Educaciòn: lo imprescindible


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La educación es algo tan necesario que, sin ella, no habría cine, ni teatro, ni ningún tipo de arte. Sin educación no habría artistas y, si me apuran, no habría espectadores, porque el arte casa mal con la falta de educación. Sin ella no habría títulos como La lengua de las mariposas o La mala educación. Y no habría, desde luego, documentales como Maestras de la República o, en el otro espectro de la vida, series como Crónicas de un pueblo

   No es sencillo distinguir entre educación y formación y con frecuencia se confunden ambas. Pero no son lo mismo, aunque puedan ser primas hermanas. Conozco personas a las que las vicisitudes de la vida les privaron de formación pero poseen una exquisita educación y personas educadas en los colegios más elitistas que carecen por completo de ella. Lo ideal es, desde luego, poseer ambas, pero no es fácil, aunque no sea imposible. Conozco mucha gente en que sí convergen.

En estos días se habla mucho de adoctrinamiento en la escuela, con el llamado pin parental incluido, pero si la cosa sigue así, se abusará tanto de esta palabra que acabará dejándose sin contenido. No se hablaba de ello, sin embargo, en mi infancia más remota y mucho antes, a pesar de que las escenas de niños y niñas segregados por sexo, cantando el Cara al sol, estudiando una asignatura llamada Formación del espíritu nacional y asumiendo el Manual de la buena esposa de la Sección femenina como libro de cabecera para las futuras mujeres Algo tan cercano al adoctrinamiento que la serie que he citado en primer término, Crónicas de un pueblo, no se ha repuesto jamás porque, según leí, era obligatorio introducir en cada capítulo un artículo del Fuero de lo españoles. Que conste que yo recuerdo lejanamente la serie, con un cartero inolvidable, pero no tengo conciencia de mucho más, porque era muy niña cuando cambió el régimen. Solo me acuerdo de un libro que decía de García Lorca que «murió en extrañas circunstancias» y que, cuando pregunté qué extrañas circunstancias eran esas, fue respondido con un “de eso no se habla”.

Cada día percibimos en Toguilandia la existencia de personas que, desde cualquier sitio de nuestra función, tienen una educación exquisita. Personas que no ponen el grito en el cielo cuando no les atienden en el acto o no les dan la solución que pretenden, que confían en el quehacer de su letrada o letrado y respetan a quienes vestimos toga como debería hacerlo todo el mundo. Siempre me producen ternura esas señoras mayores que llegaban dos horas antes de empezar su juicio de faltas “no vayan a tener que esperar por mí”. Y se vestían de domingo, como en las ocasiones importantes de la vida.

Al otro lado de la escala imaginaria están quienes gritan a cualquier cosa, quienes interrumpen y quienes, a pesar de que se les dice una y mil veces que no pueden hacer gestos de aprobación o desaprobación, no dejan de darse golpes de pecho y mover la cabeza asintiendo o negando. Especial mención merecen los que hacen caso omiso de la indicación de desconectar el móvil y, no solo nos obsequian con música de Shakira, de Rosalía o del concursante de moda de Operación Triunfo, sino que si nos descuidamos atienden el teléfono a mitad juicio y nos dicen que esperamos, que es solo un momento, Tra tra. Por supuesto, suele coincidir con una vestimenta de lo más inadecuada, que no digo yo que haya que venir al juzgado vestido de Primera Comunión, pero tampoco es de recibo hacerlo en bañador y chanclas, gafas de sol y comiendo chicle, escena frecuente en sitios con playa. Por no hablar del cigarrillo detrás de la oreja, que no sé si es de mala educación, pero a mí me da mucho grima.

Pero de todo hay en botica. Por eso, la mala educación no solo está a un lado de estrados. Quienes somos los personajes fijos de nuestra función también podemos dar algún que otro recital de mala educación y, aunque no es lo habitual, estropea todo el buen trabajo hecho por tanta gente. Alguna vez .lo he pasado francamente mal al ver como se dirigía una Señoría a sus funcionarios o a los letrados. Por suerte es la excepción que confirma la regla, pero ojala no hubiera ni siquiera eso.

   Las ocurrencias de los acusados, procesados, investigados, imputados o presuntos culpables tienen mucho peligro, y en ocasiones hay que llamarles al orden. Ya he hablado alguna vez de aquel magistrado que, con buen tino, decía que el derecho a no declarar  comprendía la posibilidad de callar o dar otra versión, pero no de tomar el pelo a la gente.

Como he dicho, distinto de la educación, que nos viene sobre todo de casa, está la formación, que es la que se adquiere en colegios y facultades, sin olvidar que no podemos dejar de formarnos jamás. Mi hija, de pequeña, me preguntaba cuándo dejábamos de estudiar. Creo que mi respuesta, diciéndole que nunca, hizo que no se decidiera por profesiones jurídicas como sus progenitores. Lo que no sabía es que la necesidad de formación no es exclusiva del Derecho

Así que hoy el aplauso es para quienes tratan a todo el mundo con educación. Aunque no sea recíproco y den ganas de soltar cuatro frescas al interfecto

 

Enfermedades mentales: lo más delicado


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Cuántas veces el mundo del cine y el teatro ha tomado como tema central de sus historias las enfermedades mentales. Despertares, Rain man, Mi pie izquierdo, Forrest Gump, Campeones, Alguien voló sobre el nido del cuco, Joker o Una mente maravillosa, entre otras, son películas que abordan estos temas y, de paso, constituyen garantía de premio casi seguro. Y es que abren una ventana a un mundo cuya puerta no es fácil de franquear.

  No es exactamente lo mismo un enfermo mental que una persona con discapacidad psíquica, pero sí es cierto que nuestro Código Penal los mete en el mismo saco, el de la alteración psíquica. Ya dedicamos un estreno a las personas especiales, para el cual conté con la inestimable colaboración de una amiga y compañera que conoce bien el tema. Pero hoy quería dar un paso más, aunque no necesariamente hacia adelante.

En Toguilandia, como en cualquier otro ámbito, escuchamos la palabra “loco” o “loca” con más frecuencia de la que cabría desear. Ese término se ha trivializado hasta el punto de que cualquiera lo usa sin darse cuenta del terrible dolor que causa a quienes padecen enfermedades mentales. O siendo consciente de ello, que de todo hay.

Muchas veces oímos hablar de de víctimas, especialmente de mujeres, en términos despectivos diciendo que están locas. Están locas porque han denunciado a su marido, locas porque denuncian una violación o locas porque dicen cosas que no se espera de ellas. También se dice de ellos en algunos casos, pero para los hombres son más frecuentes otro tipo de expresiones peyorativas.

Lo que ocurre es que, como me explicaban en clase de Psiquiatría Forense, por alguna razón que se me escapa, se banalizan los términos que describían enfermedades según las clasificaciones oficiales, como el DSM, y acaban convirtiéndose en insultos mondos y lirondos. Y así una vez y otra cada vez que se cambia. Ahora puede que haya quien no lo recuerda, pero la idiocia y la imbecilidad aparecían en el catálogo de enfermedades mentales hasta que “Idiota” e “imbécil” se convirtieron en un insulto de uso común, y otro tanto pasó con términos como “oligofrénico” o “subnormal”, por no hablar de “psicópata” Hoy en día, cualquiera habla de esquizofrenia o bipolaridad con una ligereza que daría risa si no diera pena. Pero es como un bucle . Pensemos, si no, en toda esa gente que, como una gracia, dice eso de “cuidado, que estoy muy loko” -lo de la k parece que queda más chulo- acompañado de muecas burlonas.

Para que las enfermedades mentales tengan su efecto penal, deben tratarse de alteraciones psíquicas que impidan comprender y querer la trascendencia de ese acto concreto. Y tener, por supuesto, una base patológica, porque si se trata de algo transitorio o una mera ofuscación, hay que ir a otro número entre las .atenuantes. Esto quiere decir que el sujeto debe saber lo que hace y comprender que está mal. Aún recuerdo una estupenda explicación que dio un médico forense en un juicio sobre un chico cuyas pocas luces pretendía su defensa que le eximieran de responsabilidad. El delito era un atraco a punta de navaja y el forense, a mis preguntas, dijo que tal vez ese individuo no entendiera lo que es una exacción ilegal -que levante la mano quien lo entienda bien-, pero algo tan grueso o grosero como saber que no está bien atracar a alguien con una navaja estaba al alcance de su comprensión.

Pero las enfermedades mentales en Derecho Penal no son el todo o la nada. Hay zonas intermedias que el Código traduce como eximente completa o atenuante, si concurre alguno de los requisitos pero no todos. Algo fácil de decir en teoría pero muy complicado en la práctica

No obstante, no deja de ser curioso la cantidad de catedráticos y catedráticas de psiquiatría en el anonimato que hay por el mundo. Si me dieran un euro por cada vez que un denunciante dice del denunciado, sea mujer u hombre, que era bipolar o esquizofrénico, sería rica. Luego, mi gozo va a un pozo cuando, preguntado por si está diagnosticado el trastorno, las respuestas van desde “no, pero yo lo sé” a “ya se lo he diganosticado yo”. Hay, incluso, quien se atreve a medicar, valiéndose de mister Google o hasta a pelo, que mi prima del pueblo tomaba Diazepam y le sentaba de maravilla, oye. O, como me dijeron una vez, tomaba unas pastillas llamadas «hace pam», figúrese lo fuertes que eran.

