Clientes: ¿siempre tienen razón?


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Ningún negocio podría funcionar sin clientela. Tampoco el negocio del
espectáculo, sin duda, que tiene su sentido en el público que acude a comprar su
entrada y aplaude –o abuchea- la función. Sin público, no siquiera El mayor
espectáculo del mundo funciona. Pero, aunque hay un dicho según el cual El cliente
siempre tiene razón, a veces es difícil aplicarlo a pìes juntillas. Por eso, hay quien
acaba el dicho añadiendo que, si no es así, hay que estar a lo primeramente
enunciado, esto es, que tiene razón.
En nuestro teatro, es el justiciable quien con carácter general constituye esa
clientela que nos da sentido. Pero hoy vamos a dar un pasito más y profundizar en
una visión de los clientes que solo pueden tener algunos intérpretes, las Letradas y
Letrados. A una de ellas, Patricia, abogada y buena amiga, debo esta recopilación de
respuestas y frases que ponen muy en duda eso de que el cliente tenga siempre razón.
Empezaremos esta antología tomando fuerzas con algo que valga la pena.
Para comer, un picoslabis o hasta un psicoslabis, una mezcla ente merienda y
psicología que no sé yo qué resultados puede arrojar si se toma una cantidad
indigente de comida. Aunque siempre mejor si va acompañado de un buen vino que,
como todo el mundo sabe, es un vino de domiciliación bancaria. Olvídense los
señores que se encargan de las denominaciones de origen, que se ha acabado su
monopolio. Ahora los vinos van al banco, igual que las mamotrecas -¿una extraña
mezcla entre mamotreto e hipoteca?- Que ya se sabe que igual valen para un roto
que para un cosío, como dijo de si mismo un cliente de mi amiga, no sé si
refiriéndose a un remiendo o a un tomo de la enciclopedia de los toros. Temo que me
quedaré con las ganas de saberlo
Y es que no solo de Derecho vive el jurista, aunque las mejores aportaciones
vienen del campo jurídico por parte de quienes no están demasiado acostumbrados a
moverse en él. Así, una abogada se quedó de piedra pómez al oír a su cliente
explicar que no le habían restringido el contrato. No supo si se refería a que no se lo
habían rescindido, pero todavía lo supo menos al decirle que no había reanudado el
trato restringido, según le explicó su cuñado. Un crac, como cualquier cuñado que se
precie.
Pero ahí no acaba todo, que mi amiga abogada se quedó superfacta cuando le
dijeron que, o le arreglaba lo de la célula de habitación –mucho más que de
habitabilidad, dónde va a parar- o le ponía una denuncia por rectificadora.
Acabáramos. Y eso sí, como debe de ser, le pedía que le pasara luego la diminuta
que, por supuesto, habrá de ser ajustada a ese libro que tienen los abogados con el
barómetro de lo que cobran, según los remedios económicos que tenga cada cual. Y
ojo con no llevarse el dinero a las islas Catamarán, que todo se acaba sabiendo y
pude acabar metido en San Tintín.
En cualquier caso, hay clientes muy sabihondos que quieren examinar hasta el
encabezonamiento del escrito, ese que lo manda pal Juzgado. De ahí se manda a
reparto al Desacato de los Juzgados, y el juez que toque se estudia el asunto hasta

que lo deja listo para sentencia. Y, si no sale bien la cosa, pues a repelar la
sentencia y Sanseacabó, que más vale prevenir que jurar y es público y notorio que
del derecho al hecho hay un estrecho. Tanto, que algunos e encuentran entre la pata
y la pared.
Así que, dicho y no hecho. Acudamos a un profesional del Derecho cuando
corresponda, que para eso han estudiado, y dejémonos de cuñadismos, todógos,
sabihondos y marisabidillas, que sus lubrucaciones no llevan a ningún sitio. Y, si nos
queda lejos, tomemos nuestro vehículo de motor y, después de varias redondas, nos
involucramos en la autopista, sin olvidar usar el elevaduras eléctrico, no vayamos a
asfixiarnos.
Ahí lo dejo por hoy, prometiendo, eso sí, una segunda parte si el aplauso es
suficientemente fuerte. Yo, por mi parte, se lo dedico a Patricia, mi amiga abogada, y a
todas mis amigas y amigos que ejercen la profesión y tienen que bregar día a día con
clientes de todas clases y variedades. Un mérito enorme el suyo.

Sufrimiento:  togas con cicatrices


 

 

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 El sufrimiento es un de los sentimientos más humanos que existen. Y además,de los que más metraje de filmes y de páginas en la literatura han ocasionado. Tanto, que hay géneros que se centran en él: la tragedia griega, el drama, el melodrama y similares, incluso en mezclas con el humor en la tragicomedia. ¿Quién no ha oído hablar de esos folletines de la radio cuyas protagonistas, como Lucecita, no hacían otra cosa más que sufrir? ¿O los culebrones, con títulos tan expresivos como Los ricos también lloran? ¿O aquella serie ya mítica, donde se sufría tanto que el gracejo popular sustituyó su nombre original de La casa de la Pradera por el de La casa de la plorera –»plorar» es llorar en valenciano- Por supuesto,dar un lista de películas en que se sufre sería  La historia interminable, pero no puedo dejar de nombrar alguna de las que más me hicieron padecer, como Campeón, La lista de Schindler, El paciente inglés o West Side Story, a pesar de sus cánticos y bailes fabulosos.

En nuestro teatro el sufrimiento está a la orden del día. Como quiera que en cualquiera de nuestras jurisdicciones no hacemos otra cosa que gestionar el fracaso –nadie va al juzgado si todo va bien- nuestro escenario está cuajado de grandes y pequeños dramas. Que, por supuesto, pueden  contraponerse a grandes alegrías, cuando nuestra pretensión acaba de un modo exitoso, o quien es nuestro contrario no se sale con la suya. Como en muchos otros ámbitos, la alegría de unos es el sufrimiento de otros y viceversa.

El sufrimiento,  como dicen de la risa, va por barrios también en Toguilandia. Pero nadie se libra de él. De  un lado, los y las profesionales, que sufrimos con y por nuestros representados, patrocinados o defendidos y justiciable en general. De otra, demandados y demandantes, víctimas e investigados, testigos o público. Quien esté libre de las lágrimas que arroje el primer pañuelo.

En cualquier caso, lo que no podemos olvidar nunca es que quien tiene la medalla, el récord absoluto del sufrimiento en Toguilandia son siempre las víctimas y más todavía cuando se trata de algunos delitos especialmente dolorosos. Vaya por delante que me refiero al concepto de víctima en sentido amplio, englobando en él a quienes padecieron en sus carnes o en sus derechos el delito y a quienes son perjudicados por ello, como huérfanos de las personas asesinadas o sus seres queridos. También podríamos incluir en esta categoría a quienes, sin llegar a ser víctimas de un delito, lo son de un acto no delictivo, pero igualmente doloroso o deleznable. Me acuerdo especialmente de una señora que demandó haber sido víctima de esa despreciable maniobra depredatoria que se hizo con las acciones preferentes, y que lo vivió con tal presión que no llegó a conocer su victoria ante los tribunales: murió de un infarto fulminante en las instalaciones del propio juzgado cuando fue llamada a declarar.

