Prescripción: pasa la vida


 

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El paso del tiempo es esencial en nuestras vidas y, por ello, uno de los temas siempre presentes en escenarios y pantallas. Sean Las Horas, los días –Días de vino y rosas-, las semanas –9 semanas y media-, las estaciones del año –Un verano en la Toscana-, los meses –9 meses-, o los años –el año de las luces-, la medida del tiempo siempre está presente, invitándonos a Volver. Y por supuesto, el transcurso del tiempo siempre tiene sus efectos en cuál sea el final de la obra.

    En nuestro teatro, el tiempo es muy importante. Yo diría que crucial. Los plazos, que ya tuvieron su propio estreno, marcan nuestro quehacer y nuestros ataques de nervios de cada día. Tanto, que no estamos al borde del ataque, como las Mujeres de Almodóvar, sino más de una vez sumidas totalmente en él.

Pero hoy no voy a hablar de plazos o no, al menos de los plazos procesales, sino del efecto que en Derecho supone el transcurso del tiempo. Lo que conocemos como prescripción y que, por cierto, nada tiene que ver con los medicamentos que prescriben los galenos aunque, si se nos caen todos sus efectos encima, bien que podríamos necesitar de algunos de esos medicamentos prescritos a granel

  La prescripción es de diversos tipos. Pero, sin ánimo de exhaustividad, diferenciaré entre la civil y la penal. Que no se diga que soy de las que solo vive del delito.

La prescripción, en Derecho civil, puede ser adquisitiva y extintiva. Quiere esto decir que el transcurso del tiempo tanto puede hacer adquirir derechos como hacer desaparecer obligaciones. Ahí es nada. Pero pongamos algún ejemplo, que siempre viene bien.

La prescripción extintiva es la que hace que ya no se puedan reclamar algunas deudas, porque ha pasado el tiempo y no nos hemos espabilado para reclamarlas. Porque eso que dice el refrán de que el que paga descansa pero el que cobra más no siempre se hace efectivo en el mundo del Derecho. Dependerá de la obligación de que se trate que tenga un plazo más o menos largo de prescripción, pero ojo con la pasividad que nos puede costar cara. Aunque podemos paliar sus efectos interrumpiendo el cómputo haciendo una reclamación antes de que haya pasado el plazo marcado. Eso es, precisamente, lo que distingue la prescripción de la caducidad, que esta no admite interrupción. Como ocurre con la de los yogures, vaya, que una vez se han puesto malos, nada puede hacerse para arregarlos.

La prescripción adquisitiva es otra cosa. Lo primero, tiene un nombre más chulo, usucapión, que suena como muy contundente. La cuestión consiste en la adquisición de la propiedad -u otro derecho- de un bien solo por el transcurso del tiempo. O sea, algo así como Santa Rita,lo que se da no se quita Para determinar cuánto tiempo ha de transcurrir depende de si se trata de un bien mueble o inmueble, y también de si ha existido buena fe y justo título. Porque incluso con mala fe puede acabar quedándose alguien con lo que le birló a otro, si ha pasado el tiempo suficiente para ello. Parece ser que eso era lo que se alegó para conservar alguna cosilla que se llevó de la catedral de Santiago la esposa del anterior Jefe del Estado, el dictador Francisco Franco. Y en las manos de su familia ha quedado la escultura, nos guste o no. Y yo que, cuando estudiaba Derecho Civil, pensaba que estas cosas no pasaban en nuestros días, ya ves…

Sin embargo, el instituto de la prescripción es más conocido en Derecho Penal, y supone que el transcurso del tiempo, mayor cuanto más grave es el delito, hace desaparecer la responsabilidad si durante ese tiempo no se ha hecho nada. Recuerdo que, cuando estudiaba , nos decían que el fundamento era algo así como castigar la indolencia o la ineficacia del estado en encontrar al culpable y castigarlo. O premiar lo listo que había sido el delincuente,visto desde el otro lado. Un ejemplo conocido, aunque fuera de nuestro Derecho, fue el de un famoso robo que dio lugar a una película Asalto al tren del dinero. Después del plazo, los delincuentes ya no tienen porque temer volver a su país porque vayan a ser detenidos.

No obstante, y como toda regla tiene su excepción, aquí también la hay, y muy justificada. Algunos delitos gravísimos, como el genocidio o los de lesa humanidad, son imprescriptibles. Es decir, no hay tiempo que  blanquee su negrura. Por eso se han podido seguir persiguiendo, sin ir más lejos, los horrendos crímenes cometidos por los nazis, por más tiempo que haya transcurrido cuando se localiza a alguno de sus autores.