Pero, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. El Derecho Civil tiene mucho que decir en esta materia, casi más que el Penal. Las personas con discapacidad pueden tener tal consideración en el ámbito laboral o administrativo, pero necesitan tenerlo en el civil para producir determinados efectos. Antes se llamaba proceso de incapacidad y también tenían ese nombre la sección de fiscalía y los juzgados dedicados a la materia. Ahora son personas con discapacidad -también podemos hablar de capacidades especiales o diversidad funcional, pero ese el término legal- y por fin han logrado que tal declaración pueda afectar a todas o solo algunas de sus facultades. A diferencia de lo que ocurría hasta no hace mucho, ahora, por ejemplo, pueden votar salvo que se distinga lo contrario.

Al hilo de esto está la importante función de jueces y fiscales a la hora de visitar los centros de internamiento y controlar la legalidad del mismo y las condiciones. Nada que ver con el concepto de «manicomio», que despareció hace mucho tiempo. Aunque no hay que rasgarse las vestiduras para decir que en muchos casos falta un recurso legal. He visto a madres llorar en el juzgado pidiendo un alejamiento respecto de su hijo esquizofrénico y/o drogadicto -son muy frecuentes las toxifrenias- que les pegaba, y llorar más cuando se les explica que no los pueden tener en casa si hay alejamiento. El Derecho Penal no siempre es la respuesta.

Y por cierto, voy a desmontar un mito. Eso que se oye a algún todólogo de que el acusado se declara loco y no le pasa nada es una mentira como la copa de un pino. Lo primero, porque es más que difícil dársela con queso al forense, que tiene estudios en psiquiatría. Y, de otra, porque no se sale de rositas ya que hay medidas de seguridad como los psiquiátricos penitenciarios que les son aplicables. Otra cosa es que la medida acaba con la curación y no es una pena, pero eso es otro asunto para hablar largo y tendido en otro estreno.

Tampoco vale para cuando la enfermedad mental aparece tras haber sido juzgado. Es lo que la Ley de Enjuiciamiento Criminal llama “demencia sobrevenida” y, de acreditarse, dará lugar a las medidas que correspondan, pero nunca a la impunidad sin más.

Así que solo queda despedirme. Podría hacerlo con una reverencia con la toga, como hacía un interno que teníamos en un centro, que se creía el rey, pero mejor lo hago con un aplauso, como siempre. El que esta vez dedico a quienes tratan este delicado tema, uno de los más delicados que hay

Novelas: no tanta ficción


Un-libro-es-un-libro

Como sabemos, en todos los premios cinematográficos de cierta enjundia, llámense Goya, Oscar, César o el que se precie, existe un premio al mejor guión adaptado. Novelas que se llevan al cine y cobran nueva vida. En general, suele decirse que «era mejor el libro», muchas veces porque es verdad y otras porque queda bien y es una manera de decir que lo has leído, aunque no hayas pasado de la primera página. Y, aunque hay adaptaciones que me han dejado fría, hay otras cuya transposición al cine es francamente buena, como ocurre con El nombre de la rosa o La lista de Schindler. A veces, pasa lo contrario, la novela cobra nueva vida después de su paso por el cine, algo que pasó, por ejemplo, con La voz dormida tras su triunfo en la gran pantalla. En esos casos, además, se hace una nueva edición con las caras de los o las protagonistas de la película y todo el mundo lo relaciona con ello. Es inevitable, aunque resta la magia que supone para quienes leen imaginar el aspecto de los personajes

Hoy no pretendo hacer un repaso de las películas que tratan de juicios o justicia, porque me dejaría muchas y tampoco es cuestión. No puedo, sin embrago, dejar de citar algunas maravillosas como La costilla de Adán, Vencedores o vencidos o Aquellos hombres buenos. Sin embargo, la cosa va más bien de lo que tienen que ver las novelas con nuestro teatro, en viaje de ida y vuelta. Hay asuntos que parecen novelas y hay novelas escritas sobre asuntos.

Dicen, y con razón, que la realidad supera la ficción. Y creo que uno de los mejores sitios para comprobarlo es, precisamente, Toguilandia. Allí vemos con frecuencia verdaderos dramas, pero también dejamos sitio a la comedia, al surrealismo, a la tragedia y hasta, más veces de las que quisiéramos, al esperpento. Ríase señor Beckett, pero el teatro del absurdo debió inventarse en estrados, y, más de una vez, Esperando, no a Godot sino a la celebración del juicio, pasan todo tipo de cosas.

Pero empecemos por el principio. Que levante la mano quien no haya sentido que algún procedimiento, nada parecido a El proceso de Kafka -¿o tal vez sí?-, se convierte en La historia interminable, y que ha invertido tantas horas en él que pasará mucho tiempo En busca del tiempo perdido.

También más de una vez hemos tenido la sensación de que de nada servía quejarse, si es que puede hacerse, porque llega un momento procesal que no es otra cosa que Tiempo de silencio. Una nunca sabe si se encuentra ante Angeles o demonios, pero cada nuevo recurso y contestación se convierte en una verdadera Odisea, en que como tengas un solo Día de cólera y la pifies, la puedes haber fastidiado para siempre.

Por supuesto, podemos ejercitar una Acción civil o una denuncia o querella con todas sus consecuencias, pero aunque siempre deberíamos quedarnos con la idea de que hay Crimen y castigo, no siempre ocurre así. Como fiscal, más de una vez me he quedado con Cara de Póker cuando ha llegado una sentencia absolutoria de un asunto en que me he empeñado a fondo, y supongo que ocurrirá igual con quien lleva la acusación particular. Sin embrago, en esos casos, la defensa llega a creer, y con razón, que ha llegado a Un lugar llamado milagro y, para celebrarlo, monta un Fiesta. Comprensible, desde luego.

Hay otra cosa que ocurre con frecuencia sobre todo a quienes escribimos además de toguitaconarnos casi a diario. Siempre llega alguien que te dice eso de que podrías escribir una novela de su vida, o que del argumento de tal o cual asunto daría para escribirla y nos anima a hacerlo. Hay veces que tienen razón, aunque no se puede escribir sobre casos reales sin atar todos los cabos de El consentimiento y los derechos, pero hay otros que una no sabe como decir que su historia es infumable, más larga que toda la saga de Los pilares de la tierra pero sin el mínimo interés. Y por descntado, son llegar a construir no La catedral del mar sino ni siquiera La Barraca 

En otros casos, sin embargo, los personajes piden novelas a gritos, y viceversa. Me he encontrado individuos que se parecían tanto al protagonista de Un tipo encantador que no sabía qué era antes, si el huevo o la gallina. También he pensado cuando tenía un asunto de menores en lo que les ocurría en Smokers, y si de casos de protección se trataba, que no tuvieran la vida de los personajes de Las cenizas de Ängela Y confieso que a veces, me gustaría toparme por los pasillos con El caballero de Moscú, con la protagonista de Criadas y señoras, con cada una de los Modelos de mujer de que habla el libro o con la mismísima Escarlata O´Hara, de Lo que el viento se llevó -o al menos oir Sus pasos en la escalera– pero me he de conformar con personas que defienden sus ideas como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, u otras como el mismísimo Sancho Panza, que, por cierto, nunca dijeron eso de “ladran, luego cabalgamos” ni nada parecido, sino que fue Goethe en el poema Ladrador. Como me decía mi madre siempre de pequeña, no te acostarás sin saber una cosa más. Y a mí me encanta ponerlo en práctica.

También hay quien se cree protagonista de una película cuando viene al juzgado, y nos cuenta sus Cincuenta Sombras de Grey sin ningún tipo de rubor. Incluso a veces hemos de decirles que no hace falta descender al nivel de detalle de El kamasutra. Y también hay quien nos cuenta sus andanzas como si fuera el mismísimo Don Juan Tenorio o un Giacomo Casanova redivivo. De todo hay en botica. Y más en nuestro escenario,

Y hasta aquí, el Divertimento de hoy. He de decir que me quedan miles y miles de novelas por introducir entre nuestras bambalinas, pero que no seré El egoista y las dejaré para otro estreno, siempre que haya petición de bis, claro está. Mientras tanto, como dice mi amiga Fani Grande, un aplauso a quienes leen. Y, de propina, otro a quieneas escriben, aunque muchas veces coinciden.

Macrojuicios: el tamaño importa


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A veces una cree que es cierto eso de “caballo grande, ande o no ande”, pero no siempre es así. El tamaño es una cuestión importante en el mundo del espectáculo, y, aunque no siempre las grandes producciones son sinónimo de éxito -que se lo digan si no a los productores de Cats-, no cabe duda que es más fácil triunfar cuando el despliegue de medios es mayor, por más que existan gloriosas excepciones para contradecirlo, esas películas de bajo presupuesto que cautivaron al público y multiplicaron por mil lo invertido. Entre ellas me quedo con Slumdog Millonaire, por lo que supone, Full Monty, porque el humor es lo más grande, Pequeña Miss Sunshine, por su ternura y mensaje, o Rocky, porque, vistos sus frutos, hoy resulta increíble. Y es que en el escenario Todo es posible, Las pequeñas cosas, las cosas de tamaño Gigante y hasta las Pequeñas grandes cosas.

En nuestro teatro el tamaño sí importa, aunque de la máxima de que todos somos iguales ante la ley podría desprenderse lo contrario. Y ojo, que nadie me malinterprete, que no pretendo decir que se trate de manera distinta a unas personas que a otras, sino que, más de una vez, las características del proceso, sea por el tema, por las personas que intervienen, por el número de afectados o por cualquier otra razón, hacen que sean precisas medidas diferentes que para las de cualquier otro juicio.