Algo que hay que dejar claro es que interponer una denuncia ya supone de por sí un sufrimiento, más aun si a quien se denuncia es a una persona a la que se conoce. Puede ser un socio traidor, un político corrupto o alguien tan cercano como el padre de tus hijos –también la madre, aunque en muchísima menor medida- Sin intención de desanimar a nadie, el camino que sigue a la denuncia no es precisamente un camino de rosas. Hay que pasar por un rosario de declaraciones y comparecencias –nuestro proceso penal está anclado en unos esquemas decimonónicos- que hacen que, cuando se está a punto de empezar a olvidar lo sucedido, se recuerde una y otra vez, como el dia de la marmota. Y todavía es peor cuando se cuestiona a la víctima, cuando se la somete a juicios paralelos, cuando le reduplican una vez y otra el sufrimiento en eso que se ha dado en llamar victimización secundaria y que yo bautizaría como eternización del sufrimiento. Lo explicaba muy bien  la vícitma de La Manada, una vez recaída sentencia firme. Y, recordemos, denunciar no es un paseo en barca, y no se hace por gusto. Algo que deberían comprobar quienes hablan alegremente de denuncias falsas sin conocer de la misa la media, más allá de lo que les han contado los cuñados de turno.

Por cierto, en estos días en que se ha vuelto a poner de moda el horrendo crimen que nos marcó a muchas personas, el de las niñas de Alcásser, me permitiré recordar a los sres y Sras periodistas y especialmente a los responsables de las cadenas de televisión que la insistencia en los detalles escabrosos
y la patrimonialización del morbo no hace sino reduplicar el sufrimiento de las víctimas, en este caso, de las familias de estas pobres criaturas que ya han tenido suficiente.

También me quiero referir, aunque sea un poquito, al sufrimiento de quienes ejercemos como profesionales en Toguilandia. Aunque no lo crean, aunque disimulemos, aunque pongamos cara de póker o nos disfracemos con una máscara de impasibilidad, sufrimos. Y mucho, a veces. Yo confieso que me llevo a más de una víctima pegada a mi piel y que alguna me visita en sueños, incluso después de pasados varios años. Algo que hay que contar para quien frivoliza sobre nuestra profesión.

Y, como me temo que me he puesto demasiado intensa, acabaré haciendo referencia a otros pequeños sufrimientos que amargan nuestra existencia del día a día. Esos señalamientos que coinciden el mismo día y a los que es imposible llegar a tiempo, esa ruedita que parece de pasapalabra y no nos deja enviar el documento, ese calor que achicharra nuestros toguitaconados cuerpos o ese frío que amenaza con congelarnos.¿ A que después de lo que he recordado, nos hace sufrir menos?. Pues eso, que no hay mal que por bien no venga.

Y como no quiero convertirme en una plañidera, me pongo ya en la cuestión del aplauso. Hoy destinado, sin duda alguna, a todas las personas que sufrieron o sufren en nuestro mundo, Ojala nunca tuviéramos que hablar de las que sufrirán.

Ovación extra esta vez la que dedico a mi hija Lucía, autora de la ilustración que acompaña este estreno

Delitos de odio: cuando odiar es delito


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Por desgracia, el odio es un sentimiento tan antiguo como el mundo, desde que Caín matara a su propio hermano, allá en los tiempos de Adán, Eva y la dichosa serpiente que vino a fastidiarlo todo. Y el odio, cuando se manifiesta en delitos cometidos contra un grupo de personas por el solo hecho de su pertenencia a ese grupo –sea por razón de raza, religión, opinión, género u otra circunstancia personal o social- se convierte en lo que se bautizó como crímenes de odio de los que la historia nos deja demasiadas muestras, reflejadas desde siempre por el cine, el teatro o la literatura. Cuando hablamos de delitos de odio, los primeros que acuden a nuestra cabeza son los del nazismo, reflejados en tantas y tantas peliculas y series como La lista de Schlinder, Holocausto, La decisión de Sophie, Vencedores y vencidos y muchas más. Pero hay muchos más ejemplos, claro está. No olvidemos a Mandela y su lucha contra el apartheid, el racismo de Arde Mississippi  o la sempiterna discriminación contra las mujeres que dio lugar a episodios como el de Las  brujas de Salem.

  En nuestro teatro, como ya tuve oportunidad de contar en algún otro estreno íntimamente relacionado con el teatro el odio tiene su propio espacio en el Código Penal, fundamentalmente el delito de odio y la agravante de discriminación por motivos de odio, y también su ubicación especifica en el organigrama de cada fiscalía, reflejado en la sección de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación que, por más nombre rimbombante que tenga, todo el mundo conoce por delitos de odio. Y cuidado, que no se deslice alguna errata como ocurrió hace poco en un rotativo con mi reciente nombramiento y lo llamen delito de ocio –ya me vale- o, según otro, de oído.

Pero bromas aparte y aprovechando la circunstancia de que el 22 de julio conmemoramos el Día Europeo en recuerdo de las víctimas de delitos de odio –en recuerdo de las 77 víctimas de la matanza de Utoya y Oslo, en 2011- he creído adecuado dedicarle un estreno. Sobre todo, porque se lo debía, desde que he tenido el privilegio de ser designada fiscal delegada para estos delitos en mi  fiscalía, como conté en su día  Eso sí, aprovecho para insistir, que la ocasión la pintan calva, que no he dejado la violencia de género.

Mi primer contacto con este tipo de delitos, más allá de lo que había visto en películas, sucedió nada más llegar a Toguilandia. Prácticamente a la vez que tomaba posesión en Castellón, mi primer destino, en abril de 1993,  tenía lugar en esa provincia un suceso escalofriante que ha constituido una de las manifestaciones más  importantes del crimen de odio: el asesinato del joven Guillem Agulló, un activista que fue asesinado por razón de su ideología política por varios neonazis. Como no me voy a colgar medallas que no me correspondan, aclararé que yo nunca llevé ese asunto –me hubiera dado un parraque, con apenas unos días como fiscal- sino que lo hizo de un modo exquisito el compañero que en la actualidad ostenta la Jefatura de la Fiscalía Provincial de Castellón, y al que aprovecho para enviar un cariñoso saludo, que sé que no solo es seguidor de este blog sino aportador de jugosas anécdotas en más de una ocasión.