La prescripción en Derecho Penal puede ser del delito o de la pena. En el primer caso, se da porque no se encuentra a delincuente ni siquiera para juzgarlo, y en el segundo se le ha juzgado e impuesto pena pero no la ha cumplido. El plazo, por supuesto, difiere en uno u otro caso y según cual sea el delito.

Juntamente a ella, corre la prescripción de la responsabilidad civil derivada del delito, esto es, la cantidad que se ha de pagar para tratar de resarcir a la víctima. Por ejemplo, la obligación de devolver lo robado o de indemnizar los daños. Cuando yo estudiaba, era de 15 años siempre, con lo cual podrían darse casos de delito no demasiado graves en que se había cumplido sentencia pero no pagado la indemnización, y ésta subsistía durante 15 años. Desde hace algún tiempo -reforma de 2015– se ha reducido a 5 años, con lo que se puede dar incluso el efecto contrario. Cosas de la vida. Y cuidadín cuidadín, que si alguien se larga del país tras haber robado una ingente cantidad sin haberla devuelto, aunque se le haya condenado a ello, podrá regresaren cinco años y pasear su fortuna sin ningún problema. Más cosas de la vida.

A este respecto, recuerdo que cuando preguntábamos si se daba alguna vez el caso de que el delincuente pagara o se le encontraran bienes más tarde porque le había sucedido aquello que llamaban “venir a mejor fortuna” en ese plazo de 15 años, siempre me ponían el mismo ejemplo: puede tocarle la lotería. Y pude ser, desde luego, pero yo nunca lo he visto.

Y hasta aquí este pequeño repaso al paso del tiempo. Faltaría referirme al del maldito artículo 324, el límite de la instrucción , del que ya he hablado, que se solapa a los de prescripción, pero prefiero no hacerme más mala sangre.

Así que hoy, el aplauso será, una vez más,, para los aplicadores del Derecho y el tiempo que emplean cada día en hacerlo. Porque perder el tiempo en hacer un buen trabajo no es sino ganarlo.

 

Inventos: lo que aún no existe


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Como sabemos, los inventos existen desde que el hombre es hombre, desde los tiempos de 2001 Odisea del espacio o cuando Dios creó a la mujer. Precisamente, son los inventos lo que caracteriza a la especie humana y cada uno de ellos lo que le han llevado a avanzar. La rueda o el descubrimiento del fuego y las herramientas fueron lo primero. Pero no hemos dejado de avanzar, cada vez a más vertiginosas velocidades, hasta el punto que las nuevas tecnologías dejaron de ser nuevas en cuanto las llamaron así. Y el cine es obvio que no se escapa a esta vorágine. Incluso hay películas que hablan de los propios inventos dentro del mundo del cine, como La invención de Hugo, o de la propia invención del cine por Los hermanos Lumiere.

En nuestro teatro somos más prosaicos. No hay un Leonardo Da Vinci tratando de volar y de hacer volar su genio, y nos conformamos con las cosas que sirvan para hacer nuestro trabajo más rápido y eficiente. Y, aunque no nos demos cuenta, hemos cambiado una barbaridad en el modo de trabajar en justicia, desde los tiempos de la Olivetti y el papel carbón a los que ya dedicamos un estreno, hasta hoy. Lástima que nuestro proceso en general y la Ley de Enjuiciamiento Criminal en particular no ha cambiado con los tiempos, y todavía tengamos una ley rituaria –hasta ese nombre suena viejuno- del siglo XIX, pensada para realidades del siglo XIX, por más que la tuneen y parcheen  una vez y otra.

Pero hoy quería hablar de inventos más de andar por casa, o tal vez más estrafalarios, que podrían mejorar notablemente nuestra vida en Toguilandia. Esta mañana pensaba, sin ir más lejos, en que alguien podría inventar un cuño que no llenara los dedos de tinta cada vez que se usa. Porque el otro día me ocurrió y, sin darme cuenta , debí acercarme el dedo al labio de modo que, cuando me vi en el espejo, parecía el monje asesinado  de El nombre de la rosa, con unos labios y lengua azules nada favorecedores.

Otra cosa que me planteo que debería existir es el pósit eterno. Una ristra que no se acabara nunca, para que no fuera necesario andar mendigando un taco cada vez que se acaba. Y sería ya la pera limonera si los pósits puedieran meterse dentro del ordenador y pegarse en los documentos que una escribe. Que ya sé que hay un programa que hace algo así, pero no es lo mismo. Y es que yo no sería nadie sin los benditos pósits y su positprudencia .

