Malentendidos: el mundo al revés


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La literatura y el cine se han servido mucho de los malentendidos, especialmente para hacer humor. Miles de comedias románticas se nutren de esos malos entendidos entre sus protagonistas que ponen miga a la trama y no se resuelven hasta el final, como ocurre, entre otras con El novio de mi mejor amiga o el padre de la novia, esos  finales lo que aclaran todo – o no- al estilo Cuatro bodas y un funeral o Los amigos de Peter.

Nuestro teatro es poco dado a las comedias románticas, aunque no dudo que algún romance que otro se haya gestado entre estrados y togas. Pero sí que da lugar a algunos malentendidos de todos los tipos.

Uno de los que más recuerdo fue el de un juicio, muy sonado en su momento, en que el quid de la cuestión estaba en las últimas palabras que se oyeron a una persona que luego falleció. La diferencia entre “Que em tira” -en valenciano, que me tira- o “estira´m” -estira o sujétame- fueron la clave para marcar la línea entre absolución o condena, resuelta, por descontado, a favor de la presunción de inocencia.

Pero la mayoría de casos de malentendidos son más de otra índole, con un punto de gracia de esas que nos alegran el devenir a veces rutinario de Toguilandia. Y es que las palabras tienen su aquel, como el de un denunciado por insultos que se empeñaba en explicarnos que lo que le dijo a su novia no fue “gorda asquerosa” como ella decía sino “gorda amorosa”, insistiendo mucho en que lo de “gorda” lo decía por cariño, aunque yo no le vea el amor a esa palabra por ningún sitio.

Aunque de lo mejor que he oído en mucho tiempo fue uno que me contaron el otro  día, y que aun me hace reír con solo recordarlo. En este caso, el acusado de  haber amenazado a gritos desde el portal a su pareja con una frase tan poco original como “te voy a matar” se defendía con una versión cuanto menos pintoresca. Decía que lo que había dicho no era tal frase, sino “He visto Avatar” en relación a la conocida película de los seres azules. Muy ingenioso, la verdad, pero, según creo, tampoco coló. Aunque no se pude por menos que valorar el esfuerzo.

Respecto a estas cosas, hay una leyenda urbana que no sé si pasó alguna vez, pero se transmite boca  a boca -incluso creo que forma parte de alguna recopilación de anécdotas judiciales- y que no me resisto a traer aquí. Era el caso de aquel hombre que, declarando como testigo, fue preguntado sobre si resultó herido en la reyerta. La respuesta, que ya forma parte de la antología de anécdotas togadas, fue algo así como: bueno, exactamente en la reyerta no, más bien fue entre la reyerta y el ombligo. Soberbio.

En otra ocasión, el malentendido vino desde la propia petición de la parte. Nos decía la mujer que quería que se prorratease el alejamiento. Ahí estábamos dando vueltas a cómo narices se podría repartir a trozos proporcionales semejante medida cuando caímos en la cuenta de que lo que pretendido era que se prorrogase. Acabáramos.

También, como en el primer caso, la lengua juega sus malas pasadas. Así nos pasó en el caso de una mujer muy ofendida con su marido porque había dicho que era pudorosa. Viendo que aquello tenía pocos visos de ofensivo, le preguntamos, y nos aclaró que el insulto venía porque le estaba diciendo que olía mal, ya que “pudor”, en valenciano, significa mal olor. Ignoro si la pretensión del hombre era una u otra, pero tuvimos que acabar por darle el beneficio de la duda y, por ende, la absolución.

Para acabar, otra de esas anécdotas recién recogidas pero que valen un potosí. En este caso el malentendido no fue con palabras, sino más bien con conceptos. Venía un muchacho detenido por un hurto en un establecimiento. El insistía en que cogió aquello por qué lo necesitaba, así que a quienes se encargaban del caso les vino a la cabeza algún producto de primera necesidad, normalmente alimentos, por aquello de la figura del hurto famélico que estudiábamos en la Facultad. Cuál no sería su sorpresa cuando vieron que el objeto de la sustracción eran nada menos que preservativos. Así que adiós teoría del hurto famélico. Salvo, eso sí, que fueran de sabores, que igual en ese caso colaba.

Y no podía acabar este estreno sin el correspondiente aplauso. El dedicado, una vez más, a quienes me han proporcionado tan jugosas anécdotas y por supuesto, a sus protagonistas. Porque estas notas de color siempre se agradecen.

 

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