#historiasdeviajes


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PENÚLTIMO VIAJE

 

Nunca olvidaré aquel verano. Y no por el viaje que hice sino, precisamente, por el que no hice, por aquel que estuve esperando durante todo un año y nunca más llegó. Pocas veces una frase tuvo el poder de destrozar tantos sueños de un solo golpe. Y es que a los catorce años la vida es demasiado intensa, con esa mezcla de hormonas y neuronas en que las primeras suelen ganar a las segundas hasta anularlas en más de una ocasión.

-Tía Elvira, ¿cuándo vamos al pueblo?

-Ya no iremos más al pueblo. He vendido la casa.

No fui capaz de pronunciar mas palabras que insultos y exabruptos dirigidos a mi pobre tía Elvira. Comencé a odiarla como pensaba que nunca sería capaz de odiar a nadie. En mi egoísmo de adolescente, olvidé todos los desvelos que aquella mujer me había dedicado desde que mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo todavía usaba pañales.

Cada verano mi tía Elvira y yo cruzábamos medio país para llegar al pueblo que había visto nacer a ella y a mi madre, su querida hermana pequeña. Me encantaba su casona sobria, sus gruesos muros y las calles empinadas, pero, sobre todo, adoraba su libertad de puertas abiertas y salidas y entradas sin límites de tiempo ni espacio, esa libertad era impensable para una niña de ciudad como yo. En el pueblo me había enamorado por primera vez –o eso creía-, había recibido mi primer beso y ahí era donde esperaba ir más allá en mi recién despertada sexualidad. Pero la decisión de mi tía lo había frustrado todo. Y la odiaba por eso.

Ni por un momento se me ocurrió pensar en lo duro que habría sido para ella desprenderse del último nexo de unión con su familia, con su querida hermana perdida, con sus raíces. No me pregunté por qué lo haría ni le pregunté cómo estaba ella. No pensaba en nada más que en mí misma, mis planes frustrados y mis esperanzas rotas. Ni siquiera pesaba que la abnegada tía Elvira tuviera planes o esperanzas susceptibles de romperse. No hice otra cosa que reprocharle haberme destrozado a vida, como si el verano en aquel caserón fuera lo más importante del mundo.

Recordaba aquel momento como si fuera ahora, como si no hubieran pasado otros catorce años desde aquel día de verano en que acababa de cumplir catorce años. Por primera vez desde entonces, había vuelto al pueblo. Estaba a punto de llegar a los gruesos muros de aquel caserón con el que seguí soñando muchos años después. No era tan imponente como recordaba y no había aguantado bien el paso del tiempo. Crecía por sus muros la hiedra sin orden ni concierto, confiriéndole cierto carácter fantasmagórico.

Había conducido durante todo el día y estaba demasiado cansada para dar un paseo, así que decidí ir a la fonda que, por suerte, todavía estaba donde la recordaba, aunque reconvertida en un pequeño hotel de bajo coste.

Me pareció reconocer un rostro de m infancia en la recepcionista y su modo de frotarse los ojos tras los cristales de sus gruesas gafas confirmaron mi impresión. Antoñita, la hija del panadero, me miraba con los mismos ojos de catorce años antes. Ya no llevaba trenzas, ni vestido de nido de abeja, pero era inconfundible. Nos fundimos en un gran abrazo y, en apenas unos minutos, conversábamos como si no hubiera pasado el tiempo.

Por ella conocía por fin la razón por a que mi tía Elvira me arrancó de cuajo de mis raíces y de las suyas y dejó el caserón para siempre. Ella me contó la historia que circulaba por el pueblo desde hacía años, y que todo el mundo menos yo conocía. Mi tía Elvira sufrió una de las cosas más terribles que había oído. Cuatro mozos la cogieron el día de la verbena y la violaron hasta que la dejaron como un juguete roto. Reconoció a los dos hijos del farmacéutico y así se lo dijo a sus padres, que fueron a pedirles cuentas, pero no quisieron denunciar. La niña ya tenía bastante con la vergüenza que iba a pasar en el pueblo como para hacerla pública ante más gente. A cambio de no denunciar, los padres de los muchachos prometieron llevarlos fuera del pueblo y no regresar nunca. De los otros dos, nunca más se supo.

La pobre Elvira llevó desde entonces una vida monacal, por mandato de su madre. Se sentía tan avergonzada como si toda la culpa fuera de ella. Así siguió durante muchos años hasta que la temprana muerte de su hermana le hizo mudarse a otra ciudad para cuidarme y dejar el caserón solo para las vacaciones. Mientras tanto, el farmacéutico cumplió su promesa y no volvió a ver a aquellos monstruos.

Pero, justo el verano en que yo cumplía catorce años, cuando la tía Elvira había adelantado su viaje para que la casa estuviera lista, unos de los chicos que poblaban sus pesadillas se plantó ante ella. Su padre había muerto y ya no se sentía atado por ninguna promesa. Tenía muchos más quilos y mucho menos pelo, pero sus ojos inyectados en sangre seguían idénticos a los de aquella noche.  Antoñita, que pasaba por allí, oyó lo que decía

-Vaya, Elvirita. Ya sé que tienes una sobrina tan guapa como tú. Ha sido verla, y regresar a aquella noche de verbena. Lo que daría por repetirla…

No pude seguir escuchando.  Dejé a Antonia con la palabra en la boca y me fui a mi habitación. No deshice la maleta.

Al día siguiente, subí en mi coche y emprendí el camino de regreso. Antes, saqué del maletero la urna que llevaba y la deposité en el asiento del copiloto

– Tranquila, tía Elvira, aquí no te quedas.

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