La realidad de aquel asesinato me llevó de la teoría de libros y apuntes a la cruda realidad en un nanosegundo. Cuando una lleva mucho tiempo encerrada estudiando, pierde en cierto modo el contacto con la realidad hasta el punto de no ver los delitos sino preceptos que había que memorizar. Y de pronto, la realidad te pega una bofetada que te vuelve la cara del revés. Y te demuestra que todo aquello que estudiabas, todas aquellas cosa de las que hablaban las declaraciones internacionales existían a nuestro lado. No eran los juicios de Nuremberg, era el aquí y ahora.

    Como si de una premonición se tratara, abandoné aquel destino el mismo mes y año en que recaía sentencia. Una sentencia demoledora contra los asesinos que hoy, muchos años más tarde, ya han cumplido la pena. Sin dejar mi implicación personal, mi primer juicio en cuanto asumí el negociado de los delitos de odio, consistía en los gritos y amenazas consistentes en decir a los amenazados “acabaréis como Guillem”. Confieso que al leerlo, se me pusieron los pelos como escarpias. Y, aunque no sea supersticiosa, al final iba a ser una señal.

Y si de señales hablamos, ahí va otra. Mi primera colaboración en El Mundo fue una Tribuna dedicada, precisamente, al juicio de la operación Panzer, un tema también relacionado con neonazis y su barbarie, que acabó en una absolución por una cuestión de forma, ya hace también bastante tiempo.

Así que, de este modo tan personal, vaya desde aquí mi homenaje para todas las víctimas de delitos de odio. Y con ello no me refiero solo a quienes fueron asesinadas, como ese joven Guillem Agulló que representa todo el peligro de estos actos, sino a las personas que, cada día, se enfrentan a discriminaciones, desprecios y humillaciones solo por ser como son, por pensar como piensan, por rezar a quien rezan o por querer a quien quieren

A todas estas personas va dedicado el aplauso de hoy, sin olvidar una ovación extra para quienes cada día luchan para que estas cosas no vuelvan a suceder.

Y, cómo no, un guiño para el joven artista a  quien le debo la ilustración, una de las que debían ir en aquella exposición del instituto que nunca se hizo

Un lustro: cómo pasa el tiempo….


 

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  El éxito de cualquier espectáculo se mide, además de con las críticas, con la cantidad de personas que lo ven. El capítulo 100, 200, 500 o 1000 de una serie de televisión, las 1000 representaciones de una obra de teatro, el récord de taquilla en el cine o de audiencia en la televisión. Y aquí no íbamos a ser menos, con estos cinco añitos ya cumplidos. Un número bonito que, además de la rima fácil, es el referente de las lecturas juveniles de toda una generación, Los cinco.

Parece que fue ayer cuando mi toga, mis tacones y yo empezábamos nuestra andadura, hablando de nuestro gran teatro de la justicia  para ir desgajando sus personajes, sus situaciones, sus risas y sus lágrimas, que de todo hay en botica.

Como ya he contado otras veces hace ahora cinco años que, tras ver lo bien que resultaba el símil con el teatro para explicar a los miembros del Jurado el funcionamiento de la administración de Justicia, decidí sacarle partido a la idea y hacerla volar. Recordaba todo esto cuando, hace apenas unos días, una letrada me decía que me seguía desde el primer día “cuando aún no la conocía nadie”, según me dijo. Le prometí que sus gafas, que me fascinaron desde que las vi porque tenían sendos zapatitos de tacón en las patillas, protagonizarían un estreno. Y lo cumpliré, que soy toguitaconada de palabra.

En este tiempo, casi sin darme cuenta, muchas cosas han cambiado, aunque otras, como los medios materiales y en especial informáticos, siguen como si tal cosa. E, igual que me he ido acostumbrando a sobrevivir a estos, también me he ido acostumbrando a otra cosa que al principio me dejaba de pasta de boniato, con empanadilla incluida sin necesidad de ir a Móstoles. No es otra cosa que el hecho de que haya gente que me reconozca cuando hago juicios, guardias y hasta cuando estoy en la calle y me diga eso de “perdona, tú eres la de los tacones, ¿verdad?”. Mentiría si dijera que no me encanta, teniendo además en cuenta que eso me pasa de vez en cuando, que de momento no hay hordas de fans toguitaconados coreando mi nombre y haciendo cola por verme. Que no digo yo que todo se andará, pero, de momento, no hay problema.

Muchas veces me pregunto por qué este blog mío, al que yo tengo tanto cariño, gusta a tantas personas. La verdad es que yo ya estaba muy contenta con que le gustara a mi madre, que a sus 95 años no se pierde un post, pero la cosa va más allá, incluso fue nominado al mejor blog en los premios 20 blogs -y confieso que este año dé un pasito más y no se quede solo en la nominación, pero guardadme el secreto-.

Esta criatura que hoy cumple 5 años me ha traído regalos maravillosos. Entre ellos, por citar algunos, destacaré las  desvirtualizaciones de personas estupendas, que me enseñan sus ciudades, me acompañan a presentar mis libros y me tratan a cuerpo de reina. Y también, cómo no, la relación con mi ilustradora de cabecera madebycarol, que cada día se consolida más tanto en lo profesional como en lo personal. Además de dar vida y luz a varios de mis post, se ha convertido en la ilustradora de dos de mis criaturas, Balanza de Género y Caratrista , la más reciente.

Por supuesto, no puedo dejar de citar a mis compinches. Ellos y ellas ya saben muy bien a quiénes me refiero. Sin su constante apoyo, lectura, comentarios, retuits y compañía tanto los tacones y la toga como yo misma algún día nos hubiéramos venido abajo. Pero nunca me lo han consentido, y ya me tienen advertida que pobre de mí como lo haga. Tranquis, ahí seguiremos cada martes y cada viernes, tratando de que este mundo de la justicia sea menos lejano y antipático a la gente.

Quizás por eso, los post dedicados a anécdotas y frases varias son de los más visitados. Es obvio que a la gente le gusta reír, y conseguir provocar esas risas es un verdadero lujo al que no renunciaría por nada en el mundo.

Algo que quizás me sorprenda más, aunque ya me voy acostumbrando, es al éxito de algunos post que explican conceptos técnicos. Este año el dedicado a la multa tuvo una repercusión espectacular, sin ir más lejos.

También es muy hermoso que cuando saco a pasear mi sensibilidad y me descuelgo con un relato, la cosa reciba respuesta. En el último año ha habido uno de mis cuentos entre el record de visitas absoluto, no me esperes a cenar. Y vivir esto es cómo presenciar cómo un hijo despliega sus alas y empieza a volar solo.

Aunque lo más hermoso y a la vez más triste es saber cuál ha sido el post más leído en este último año.Lo dedicaba a una cifra, el 1000, esos tres dígitos que ya se han superado en el cómputo de mujeres asesinadas por violencia de género, desde 2003, que es desde  cuando existen estadísticas. Sentimientos encontrados: alegría por el seguimiento, tristeza por el hecho. Ojala llegue un día que pueda dedicar un estreno al fin de la violencia de género. Pero mientras tanto, ahí estaremos, pese a trols y mala sombras que angustian al Dr, Huesos , un personaje recién creado que ya goza de muchas simpatías. Pues bien, como el DR, Huesos, su bata y su fonendoscopio, mi toga,mis tacones y yo ahí seguiremos, inasequibles al desaliento.¿Nos acompañáis?