Que conste que no pretendo ser exhaustiva con todos los macrojuicios y/o juicios mediáticos porque, tras lo sucedido en los últimos años con temas de corrupción, necesitaría una saga de estrenos más largos que Los pilares de la tierra para nombrarlos todos. Pero me tiro a la piscina con unos cuantos, que siempre cabe una continuación, que en nuestro teatro segundas partes sí que son buenas.

Hay juicios que llaman a la gente por la temática que abordan, sea por su importancia o, por desgracia, por el morbo que suscitan, o por una mezcla de ambos. Ya conté al hablar de los delitos de odio que cuando aterricé en mi primer destino me encontré con el juicio por el asesinato de Guillem Agulló, que tuvo muchos meses ocupado a mi compañero y que, dadas sus características, hubo de ser celebrado en local diferente al juzgado -si mal no recuerdo, cedido por una entidad bancaria- y con condiciones extremas de seguridad. Por desgracia, no hemos avanzado mucho en esta materia, a pesar de que han transcurrido más de 25 años y que los condenados ya están en la calle.

También era la materia, aunque en este caso algo diferente, la que hacía que cada día verdaderas hordas de personas, entre ellos multitud de prensa, se presentaran en las inmediaciones de la Audiencia Provincial de Valencia, para presenciar el juicio por uno de los más horrendos crímenes de que se tiene recuerdo, el de Las Niñas de Alcácer. Acababa yo de llegar a Valencia -me empiezo a preguntar si tengo poder para atraer estas cosas- cuando veía cada día a mi entonces Fiscal Jefe entrar en sala teniendo que haber soportado el día anterior toda clase de teorías conspiranoicas y juicios paralelos en la televisión, que también dieron lugar a sus correspondientes juicios por los insultos vertidos. No quiero ni pensar que hubiera pasado de existir entonces las redes sociales.

A este mismo esquema responden, como si el tiempo no hubiera pasado, juicios por asuntos igual de horrendos como fue en su día en de Rocío Waninkof -mejor dicho, los juicios, que hubo varias anulaciones y acabó con una absolución que daba para mucha reflexión-, el de Diana Quer, el de José Bretón, Sandra Palo, la niña Mari Luz o el del niño Gabriel, además del inconcluso caso de Marta del Castillo, cuyo cuerpo todavía no ha aparecido. También podemos incardinar en esta categoría de juicios mediáticos por la materia el de La Manada de Pamplona, hace apenas nada. Da mucho que pensar que, a pesar de que cada vez parece existir el firme propósito de no caer en el juicio paralelo, algo a todas luces rechazable, no hay modo de evitarlo, y a día de hoy, la dura competencia por las audiencias fomenta un “vale todo” en que las grandes sacrificadas son las víctimas y sus familias.

Aunque, si de temáticas hablamos, acabamos de asistir a un juicio, televisado además, de una materia sobre la que pensaba que jamás presenciaría un juicio: la rebelión y/o sedición. Como quiera que el 23 F me pilló niña y no era consciente de la trascendencia de estos procesos, para mí el Procés ha resultado algo jurídicamente inesperado e increíble. Y he de decir que, aunque yo no seguí demasiado el desarrollo de las sesiones, tengo varias compañeras que estaban más enganchadas al juicio que al más popular de los culebrones. Hasto podíamos ponerle un nombre de tal, como Los políticos también lloran. E intuyo que aún quedan cosas por decir.

 

Otra cuestión viene, por cambiar a un tema más amable -o no- cuando la razón de el carácter mediático viene dada por la condición del sujeto activo o pasivo, especialmente si el famoso es el presunto delincuente. Contaba una compañera que las medidas tomadas cuando se juzgó a una famosa folklórica en Sevilla fueron de órdago, incluida sala, puerta de entrada y mobiliario especial. Y ni que decir tiene cuando los juzgados han sido políticos de postín y hasta miembros de la realeza pero, pese a la seriedad de algunos temas, hay cosas inolvidables. Me contaba una compañera que estaba ella en sus prácticas en la escuela judicial de Madrid cuando se juzgó a Lola Flores por delito fiscal, y que tuvo la experiencia de presenciar varias de las sesiones con quien era su tutor. Contaba que las respuestas de La Faraona eran para escribir un libro y que, además, cuando en algún programa remember salen imágenes de este juicio, sale mi compañera en prácticas, recién toguitaconada, sentada en estrados por primera vez y pasando a la posteridad.

Por lo que a mí respecta, recuerdo el divorcio de una cantante que guardaba cosas en El baúl de los recuerdos y lanzaba Flechas del Amor a diestro y siniestro con quien se encargaba de hacerle la permanente, que era un verdadero espectáculo cada vez que entraban o salían en los juzgados. O el de un futbolista, acusado por una algarada en un bar, que resultó, supongo que aleccionado por su defensa, ser la persona más educada del mundo, a pesar que su juicio se retrasó más de cuatro horas. Nada que ver con los Messi y compañía, respecto de los cuales lo peor es la gente en la puerta que les alentaba como héroes cuando eran acusados de delitos cometidos con el dinero de todos.

Y la última clase de macrojuicios, por lo que a este estreno respecta, vendría constituida por aquellos que, sin imputados ni víctimas conocidas, afectan a tantas personas o producen tales efectos que es imposible que se celebren en las condiciones de cualquier otro. En esta categoría entrarían las grandes catástrofes como el metro de Valencia -de proximísima celebración-, el Prestige,  o la intoxicación por aceite de colza. En mi memoria quedó en particular el contagio masivo de hepatitis C, conocido popularmente por caso “Maeso” cuya logística era tan compleja que las salas que se habilitaron para su celebración siguen disponibles para cosas similares con el nombre popular de “la sala de Maeso”  También los grandes juicos por terrorismo, entre los que acuerdo en especial del 11 M, aunque haya que incluir también las masacres de la Banda terrorista ETA.

Precisamente de estos juicios con múltiples afectados son de los que tengo algunas anécdotas para acabar el estreno, de ser posible, con una sonrisa. Ya conté en otro estreno la reacción de un labrador cuando deponía como testigo por la Pantaná de Tous, que dijo con toda naturalidad eso de “Ché, el Ebro·”. Y me cuenta un compañero, que en un juicio con mútiples perjudicados por daños, se encontró con que uno de ellos era citado como LODVGSL, lo que suscitó la curiosidad de todos los presentes, pensando que se trataba de alguna sociedad o grupo de capital importancia. El enigma se resolvió al saber que era, ni más ni menos, el grupo La Oreja de Van Gogh y su guitarrista, afectado en el caso, que reclamaba daños. Algo que me recuerda una ocasión en que un compañero citó a Juan Luis Guerra porque ”a él pertenecía el CD sustraído” que, por supuesto, abogaba por una tormenta masiva de café en el campo. Tal vez en juicio mediático tendría lugar si tal cosa ocurriera.

Con esto, bajo el telón por hoy. Seguro que me he dejado muchos juicios mediáticos habidos y por haber, y no descarto, de tener sugerencias, volver a ponerle este cascabel al gato. De momento, dedico el aplauso a todas las personas que han tenido que soportarlos, de uno u otro modo, y lo han llevado adelante con dignidad y sensatez. Al resto, ni que decir tiene que tomates a tutiplén,

Blabladurías: con los Abadía hemos topado


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Los dichos, refranes y frases hechas dan mucho de sí. Tanto, que muchos títulos de libros, películas u obras literarias echan mano de ellas o las usan hasta retorcerlas para provocar un efecto hilarante o cualquier otro. En el nombre del Padre, Gary Cooper que estás en los cielos, No me chilles que no te veo, El cielo puede esperar, Nunca digas nunca jamás o Amanece que no es poco son algunos de los muchos ejemplos que podemos encontrar. Seguro que se nos ocurrirían muchos más

Y lo que hoy traigo no es que me lo haya encontrado, es que me lo han reglado, aunque confieso que es un regalo muy esperado desde que supe de su existencia por un abogado, Jorge Abadía, al que le agradezco no solo el regalo sino la dedicatoria. Y seguro que quienes me leéis agradecéis a él, a su padre Gonzalo, y a sus hermano,s Javier Rafael y Alfonso la recopilación de lo que ellos llaman Blabadurías y con lo que me va a salir, a poco que me esmere, no uno sino varios estrenos preciosos. Con esta materia prima sería imperdonable que no lo fueran.

La Blabadurías son dichos retorcidos hasta provocar cuanto menos, una sonrisa, como hemos visto más de una vez en este teatro, y como vemos casi a diario en sus tables. Precisamente ahí vamos, a ver cómo podrían aparecer donde una menos se lo espera. En Toguilandia, por supuesto. Y, sí, No seas pájaro de paragüero y pienses que no me va a quedar bien, que de eso, nada. Me va a quedar un post niquelado, y lo difundiré A pompo y platillo.

Así que vamos al lío, que no quiero irme con los perros de Úbeda -salvo que sea con uno llamado Yuri, él sabe por qué- y que todo quede en agua de borrascas. Por supuesto, no voy a cortarme un pelo, que a poco que me dejen me vengo arriba y ya se sabe que no se pueden poner vallas al cielo, ni se puede estar en lo más alto de la cresta de la ola, que eso es algo de cajón de pato.

