Plantillas: tablas de salvación


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No siempre es fácil estar al pie del cañón. El público exige una función tras otra, y los empresarios teatrales aprietan hasta el límite para que los artistas den todas las representaciones posibles, porque el espectáculo debe continuar. A veces, sin tiempo a descansar, o a repasar los guiones, o a preparar la actuación. Hay que salir a escena como sea. Aunque se sientan Con el agua al cuello.

Pero ya se sabe, a situaciones extremas, soluciones desesperadas. Houston, tenemos un problema. Pero esto no es la NASA, ni el Apolo 13, ni el momento de Atrapa la bandera. Y ahí es donde entra nuestro protagonista de hoy, plantillas, modelos o recursos a los que echar mano. Esos truquillos que tienen los actores para salir adelante cuando olvidaron su papel, o el guionista cuando el cerebro se le secó de ideas y el tiempo apremia. Lugares comunes, a veces. Ayudas, muletas o soluciones. Algo así como el vetusto apuntador escondido en su concha, o el pinglanillo con el que van chivando a los actores conforme van rodando. Como esos culebrones donde contaban que rodaban diez capítulos por día sin haber siquiera leído una vez el texto. Pero ahí estaban Luis Alfredo y Cristal dándolo todo, vaya que sí, una sobremesa tras otra.

En nuestro teatro no tenemos apuntador, ni pinglanillos. Ya me hubiera gustado en más de una ocasión, cuando la otra parte te pilla en un renuncio y no tienes ni la más repajolera idea de si aquello ha prescrito, si hay una prueba ilícita o qué narices dice la ley X, la Instrucción Y o la sentencia salida anteayer sobre la materia que una no vio jamás. Pero nada. Hay que improvisar y salir lo más dignamente posible. Y tratando de no meter una morcilla, y que, de hacerlo, se note lo menos posible. Echando mano de toga, tacones y vergüenza torera. Y, como no, de las tablas, que tanto ayudan.

Pero si hay una tabla de salvación famosa en el mundo entero, ésas son las plantillas que tantas veces usamos. Un salvavidas que para sí hubieran querido en el Titanic o en La Aventura del Poseidón. Porque, como decía, a grandes problemas, soluciones desesperadas. Así que, cuando Los problemas crecen, a mayor ritmo que la serie de televisión, y las mesas se llenan por culpa de esa enfermedad crónica llamada mesofobia , viene divinamente echar mano de esos modelos. Que, además, están ahí desde la noche de los tiempos, y, aunque crean algunos que es culpa de la fiebre de la cortaypegamanía, su existencia data de allá donde se pierde la memoria. Porque sea con Olivetti y papel de calco o con los ordenadores de penúltima generación –a nosotros nunca nos llega la última-, o sea, incluso, a mano -que de eso los fiscales sabemos un rato largo-, los modelos son necesarios. Y pobres de nosotros si no estuvieran.

Pero las plantillas en sí no son malas. Lo que puede no ser bueno es el uso que se haga de ellas. O mejor dicho, el abuso. Porque sería tonto repetir cada vez tecleando eso de “el Fiscal, evacuando el traslado conferido…” –horrible palabro ese de “evacuar, por cierto, que ya deberíamos ir cambiándolo-, “Vistos los autos por Su Señoría…”, o “Niego la correlativa del Ministerio Fiscal”, por poner algún ejemplo. El problema viene cuando se convierte en una plantilla también el contenido, que de todo hay en la villa del Señor. Pero lo que es bien cierto es que hay “resoluciones de modelo” para resolver asuntos de modelo, o sea, exactamente iguales. Que haberlos, haylos.

La mayoría tratamos de hacer las cosas lo mejor posible. Pero cuando los expedientes nos inundan y amenazan con caérsenos encima, no nos queda otra que tratar de echar mano de lo que se pueda. Plantillas, resoluciones anteriores en asuntos parecidos sobre los que escribir se convierten en un recurso no solo útil sino imprescindible. Aunque a veces pasa lo que pasa. Y, como las prisas no son buenas consejeras, pues ha habido ocasiones en que un juez se ponía en libertad a sí mismo –y menos mal que no me puse en prisión, me dijo-, que una mujer acaba divorciándose de ella misma, o que se acusa al abogado o al procurador o hasta se cita al testigo de otro juicio porque se deslizó su nombre de un escrito anterior. Y nadie se da cuenta hasta que quien inicia el interrogatorio –el Fiscal, normalmente- pregunta como quien no quiere la cosa eso de “Cuéntenos lo que recuerde de los hechos…” y se ve sorprendido con que de esos hechos, nada. Pero nada de nada.

Así que seamos justos, que de eso va nuestro teatro. Y no queramos ser más papistas que el Papa. Los modelos no sólo vienen bien, sino que son útiles y necesarios. Para usar, no para abusar. Por eso, el aplauso es hoy para quien realiza sus resoluciones, escritos, calificaciones o dictámenes, con modelos o sin ellos, del modo más exquisito posible, dadas las circunstancias. Y la lluvia de tomates, por supuesto, para quien hace que esas circunstancias sean mucho más difíciles de lo que debieran. Que para algunos, la tomatina de Buñol se va a quedar en una minucia.

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3 pensamientos en “Plantillas: tablas de salvación

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