Y, por supuesto, no me iré sin aplauso. Y hoy estaba cantado. Dedicado, como no podía ser de otro modo, a todas las personas que, durante estos cinco años, se han asomado al escenario de Con Mi Toga y mis Tacones y han presenciado alguna de su funciones. O todas, que , como dice mi madre, cuanto más azúcar, más dulce. ¡¡5 millones de gracias!!

Y, como un regalo de cumpleaños, inicio hoy una serie con los realizados por alumnos y alumnas de un instituto de Valencia, destinados a una exposición en la que nunca los pusieron. La imagen de hoy fue la que hizo una de esas niñas solo para mí al enterarse de que iban a formar parte de mi pequeño teatro, con la inestimable colaboración de su profesora Alicia. Soy una toguitaconada muy suertuda, la verdad.

 

 

#historiasdeviajes


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PENÚLTIMO VIAJE

 

Nunca olvidaré aquel verano. Y no por el viaje que hice sino, precisamente, por el que no hice, por aquel que estuve esperando durante todo un año y nunca más llegó. Pocas veces una frase tuvo el poder de destrozar tantos sueños de un solo golpe. Y es que a los catorce años la vida es demasiado intensa, con esa mezcla de hormonas y neuronas en que las primeras suelen ganar a las segundas hasta anularlas en más de una ocasión.

-Tía Elvira, ¿cuándo vamos al pueblo?

-Ya no iremos más al pueblo. He vendido la casa.

No fui capaz de pronunciar mas palabras que insultos y exabruptos dirigidos a mi pobre tía Elvira. Comencé a odiarla como pensaba que nunca sería capaz de odiar a nadie. En mi egoísmo de adolescente, olvidé todos los desvelos que aquella mujer me había dedicado desde que mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo todavía usaba pañales.

Cada verano mi tía Elvira y yo cruzábamos medio país para llegar al pueblo que había visto nacer a ella y a mi madre, su querida hermana pequeña. Me encantaba su casona sobria, sus gruesos muros y las calles empinadas, pero, sobre todo, adoraba su libertad de puertas abiertas y salidas y entradas sin límites de tiempo ni espacio, esa libertad era impensable para una niña de ciudad como yo. En el pueblo me había enamorado por primera vez –o eso creía-, había recibido mi primer beso y ahí era donde esperaba ir más allá en mi recién despertada sexualidad. Pero la decisión de mi tía lo había frustrado todo. Y la odiaba por eso.

Ni por un momento se me ocurrió pensar en lo duro que habría sido para ella desprenderse del último nexo de unión con su familia, con su querida hermana perdida, con sus raíces. No me pregunté por qué lo haría ni le pregunté cómo estaba ella. No pensaba en nada más que en mí misma, mis planes frustrados y mis esperanzas rotas. Ni siquiera pesaba que la abnegada tía Elvira tuviera planes o esperanzas susceptibles de romperse. No hice otra cosa que reprocharle haberme destrozado a vida, como si el verano en aquel caserón fuera lo más importante del mundo.

Recordaba aquel momento como si fuera ahora, como si no hubieran pasado otros catorce años desde aquel día de verano en que acababa de cumplir catorce años. Por primera vez desde entonces, había vuelto al pueblo. Estaba a punto de llegar a los gruesos muros de aquel caserón con el que seguí soñando muchos años después. No era tan imponente como recordaba y no había aguantado bien el paso del tiempo. Crecía por sus muros la hiedra sin orden ni concierto, confiriéndole cierto carácter fantasmagórico.

Había conducido durante todo el día y estaba demasiado cansada para dar un paseo, así que decidí ir a la fonda que, por suerte, todavía estaba donde la recordaba, aunque reconvertida en un pequeño hotel de bajo coste.

Me pareció reconocer un rostro de m infancia en la recepcionista y su modo de frotarse los ojos tras los cristales de sus gruesas gafas confirmaron mi impresión. Antoñita, la hija del panadero, me miraba con los mismos ojos de catorce años antes. Ya no llevaba trenzas, ni vestido de nido de abeja, pero era inconfundible. Nos fundimos en un gran abrazo y, en apenas unos minutos, conversábamos como si no hubiera pasado el tiempo.

Por ella conocía por fin la razón por a que mi tía Elvira me arrancó de cuajo de mis raíces y de las suyas y dejó el caserón para siempre. Ella me contó la historia que circulaba por el pueblo desde hacía años, y que todo el mundo menos yo conocía. Mi tía Elvira sufrió una de las cosas más terribles que había oído. Cuatro mozos la cogieron el día de la verbena y la violaron hasta que la dejaron como un juguete roto. Reconoció a los dos hijos del farmacéutico y así se lo dijo a sus padres, que fueron a pedirles cuentas, pero no quisieron denunciar. La niña ya tenía bastante con la vergüenza que iba a pasar en el pueblo como para hacerla pública ante más gente. A cambio de no denunciar, los padres de los muchachos prometieron llevarlos fuera del pueblo y no regresar nunca. De los otros dos, nunca más se supo.

La pobre Elvira llevó desde entonces una vida monacal, por mandato de su madre. Se sentía tan avergonzada como si toda la culpa fuera de ella. Así siguió durante muchos años hasta que la temprana muerte de su hermana le hizo mudarse a otra ciudad para cuidarme y dejar el caserón solo para las vacaciones. Mientras tanto, el farmacéutico cumplió su promesa y no volvió a ver a aquellos monstruos.

Pero, justo el verano en que yo cumplía catorce años, cuando la tía Elvira había adelantado su viaje para que la casa estuviera lista, unos de los chicos que poblaban sus pesadillas se plantó ante ella. Su padre había muerto y ya no se sentía atado por ninguna promesa. Tenía muchos más quilos y mucho menos pelo, pero sus ojos inyectados en sangre seguían idénticos a los de aquella noche.  Antoñita, que pasaba por allí, oyó lo que decía

-Vaya, Elvirita. Ya sé que tienes una sobrina tan guapa como tú. Ha sido verla, y regresar a aquella noche de verbena. Lo que daría por repetirla…

No pude seguir escuchando.  Dejé a Antonia con la palabra en la boca y me fui a mi habitación. No deshice la maleta.

Al día siguiente, subí en mi coche y emprendí el camino de regreso. Antes, saqué del maletero la urna que llevaba y la deposité en el asiento del copiloto

– Tranquila, tía Elvira, aquí no te quedas.