Hay quien se empeña que en los Juzgados hay que ser soberbio, callado y peripuesto para que nos tomen en serio. Pero creo que no es cuestión de qué, sino de cuándo. El sentido del humor debería de ser el primero de los sentidos, y nadie lo incluye siquiera entre los cinco a que se alude siempre. Y ya sé que me arriesgo a que alguien me diga como aquel: me parece súper interesante lo que me cuentas, así que, por favor, manténme al margen. Y por si hay alguna duda,  lo repetiré, que Nada más cierto que la realidad.

Y no es que yo quiera ser correctamente política que ya sabemos que en Toguilandia, cuando de política se trata más vale tener cuidado, que es un Tema Vudú. De hecho, yo ni entro ni corto y si alguien espera que lo haga, ya se puede quedar esperando sentado, que ni por debajo de mi cadáver. Y aunque me intenten convencer y para ello me adornen la píldora, yo como los jueces, callando, callando y con el mazo dando.

Hay que reconocer, de todos modos, que a veces las cosas se sacan fuera de tiesto, y basta con mentar cualquier juicio mediático para verlo. O mejor dicho, para oírlo, y lo digo sin actitud hacia nadie. Pero es que hay que andar con cuidado, que hoy en día los medios y las redes nos sueltan cualquier cosa y  hay gente que se lo cree a pies puntillas, que ni la Paulova en su apogeo, vamos Y por más que quieras convencerlo de lo contrario, nada, ni aunque les propongas sentarse encima de la mesa para llegar a un acuerdo. Quien no quiere atender a razones, se queda con su idea, por más que esté Rizando el bucle sin parar.

En muchas ocasiones es difícil mantener la compostura ante algunas afirmaciones de nuestro público. ¿Qué hacer cuando alguien dice que el alquilino no le paga y que por eso es un estafador con todas sus palabras? ¿O cuando explica que le pagaron en parte en dinero y en parte en especias, que lo veo echando guindas, canela y clavo al pavo como si no hubiera un mañana?. Pues hay que disimular, no vaya a ser que el cliente decida rescindir de tus servicios, por más que tú llevas trabajando en el asunto siempre al pie del camión.

¿Qué hacemos cuando alguien se empeña en contarnos que le han pillado con las manos en el carrito del helado? Pues tratar de aguantar la risa, pensando mientras tanto que en todas partes cuecen almas. Porque eso es así, y no nos vamos a arriesgar las vestiduras por reconocerlo- ¿O sí?

No voy a acabar sin contar otra cuestión tan real como la vida misma, la del individuo que pedía que le sustituyeran la pena de prisión por trabajos en beneficio de la comodidad. Pues claro, yo de esos también quiero.. Voy a ver si el Médico Florense dice que son lo más adecuado y asunto concluido. Yo, si alguien me dice eso, estoy segura de que lanzo una flecha en su favor. No me merece menos, y eso aunque su Señoría se quede Superfacta con la propuesta.

Y hasta aquí las Blabadurías de hoy. Me quedan una cuantas en el tintero para otras ocasiones, que traeré gustosa a nuestro escenario si el público pide un bis. Hoy solo me queda el aplauso para la familia Abadía, que son quienes han inspirado este estreno. Porque el sentido del humor es el mejor de los sentidos, sin ninguna duda.

Fake news: mentiras arriesgadas


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Las mentiras son, desde luego, el nudo gordiano de más de un argumento, y otro tanto ocurre con los malos entendidos, Cuando unas y otros se mezclan y retuercen , pueden dar lugar a comedias de enredo, divertidas y de final amable o a verdaderos dramas. Depende como se traten las mentiras -aunque vayan en el pack de Sexo, mentiras y cintas de video– al Mentiroso compulsivo o a La infamia que marca al alguien para siempre. En cualquier caso, lo que no se pude negar es que a las mentiras las carga el diablo, y tienen más peligro que La escopeta nacional, que un Colt 45 o que todo un Arsenal. No en vano son Mentiras arriesgadas

Las mentirasen Toguilandia son el pan nuestro de cada día, sobre todo a un lado de estrados, ya que el acusado puede, al ejercitar su derecho a no declarar contra sí mismo y no declararse culpable, mentir como un cosaco, algo a lo que ya dedicamos un estreno.

Pero no todas las mentiras son iguales ni tienen los mismos efectos. A las que hoy vamos a dedicar la función es a esa clase llamada “fake news”, un tipo de noticias falsas que ha tomado carta de naturaleza, anglicismo incluido, en los últimos tiempos, por ser especialmente aficionado a ellas algún que otro dirigente internacional con una cáscara de plátano por cabellera y un peculiar tono zanahoria en su piel.

No es que antes no existieran, sino que éramos más sencillitos y las llamábamos rumores, chismes o cotilleos, adornándolas con las virtudes de nuestro refranero cuando decía eso de “injuria, que algo queda” o “cuando el río suena agua lleva”. Siempre me he planteado lo listo que debe ser el señor Anónimo, autor, como sabemos, del refranero, para distinguir de un modo tan exquisito una injuria de una calumnia o de un vulgar insulto pero eso es, como él mismo diría, harina de otro costal.

Mis primeras Fake news, -o algo parecido, que entonces no se llamaban así y no se distinguían de los rumores mondos y lirondos- relacionadas con el Derecho las viví antes de toguitaconarme, aunque cuando ya andaba camino de ello. Las primeras fueron muy típicas de determinada época estudiantil y quienes sonrían recordándolas seguro que ya peinan alguna una cana -o ninguna, según como se mire-. Se trata de aquellos avisos de bomba especialmente frecuentes cuando había un examen. Tan frecuentes eran que un precepto del código penal sancionaba ese alarmismo. Y era curiosa la diferente reacción del profesorado: había quien se empeñaba en ignorarlo, y quien hacía todo lo contrario, pero al final el examen siempre acababa posponiéndose horas o días, según el caso. Por supuesto, nada tiene esto que ver, aunque pueda parecerlo, a los peores tiempos del terrorismo en que, por desgracia, había que tomar los avisos más que en serio.

La siguiente experiencia pre-toguitaconada fue una más de andar por casa, pero también bastante común a estudiantes de cualquier carrera. Ese momentazo en que, en la noche antes del examen que habíamos de pasar sin dormir porque nos había pillado el toro de la imprevisión, alguien suelta el bulo de que el profesor o profesora no va a hacer examen. Normalmente, se relacionaba con alguna circunstancia que lo hiciera verosímil, como la próxima jubilación del docente o algún nombramiento fastuoso, y empezaban a sonar los teléfonos -fijos, nada de móvil y menos aún de whatsapp o redes- con lo que todavía perdíamos un tiempo precioso para aprender unos cuantos artículos más del Código que fuera. Siempre recordaré la conversación surrealista con mis amigas una noche que, entre cafés y coca colas para despejarnos, acabamos con esta afirmación gloriosa “la profesora X dijo que iba a hacer examen, pero no dijo que lo iba a corregir” Y nos pareció tan coherente, oye. Las componentes de esa cuadrilla seguimos juntas, acabamos la carrera y, de vez en cuando, le recordamos a la autora su genialidad. Por cierto, hicimos el examen y lo aprobamos.

Cuando ya mi momento toga estaba mucho más cerca, hubo otra de estas noticias bastante más similar a lo que hoy conocemos como fake news. Nos habíamos examinado del primer ejercicio de la oposición, que en nuestro caso era un escrito, cuando empezó a corre por tierra, mar y aire el rumor de que se había inundado un sótano donde guardaban nuestros exámenes, y estos se habían mojado, habiendo devenido inservibles. Las reacciones fueron variadas, desde quienes lo entendieron como una segunda oportunidad del destino porque su examen era una catástrofe hasta quienes se acordaron de todos los ancestros de Santa Bárbara porque les había salido niquelado. Nunca supimos de dónde salió el rumor, ni si se llegó a mojar algo, pero puedo asegurar que los ejercicios estaban incólumes y que aprobó quien tenía que aprobar.

Una vez toguitaconada, también he visto algunas cosas que entrarían en esa categoría de fake news, aunque es ahora, con el advenimiento de Internet y las redes sociales, cuando empiezan a florecer a nuestro alrededor, y más que lo harán. Una de las más típicas es la que se relaciona con nombramientos y ascensos, de candente actualidad, y que asegura que Fulano o Zotana van a ocupar tal cartera, tal consejería o aquel puesto en la carrera. Luego es o no es, aunque lo más normal es que no sea y el o la tapada aparezca por sorpresa y deje al resto con tres pares de narices.

Nos podemos encontrar también con cosas que se hayan publicado imputando un delito a una persona o colectivo que no tengan nada que ver -de nuevo injuria, que algo queda- o que se inventen directamente una noticia. Y también, lo que es más peligroso, hay manipulaciones de noticias auténticas o interpretaciones interesadas de datos que, una vez difundidas, se repiten hasta que todo el mundo cree que son verdad y lo afirma con total seguridad.

Una de la que ya he hablado alguna vez es la noticia que de vez en cuando se expande en redes de que un Juzgado de Valencia ha dicho que «expulsar una ventosidad es violencia de género». Sé de buenísima tinta que juez y fiscal estuvieron buscando esta sentencia, por si alguno de ambos había sufrido un ataque de amnesia y jamás la encontraron. Si la recibís, fijaos que el recorte no tiene autor, ni fecha, ni nombre del periódico, algo que ya debía hacer sospechar, y además va corriendo por ahí desde 2010.

