Historia: Algo para recordar


manzanas

El estreno de hoy es en forma de cuento. Dijo un filósofo (Jore Agustín Nicolás Ruiz de Santallana) que el pueblo que no recuerda su historia está condenado a repetirla

Pues bien , un relato sobre un episodio poco conocido de nuestra historia, que, ademá fue finalista del concurso de relato histórico del Museo L´Iber

 

LA MUJER QUE NUNCA HABÍA PROBADO UNA MANZANA

 

-Tenemos que ir al hospital

-Pero ¿por qué? Si no le pasa nada

-No le pasa nada aún. Pero le pasará. Lo dijeron muy claro. Nada de frutas, tiene una alergia terrible. ¿O es que no te acuerdas?

-Me acuerdo, sí. Pero la veo tan tranquila que me cuesta creerlo

-Vamos, por dios, no vayamos a tener un disgusto

Yo les oía desde lejos sin hacer mucho caso. Había estado merendando con unas amigas y me había zampado un trozo de tarta de manzana que me había sabido a gloria. Pero había cometido la torpeza de contarlo, y el personal del centro de día se había asustado. Mis hijos habían dejado bien anotado en mi ficha que padecía alergia a la fruta, algo que yo había sabido desde siempre. Aunque, por más que daba vueltas a la cabeza, no recordaba ningún episodio en que me hubiera pasado nada por ingerir fruta. Es más, no recordaba haber probado una pieza de fruta jamás. Salvo los deliciosos pedacitos de manzana dentro de la porción de tarta que me acababa de comer.

No me resistí cuando me llevaron al hospital, aunque sí que protesté un poco. Mi hija apareció en la misma puerta de Urgencias llegada desde Dios sabría dónde. Tenía cara de agobio.

-¿Estás bien, mamá? ¿no te ahogas, ni tienes sarpullido, ni nada?

-Como una rosa, hija

Sabía que ardía en deseos de echarme la bronca. Que, si no fuera porque el susto no le cabía en el cuerpo, me estaría riñendo por haberme dado el capricho de comer lo que no debía. Pero, desde que cumplí los ochenta años, había decidido que haría lo que me viniera en gana el tiempo que me quedara de vida. Ya había pasado bastante obedeciendo a mi padre primero y a mi marido después, y me había ganado el pasaporte a un poco de libertad.

Por las caras que ponían mi hija y mi yerno cualquier diría que, en lugar de unos pedacitos de manzana, me hubiera pimplado una botella entera de lejía. Con semejante cara de angustia y mi nada desdeñable edad, no tardaron un nanosegundo en atenderme. La médica me miraba con gesto extraño, que yo hubiera dicho que era divertido si no fuera por la vigilancia estrecha de mi hija, convertida en cancerbera. Estoy segura que abortó la sonrisa de aquella doctora en un par de ocasiones.

Me examinó de arriba abajo, me palpó por delante y por detrás y me sacó sangre, y no dejó de mirarme en ningún momento

-Estoy a la espera del resultado de los análisis, pero yo no veo nada

-Es que yo no noto nada –insistí, riéndome- Nada de nada

-Esperaremos entonces. Pero, de momento, no tiene nada. Quédense en la sala de espera hasta que les llame

Esperé junto con mi hija, que cada vez estaba más desconcertada. Si no fuera porque la conocía bien, hubiera dicho que esperaba a que me retorciera de dolor o tuviera convulsiones para demostrar que tenía razón ella. No tardaron demasiado en decir mi nombre por megafonía, y volvimos a entrar en la consulta

-Óigame, ¿Usted está segura de que tiene alergia a la fruta?

-De toda la vida me han dicho eso mis padres. No recuerdo haber tomado una pieza jamás. Y no será por falta de ganas

-Pues, si era así, está curada. Ha sido un milagro –dijo guiñando un ojo- ¿no?

-Eso será

Así es como me contó mi madre aquel episodio, protagonizado por mi querida abuela, tal como ella lo relataba. Diez años hacía de aquello y no quedaba ni rastro de la que fue. La memoria le fue abandonando poco a poco hasta dejarle vacía la mente. Y ahora era cuando el cuerpo ya empezaba a acusar la maldita enfermedad del olvido, de modo que no nos quedó otro remedio que ingresarla en un centro adecuado a sus circunstancias, a pesar de las reticencias de mi madre.

Fui yo quien me encargué de la ingrata tarea de vaciar lo que fue la casa de mi abuela y, antes, de sus padres. Hube de tirar centenares de trastos y de cosas inservibles. Mi abuela, con ese sentido del ahorro que se les quedó pegado a la piel en los duros tiempos de posguerra, era incapaz de tirar nada. Fue por eso por lo que descubrí algo que estoy segura que ella no veía desde hacía mucho tiempo. Era una vieja caja de cartón, algo más grande que las de zapatos, donde se amontonaban, sin orden ni concierto, fotografías, recortes de periódico, tarjetas postales, algunas entradas de cines de reestreno y cartas con su sobre incluido. Todo un tesoro.

Me senté en el suelo a examinar todo aquello hasta que perdí por completo la noción del tiempo. Imágenes en blanco y negro de distintos momentos me contaban no solo la historia de mi abuela y su familia, sino la de toda una generación, la de un país. Las iba clasificando por fechas hasta que un recorte de prensa me llamó la atención, Una pareja sonreía a la cámara del fotógrafo ante un puesto de fruta donde destacaban, delante de todo, unas apetitosas cajas con manzanas. En la misma página, en la parte de abajo, una fotografía de aquel mismo puesto de fruta totalmente destrozado y, junto a ella, una panorámica de un edificio asolado por lo que parecía un bombardeo.

