Recuerdos: togas con memoria


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Los recuerdos, sean de un época cercana o más lejanos, configuran nuestra vida y moldean nuestro carácter. No seríamos de la manera que cada cual somos sin nuestros recuerdos, y eso es algo de lo que cine y el teatro echan mano continuamente. Ya Hitchcock titulaba a una de sus películas Recuerda, y la emblemática Rebeca empezaba diciendo aquello de “Anoche soñé que volvía a Manderley”. El mundo del cine está lleno de títulos con Algo para recordar, y el miedo a no ser recordado es algo no solo propio del ser humano sino que incluso trasciende más allá de la muerte, como ocurría en Coco, cuyo tema muestra repetía Recuérdame una y otra vez.

Los recuerdos también tienen su hueco en Toguilandia, como en cualquier otro ámbito. Y cuanto más tiempo lleva una, más de ellos se acumulan en la memoria. De hecho, muchas de las cosas que he contado en tatos estrenos de nuestro teatro no hubieran sido posibles sin mis recuerdos de casi 27 años de fiscal, así como sin los de mis compis y su generosidad a la hora de compartirlos.

Distinta de los recuerdos es la memoria, aunque guarda íntima relación con ellos, porque es algo así como el recipiente donde se almacenan los recuerdos. Como no podía ser de otro modo, la memoria tiene algunas aplicaciones jurídicas, como son la ley de la memoria histórica  o la existencia de instituciones como la prescripción o la usucapión, que confieren efectos jurídicos al paso del tiempo. Otras manifestaciones vendrían dadas por el llamado derecho al olvido, algo así como la contrapartida de la memoria en la vía digital. Pero hoy, más que de Derecho, quería hablar de hechos, aunque a veces hecho y derecho no resulten fáciles de separar.

Los recuerdos, propios y ajenos, son muy importantes en nuestro teatro, tanto que pueden marcar a que lado de la línea que separa absolución de condena cae la sentencia. Cualquiera que hay actuado o haya asistido a un juicio habrá visto que gran parte de los interrogatorios comienzan por un “¿recuerda usted qué pasó el día x?”, que sirve de introducción para pedir al declarante que relate los hechos de que conozca. Aunque esa frase a veces es mucho más, lo aseguro, y sirve como un comodín -no sé si el de la llamada o el del público, pero tanto da- para esos casos en que por alguna razón -el compañero no te dejó nota al respecto, por ejemplo- no tienes ni repajolera de quién es ese testigo y de qué narices va a hablar. Suele funcionar, aunque se pasa más de un mal rato. Y en ocasiones da lugar a situaciones pintorescas, como en algún caso en que simplemente se habían confundido en la citación y el testigo no es testigo de nada. En uno de esos casos, me contaba una compañera de  una testigo que, preguntada si había visto la agresión de un hombre a una mujer en la calle, dijo que ella a esos señores no les conocía de nada, pero que su señor esposo sí que le pegaba a ella, dejando ojipláticos a los presentes y motivando que se tuviera que deducir testimonio e investigar a  su referido señor esposo. Ignoro cómo acabaría aquello, pero me encantaría saberlo para comprobar si es cierto eso de que la verdad siempre acaba saliendo o, en términos cinematográficos, que el criminal nunca gana.

Tal vez de lo que más  recuerdos atesoro es de cómo eran las cosas cuando llegué a Toguilandia, en relación a cómo son ahora. Incluso me puedo retrotraer un poco antes, ya que mi condición de hija de abogado hizo que estuviera familiarizada con los expedientes, al menos en lo que a forma se trata. Y ahí, aunque creamos que estamos retrasados -que lo estamos- hemos avanzado un mundo.