Otra de las tácticas frecuentes es partir de datos reales para difundir conclusiones erróneas. El más claro ejemplo es el de los miles de hombres que se suicidan por un divorcio injusto. Ni que decir tiene que no hay ningún estudio que relaciones cuántos de los suicidas estaban en ese trance, y además, tomaron la decisión por esa razón y no por cualquier otra como una depresión o una enfermedad terminal por poner algún ejemplo.

Y últimamente empiezan a aparecer estadísticas falsas sobre hombres asesinados por sus mujeres .curiosamente, siempre son 30, sea el año que sea- cuando se puede comprobar que no es así. También ocurre con hechos delictivos que se atribuyen a inmigrantes, a personas pertenecientes a determinados colectivos, o a menores no acompañados -a quienes despersonalizan llamándolos “menas”- para olvidar que son simplemente niños. Aunque he buscado por necesidad, no he encontrado nada -aun- al respecto en la jurisprudencia. Pero estoy segura de que no tardará en haberlo, y que si no lo encuentro yo mi compi Escarlata (@escar_gm, alias Rastreator) lo localizará. Os daré cumplida cuenta.

Por último, no quiero acabar sin hacer referencia a dos de estas fakes de toda la vida que seguro que hemos visto alguna vez. Una sería la de la niña, el perro y la mantequilla de Ricky Martin, de la que todo el mundo aseguraba que conocía a alguien que lo había visto, pero aun no he leído a nadie que lo viera. Obviamente, porque nunca existió. La otra es una que, periódicamente, aparece en las redes no sé por qué: la supuesta muerte del cantante Chayanne, que no sé quien le quiere tan mal que le mata un par de veces al año mientra el sigue de gira dando botes como un poseso. ¿Y que decir de que Elvis está vivo, o de que uno de los Beatles murió y lo sustituyeron por un doble? Pues eso, que no hemos inventado nada. Solo hemos puesto un nombre anglosajón y aprovechado el poder de difusión de Internet.

Así que hoy, el aplauso, como no podía ser de otra manera, es para quien se asegura de que una cosa es verdad antes de difundirla. Un ejercicio más saludables que una semana entera de gimnasio y a veces igual de costoso.

 

 

Historia: Algo para recordar


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El estreno de hoy es en forma de cuento. Dijo un filósofo (Jore Agustín Nicolás Ruiz de Santallana) que el pueblo que no recuerda su historia está condenado a repetirla

Pues bien , un relato sobre un episodio poco conocido de nuestra historia, que, ademá fue finalista del concurso de relato histórico del Museo L´Iber

 

LA MUJER QUE NUNCA HABÍA PROBADO UNA MANZANA

 

-Tenemos que ir al hospital

-Pero ¿por qué? Si no le pasa nada

-No le pasa nada aún. Pero le pasará. Lo dijeron muy claro. Nada de frutas, tiene una alergia terrible. ¿O es que no te acuerdas?

-Me acuerdo, sí. Pero la veo tan tranquila que me cuesta creerlo

-Vamos, por dios, no vayamos a tener un disgusto

Yo les oía desde lejos sin hacer mucho caso. Había estado merendando con unas amigas y me había zampado un trozo de tarta de manzana que me había sabido a gloria. Pero había cometido la torpeza de contarlo, y el personal del centro de día se había asustado. Mis hijos habían dejado bien anotado en mi ficha que padecía alergia a la fruta, algo que yo había sabido desde siempre. Aunque, por más que daba vueltas a la cabeza, no recordaba ningún episodio en que me hubiera pasado nada por ingerir fruta. Es más, no recordaba haber probado una pieza de fruta jamás. Salvo los deliciosos pedacitos de manzana dentro de la porción de tarta que me acababa de comer.

No me resistí cuando me llevaron al hospital, aunque sí que protesté un poco. Mi hija apareció en la misma puerta de Urgencias llegada desde Dios sabría dónde. Tenía cara de agobio.

-¿Estás bien, mamá? ¿no te ahogas, ni tienes sarpullido, ni nada?

-Como una rosa, hija

Sabía que ardía en deseos de echarme la bronca. Que, si no fuera porque el susto no le cabía en el cuerpo, me estaría riñendo por haberme dado el capricho de comer lo que no debía. Pero, desde que cumplí los ochenta años, había decidido que haría lo que me viniera en gana el tiempo que me quedara de vida. Ya había pasado bastante obedeciendo a mi padre primero y a mi marido después, y me había ganado el pasaporte a un poco de libertad.

Por las caras que ponían mi hija y mi yerno cualquier diría que, en lugar de unos pedacitos de manzana, me hubiera pimplado una botella entera de lejía. Con semejante cara de angustia y mi nada desdeñable edad, no tardaron un nanosegundo en atenderme. La médica me miraba con gesto extraño, que yo hubiera dicho que era divertido si no fuera por la vigilancia estrecha de mi hija, convertida en cancerbera. Estoy segura que abortó la sonrisa de aquella doctora en un par de ocasiones.

Me examinó de arriba abajo, me palpó por delante y por detrás y me sacó sangre, y no dejó de mirarme en ningún momento

-Estoy a la espera del resultado de los análisis, pero yo no veo nada

-Es que yo no noto nada –insistí, riéndome- Nada de nada

-Esperaremos entonces. Pero, de momento, no tiene nada. Quédense en la sala de espera hasta que les llame

Esperé junto con mi hija, que cada vez estaba más desconcertada. Si no fuera porque la conocía bien, hubiera dicho que esperaba a que me retorciera de dolor o tuviera convulsiones para demostrar que tenía razón ella. No tardaron demasiado en decir mi nombre por megafonía, y volvimos a entrar en la consulta

-Óigame, ¿Usted está segura de que tiene alergia a la fruta?

-De toda la vida me han dicho eso mis padres. No recuerdo haber tomado una pieza jamás. Y no será por falta de ganas

-Pues, si era así, está curada. Ha sido un milagro –dijo guiñando un ojo- ¿no?

-Eso será

Así es como me contó mi madre aquel episodio, protagonizado por mi querida abuela, tal como ella lo relataba. Diez años hacía de aquello y no quedaba ni rastro de la que fue. La memoria le fue abandonando poco a poco hasta dejarle vacía la mente. Y ahora era cuando el cuerpo ya empezaba a acusar la maldita enfermedad del olvido, de modo que no nos quedó otro remedio que ingresarla en un centro adecuado a sus circunstancias, a pesar de las reticencias de mi madre.

Fui yo quien me encargué de la ingrata tarea de vaciar lo que fue la casa de mi abuela y, antes, de sus padres. Hube de tirar centenares de trastos y de cosas inservibles. Mi abuela, con ese sentido del ahorro que se les quedó pegado a la piel en los duros tiempos de posguerra, era incapaz de tirar nada. Fue por eso por lo que descubrí algo que estoy segura que ella no veía desde hacía mucho tiempo. Era una vieja caja de cartón, algo más grande que las de zapatos, donde se amontonaban, sin orden ni concierto, fotografías, recortes de periódico, tarjetas postales, algunas entradas de cines de reestreno y cartas con su sobre incluido. Todo un tesoro.

Me senté en el suelo a examinar todo aquello hasta que perdí por completo la noción del tiempo. Imágenes en blanco y negro de distintos momentos me contaban no solo la historia de mi abuela y su familia, sino la de toda una generación, la de un país. Las iba clasificando por fechas hasta que un recorte de prensa me llamó la atención, Una pareja sonreía a la cámara del fotógrafo ante un puesto de fruta donde destacaban, delante de todo, unas apetitosas cajas con manzanas. En la misma página, en la parte de abajo, una fotografía de aquel mismo puesto de fruta totalmente destrozado y, junto a ella, una panorámica de un edificio asolado por lo que parecía un bombardeo.

Tuve que ponerme las gafas de cerca para leer aquello. El paso del tiempo había borrado parte de la ya pequeña tipografía. Pero, sin ninguna duda, podía verse que se trataba de un periódico del 26 de mayo de 1938. La noticia que relataba era el bombardeo del Mercado Central de Alicante, acaecido en aquella fecha y mucho menos famoso que el de Guernica. Sus víctimas no tuvieron la oportunidad de ser inmortalizadas y reivindicadas por los pinceles de Picasso, a pesar de que hubo bastantes más muertos, casi trescientos, según pude saber tras hacer las oportunas averiguaciones. Llegué a conocer casi todo lo que había publicado sobre ese terrible episodio de a Guerra Civil española, pero me faltaba un dato por descubrir: qué narices tenía qué ver aquello con mi familia y qué hacía aquel recorte de periódico en la caja con los recuerdos.

 

De pronto, una idea loca me asaltó. ¿Y si aquella sonriente pareja de fruteros tuvieran relación familiar con mi abuela? ¿Tendría algo que ver con aquella historia de la alergia a la fruta que, tras toda una vida creyendo que existía, resultó no padecer? El corazón se me desbocaba. Hice una foto al recorte con mi teléfono móvil y traté de ampliarla cuanto podía, pero no se distinguían los rasgos. Tampoco se decía nada del nombre de aquella pareja, aunque en el toldo de la parada parecía leerse algo así como “Frutas Calabuig”. No había, desde luego, ni rastro de nadie apellidado Calabuig en mi árbol genealógico. O al menos eso creía.

Se había hecho tarde. Me metí el recorte en el bolso y me marché a casa, con la desazón enganchada en mi cuerpo y en mi mente. Dormí mal y, a mitad noche, tomé una decisión. Era una locura, pero debía de hacerlo. Si no lo intentaba, jamás me lo perdonaría.

