#hombresyalgunasmujeres: no me esperes a cenar


 

NO ME ESPERES A CENAR

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Creo que he llegado a un punto sin retorno. No puedo seguir accediendo a todo lo que me pide. Al principio tenía gracia. El descubrimiento de cosas nuevas, la atracción por lo prohibido y esa manera suya de hacerme sentir la reina del universo me atraparon. Pero poco a poco la cosa fue subiendo de tono hasta alcanzar un nivel insoportable. Y ahora me veo atrapada y no encuentro el modo de salir.

No sé cómo pude ser tan tonta. Me dejé engatusar por aquellas palabras dulces y picantes a la vez, unas palabras que nunca había oído antes. Yo, que estaba harta de ser el patito feo entre mis amigas, de resignarme a que ellas encadenaran un novio tras otro mientras yo me limitaba a ejercer el papel de confidente, me encontraba de pronto en la situación opuesta. Era ahora la protagonista, la guapa, la deseada, la que contaba a las amigas mi historia de amor mientras ellas me escuchaban boquiabiertas. Paladeé por vez primera la sensación de ser envidiada en lugar de envidiar. Y me gustó. Tal vez fue lo que más me gustó de toda la historia.

Lo conocí en un chat de contactos. Hablamos de lo divino y de lo humano -más de lo humano que de lo divino- y tras un par de semanas, no me pareció extraño que me pidiera una foto. El también me enviaría una suya, claro.

Cuando vi la imagen de él que me devolvía la pantalla, me entraron sudores fríos. No podía creer que aquel Adonis de pelo rubio y pectorales marcados se hubiera fijado en mí, la feúcha, la sosa, la que siempre escuchaba eso de que te quiero solo como amiga.

Después, entré en pánico. A ver qué fotografía podría enviarle para no decepcionarle. Decidí recurrir a una de mis amigas, muy ducha con los programas de retoque de imagen, y entre las dos construimos un retrato que era yo sin ser yo. Una luz velada, un poquito de tijera en mis caderas y mi abdomen, correcciones la nariz y barbilla, y tacones de vértigo para parecer diez centímetros más alta y lo habíamos conseguido. Nadie se resistiría a aquella muchacha de la foto que era yo si ser yo.

Su respuesta no me defraudó. Demostró tanto entusiasmo por mí como yo por él. Todo parecía ir a pedir de boca. Seguíamos hablando de todo y de nada, y yo ya no podía vivir sin esas conversaciones. Soñaba con él y con el momento en que nos encontráramos, y a la vez temía que llegara. Así que fui demorando el momento mientras me ponía a dieta para parecerme a quien él creía que era yo.

Llegó un momento en que no se conformó con chatear. Teníamos simulacros de sexo a través de nuestras descripciones y un mal día me pidió una foto desnuda. Ya había adelgazado lo suficiente como para parecerme a la chica de la foto que era yo sin ser yo y, aunque me resistí un poco, acabé accediendo a sus ruegos. Me convenció, y me hice una foto en penumbra, desnuda, en la que apenas se veía mi rostro. El dijo que lloró de emoción al verme, y fui tan ingenua que lo creí.

Cada vez eran más frecuentes sus peticiones. Los ruegos se convirtieron en órdenes y las zalamerías en amenazas. Cuando quise poner fin, él ya tenía más de diez vídeos míos en actitudes íntimas, y me advirtió que, si dejaba de acceder a lo que me pedía, los difundiría por todo el instituto y los haría llegar a mis padres.

Así que no me quedó otro remedio que continuar. Ya solo me movía el terror, y cada vez me daba más asco a mí misma.

Hoy me ha exigido que nos veamos. Tengo miedo de ir, y también de no ir, porque se ha cuidado de advertirme lo que ocurrirá si falto a la cita. No veo salida. O más bien, solo veo una salida.

 

Nunca he sido partidario de hurgar en la intimidad de mi hija, pero aquel día una fuerza irresistible hizo que me asomara a la pantalla de su ordenador y me sentara a leer, como si un imán me atrajera sin remedio.

Conforme leía, la angustia se apoderaba de mí. En la última frase, el corazón parecía salírseme del pecho.

Rebobiné la cinta de las relaciones con mi hija los últimos meses. Me asusté pensando que preferí permanecer en la zona de confort, achacando los cambios a la adolescencia como un peaje indispensable en el cambio de niña a mujer ¿Cómo pude estar tan ciego?

No supe qué hacer hasta que me encontré aquella nota fijada con imán en la nevera: “no me esperes a cenar”.

El corazón me dio un vuelco. Solo podía significar una cosa. Tenía que evitarlo.

Le envié infinitos mensajes y llamadas. Sin respuesta. Apagado o fuera de cobertura. Desesperado, llamé a la policía y a emergencias. Traté de explicarme, pero un mensaje en la nevera y una frase en su ordenador no les parecían alarmantes.

Busqué entre la gente que conocía, recorrí las zonas que frecuentaba. Nada.

Al cabo de un rato, recibí un mensaje de mi hermana. Me urgía a que pusiera el informativo de la tele.

En la pantalla aparecía mi hija. Era la manifestación del 8 de marzo. La entrevistaban en directo. Ella hablaba muy segura de los derechos de las mujeres.

Tardó una hora más en llegar. No hizo falta preguntarle. Mi cara descompuesta, mi modo de recibirla como si hiciera siglos que no la había visto y la tapa levantada del ordenador fueron bastante expresivos.

-Papá, por dios. Solo es una historia que me cuenta una amiga. No te preocupes

Me había convencido cuando recibí un mensaje en mi móvil. Abrí el archivo adjunto y ví a mi hija desnuda. No pude seguir mirando.

Fui a su cuarto y la arropé como cuando era niña

-Pase lo que pase, estaré a tu lado.

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2 pensamientos en “#hombresyalgunasmujeres: no me esperes a cenar

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