Y ya puesta, me encantaría que alguien inventara una aplicación, un chisme o un chip por el que, al ver a otro habitante de Toguilandia, supiera inmediatamente su nombre y qué asunto comparte conmigo. Si así fuera, me evitaría el apuro que paso más de una vez cuando se me acerca un abogado y me dice, por ejemplo “que al final en lo nuestro nos han dado la razón” y yo sonrío y asiento sin tener ni repajolera idea de quién es y de qué narices es “lo nuestro”, aunque me sepa fatal reconocerlo. Seguro que más de uno y de una sabe de lo que hablo y ha pasado por semejante trance.

Otro chisme que me encantaría tener es un lector de mente. Algo que me indicara qué narices está pasando por la cabeza de acusado o víctima, de u testigo u otro. Lo haría todo tan fácil… Es, en esencia, la bola de cristal que pido cada año a los Reyes Magos y que no he logrado que me traigan, aunque seguiré insistiendo. No obstante, sería estupendo que viniera incluido en el kit del jurista, junto a la toga y los códigos.

Aunque, si tuviera que elegir ,me pediría, sin duda, un aparato que fabricara a discreción empatía Sería fantástico que hiciera que todas las personas que nos dedicamos a esto tuviéramos la cualidad de ponernos en la piel de los demás y de actuar en consecuencia. Y, además, podría venir con la versión mega plus, que incluiría una dosis extra de paciencia y buen humor, con el configurador de sonrisas de regalo. ¿por qué no?

No obstante, y en plena ola de calor como estamos ahora, no estaría de más bajar a la tierra y agenciarnos un ventilador de togas, o mejor unas togas con ventilación y, lo más plus, un abanico que abanique solo, para poder seguir tomando notas o consultando Códigos sin dejar de tener aire. Ya sé que un aire acondicionado verdaderamente inteligente haría innecesario este invento, pero, después de muchos años sufriendo altas temperaturas en los edificios judiciales, estoy en condiciones de decir que un climatizador inteligente no existe. Y no son los padres tampoco, por desgracia.

Por supuesto, mutatis mutandi –que no se diga que no pongo un latinajo de vez en cuando- cabe pedir lo mismo respecto al frío, especialmente en esos edificios emplazados en lugares donde las temperaturas pueden convertir a una en una pingüina toguitaconada en un pis pas.

Así que ahí quedan estas sugerencias. El aplauso se lo daré a quien me proporcioné alguna de ellas, y la ovación si son todas. Mientras tanto, a esperar tocan, dando al abanico como toda la vida.

 

Figuras jurídicas: derecho y torcido


 

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Cada profesión tiene sus propias especialidades, esas cosas que solo entienden quienes pertenecen a ella y que sirven, o deberían  servir, como medio y no como fin en sí mismo. Si en el cine nos hablan de La noche americana o de Los especialistas, tiene un significado diferente del común. El problema viene cuando quienes no entienden de la materia fingen entenderla y presumen de ello, quedando muchas veces, en el más absoluto de los ridículos. No todos tenemos acceso a ser Figuras ocultas.

     En nuestro teatro hay, como en pocos ámbitos, materias y jerga propia. Pero, a diferencia de lo que ocurre con otros campos, parece que todo el mundo tiene un jurista dentro que pugna por salir y enseñar al mundo todo lo que usted no sabía sobre cuñadismo y nunca se atrevió a preguntar. Eso sí, tenemos el dudoso honor de compartir con alguna otra profesión esa característica: también todo el mundo tiene un médico o un seleccionador nacional de fútbol y opinan sobre ello sin ningún empacho en tertulias y magazinnes. Nadie se atreve, sin embargo, a hablar de Física cuántica o Biología molecular, aunque igual cualquier día después de una tanda de capítulos de Big Bang Theory alguien nos da la sorpresa. Cruzaremos los dedos para que así no sea.

Lo bien cierto es que, aunque ya hemos dedicado sendos estrenos al cuñadismo , en sus versiones analógica y digital , el Derecho es una cuestión de tracto sucesivo y continúan surgiendo los ejemplos uno tras otro. Sin ir más lejos, en esto mismo, que no hace mucho me contaban de un señor que fue al abogado hecho un lío con la inscripción de la finca que había heredado de su tío que, según decía, le habían denegado por no tener un tractor sucesivo. El pobre hombre decía que tenía una mula mecánica, pero que no le daban las cosas para tener su propio tractor.