Comencé una investigación en toda regla. Fui a hemerotecas y archivos públicos, busqué en varios libros y en Internet y hasta contacté con un historiador afincado en Inglaterra, padre de una amiga de una amiga mía. Me ayudó para saber dónde buscar. Y, a cada paso que daba, me invadía la sensación de que estaba en el camino correcto

Al día siguiente de concluir mis pesquisas, fui a la residencia donde estaba ingresada mi abuela. Le estampé dos sonoros besos, que ella recibió con una sonrisa ausente, e hice lo que había ido a hacer. Saqué la foto de mi bolso y se la enseñé a mi abuela mientras cruzaba los dedos, expectante, con el deseo de que se moviera algo en su desestructurada mente. De un modo inconsciente, le apreté la mano y noté que ella apretaba la mía mientras, con voz apenas audible, canturreaba lo que parecía una nana, una nana que yo nunca antes oí. Tras ver su reacción supe que había hecho lo correcto.

En aquel bombardeo de la aviación fascista, en plena Guerra Civil, hubo cerca de trescientas víctimas. Entre ellos, el matrimonio Calabuig, flamantes dueños de la parada de frutas que aparecía en el periódico. Tras mucho rebuscar en archivos, pude saber que se habían casado en 1933, en plena República. Por fin lo pudieron hacer después de que él se divorciara de su anterior mujer, que ignoro quien sería, gracias a la ley de 1931. Encontré una inscripción de nacimiento de Eusebio Calabuig que hacía constar en una nota marginal la palabra “divorciado” escrita con elaborada letra inclinada. El mismo año de la boda nació una niña, inscrita como Concepción Calabuig Montes, los apellidos de su padre y de su madre. Comparé la fecha de ese documento, una partida de bautismo, con la partida de nacimiento que encontré en el doble fondo de un armario de casa de mi abuela que yo ignoraba hasta entonces que existiese. La fecha era la misma, pero la inscrita había perdido su apellido, sustituido por un vulgar “Expósito”. En una nota al pie, se hacía constar que aquel documento era duplicado del original, desparecido en el incendio de los archivos municipales.

No tardé en atar cabos. Aquella niña debió ser la hija de los fruteros, declarada con posterioridad ilegítima porque no era válido el divorcio de su padre. Muertos sus padres en el bombardeo, iría a parar a alguna institución y acabó siendo adoptada por una familia que nunca le dijo la verdad sobre su origen. Una familia que, incluso, inventó una alergia a la fruta para que la niña no tuviera relación con nada que le recordara su vida anterior. El pasado debía ser borrado a toda costa.

En un primer momento, había dudado de hacer lo que hice. Pero lo que sucedió eliminó todas mis dudas. Cuando le mostré la fotografía del periódico, mi abuela se convirtió en una niña de cinco años, una niña que cantaba una nana mientras me apretaba la mano y me obligaba a moverla hacia delante y hacia detrás, en un baile imaginario.

-Mami, papi –les decía con lengua de trapo mientras llenaba de babas el recorte- ¿dónde estabais? Por fin habéis venido a buscarme.

Mi abuela murió aquella noche. Tenía pintada en su cara una sonrisa que yo nunca le conocí, ni siquiera en sus mejores momentos. Era la misma sonrisa que lucía la joven frutera del recorte de periódico de mayo de 1938.

 

Mujeres: sagas en femenino


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Ya sabemos que las sagas son un filón para el mundo del cine, porque lo hemos tratado otras veces. Pero no era de esas sagas de las que quería hablar, sino de esas películas protagonizadas por mujeres y que se suponen destinadas al público femenino aunque si las viera todo el mundo -y además, las interiorizara- otro gallo nos cantara. Thelma y Louse, Tomates verdes fritos, Entre amigas, Magnolias de acero, Armas de mujer, Mujercitas… Distintos modos de tratar la relaciones entre mujeres, siendo familia de sangre o, aun sin serlo, con ese vínculo especial que convierte en familia a quienes biológicamente no lo son.

Por eso en este estreno quería hablaros de mi Nancy, cuya foto, convenientemente toguitaconada, ya ha paseado por este escenario, como símbolo de esas sagas de mujeres y de muchas cosas más. ¿Queréis una entrada? Pues que se abra el telón.

Esa muñeca es mucho más que una muñeca. Es el símbolo de muchas cosas importantes, y eso es lo que quería compartir hoy.

Cuando se abrió el telón de este teatro por primera vez, la imagen del blog era otra. No muy diferente, pero sí algo. Elaboré un collage de portada del blog con varias fotos, entre ella una de una muñeca Nancy como la de mi infancia que aparecía vestida con toga y puñetas y rodeada de libros jurídicos y una imagen de la justicia. La encontré en Internet, donde aparecía como libre -es posible que fuera la foto de una foto- y la usé para mi blog. Es más, como ya ha prescrito, confesaré que con la mejor de las intenciones la estuve usando como foto de perfil en Facebook durante bastante tiempo sin ningún problema.

Pues bien, en cuanto el blog comenzó a tener una cierta repercusión -de nuevo, mil gracias- recibí un mensaje a través del Messenger del mismo. La que se decía ser dueña de la imagen -no me molesté en comprobarlo- me requería de muy malos modos para que la retirara de inmediato “o emprendería acciones legales” contra mí. Le respondí enseguida disculpándome y diciéndole que no tenía ningún inconveniente en citarla y enlazar su blog, que pretendía ser un homenaje a la muñeca de nuestra infancia, pero del modo más agrio posible rechazó mis disculpas y por toda respuesta me dio un ultimátum. Reconozco que me quedé de pasta de boniato por las formas, y, aunque pensé que si alguien podría reclamar derechos sería la empresa Famosa, fabricante de la muñeca, que no me constaba que supiera ni reclamara nada, eliminé la imagen de inmediato. La verdad es que a día de hoy le estoy agradecida, porque eso me hizo animarme a rescatar una foto de mi hija cuando era pequeña con la toguita que le confeccionó mi madre para una fiesta de disfraces, que es la imagen que tiene desde entonces el blog y con la que ha trascendido a su ya cerca del medio millón de visitas. Además propició la historia que os voy a contar.

Ni que decir tiene que el tema de la Nancy togada me supuso un sofoco de proporciones importantes. Fue entonces cuando mi madre, como si yo nunca hubiera dejado de ser la niña que fui, me consoló diciendo que no me preocupara, que daríamos con una solución. Le dije que ya había cambiado la imagen y sonrió enigmáticamente diciendo que no se refería a eso.

Dicho y hecho. Buscó en el altillo y sacó a la luz la Nancy de mi infancia. No una muñeca igual, sino esa, la que había traído mi padre tras uno de sus viajes vestida de azafata. Mi padre, del que ya he hablado en otros estrenos, era abogado ejerciente en varios colegios de abogados -y cotizante, que entonces no había colegiación única, por cierto- y viajaba con cierta frecuencia, y nunca se olvidaba de traerme un regalo.

Como mi madre -de la que también he hablado- era modista, hizo un patrón y se puso a confeccionar una toga a medida para la muñeca, elaboración de puñetas a ganchillo incluida -sabe que no me gustan las de puntilla, manías mías-. Mientras tanto mi hermana se dedicaba a hacerle el lifting a Nancy, a untarla de crema y ponerle mascarilla en la melena para que estuviera estupenda. Y mi hija pequeña, con material de manualidades, le hizo unos zapatos de tacón de lunares como los de la portada, trabajo nada sencillo porque la muñeca Nancy tiene los pies planos, a diferencia de Barbie.

Ellas tres junto con mi hija mayor, que también estaba en el ajo y había escogido la ropa que Nancy llevaría debajo de la toga -ya sabéis que yo no me visto de revisor de tren- me presentaron a mi Nancy toguitaconada para que se me pasara el disgusto. Y mi madre añadió que así vería la causante del sofoco que la mía era mucho más bonita. Y lo era, desde luego. Y mucho más auténtica, porque lleva el trabajo de tres generaciones de mujeres unidas por un mismo fin.

Con esta pequeña historia solo quería, además de compartir algo bonito con la gente que me leéis, mostrar un ejemplo de la colaboración entre mujeres, de la unión y el trabajo, de la ilusión compartida, del querer es poder y, por qué no decirlo, de esa cosa preciosa llamada sororidad. Y aunque aquí el fin era uno, vale para cualquier propósito. Incluido el resarcimiento por el soponcio, mucho mejor que una indemnización de daños y perjuicios en toda regla.

Y al hilo de ello, enlazaré otra historia, parecida pero totalmente diferente. En otra ocasión, compartí en mi time line una imagen que me gustó de una muñequita que comprobé libre de derechos. Me contestó alguien diciéndome que ese era un dibujo de su amiga @madebycarol y le dije si podía ponerme en contacto con ella. Me dio su contacto y yo hablé con ella, la felicité por su dibujo y le dije si quería que borrara mi tuit o prefería que lo mantuviera citándola y alabando su trabajo como merecía. Optó por lo segundo y me invitó a conocer su obra. De inmediato, comenzamos una colaboración que empezó por hacerme un dibujo de una fiscalita toguitaconada con sus zapatos de lunares y que ha seguido con muchas ilustraciones más. Hoy en día somos buenas amigas y ha sido la ilustradora de dos de mis libros, y seguimos con proyectos en común. Me gusta contar esta historia por contraposición a la otra porque las cosas pueden tener distintos finales según se comporten los personajes del cuento. Y los nuestros se merecieron un final feliz, que se ha prolongado más allá. Otra saga de mujeres.

