argumentos. Y por supuesto, lo de que “ladran, luego cabalgamos” que, aunque no es cierto que se diga en Don Quijote, está muy bien dicho.

Mi aplauso, esta vez, para ellas dos y para quienes cada día padecen esa hostilidad injusta e injustificada. Por no decir otra cosa, y caer en lo que trato de evitar.

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