Calor: togas fuera


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Parece un tópico. Verano, calor, vacaciones, piscina o playa. Lo típico, aunque no tanto para el mundo del espectáculo. Porque para los artistas lo típico de verdad es pasar el verano entre galas, bolos y funciones extra. Lo que se llama hacer el agosto. Y con la canción del verano de música de fondo, cómo no. Y, por descontado, los rigores estivales haciendo estragos. En el calor de la noche…o del día, vaya. Es lo que toca.

Pero nosotros también tenemos nuestro verano, rigores estivales incluídos. Porque la delincuencia no se toma un respiro y eso de Que la detengan es más que una canción del verano en nuestro teatro. Y estemos en la costa, o seamos de los que entonan el Aquí no hay playa, toca trabajar. Que aquellas vacaciones de 3 meses de nuestros tiempos estudiantiles pasaron ya hace mucho a la historia. Y El largo y cálido verano también viste de toga. O debería. Porque largo no sé si será, pero lo de cálido le queda corto.

Saltaban a las redes sociales hace días varios cartelitos pulcramente fijados en las puertas de los juzgados acerca del calor. Aunque parezca increíble, los sistemas modernos de climatización aún no han arribado a la Justicia, porque para los presupuestos somos más invisibles que el protagonista del anuncio de Daykin, el aire acondicionado para más inri. Y así, un juzgado de Sevilla saltaba a la fama porque se vieron obligados, en primer término, a eximir de toga a los profesionales, so pena de que les diera un jamacuco a todos y, más tarde, a suspender los juicios más allá de la una del mediodía porque, por más que nos repitieran en Mayfair Lady eso de que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla, el calor no lo aguanta ni Superman, aunque se quite las mallas.

Y no ha sido el único. Juzgados de Madrid saltaban a la palestra por la misma razón, y a ellos se sumaban otros. Yo, sin ir más lejos, confieso que en mi Juzgado celebramos sin toga ya hace días, que una juez, una Laj y una fiscal a la parrilla no son plato del gusto de nadie. Y conste que no excluyo a los compañeros letrados, aunque ellos tienen el pobre consuelo de recibir la purga de las altas temperaturas en más pequeñas dosis al celebrar un juicio y poder salir a respirar y no media docena o más seguidos. Pobre consuelo, como decía.

Y es que nuestra particular Escuela de calor florece por lo ancho y largo de la geografía judicial española. Tal vez influya el hecho de diseñar edificios acristalados como si estiviéramos en Finlandia en ciudades que alcanzan más de cuarenta grados. Y así, estoy segura que en mi despacho a determinadas horas podríamos cocer mejillones solo con dejarlos en la mesa –si hacemos sitio entre el Papel 0, claro-. Invito al que quiera a comprobarlo, que igual podemos reeditar aquel concursito veraniego del Qué apostamos. Todo es ponerse. Igual, hasta sacábamos para un abanico o un ventilador, que buena falta nos hacen.

Puede ser que algún lector despistado piense que exagero. O que estoy hablando de los tiempos de mi abuelo, que ahora hay una climatización inteligente estupenda. Pero no. La inteligencia de la climatización en muchos juzgados estoy segura de que no pasaría ningún test psicotécnico. Y eso donde la hay, o donde funciona, que aquí la regla se vuelve excepción.

Aun se me ponen los pelos como escarpias de recordar las guardias del pasado verano, donde quien hizo su agosto fue el propietario de la tienda multiprecio cercana –versión cuqui del todo a cien de toda la vida- a base de vender ventiladores de los más variados modelos a funcionarios achicharrados. Y, por supuesto, del hipermercado de al lado, que rápidamente se subió al carro, y no precisamente al de transportar expedientes que tan famoso lo ha hecho. La cosa se solucionó relativamente pronto, probablemente por aquello de haber sido cocinero antes que fraile, ya que por estas latitudes algún cargo de la administración había sufrido en sus carnes hacía muy poco el cocimiento toguitaconado, pero eso no dejó de ser un parche en un sistema que nos recuerda que, por más que Las bicicletas son para el verano, los juzgados no parecen serlo.

Y así seguimos. Quizá algo mejor que en mis primeros tiempos, donde recuerdo que a un juez le abrieron un expediente por celebrar sin toga, por más que haberlo hecho con ella hubiera sido, cuanto menos, insalubre. O cuando un director general de cuyo nombre no quiero acordarme nos respondió ante la demanda de aire acondicionado para una fiscalía de la costa que eso era un lujo, no una necesidad, y me preguntó si acaso tenía aire acondicionado en mi casa. Confieso que jamás supo la respuesta, porque me levanté de aquella reunión y me largué dando un portazo. Pero eso es otra historia, como diría una querida amiga.

Lo malo es que la cosa queda como una anécdota graciosa –o más bien sudorosa- y es mucho más. Y no es más qe el trasunto de poco o nulo interés que suscita la Justicia y las condiciones en las que trabajamos quienes en ella estamos. Porque, lamentablemente, los medios materiales hacen juego con la climatización. O con la falta de ella, que aún es peor.

Así que hoy, en vez de aplauso, me gustaría regalar abanicos. Con su escudo y sus puñetas, si hace falta. Pero, mientras tanto, nos conformaremos con una enorme ovación a todos los que pasan los rigores estivales y continúan en la brecha. Y todavía mejor, si mantienen la sonrisa. Al menos no se les quedará congelada.

 

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2 pensamientos en “Calor: togas fuera

  1. Quízá en las provincias del norte no haga falta (aunque cada vez más sufren picos de calor asombrosos), pero en el Sur, Sureste y Suroeste, el tener aire acondicionado en las oficinas judiciales y salas de juicios es imprescindible. Las togas, elegantes y ceremoniosas, no invitan a celebrar con gusto un juicio.

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