No me queda otra cosa hoy que dar el aplauso a todas esas mujeres de todas las generaciones que siguen luchando por lo que quieren. Y a las protagonistas de historia en especial. Sobre todo, a mi Nancy y a quienes hicieron posible esta historia.

Toguireyes Magos: insistimos


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No hay Noche de Reyes sin roscón, y sin todo lo que acompaña al roscón. Y, aunque cuando de películas se trata, conocemos más a Papá Noel por influencia del cine americano, no podemos olvidarnos de Los Tres Reyes Magos y la historia de la Natividad en la que tanto tuvieron que ver que se convirtió en una tradición, la de regalarnos cosas, que cualquier excusa es buena, y más si se trata de criaturas. Siempre recordaremos la cara del Carlitos de Cuéntame ante su Madelman -Dios mío, yo tenía uno igual- o al Chencho perdido de La Gran Familia ante los regalos del Padrino José Luis López Vázquez

Pero claro está que no se puede reclamar si antes no se ha pedido, y en eso consiste precisamente el cuasi contrato que tenemos con los Reyes. Hemos de redactar nuestra carta y, si es conforme, ellos vienen con el pedido. Ahora bien, los requisitos de este negocio jurídico no son moco de pavo. Nada de contratos de adhesión con claúsulas abusivas. La causa es nuestro comportamiento, porque si no nos hemos portado bien durante el año, nos traerán carbón. El consentimiento existe desde que aceptamos la existencia de los Reyes Magos como portadores de regalos por encima de Papá Noel -habría que examinar si hay,exclusividad, en cuyo caso haber recibido algo de Santa Claus anularía el contrato con Sus Majestades- Y la forma, desde luego, es bien conocida: tres Reyes de distintas procedencias montados en camellos y precedidos de sus pajes con los que, a buen seguro, tienen suscrito un contrato de trabajo como trabajadores fijos discontinuos, ya que solo reparten en este época.

En nuestro escenario hemos escrito nuestras cartas todos los años, sin fallar ni uno. Pero, o no debimos explicarnos bien, o los Reyes Magos no tenían su día cuando hicieron el reparto, pero se dejaron muchas cosas en el tintero. Pero como la perseverancia es una gran virtud, hagamos gala de ella e insistamos, a ver si de paso se da cuenta de que somos de los mejorcito del mundo mundial y nos lo merecemos todo, todo y todo.

Empezaré, para no variar, por algo que pido todos los años y que espero haber acumulado puntos suficientes para lograrlo, como hacía Don Pantuflo con Zipi y Zape hasta lograr su ansiada bici. Me refiero, cómo no, a mi bola de cristal y mi varita mágica. Con la primera espero adivinar lo que va a pasar en un futuro con esa persona que viene a denunciar, si su vida corre riesgo o no, y la segunda la usaré para ponerle remedio. Qué falta nos haría en muchos juzgados, y en especial en los juzgados de violencia sobre la mujer en los que tan difícil nos lo ponen esas mujeres que, por miedo, por dependencia, o por cualquier otra causa, se niegan a declarar contra su agresor. Que, por cierto, bien estaría que nos trajeran por Reyes una revisión del precepto que establece la dispensa a declarar, que ya le toca.

Y, al hilo de esto, voy a recordaros lo que os pedía mi buen amigo Alvaro Botías en su carta a los Reyes que eran tres cosas, a una por Rey. La primera era esperanza para poder seguir luchando, frente a los obstáculos, por la igualdad. La segunda, un buen saco de gafas moradas para ver la realidad en que vivimos y poder hacer posible esa igualdad. La tercera era cariño y apoyo para los seres queridos de las mujeres asesinadas este año. Ya puesto, os sugiero que una buena causa es la lotería solidaria para becas de estudio para sus huérfanos y huérfanas, que, aunque ya tuvo su propio estreno, no está de más recordar.

He pedido, como siempre, ayuda a mis compis, y traigo sus peticiones para que los Reyes no se olviden de nada. He de reconocer que entre mis preferidas está la de un compañero que dice, literalmente, que pide como las misses, la paz en el mundo. Aunque luego se viene arriba y añade que desea que no haya quien escupa sangre para que otro viva mejor. No puedo por menos que sumarme y aplaudir.

   Otras peticiones se hacen directamente al legislador o, mejor dicho, a los Reyes de Oriente para que se las transmitan. Entre estas está la que es un clamor entre todos los juristas y especialmente entre los fiscales: que deroguen el maldito plazo del artículo 324 LECrim y su bomba lapa incorporada. También hay quien pide, con mucho tino, que se meta mano al sistema de nombramiento del Fiscal General del Estado y que, cuanto menos, sea propuesto y cesado por el Parlamento. Otra compañera, también muy atinada, pide la ampliación del catálogo de las motivaciones que dan lugar al delito de odio, que no se nos queden fuera cosas como la aporofobia. Y me sumo al propósito de otra de mis compis, que avancemos en transparencia y comunicación, que no estaría mal llegar al siglo XXI. Yo, por mi parte, añado el anhelo de que se cumpla lo que prevé el Convenio de Estambul y el pacto de estado respecto de la violencia de género, que solo se trata de aplicar normas ya existentes. A ver que tal se entienden sus majestades con quienes controlan la fábrica de leyes y hay un poco de suerte.

Otro grupo importante de peticiones son las que afectan a la carrera fiscal propiamente, pero podrían hacerse extensivas a otras. No son cosas extravagantes, más bien básicas, como que haya concursos de traslado con cierta frecuencia, que se regulen como Dios manda las sustituciones y no sean una chapucilla, que nos quiten de encima el cáliz de hacer los estadillosy que a la hora de productividad valoren la calidad y no la cantidad, que no somos máquinas de hacer churros. Y puestos a pedir, que recuperemos la capacidad adquisitiva perdida en tiempos de los recortes. Aunque lo más importante, y que resume todo esto, es la petición de otro compañero “una miajita de respeto”. Te lo dice too y no te dice na, vaya

Y visto lo visto, se entienden peticiones más prosaicas como cortinas para unas compañeras que tapan el sol con carpetillas, un colchón en condiciones para la guardia de menores para otra -incluso, una almohada, si no es abusar- o calefacción para esos sitios donde les salen carámbanos en las puñetas de la toga. Me solidarizo, además con otra fiscal que soporta una servidumbre de paso de cuarto de baño en su despacho, porque yo lo sufrí por mucho tiempo y aseguro que es bastante incómodo. Y ojo. Una vez más, bolis que no sean verdes y pósits. Lo de los Códigos me dice otra compañera que lo deja estar porque no quiere pasarse. Y no me extraña, que sé de buena tinta de un juzgado cuyos Códigos, entre otras cosas, perecieron en un incendio y que, al pedir la reposición, se han encontrado con la respuesta de que los tiene en Internet, Verdad verdadera.

No obstante, siempre hay escépticos, así que hay quien opta `por lo de Virgencita, que me quede como estoy, y quien quiere cambiarlo todo, por eso de Peor imposible. Pero ya sabemos que el punto medio está la virtud. El verdadero problema es encontrarlo.

Por último, no quiero acabar la carta sin el encargo de mis amigos y amigas que se dedican a la abogacía, y que cada día demandan condiciones dignas para el turno de oficio. Pues bien, hacer el favor de hablar con quien sea para dárselas, que ya se las merecen, por lo que trabajan y por la insistencia.

Y con esto acabo mi carta. Y ya os digo, queridos Reyes Magos, que os adelanto el aplauso como si de arras se tratara, pero ya podéis devolverlo si no cumplís. Eso sí, si lo hacéis, jamás habréis escuchado mayor ovación. Os lo aseguro

PD (NO HAY CARTA SIN ELLA) ¿Podéis traerme una cosa extra para mí? No es gran cosa, pero me hace mucha ilusión que mis libros estén en escaparates de toda España. Por favor, por favor, por favor

 

 

Balance: adiós 2019, hola 2020


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Las tradiciones son importantes en la vida, y por eso, siempre que sean buenas, no hay que saltárselas. Y, desde luego, pocas tradiciones más arraigadas como la de hacer balance del pasado año y poner en marcha los propósitos para el año venidero. La Nochevieja siempre es una bonita ocasión para películas en las que hay Algo para recordar, pasen en El Apartamento, en Sunset Bulevard o en el mismísimo Poseidon. Y si no, que se lo digan a Bridget Jones, que bien tomaba nota en su Diario.

En mi universo toguitaconado y sus alrededores no podemos ser menos, así que voy a tratar de compartir un pequeño balance de las cosas que me ha traído el año. Espero no olvidar nada importante, pero si así fuera ya sabéis, mensajito y edito, que para eso soy el ama y señora de este escenario.

Empezaré por el final, ese apartado sobre propósitos que luego resultan ser incumplidos. Pues bien, eureka. Cumplí con los básicos, no por típicos menos costosos: dejé de fumar y me apunté al gimnasio -en mi caso es academia de ballet, que cuenta casi más- Y, qué narices, saco pecho para contarlo, que no todo el mundo lo consigue

Y ahora, vamos al lío, que no nos vayan a dar las uvas contando batallitas. Una de las partes más importantes del año ha sido personal, aunque una nunca puede deslindar del todo los aspectos de su vida. Acompañar a mi hija como Fallera Mayor de nuestra falla de siempre, Cádiz Denia, ha sido una experiencia maravillosa. Por ella y por todo lo que nos ha rodeado, empezando por la familia y acabando por ese grupo de gente que ha aparecido en mi vida con peineta y se han quedado en ella aunque no la lleven ya puesta. Ser la mantenedora -para los iniciados en el mundo fallero, equivale a hacerle un discurso de exaltación- de mi hija, y poderle regalar una visión de nuestra fiesta desde el compromiso por la igualdad ha sido maravilloso. Y compartir cada instante con ella, más. Gracias a todas las personas que han formado parte de este sueño.