Y es que como hablamos raro, pues si no lo explicamos la gente entiende lo que entiende y cuenta como cuenta. Así, el otro día, una víctima me explicaba muy seria en un juicio que la discusión empezó porque su pareja quería que ella, que tenía un ático monísimo en muy buena zona, le dejara el piso en su fruto. Y claro está, a ella no le parecía bien. No se pude ir dejando pisos en su fruto cono si una se hubiera caído de un guindo y se dispusiera a montar una frutería

Por su parte, una forense me contaba que una vez se le enfrentó la familia de un difunto porque no acababan con eso de la autopsia y no podían celebrar la misa de cuerpo en su punto. Prefiero ni imaginar cual será el punto ideal para un difunto, así que ahí lo dejo.

A veces además, la gente pretende ponerse pedante y dar nombres complicados a las cosas aparentemente sencillas. Ese es el caso de quien, para explicar que el juicio se había suspendido, habló nada menos que de pleitus interruptus ante la estupefacción de quines estábamos escuchando, que nos quedamos, claro está estupefactus. Tal como lo cuento.

Hay otra voces, por su parte, que dan lugar a la confusión si no se explican bien. Ya conté una vez lo que se enfadó un demandante cuando le hicieron pasar a la voz de “que pase el actor”, e indignado aclaró que no era actor, sino albañil. Pues bien,, algo parecido le pasó a una señora que quería impedir que su vecino pasara por en medio de su casa como había hecho toda la vida, cuando la abogada le explicó que era difícil impedirlo porque tenía una servidumbre. La señora, abanico en mano y dándose golpesde pecho dijo que “sierva loserá usted, que yo solo sirvo a mi familia”. Faltaría más.

Para acabar por hoy, hablaré de una medida cautelar que me tiene hablando sola. El auto de acercamiento al que ya me referí en un estreno, y al que una compañera alude como la medida cautelar del amor. Bonito ¿eh?. Se ve que, después de los hechos, las partes habían tomado la relación y estaban, según dijeron, a partir un peñón. Lo que no sé si sería el de Gibraltar o algún otro más nuestro,como el de Ifach, y menos aun cómo se las compondrían para partirlo. Pero permanecer´´e atenta para próximos estrenos por si las moscas. O, mejor dicho, por si los peñones.

Tal vez por eso se leen las cosas que se leen en algunos atestados. Una compañera guarda como oro en paño -no es para menos- uno que habla de una sustancia blanquecina y viscosa procedente, seguramente, de una cópula forniciaria. Poesía pura en su mejor expresión. Gracias por compartirlo, mi vida ya no volverá a ser la misma.

Así que hoy el aplauso lo daré a quienes me han ayudado con sus experiencias para hacer este estreno, que no sé que sería de este teatro sin todas estas aportaciones. Y uno extra, una vez más, para @madebycarol, que siempre mejora todo con sus ilustraciones.

 

Diagnóstico: ¿qué me pasa, doctor?


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Entre los temas que más gustan al público se encuentran, sin duda, las tramas médicas. Un hospital, la más modesta consulta o el más sofisticado laboratorio proporcionan el entorno perfecto para todo tipo de argumentos, desde la intriga científica de Coma, Contagio y muchas otras, hasta la comedia en Qué me pasa Doctor. Pasando, por supuesto, por series de lo más variado en cuanto a género o procedencia: Médico de familia, Urgencias, Hospital central, Ramón y Cajal, House, La Doctora Quin, Anatomía de Grey, Bones o The Good Doctor, por citar algunas.

En nuestro teatro tenemos nuestros propios médicos, las y los forenses, aunque también hay otras muchas interrelaciones con el mundo de la sanidad  Pero hoy no vamos a hablar de las batas de dentro, sino más bien las de fuera. Y no, no me refiero a la toga, aunque alguna vez me hayan llamado “la señora del batín negro”.

Lo que trato aquí de abordar es algo que deberíamos aprender de la profesión médica: que un buen diagnóstico es primordial para tratar una enfermedad, y de que sea bueno y, además, precoz, depende en un porcentaje altísimo la curación del mal. Si no es así,podrán ponerse tiritas, como al Corazón Partio de Alejandro Sanz, y podremos ponerle La venda como el eurovisivo Miki, pero no lograremos la curación.

