Sororidad: aquí está mi mano


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Hay sentimientos y actitudes que trascienden a todos los ámbitos y a todas las épocas, aunque no a todas las personas. La eterna contraposición entre solidaridad e individualismo es más patente que nunca en el mundo del espectáculo, donde nos tropezamos, por un lado, con egos de proporciones estratosféricas y, de otra, con iniciativas solidarias del mismo o mayor tamaño. Pero una cosa es la solidaridad  y otra la sororidad, aunque suenen parecido y puedan ser primas hermanas. Pero ese sentimiento de unión entre mujeres que es la sororidad es tan grande, tan fuerte y tan importante que ha dado lugar a películas de culto aun antes de haber acuñado e término, como las inolvidables Tomates verdes fritos o Thelma y Louise.

  En nuestro teatro, como en cualquier otro campo, puede existir o no pero, aunque no sea demasiado nombrada entre profesionales, la sororidad existe. Sobre todo, cuando nos hallamos ante determinados delitos, que se cometen contra mujeres por el hecho de serlo y que, por desgracia , vemos todos los días.

La sororidad consiste, como ya dije en su día en otro espacio en una «relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento. Una definición acertada pero demasiado fría para lo que implica.

Sororidad viene del latín «soror», que significa hermana, como el título que se da a algunas monjas. Pero nada tiene que ver con la religión y poco con la familia entendida en el sentido tradicional. Mucha relación guarda, sin embargo, con la fraternidad, en el sentido de tejer redes de solidaridad y apoyo, según yo lo entendí desde que leí por vez primera a Marcela Lagarde.

Pero no me voy a poner pesada con definiciones e ideas filosóficas y voy a tratar de ser práctica. Y, sobre todo, a contar a qué santo viene ahora dedicar este estreno a un término que, por suerte, ya va siendo no solo conocido sino aplicado. Un ejemplo sería el famosos “yo si te creo, hermana” con el que salieron las mujeres a apoyar a la victima de la Manada hoy condenada. Aunque he de matizar que en este caso si bien la expresión era muy sorora, sin duda,  lo cierto es que el tribunal –salvo el voto discordante, del que no opinaré- creyó a la víctima y se reprodujo lo que ella contó en los hechos probados de la sentencia. Lo que difería no era tanto el creerla o no  sino a interpretación jurídica de tales hechos. Hoy el Tribunal Supremo ya ha zanjado la cuestión al entender que, como defendía acusación y Ministerio fiscal, había violación. Asunto zanjado…o al menos zanjado en el primer asalto, que nunca se sabe.

Un caso paradigmático de sororidad sería el movimiento que se dio en redes sociales y otros ámbitos que instaba a las mujeres a contar lo que durante mucho tiempo habían callado porque ahora se había tejido esa red que no las dejaría caer aunque se lanzaran al vacío en un triple salto mortal. Se trataba, obviamente, del ·MeToo y sus distintas versiones, que ha logrado que muchas mujeres salieran del armario del silencio, la incomprensión y el sufrimiento. Casi nada

En este línea traigo hoy una propuesta que me ha llegado desde los lápices  el corazón de mi querida amiga e ilustradora, @madebycarol, cuya imagen dice mucho más que mil palabras, como decía el refrán. Se trata de algo tan simple como ofrecer la mano, hacer un público anuncio de que tenemos las manos tendidas para toda aquella que lo necesite por sentirse amenazada, intimidada, humillada o de cualquier modo en peligro. Sin necesidad de probar nada, que ahora no se trata de un juzgado y el miedo es libre. Aquí está mi mano. Tómala en cuanto la necesites.

No podemos perder de vista que, mientras nadie se plantee cambiarlo, la denuncia  es requisito de procedibilidad en los delitos contra la libertad sexual, y también en otros como las amenazas leves fuera del ámbito de la pareja o el acoso y vejaciones injustas. ¿Qué significa eso? Pues nada menos que el hecho de que podrían estar violando a una mujer delante de nuestras narices y si ella no denunciara, no habría nada que hacer y el autor podría irse tranquilamente en busca e su siguiente víctima, que podría ser cualquiera. Por ello, que la persona que sufre un ataque de este tipo se sienta apoyada es esencial no solo para ella sino para también muchísimas otras mujeres, víctimas potenciales de ese delincuente que se sale de rositas.

Pero no solo eso. Pienso en cualquier niña, cualquier adolescente o cualquier mujer que se ve perseguida. En todas esas veces en que nos hemos visto obligadas a apretar el paso, a meternos en un portal o en cualquier establecimiento para protegernos,  en que agarramos las llaves en la mano,  cruzamos de acera o cambiamos la ruta para esquivar a alguien. En todos esos casos, y en todos los que podamos imaginar, hemos de estar ahí con la mano tendida, con el corazón abierto y la sororidad preparada para desplegarse con toda su fuerza protectora.

Es sencillo, y a la vez es muy grande. Y sus efectos pueden ser enormes. Así que yo no dudo en tener mi mano preparada para que la coja esa mujer que la necesita. Y hoy, el aplauso es para quienes decidan también estar ahí. ¿Eres tú una de ellas? Espero que sí. No por mí, sino  #PorEllas

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