En el terreno profesional, ha sido un año crucial. Con el vértigo que da la responsabilidad pero la fuerza que da la ilusión, asumí un nuevo reto: ser la fiscal delegada de delitos de odio -dicho como toca, fiscal delegada de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación, ahí es nada-, una nueva tarea en un campo en el que hay mucho que hacer pero mucho de lo que enriquecerse. En este poco tiempo, además de ponerme las pilas, ya he tenido la oportunidad de contactar con gente fantástica que lucha cada día por hacer de este un mundo mejor. Espero estar a la altura. Y aprovecho para aclarar, una vez más, que no he dejado de estar en la Sección de Violencia sobre la Mujer, esto es, de ser fiscal de Violencia de género. Acabáramos.

Lo que sí dejé, sin embargo, después de 10 años, fue la Portavocía de la Fiscalía provincial. Está claro que la duquesa de Alba puede con muchos títulos, pero una fiscalita de a pie no da para tanto. Ha sido una década bregando con los medios de comunicación, una labor intensa, con cosas buenas y malas. Me quedo, desde luego, con las buenas, con la gente que he conocido, y con el máster de comunicación que han supuesto estos años. Lo malo lo dejo archivado, aunque sea un sobreseimiento provisional que ya se sabe que quien olvida sus fallos está condenado a repetirlos -ya sé que era la historia y los pueblos, pero así me quedaba niquelado- Gracias por este tiempo.

En lo que a cursos se refiere, he tenido la inmensa suerte de pasearme por lo largo y ancho de la geografía española, empezando por mi querido Colegio de Abogados de Valencia y mi no menos querido de Cáceres, el primer colegio de fuera de mi entorno que apostó por mí. Así como es de ser bien nacida ser agradecida, no me olvido de colocarlo en lo más alto de mi particular ranking. Este año, además, he visitado por vez primera el Colegio de Abogados de Granada -ya he repetido- y el de Sevilla y he vuelto al de Barcelona -también soy repetidora- y al de Madrid. También he visitado universidades, tanto en Valencia como en Castellón y Alicante, y muchos Ayuntamientos y asociaciones de nuestra comunidad como el de Alfafar, Catarroja, Onda, Villar del Arzobispo, Alzira o Jérica, entre otros, además del de Valencia. Y tampoco me olvido de otras instituciones, como la Guardia Civil en Huesca. Soy afortunada de ser recibida siempre con tanto cariño.

Y, como no solo de trabajo vive fiscalita, he tenido una activa vida como escritora. Y, por supuesto, he vivido las consecuencias de esta vida de escritora en presentaciones varias, allá donde han querido y ha sido posible. Este año vio la luz una de mis criaturas más mimadas, porque es la más pequeñita y la más delicada, Caratrista, una novela infantil/juvenil escrita en valenciano, que aborda temas como la violencia de género y el acoso, era mi ilusión desde hacía tiempo. La colaboración con editorial Vincle la hizo posible y en la Feria del libro hicimos su bautismo de fuego. Hoy va por su segunda edición, espera su próxima traducción al castellano y muchos niñas y niñas la han leído, por su gusto o porque ha sido lectura obligada en varios institutos. Esperemos que la obligación se haya vuelto devoción y que la lectura obligada no se vuelva odiada. Y ya saben, cuando quiera, compartimos con la protagonista unas ensaimadas con mucho azúcar, como le gustan, y hablamos del libro. No sería la primera vez, que ya me he estrenado en talleres para niños y adolescentes y me ha encantado la experiencia. Lo he vivido en la Feria del Libro, en la Plaza del LLibre en Valenciá, y en Paterna, y ya tengo fechas para repetir. Caratrista se ha venido conmigo a la feria del libro, a la feria del Llibre de Pobla de Vallbona,  a Gandía, a Paiporta, a Massamagrell y a Paterna, y sigue con la maleta preparada para viajar en cuanto la llamen. Sé de buena tinta que tiene citas preparadas para el año próximo. Tenedle preparada la merienda.

Pero no ha sido la única de mis criaturas que ha viajado. Hemos seguido presentando Remos de plomo, Balanza de género y hasta Descontando hasta cinco en Alzira, Carcaixent, Villar del Arzobispo, Teruel, Granada, Cáceres, Sevilla, Barcelona, Madrid, Puerto de Sagunto, Massamagrell, Aldaia, Petrés, Jérica, El Perelló, Alcásser, Faura, Moncada, Alfafar, Mislata, Rute (Córdoba), Paterna, Paiporta, Pobla de Vallbona.

No he dejado -faltaría más- mi actividad como escritora de relatos en antologías. Y este año mis historias han formado parte de la de Valencia Escribe “A punta de relato”, de las de Generación Bibliocafé “Valencia CF, un sentiment en paraules” y “Juegos y juguetes”, de las de Descriu y Scito editores “Ucronies” y “Un viatge intransferible”, de “Femenino plura”, de varias escritoras coordinadas por Lute Pérez y de alguna colaboración más pendiente de publicación, incluso en el extranjero. Muy especial ha sido participar con mi relato sobre Maria Cambrils en el poemario que le dedicó Ana Noguera, a quien agradezco que contara conmigo, como también le agradezco que contara conmigo para su premiado llibret a la Falla del Forn de Alzira

Otra de mis actividades de este año ha sido la de prologuista, un verdadero honor para mí. Lágrimas negras, de Lute Pérez, En clave de igualdad, de Alvaro Botías y Textos y texturas, de Lu Hoyos y Evelyn Carrell han sido obras que he tenido el placer de amadrinar con mis letras. Soy muy afortunada, la verdad, y aún hay alguna pendiente de ver la luz.

Y si de amadrinar libros y escritores se trata, mi balance no puede ser mejor, porque este año he hecho dos presentaciones muy especiales. La de Rosa Montero en la feria del Libro, una experiencia indescriptible por la calidad literaria y humana de Rosa, a la que admiro desde hace tiempo, y la de Sucedió en Ruzafa, de Víctor Iñurria, una persona muy especial para mí que fue uno de los regalos más bonitos, cuando el pasado de mi familia vino a visitarme en su persona.

He disfrutado, además, de experiencias nuevas y enriquecedoras, como la de participar como ponente en el Salón del Autor o en Valencia Negra, y también la de impartir un curso on line maravilloso, el de perspectiva de género organizado por Feminicidio.net. Y no me olvido, por descontado, la maravillosa vivencia de impartir un taller literario como el que he hecho con Bibliocafé, con una deliciosa antología, “Ultravioleta”, como resultado. He sido jurado de premios literarios y también periodísticos, como el delitos de odio de la Policía local, estrenando mis nuevas responsabilidades. También he sido, una vez más, madrina de la lotería solidaria de la Fundación Soledad Cazorla, algo de lo que me siento especialmente orgullosa.

Tampoco he dejado de lado mi participación en medios de comunicación. El Mundo sigue contando conmigo para mi columna de opinión semanal, y también El Periódico de Aquí. Además, he colaborado en otros medios como El Plural, Público, Revista Libertalia o Tribuna Feminista, y contestando a quienes desde sus medios han querido saber cosas de mí. Siempre es un lujo que cuenten con una.

Para el final, el apartado de premios, como guinda del pastel . Este año he sido finalista del Carolina Planells de Paiporta de narrativa contra la Violencia de Género, del premio de narrativa corta Beatriu Civera del Ayuntamiento de Valencia y del de relato histórico del Museo L´Iber, todos ellos con sus respectivas antologías publicadas o por publicar. Y repetí el ser finalista del premio al mejor blog de 20 Minutos por este espacio toguitaconado, que advierto que ganaré el año próximo, que a la tercera va la vencida.

No me olvido de un reconocimiento maravilloso: el que me hizo ACREM por mi aportación a la lucha por la igualdad. Gracias a Paqui, a la organización, y a Alicia y Ángeles y también a Javier por currárselo tanto. Gracias por hacerme feliz.

Por supuesto, no me puedo dejar en el tintero a mi ángel de la guarda de la ilustración, Gracias Carolina (madebycarol) por tenerte siempre dispuesta a secundar mis locuras.

Y hasta aquí, mi resumen. En la parte negativa, la pérdida de dos compañeros que se nos fueron y alguna cosilla más que prefiero no nombrar por no dar el gusto a quienes pretender dar el disgusto. Así que, menos para estos últimos, mi aplauso para todas las personas que habéis formado parte de mi vida y os habéis asomado por mi escenario. El 2020, más. Y, sin hacer demasiado spoiler, ya anuncio alguna cosita que viene en camino: un libro, seguro, y algún premio que podría estar en camino. No digo más que dicen en el mundo del espectáculo que si se cuenta se gafa, y eso sí que no.

¡¡¡¡¡¡¡Feliz año nuevo a todo el mundo!!!!!!!

PD. Perdonad el momento umbralismo pero quería compartirlo con todos mis amigos y amigas que me leéis, porque os considero así.