Sororidad: aquí está mi mano


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Hay sentimientos y actitudes que trascienden a todos los ámbitos y a todas las épocas, aunque no a todas las personas. La eterna contraposición entre solidaridad e individualismo es más patente que nunca en el mundo del espectáculo, donde nos tropezamos, por un lado, con egos de proporciones estratosféricas y, de otra, con iniciativas solidarias del mismo o mayor tamaño. Pero una cosa es la solidaridad  y otra la sororidad, aunque suenen parecido y puedan ser primas hermanas. Pero ese sentimiento de unión entre mujeres que es la sororidad es tan grande, tan fuerte y tan importante que ha dado lugar a películas de culto aun antes de haber acuñado e término, como las inolvidables Tomates verdes fritos o Thelma y Louise.

  En nuestro teatro, como en cualquier otro campo, puede existir o no pero, aunque no sea demasiado nombrada entre profesionales, la sororidad existe. Sobre todo, cuando nos hallamos ante determinados delitos, que se cometen contra mujeres por el hecho de serlo y que, por desgracia , vemos todos los días.

La sororidad consiste, como ya dije en su día en otro espacio en una «relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento. Una definición acertada pero demasiado fría para lo que implica.

Sororidad viene del latín «soror», que significa hermana, como el título que se da a algunas monjas. Pero nada tiene que ver con la religión y poco con la familia entendida en el sentido tradicional. Mucha relación guarda, sin embargo, con la fraternidad, en el sentido de tejer redes de solidaridad y apoyo, según yo lo entendí desde que leí por vez primera a Marcela Lagarde.

Pero no me voy a poner pesada con definiciones e ideas filosóficas y voy a tratar de ser práctica. Y, sobre todo, a contar a qué santo viene ahora dedicar este estreno a un término que, por suerte, ya va siendo no solo conocido sino aplicado. Un ejemplo sería el famosos “yo si te creo, hermana” con el que salieron las mujeres a apoyar a la victima de la Manada hoy condenada. Aunque he de matizar que en este caso si bien la expresión era muy sorora, sin duda,  lo cierto es que el tribunal –salvo el voto discordante, del que no opinaré- creyó a la víctima y se reprodujo lo que ella contó en los hechos probados de la sentencia. Lo que difería no era tanto el creerla o no  sino a interpretación jurídica de tales hechos. Hoy el Tribunal Supremo ya ha zanjado la cuestión al entender que, como defendía acusación y Ministerio fiscal, había violación. Asunto zanjado…o al menos zanjado en el primer asalto, que nunca se sabe.

Un caso paradigmático de sororidad sería el movimiento que se dio en redes sociales y otros ámbitos que instaba a las mujeres a contar lo que durante mucho tiempo habían callado porque ahora se había tejido esa red que no las dejaría caer aunque se lanzaran al vacío en un triple salto mortal. Se trataba, obviamente, del ·MeToo y sus distintas versiones, que ha logrado que muchas mujeres salieran del armario del silencio, la incomprensión y el sufrimiento. Casi nada

En este línea traigo hoy una propuesta que me ha llegado desde los lápices  el corazón de mi querida amiga e ilustradora, @madebycarol, cuya imagen dice mucho más que mil palabras, como decía el refrán. Se trata de algo tan simple como ofrecer la mano, hacer un público anuncio de que tenemos las manos tendidas para toda aquella que lo necesite por sentirse amenazada, intimidada, humillada o de cualquier modo en peligro. Sin necesidad de probar nada, que ahora no se trata de un juzgado y el miedo es libre. Aquí está mi mano. Tómala en cuanto la necesites.

No podemos perder de vista que, mientras nadie se plantee cambiarlo, la denuncia  es requisito de procedibilidad en los delitos contra la libertad sexual, y también en otros como las amenazas leves fuera del ámbito de la pareja o el acoso y vejaciones injustas. ¿Qué significa eso? Pues nada menos que el hecho de que podrían estar violando a una mujer delante de nuestras narices y si ella no denunciara, no habría nada que hacer y el autor podría irse tranquilamente en busca e su siguiente víctima, que podría ser cualquiera. Por ello, que la persona que sufre un ataque de este tipo se sienta apoyada es esencial no solo para ella sino para también muchísimas otras mujeres, víctimas potenciales de ese delincuente que se sale de rositas.

Pero no solo eso. Pienso en cualquier niña, cualquier adolescente o cualquier mujer que se ve perseguida. En todas esas veces en que nos hemos visto obligadas a apretar el paso, a meternos en un portal o en cualquier establecimiento para protegernos,  en que agarramos las llaves en la mano,  cruzamos de acera o cambiamos la ruta para esquivar a alguien. En todos esos casos, y en todos los que podamos imaginar, hemos de estar ahí con la mano tendida, con el corazón abierto y la sororidad preparada para desplegarse con toda su fuerza protectora.

Es sencillo, y a la vez es muy grande. Y sus efectos pueden ser enormes. Así que yo no dudo en tener mi mano preparada para que la coja esa mujer que la necesita. Y hoy, el aplauso es para quienes decidan también estar ahí. ¿Eres tú una de ellas? Espero que sí. No por mí, sino  #PorEllas

Prescripción: pasa la vida


 

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El paso del tiempo es esencial en nuestras vidas y, por ello, uno de los temas siempre presentes en escenarios y pantallas. Sean Las Horas, los días –Días de vino y rosas-, las semanas –9 semanas y media-, las estaciones del año –Un verano en la Toscana-, los meses –9 meses-, o los años –el año de las luces-, la medida del tiempo siempre está presente, invitándonos a Volver. Y por supuesto, el transcurso del tiempo siempre tiene sus efectos en cuál sea el final de la obra.

    En nuestro teatro, el tiempo es muy importante. Yo diría que crucial. Los plazos, que ya tuvieron su propio estreno, marcan nuestro quehacer y nuestros ataques de nervios de cada día. Tanto, que no estamos al borde del ataque, como las Mujeres de Almodóvar, sino más de una vez sumidas totalmente en él.

Pero hoy no voy a hablar de plazos o no, al menos de los plazos procesales, sino del efecto que en Derecho supone el transcurso del tiempo. Lo que conocemos como prescripción y que, por cierto, nada tiene que ver con los medicamentos que prescriben los galenos aunque, si se nos caen todos sus efectos encima, bien que podríamos necesitar de algunos de esos medicamentos prescritos a granel

  La prescripción es de diversos tipos. Pero, sin ánimo de exhaustividad, diferenciaré entre la civil y la penal. Que no se diga que soy de las que solo vive del delito.

La prescripción, en Derecho civil, puede ser adquisitiva y extintiva. Quiere esto decir que el transcurso del tiempo tanto puede hacer adquirir derechos como hacer desaparecer obligaciones. Ahí es nada. Pero pongamos algún ejemplo, que siempre viene bien.