En el despacho de mi padre, trabajaban con máquina de escribir -una Olivetti que escribía con letra inclinada que aún conservo-, papel cebolla y papel de calco. Para quien no lo sepa -conocer la existencia del papel de calco es inversamente proporcional al número de canas en la cabeza, si es que se conserva pelo-, eran unas hojas de papel negro que machaban todo lo que tocaban -también se llamaba papel carbón- y se utilizaban para hacer copias de lo que se escribía. Ni corta y pega , ni fotocopia, ni posibilidad de borrar lo escrito, como no fuera con pegote de típex, ni nada parecido. Y había que dar a las teclas con energía porque en caso contrario no se marcaban las letras en las copias que, ignoro por qué razón, se hacían en papel cebolla, un papel finísimo y transparente que se rompía a la mínima. Con el tiempo, pasaron a sustituir esa máquina por una eléctrica, que por aquel entonces era la envidia de mis compañeros de facultad porque tenía una función de borrado de lo más moderno para entonces, tecleando retroceso y poniendo el pegote de típex de forma automática. Tecnología punta, oiga, que me dejaba los apuntes niquelados. Solo diré que cuando llegué a mi primer destino, aunque los despachos ya habían pasado a la era de la informática, me encontré con una Olivetti igual que la desahuciada del despacho de mi padre, y que tuvieron que pasar varios años para que viéramos un ordenador por los juzgados. Eso sí, en casa ya teníamos, costeados, por supuesto, con nuestro dinero.

Pero la tecnología no solo afectaba al modo de hacer los escritos y sus copias, también a algo fundamental: las búsquedas de leyes y jurisprudencia. Hasta no hace tanto tiempo eran manuales, y había que estar pendiente del BOE y pasar con infinita paciencia todas aquellas hojas tipo sábana hasta dar con lo que buscábamos – o no- . La jurisprudencia, por su parte, se buscaba en unos tomos enormes de Aranzadi, clasificados por años y editados en un papel semejante al de las biblias de mi colegio de monjas -o al famoso papel cebolla- que tenía un índice con palabras clave. Lo recuerdo bien porque mi primer trabajo en la facultad versaba sobre las sentencias sobre delito de aborto del año 1958 y, aunque me gané una matrícula de honor, perdí unas cuantas dioptrías en el intento.

Hay que aclarar que por aquel entonces ni las sentencias ni los escritos eran tan largos como ahora, y las citas de jurisprudencia se limitaban al párrafo adecuado al caso, no a toda la sentencia citada ni a la retahíla a que ésta a su vez redirige en un bucle eterno. Es obvio que, al tener que teclear -o escribir a mano para que otro teclee- palabra por palabra, la selección tenía que ser mucho más cuidadosa. Hoy en día los adelantos tecnológicos -el cortaypega fundamentalmente- tienen el riesgo de privarnos de gran parte de la creación intelectual al caso concreto en pro de una sucesión de citas. Y. como sabemos, ni tanto ni tal calvo. En el punto medio está la virtud por más que cueste encontrarlo.

Supongo que si el día de mañana alguien se encontrar mi despacho tal como está hoy, también alucinaría con la profusión de pósits -siguen siendo indispensables para mí- y de expedientes en papel con fotocopias repetidas del mismo documento una y otra vez. Aunque el verdadero problema es que con los medios de los que se dispone en algunos sitios, o con esos programas informáticos que dan más trabajo del que quitan, mucha gente alucina ya, sin necesidad de viajar al futuro. Porque la Justicia sigue siendo la hermanita pobre de la Administración.

Y esto es todo por hoy. Dejo ya el modo Abuela Cebolleta contando batallitas para volver a la realidad y dar el aplauso de hoy, que va destinado, por supuesto, a quienes han sabido y saben adaptarse a los tiempos. Porque ni cualquier tiempo pasado fue mejor ni siempre en el futuro está la respuesta.

 

 

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3 pensamientos en “Recuerdos: togas con memoria

  1. Bonito post. Me ha traído a la memoria mis comienzos. Localización de previas en el libro registro o mi primer asunto de oficio, una alcoholemia en la que mi cliente me juraba que no iba conduciendo y la Guardia Civil narró que el tipo llegó a vomitar el etilómetro después de parar el coche a duras penas. Un cordial saludo y gracias por el post.

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  2. Pingback: Inventos: lo que aún no existe | Con mi toga y mis tacones

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