Tuve que ponerme las gafas de cerca para leer aquello. El paso del tiempo había borrado parte de la ya pequeña tipografía. Pero, sin ninguna duda, podía verse que se trataba de un periódico del 26 de mayo de 1938. La noticia que relataba era el bombardeo del Mercado Central de Alicante, acaecido en aquella fecha y mucho menos famoso que el de Guernica. Sus víctimas no tuvieron la oportunidad de ser inmortalizadas y reivindicadas por los pinceles de Picasso, a pesar de que hubo bastantes más muertos, casi trescientos, según pude saber tras hacer las oportunas averiguaciones. Llegué a conocer casi todo lo que había publicado sobre ese terrible episodio de a Guerra Civil española, pero me faltaba un dato por descubrir: qué narices tenía qué ver aquello con mi familia y qué hacía aquel recorte de periódico en la caja con los recuerdos.

 

De pronto, una idea loca me asaltó. ¿Y si aquella sonriente pareja de fruteros tuvieran relación familiar con mi abuela? ¿Tendría algo que ver con aquella historia de la alergia a la fruta que, tras toda una vida creyendo que existía, resultó no padecer? El corazón se me desbocaba. Hice una foto al recorte con mi teléfono móvil y traté de ampliarla cuanto podía, pero no se distinguían los rasgos. Tampoco se decía nada del nombre de aquella pareja, aunque en el toldo de la parada parecía leerse algo así como “Frutas Calabuig”. No había, desde luego, ni rastro de nadie apellidado Calabuig en mi árbol genealógico. O al menos eso creía.

Se había hecho tarde. Me metí el recorte en el bolso y me marché a casa, con la desazón enganchada en mi cuerpo y en mi mente. Dormí mal y, a mitad noche, tomé una decisión. Era una locura, pero debía de hacerlo. Si no lo intentaba, jamás me lo perdonaría.

Comencé una investigación en toda regla. Fui a hemerotecas y archivos públicos, busqué en varios libros y en Internet y hasta contacté con un historiador afincado en Inglaterra, padre de una amiga de una amiga mía. Me ayudó para saber dónde buscar. Y, a cada paso que daba, me invadía la sensación de que estaba en el camino correcto

Al día siguiente de concluir mis pesquisas, fui a la residencia donde estaba ingresada mi abuela. Le estampé dos sonoros besos, que ella recibió con una sonrisa ausente, e hice lo que había ido a hacer. Saqué la foto de mi bolso y se la enseñé a mi abuela mientras cruzaba los dedos, expectante, con el deseo de que se moviera algo en su desestructurada mente. De un modo inconsciente, le apreté la mano y noté que ella apretaba la mía mientras, con voz apenas audible, canturreaba lo que parecía una nana, una nana que yo nunca antes oí. Tras ver su reacción supe que había hecho lo correcto.

En aquel bombardeo de la aviación fascista, en plena Guerra Civil, hubo cerca de trescientas víctimas. Entre ellos, el matrimonio Calabuig, flamantes dueños de la parada de frutas que aparecía en el periódico. Tras mucho rebuscar en archivos, pude saber que se habían casado en 1933, en plena República. Por fin lo pudieron hacer después de que él se divorciara de su anterior mujer, que ignoro quien sería, gracias a la ley de 1931. Encontré una inscripción de nacimiento de Eusebio Calabuig que hacía constar en una nota marginal la palabra “divorciado” escrita con elaborada letra inclinada. El mismo año de la boda nació una niña, inscrita como Concepción Calabuig Montes, los apellidos de su padre y de su madre. Comparé la fecha de ese documento, una partida de bautismo, con la partida de nacimiento que encontré en el doble fondo de un armario de casa de mi abuela que yo ignoraba hasta entonces que existiese. La fecha era la misma, pero la inscrita había perdido su apellido, sustituido por un vulgar “Expósito”. En una nota al pie, se hacía constar que aquel documento era duplicado del original, desparecido en el incendio de los archivos municipales.

No tardé en atar cabos. Aquella niña debió ser la hija de los fruteros, declarada con posterioridad ilegítima porque no era válido el divorcio de su padre. Muertos sus padres en el bombardeo, iría a parar a alguna institución y acabó siendo adoptada por una familia que nunca le dijo la verdad sobre su origen. Una familia que, incluso, inventó una alergia a la fruta para que la niña no tuviera relación con nada que le recordara su vida anterior. El pasado debía ser borrado a toda costa.

En un primer momento, había dudado de hacer lo que hice. Pero lo que sucedió eliminó todas mis dudas. Cuando le mostré la fotografía del periódico, mi abuela se convirtió en una niña de cinco años, una niña que cantaba una nana mientras me apretaba la mano y me obligaba a moverla hacia delante y hacia detrás, en un baile imaginario.

-Mami, papi –les decía con lengua de trapo mientras llenaba de babas el recorte- ¿dónde estabais? Por fin habéis venido a buscarme.

Mi abuela murió aquella noche. Tenía pintada en su cara una sonrisa que yo nunca le conocí, ni siquiera en sus mejores momentos. Era la misma sonrisa que lucía la joven frutera del recorte de periódico de mayo de 1938.

 

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