La prescripción extintiva es la que hace que ya no se puedan reclamar algunas deudas, porque ha pasado el tiempo y no nos hemos espabilado para reclamarlas. Porque eso que dice el refrán de que el que paga descansa pero el que cobra más no siempre se hace efectivo en el mundo del Derecho. Dependerá de la obligación de que se trate que tenga un plazo más o menos largo de prescripción, pero ojo con la pasividad que nos puede costar cara. Aunque podemos paliar sus efectos interrumpiendo el cómputo haciendo una reclamación antes de que haya pasado el plazo marcado. Eso es, precisamente, lo que distingue la prescripción de la caducidad, que esta no admite interrupción. Como ocurre con la de los yogures, vaya, que una vez se han puesto malos, nada puede hacerse para arregarlos.

La prescripción adquisitiva es otra cosa. Lo primero, tiene un nombre más chulo, usucapión, que suena como muy contundente. La cuestión consiste en la adquisición de la propiedad -u otro derecho- de un bien solo por el transcurso del tiempo. O sea, algo así como Santa Rita,lo que se da no se quita Para determinar cuánto tiempo ha de transcurrir depende de si se trata de un bien mueble o inmueble, y también de si ha existido buena fe y justo título. Porque incluso con mala fe puede acabar quedándose alguien con lo que le birló a otro, si ha pasado el tiempo suficiente para ello. Parece ser que eso era lo que se alegó para conservar alguna cosilla que se llevó de la catedral de Santiago la esposa del anterior Jefe del Estado, el dictador Francisco Franco. Y en las manos de su familia ha quedado la escultura, nos guste o no. Y yo que, cuando estudiaba Derecho Civil, pensaba que estas cosas no pasaban en nuestros días, ya ves…

Sin embargo, el instituto de la prescripción es más conocido en Derecho Penal, y supone que el transcurso del tiempo, mayor cuanto más grave es el delito, hace desaparecer la responsabilidad si durante ese tiempo no se ha hecho nada. Recuerdo que, cuando estudiaba , nos decían que el fundamento era algo así como castigar la indolencia o la ineficacia del estado en encontrar al culpable y castigarlo. O premiar lo listo que había sido el delincuente,visto desde el otro lado. Un ejemplo conocido, aunque fuera de nuestro Derecho, fue el de un famoso robo que dio lugar a una película Asalto al tren del dinero. Después del plazo, los delincuentes ya no tienen porque temer volver a su país porque vayan a ser detenidos.

No obstante, y como toda regla tiene su excepción, aquí también la hay, y muy justificada. Algunos delitos gravísimos, como el genocidio o los de lesa humanidad, son imprescriptibles. Es decir, no hay tiempo que  blanquee su negrura. Por eso se han podido seguir persiguiendo, sin ir más lejos, los horrendos crímenes cometidos por los nazis, por más tiempo que haya transcurrido cuando se localiza a alguno de sus autores.

La prescripción en Derecho Penal puede ser del delito o de la pena. En el primer caso, se da porque no se encuentra a delincuente ni siquiera para juzgarlo, y en el segundo se le ha juzgado e impuesto pena pero no la ha cumplido. El plazo, por supuesto, difiere en uno u otro caso y según cual sea el delito.

Juntamente a ella, corre la prescripción de la responsabilidad civil derivada del delito, esto es, la cantidad que se ha de pagar para tratar de resarcir a la víctima. Por ejemplo, la obligación de devolver lo robado o de indemnizar los daños. Cuando yo estudiaba, era de 15 años siempre, con lo cual podrían darse casos de delito no demasiado graves en que se había cumplido sentencia pero no pagado la indemnización, y ésta subsistía durante 15 años. Desde hace algún tiempo -reforma de 2015– se ha reducido a 5 años, con lo que se puede dar incluso el efecto contrario. Cosas de la vida. Y cuidadín cuidadín, que si alguien se larga del país tras haber robado una ingente cantidad sin haberla devuelto, aunque se le haya condenado a ello, podrá regresaren cinco años y pasear su fortuna sin ningún problema. Más cosas de la vida.

A este respecto, recuerdo que cuando preguntábamos si se daba alguna vez el caso de que el delincuente pagara o se le encontraran bienes más tarde porque le había sucedido aquello que llamaban “venir a mejor fortuna” en ese plazo de 15 años, siempre me ponían el mismo ejemplo: puede tocarle la lotería. Y pude ser, desde luego, pero yo nunca lo he visto.

Y hasta aquí este pequeño repaso al paso del tiempo. Faltaría referirme al del maldito artículo 324, el límite de la instrucción , del que ya he hablado, que se solapa a los de prescripción, pero prefiero no hacerme más mala sangre.

Así que hoy, el aplauso será, una vez más,, para los aplicadores del Derecho y el tiempo que emplean cada día en hacerlo. Porque perder el tiempo en hacer un buen trabajo no es sino ganarlo.

 

Inventos: lo que aún no existe


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Como sabemos, los inventos existen desde que el hombre es hombre, desde los tiempos de 2001 Odisea del espacio o cuando Dios creó a la mujer. Precisamente, son los inventos lo que caracteriza a la especie humana y cada uno de ellos lo que le han llevado a avanzar. La rueda o el descubrimiento del fuego y las herramientas fueron lo primero. Pero no hemos dejado de avanzar, cada vez a más vertiginosas velocidades, hasta el punto que las nuevas tecnologías dejaron de ser nuevas en cuanto las llamaron así. Y el cine es obvio que no se escapa a esta vorágine. Incluso hay películas que hablan de los propios inventos dentro del mundo del cine, como La invención de Hugo, o de la propia invención del cine por Los hermanos Lumiere.

En nuestro teatro somos más prosaicos. No hay un Leonardo Da Vinci tratando de volar y de hacer volar su genio, y nos conformamos con las cosas que sirvan para hacer nuestro trabajo más rápido y eficiente. Y, aunque no nos demos cuenta, hemos cambiado una barbaridad en el modo de trabajar en justicia, desde los tiempos de la Olivetti y el papel carbón a los que ya dedicamos un estreno, hasta hoy. Lástima que nuestro proceso en general y la Ley de Enjuiciamiento Criminal en particular no ha cambiado con los tiempos, y todavía tengamos una ley rituaria –hasta ese nombre suena viejuno- del siglo XIX, pensada para realidades del siglo XIX, por más que la tuneen y parcheen  una vez y otra.

Pero hoy quería hablar de inventos más de andar por casa, o tal vez más estrafalarios, que podrían mejorar notablemente nuestra vida en Toguilandia. Esta mañana pensaba, sin ir más lejos, en que alguien podría inventar un cuño que no llenara los dedos de tinta cada vez que se usa. Porque el otro día me ocurrió y, sin darme cuenta , debí acercarme el dedo al labio de modo que, cuando me vi en el espejo, parecía el monje asesinado  de El nombre de la rosa, con unos labios y lengua azules nada favorecedores.

Otra cosa que me planteo que debería existir es el pósit eterno. Una ristra que no se acabara nunca, para que no fuera necesario andar mendigando un taco cada vez que se acaba. Y sería ya la pera limonera si los pósits puedieran meterse dentro del ordenador y pegarse en los documentos que una escribe. Que ya sé que hay un programa que hace algo así, pero no es lo mismo. Y es que yo no sería nadie sin los benditos pósits y su positprudencia .

