Mitos: justicia con la Justicia


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El mundo de la farándula está lleno de mitos. Unos son realidad y otros no lo son en absoluto, pero se transmiten como si lo fueran. Ideas preconcebidas sobre actores y actrices, estereotipos, presunciones de divismo y mil cosas más. Pensamos que todos los artistas son seres extravagantes que se desplazan siempre en limusina, que exigen llenar su camerino de flores azules veteadas de verde esmeralda o de botellas de agua extraída del pozo más recóndito de los Alpes Suizos y cosas parecidas. Y claro, haberlos, haylos. Pero son los menos. El mundo del espectáculo está lleno de gente normal que tiene vidas normales con familias normales, lejos de fiestas y saraos varios y del brilli brilli del papel couché. Y que incluso tienen serias dificultades para llegar a fin de mes. Y es que, como en el Show de Truman o La rosa púrpura de El Cairo, a veces es imposible distinguir realidad de ficción.

En Toguilandia tenemos nuestros propios mitos. Leyendas urbanas que se transmiten boca a boca sin que muchas veces respondan a la realidad. Aunque, como sabemos, también muchas veces la realidad supera la ficción. Veamos algunas de las más conocidas, y desmontémoslas… o no. No hare spoiler antes de tiempo.

La primera de ella es un verdadero clásico. La justicia es lenta. Algo que a veces pasa, pero las más de las veces no ocurre en absoluto. El imaginario colectivo, sobre todo quien vive alejado de togas y puñetas, piensa que cualquier demanda o denuncia tardará una eternidad en ser resuelta. Debe ser por eso por lo que más de una vez, la gente se queda con cara de pasmo cuando en la guardia celebramos un juicio rápido y se va con su sentencia recién hecha, todavía calentita del horno -o de la impresora, que también se calienta- No voy a negar que en asuntos complejos o mediáticos -o ambas cosas a un tiempo- los tiempos pueden llegar a dilatarse hasta la exasperación, sobre todo por la cantidad de diligencias a practicar y la escasez de medios para hacerlo, pero no podemos convertir la excepción en regla. La aplicación de la atenuante de dilaciones indebidas es una realidad jurídica a la que hubo que dar nombre propio, ya que no hace tanto se metía en ese cajón de sastre que eran las atenuantes por analogía.

El problema de la lentitud de la justicia, cuando la hay, suele ser por una razón de medios, o, mejor dicho, de falta de ellos. No negaré la cantidad de señalamientos que se fijan con años de antelación porque no hay huecos en las agendas que permitan ponerle fecha antes. No hay más que darse un paseo por twitter para comprobarlo a través de las cuentas de algunos abogados. Pero me gustaría dejar claro que, a pesar de que hay quien se empeña en difundir lo contrario, no somos una panda de vagos a quienes nos importe un rábano si las cosas se resuelven hoy o dentro de varios meses. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Y la realidad es que hay juzgados donde no queda otra que señalar a muchos meses – si no años- vista porque materialmente no se puede hacer antes. Pero en esto, como en todo, la noticia suele ser que el hombre muerde al perro y no al contrario, y no se habla de la multitud de asuntos que son resueltos con celeridad y eficacia . Y también eso habría que contarlo. Al césar lo que es del césar.

Otra de las leyendas urbanas que corren por ahí y de las que más abomino es la relativa a las pocas ganas de trabajar, por decirlo de forma elegante -como diría una buena amiga-  Nos afecta a todos los habitantes de Toguilandia, pero a veces se ceba especialmente en los funcionarios. He trabajado con muchos y he encontrado de  todo, como en botica, pero ganan por goleada quienes trabajan de un modo eficaz y entregado. No son seres que se dediquen únicamente a almorzar o hagan del “vuelva usted mañana” su modus vivendi, a pesar de que haya generalizaciones francamente ofensivas. Por eso desde aquí quiero romper una lanza por todo ese personal que, pese a que casi nunca tiene protagonismo, son esenciales en el engranaje de la Justicia.

Y clásico entre los clásicos es otro de nuestros mitos, el de que la Justicia no es igual para todos o su variante de que hay justicia para ricos y pobres. A este respecto, hay que decir que la Justicia es igual, que jueces, fiscales, lajs y personal actuamos de la misma manera sean quienes sean las partes -normalmente, ni nos fijamos en sus nombres-, y que otro tanto cabe decir de los letrados, sobre todo los que actúan de turno de oficio, que lo hacen con igual entrega y profesionalidad que para clientes particulares. Otra cosa es que litigar, a veces, pueda resultar costoso, y que no todo el mundo pueda permitírselo y opte por eso de que más vale un mal acuerdo que un buen juicio. Algo que todavía se acentuó más durante la triste época en que estuvieron vigentes las tasas judiciales que, además, todavía perviven para empresas, por pequeñas que sean, y ONG, aunque parezca que se nos haya olvidado.

Hay otra leyenda urbana de la que he hablado en otra ocasión, en el estreno dedicado a los sueldos. La de que cobramos un pastón.  Y de eso, nada. Más de uno se ha quedado ojiplático viendo la nómina de jueces o fiscales en su primer destino, o comprobando la exigua cantidad que se cobra por una semana entera de guardia. Y esto hay que hacerlo extensivo a letrados y letradas. Más allá de los grandes despachos o de abogados estrella, la mayoría viven como cualquier autónomo, sin saber si ese mes se dará o no bien la cosa. Por no hablar del turno de oficio, siempre retribuido tarde y mal. Y es que, créanlo o no, las togas no dan para cuentas en Suiza.

Otra cuestión es el mito de que la Justicia es viejuna. Ahí me siento incapaz de desmontar nada. Nuestra Justicia aun sigue los patrones del siglo XIX en que empezó a andar en medio de una sociedad rural e incomunicada. Y los intentos de modernización han sido bastante calamitosos, como la famosa digitalización que sigue dando más problemas de los que resuelve. Eso sí, hay cosas en que hemos cambiado. Hoy día sería inconcebible una sentencia, una demanda o un escrito de calificación sin usar el corta y pega. Pero más allá del uso de ordenadores con sus imprescindibles modelos y plantillas, seguimos transitando sobre esquemas arcaicos. No hay más que echar un vistazo a esas fotos de apertura del año judicial que parecen sacadas de otra época.

Aunque reconozco que mis leyendas urbanas favoritas son las que nacen de la creencia de que los juicios son como las series de televisión americanas. Esos testigos con la mano en el pecho para jurar en estrados, los que buscan la Biblia para poner su mano encima, los que se empeñan en que nos van a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, o los que quedan decepcionados porque no decimos eso de “Protesto, señoría” a cada rato, proporcionan momentos impagables. Aunque quizás el despago más grande se lo llevan cuando ven que en la sala de vistas se entra como Pedro por su casa, sin pronunciar el espectacular “en pie, preside la vista el honorable juez Fulanito”, o que el juez no nos llama a fiscal y letrados para comentarnos algún incidente en petit comité. Pero si he de echar de menos algo, es lo de los paseos arriba y abajo de la sala de vistas mientras se hace el informe, que quedaría mucho más bonito, dónde va a parar. Pero es lo que hay. Y no, no llevamos pelucas blancas tampoco, aunque algún juez bajo la amenaza de la alopecia me ha confesado que le encantaría llevarla para disimular las entradas o, directamente, la calvorota.

Y esto son solo algunos de los mitos que rodean nuestro mundo. Algunos desmontables, y otros no tanto. Por eso, una vez más, dedicaré el aplauso para todas las personas que, con toga o sin ella, hacen que la justicia sea justa. O, al menos, lo más justa posible.

 

 

 

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