Y ya puesta, me encantaría que alguien inventara una aplicación, un chisme o un chip por el que, al ver a otro habitante de Toguilandia, supiera inmediatamente su nombre y qué asunto comparte conmigo. Si así fuera, me evitaría el apuro que paso más de una vez cuando se me acerca un abogado y me dice, por ejemplo “que al final en lo nuestro nos han dado la razón” y yo sonrío y asiento sin tener ni repajolera idea de quién es y de qué narices es “lo nuestro”, aunque me sepa fatal reconocerlo. Seguro que más de uno y de una sabe de lo que hablo y ha pasado por semejante trance.

Otro chisme que me encantaría tener es un lector de mente. Algo que me indicara qué narices está pasando por la cabeza de acusado o víctima, de u testigo u otro. Lo haría todo tan fácil… Es, en esencia, la bola de cristal que pido cada año a los Reyes Magos y que no he logrado que me traigan, aunque seguiré insistiendo. No obstante, sería estupendo que viniera incluido en el kit del jurista, junto a la toga y los códigos.

Aunque, si tuviera que elegir ,me pediría, sin duda, un aparato que fabricara a discreción empatía Sería fantástico que hiciera que todas las personas que nos dedicamos a esto tuviéramos la cualidad de ponernos en la piel de los demás y de actuar en consecuencia. Y, además, podría venir con la versión mega plus, que incluiría una dosis extra de paciencia y buen humor, con el configurador de sonrisas de regalo. ¿por qué no?

No obstante, y en plena ola de calor como estamos ahora, no estaría de más bajar a la tierra y agenciarnos un ventilador de togas, o mejor unas togas con ventilación y, lo más plus, un abanico que abanique solo, para poder seguir tomando notas o consultando Códigos sin dejar de tener aire. Ya sé que un aire acondicionado verdaderamente inteligente haría innecesario este invento, pero, después de muchos años sufriendo altas temperaturas en los edificios judiciales, estoy en condiciones de decir que un climatizador inteligente no existe. Y no son los padres tampoco, por desgracia.

Por supuesto, mutatis mutandi –que no se diga que no pongo un latinajo de vez en cuando- cabe pedir lo mismo respecto al frío, especialmente en esos edificios emplazados en lugares donde las temperaturas pueden convertir a una en una pingüina toguitaconada en un pis pas.

Así que ahí quedan estas sugerencias. El aplauso se lo daré a quien me proporcioné alguna de ellas, y la ovación si son todas. Mientras tanto, a esperar tocan, dando al abanico como toda la vida.

 

Figuras jurídicas: derecho y torcido


 

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Cada profesión tiene sus propias especialidades, esas cosas que solo entienden quienes pertenecen a ella y que sirven, o deberían  servir, como medio y no como fin en sí mismo. Si en el cine nos hablan de La noche americana o de Los especialistas, tiene un significado diferente del común. El problema viene cuando quienes no entienden de la materia fingen entenderla y presumen de ello, quedando muchas veces, en el más absoluto de los ridículos. No todos tenemos acceso a ser Figuras ocultas.

     En nuestro teatro hay, como en pocos ámbitos, materias y jerga propia. Pero, a diferencia de lo que ocurre con otros campos, parece que todo el mundo tiene un jurista dentro que pugna por salir y enseñar al mundo todo lo que usted no sabía sobre cuñadismo y nunca se atrevió a preguntar. Eso sí, tenemos el dudoso honor de compartir con alguna otra profesión esa característica: también todo el mundo tiene un médico o un seleccionador nacional de fútbol y opinan sobre ello sin ningún empacho en tertulias y magazinnes. Nadie se atreve, sin embargo, a hablar de Física cuántica o Biología molecular, aunque igual cualquier día después de una tanda de capítulos de Big Bang Theory alguien nos da la sorpresa. Cruzaremos los dedos para que así no sea.

Lo bien cierto es que, aunque ya hemos dedicado sendos estrenos al cuñadismo , en sus versiones analógica y digital , el Derecho es una cuestión de tracto sucesivo y continúan surgiendo los ejemplos uno tras otro. Sin ir más lejos, en esto mismo, que no hace mucho me contaban de un señor que fue al abogado hecho un lío con la inscripción de la finca que había heredado de su tío que, según decía, le habían denegado por no tener un tractor sucesivo. El pobre hombre decía que tenía una mula mecánica, pero que no le daban las cosas para tener su propio tractor.

Y es que como hablamos raro, pues si no lo explicamos la gente entiende lo que entiende y cuenta como cuenta. Así, el otro día, una víctima me explicaba muy seria en un juicio que la discusión empezó porque su pareja quería que ella, que tenía un ático monísimo en muy buena zona, le dejara el piso en su fruto. Y claro está, a ella no le parecía bien. No se pude ir dejando pisos en su fruto cono si una se hubiera caído de un guindo y se dispusiera a montar una frutería

Por su parte, una forense me contaba que una vez se le enfrentó la familia de un difunto porque no acababan con eso de la autopsia y no podían celebrar la misa de cuerpo en su punto. Prefiero ni imaginar cual será el punto ideal para un difunto, así que ahí lo dejo.

A veces además, la gente pretende ponerse pedante y dar nombres complicados a las cosas aparentemente sencillas. Ese es el caso de quien, para explicar que el juicio se había suspendido, habló nada menos que de pleitus interruptus ante la estupefacción de quines estábamos escuchando, que nos quedamos, claro está estupefactus. Tal como lo cuento.

Hay otra voces, por su parte, que dan lugar a la confusión si no se explican bien. Ya conté una vez lo que se enfadó un demandante cuando le hicieron pasar a la voz de “que pase el actor”, e indignado aclaró que no era actor, sino albañil. Pues bien,, algo parecido le pasó a una señora que quería impedir que su vecino pasara por en medio de su casa como había hecho toda la vida, cuando la abogada le explicó que era difícil impedirlo porque tenía una servidumbre. La señora, abanico en mano y dándose golpesde pecho dijo que “sierva loserá usted, que yo solo sirvo a mi familia”. Faltaría más.

Para acabar por hoy, hablaré de una medida cautelar que me tiene hablando sola. El auto de acercamiento al que ya me referí en un estreno, y al que una compañera alude como la medida cautelar del amor. Bonito ¿eh?. Se ve que, después de los hechos, las partes habían tomado la relación y estaban, según dijeron, a partir un peñón. Lo que no sé si sería el de Gibraltar o algún otro más nuestro,como el de Ifach, y menos aun cómo se las compondrían para partirlo. Pero permanecer´´e atenta para próximos estrenos por si las moscas. O, mejor dicho, por si los peñones.

Tal vez por eso se leen las cosas que se leen en algunos atestados. Una compañera guarda como oro en paño -no es para menos- uno que habla de una sustancia blanquecina y viscosa procedente, seguramente, de una cópula forniciaria. Poesía pura en su mejor expresión. Gracias por compartirlo, mi vida ya no volverá a ser la misma.

Así que hoy el aplauso lo daré a quienes me han ayudado con sus experiencias para hacer este estreno, que no sé que sería de este teatro sin todas estas aportaciones. Y uno extra, una vez más, para @madebycarol, que siempre mejora todo con sus ilustraciones.

 

Diagnóstico: ¿qué me pasa, doctor?


DR HUESOS

Entre los temas que más gustan al público se encuentran, sin duda, las tramas médicas. Un hospital, la más modesta consulta o el más sofisticado laboratorio proporcionan el entorno perfecto para todo tipo de argumentos, desde la intriga científica de Coma, Contagio y muchas otras, hasta la comedia en Qué me pasa Doctor. Pasando, por supuesto, por series de lo más variado en cuanto a género o procedencia: Médico de familia, Urgencias, Hospital central, Ramón y Cajal, House, La Doctora Quin, Anatomía de Grey, Bones o The Good Doctor, por citar algunas.

En nuestro teatro tenemos nuestros propios médicos, las y los forenses, aunque también hay otras muchas interrelaciones con el mundo de la sanidad  Pero hoy no vamos a hablar de las batas de dentro, sino más bien las de fuera. Y no, no me refiero a la toga, aunque alguna vez me hayan llamado “la señora del batín negro”.

Lo que trato aquí de abordar es algo que deberíamos aprender de la profesión médica: que un buen diagnóstico es primordial para tratar una enfermedad, y de que sea bueno y, además, precoz, depende en un porcentaje altísimo la curación del mal. Si no es así,podrán ponerse tiritas, como al Corazón Partio de Alejandro Sanz, y podremos ponerle La venda como el eurovisivo Miki, pero no lograremos la curación.

Así que me voy a colocar el fonendoscopio toguitaconado y al ruego de “diga 33” voy a atreverme a hacer un diagnóstico de los males de nuestra Justicia. O de algunos de ellos, que esto es un blog y no la enciclopedia Espasa.

El primer diagnóstico seguro que no sorprende a nadie. A la pobre Justicia, la pariente pobre de todos los ministerios, le hace falta inversión. Para dedicar, por supuesto, a medios materiales  y personales -por más que ahora las convocatorias hayan  aumentado por fin- Da mucha penica ver las cosas que pasan como ocurría en una sede de juzgados que compartía edificio con la Delegación de Hacienda respectiva, cuya fachada era una alegoría de la realidad. La mitad derecha, ocupada por el Fisco, estaba recién pintada, limpia y reluciente; la mitad izquierda, la nuestra, había visto la última mano de pintura hacía más de una década y los desconchones estaban a la orden del día.

A ello hay que sumar, sin duda alguna, la eficiencia .Porque no solo de pan vive el justiciable, y no solo hay que asignar recursos sino hacerlo de un modo eficiente. En Casa Nostra, por desgracia, pecamos de lo contrario, y chapuzas como la digitalización en general o Lexnet en particular son el vivo ejemplo de  todo lo contrario. Es como si hubieran comprado una partida de antibióticos para acabar con un virus cuando se trata de una bacteria y, además, los adquiridos a buen precio lo fueron a punto de caducar.

Otro de los  males que veo a diario, ya en una zona mucho más pedestre, es la excesiva derechopenalización de cualquier cuestión, incluso no jurídica. El dicho popular que para quejarse de algo, dice que es de juzgado de guardia, ha hecho mucho daño, lo aseguro. Si nos descuidamos, nos denuncian en el juzgado de guardia cualquier cosa que imaginarse pueda, desde la colocación de un toldo diferente del resto de la comunidad de vecinos, haciendo alarde de una insumisión vecinal de órdago, hasta un grifo abierto en el piso de arriba. Y, por supuesto, toda clase de insultos, vejaciones, humillaciones y molestias, o las que la presunta víctima entiende como tales. Juro que he visto como denunciaban a un médico forense porque “miraba mal” al explorado, un interno en un centro penitenciario. Y es que las caídas de ojos dan para mucho y hay quien debe tomarse al pie de la letra eso de que “si las miradas matasen” porque no son una ni dos las denuncias que he visto porque, según el denunciante,  con la mirada le estaba amenazando/insultando/acosando o cualquier otra cosa. A este problema, que he diagnosticado como derechopenalización, la solución es bien clara desde hace mucho. El famoso principio de intervención mínima, que significa que el recurso al castigo que supone el Derecho Penal solo ha de utilizarse en casos muy concretos, solo cuando los hechos tengan encaje en el Código Penal y como modo de gestionar el fracaso que cualquier medida preventiva anterior ha supuesto. El problema es que se usa poco y se comprende menos. Y que,como no sabemos explicar las cosas, el justiciable se queda con la sensación de que no nos ha dado la gana hacer nada, en vez de explicarle que hay otra vía que es la adecuada. El ejemplo típico, la caída en una vía pública por causa de un socavón por obras. Denunciar al Ayuntamiento -al margen de que en algún caso pueda haber algo más- no es práctico ni eficaz, pero si no explicamos que eso se archiva en la vía penal pero que hay otra más adecuada -contenciosa o civil-, la persona que se partió la crisma en el socavón se queda con la impresión de que no le hemos hecho ni caso.

Esto me lleva a otro diagnóstico, del que ya he hablado muchas veces y que es parte del origen de este blog. Las deficiencias que tenemos en el modo de comunicar y de “vendernos”. Y ojo, que no se trata -o al menos, no solo- de la labor profesional de gabinetes y portavoces  sino de algo mucho más pedestre y sencillo. Poder explicar a quien lo reclama en particular y a la opinión pública en general por qué se hace esto y no aquello o en qué consiste la actuación realizada o el procedimiento a seguir. Nos ahorraríamos más de una crítica y muchos disgustos. E insisto, no hay que confundir secreto de sumario con secreto de confesión.

Esto es tan importante que, aunque mucha gente lo ignora, entre las funciones del Ministerio Fiscal establecidas en nuestro Estatuto Orgánico se encuentra la de “informar a la opinión pública”. No estaría nada mal, en los tiempos que corren en que fakes y desinformación son la otra cara de la moneda de las tecnologías de la información y la comunicación con todas sus ventajas, aplicarnos el cuento a nuestra día a día en Toguilandia. Así lo hacen en twitter algunos compañeros y compañeras con excelentes resultados.

Por todo eso, el aplauso de hoy es múltiple. Dedicado para quienes saben diagnosticar el mal y tratan de ponerle remedio, de explicarlo o de denunciar las carencias ante quien corresponda. Difícil pero posible.¿O no?

Y hoy, una ovación extra. La dedicada a la imagen que ilustra este estreno, confeccionada por mi hija Lucía para dar vida al Dr, Huesos, un personaje nacido en mi cuenta de twitter que cualquier día se da un paseo por nuestro teatro.