Así que me voy a colocar el fonendoscopio toguitaconado y al ruego de “diga 33” voy a atreverme a hacer un diagnóstico de los males de nuestra Justicia. O de algunos de ellos, que esto es un blog y no la enciclopedia Espasa.

El primer diagnóstico seguro que no sorprende a nadie. A la pobre Justicia, la pariente pobre de todos los ministerios, le hace falta inversión. Para dedicar, por supuesto, a medios materiales  y personales -por más que ahora las convocatorias hayan  aumentado por fin- Da mucha penica ver las cosas que pasan como ocurría en una sede de juzgados que compartía edificio con la Delegación de Hacienda respectiva, cuya fachada era una alegoría de la realidad. La mitad derecha, ocupada por el Fisco, estaba recién pintada, limpia y reluciente; la mitad izquierda, la nuestra, había visto la última mano de pintura hacía más de una década y los desconchones estaban a la orden del día.

A ello hay que sumar, sin duda alguna, la eficiencia .Porque no solo de pan vive el justiciable, y no solo hay que asignar recursos sino hacerlo de un modo eficiente. En Casa Nostra, por desgracia, pecamos de lo contrario, y chapuzas como la digitalización en general o Lexnet en particular son el vivo ejemplo de  todo lo contrario. Es como si hubieran comprado una partida de antibióticos para acabar con un virus cuando se trata de una bacteria y, además, los adquiridos a buen precio lo fueron a punto de caducar.

Otro de los  males que veo a diario, ya en una zona mucho más pedestre, es la excesiva derechopenalización de cualquier cuestión, incluso no jurídica. El dicho popular que para quejarse de algo, dice que es de juzgado de guardia, ha hecho mucho daño, lo aseguro. Si nos descuidamos, nos denuncian en el juzgado de guardia cualquier cosa que imaginarse pueda, desde la colocación de un toldo diferente del resto de la comunidad de vecinos, haciendo alarde de una insumisión vecinal de órdago, hasta un grifo abierto en el piso de arriba. Y, por supuesto, toda clase de insultos, vejaciones, humillaciones y molestias, o las que la presunta víctima entiende como tales. Juro que he visto como denunciaban a un médico forense porque “miraba mal” al explorado, un interno en un centro penitenciario. Y es que las caídas de ojos dan para mucho y hay quien debe tomarse al pie de la letra eso de que “si las miradas matasen” porque no son una ni dos las denuncias que he visto porque, según el denunciante,  con la mirada le estaba amenazando/insultando/acosando o cualquier otra cosa. A este problema, que he diagnosticado como derechopenalización, la solución es bien clara desde hace mucho. El famoso principio de intervención mínima, que significa que el recurso al castigo que supone el Derecho Penal solo ha de utilizarse en casos muy concretos, solo cuando los hechos tengan encaje en el Código Penal y como modo de gestionar el fracaso que cualquier medida preventiva anterior ha supuesto. El problema es que se usa poco y se comprende menos. Y que,como no sabemos explicar las cosas, el justiciable se queda con la sensación de que no nos ha dado la gana hacer nada, en vez de explicarle que hay otra vía que es la adecuada. El ejemplo típico, la caída en una vía pública por causa de un socavón por obras. Denunciar al Ayuntamiento -al margen de que en algún caso pueda haber algo más- no es práctico ni eficaz, pero si no explicamos que eso se archiva en la vía penal pero que hay otra más adecuada -contenciosa o civil-, la persona que se partió la crisma en el socavón se queda con la impresión de que no le hemos hecho ni caso.

Esto me lleva a otro diagnóstico, del que ya he hablado muchas veces y que es parte del origen de este blog. Las deficiencias que tenemos en el modo de comunicar y de “vendernos”. Y ojo, que no se trata -o al menos, no solo- de la labor profesional de gabinetes y portavoces  sino de algo mucho más pedestre y sencillo. Poder explicar a quien lo reclama en particular y a la opinión pública en general por qué se hace esto y no aquello o en qué consiste la actuación realizada o el procedimiento a seguir. Nos ahorraríamos más de una crítica y muchos disgustos. E insisto, no hay que confundir secreto de sumario con secreto de confesión.

Esto es tan importante que, aunque mucha gente lo ignora, entre las funciones del Ministerio Fiscal establecidas en nuestro Estatuto Orgánico se encuentra la de “informar a la opinión pública”. No estaría nada mal, en los tiempos que corren en que fakes y desinformación son la otra cara de la moneda de las tecnologías de la información y la comunicación con todas sus ventajas, aplicarnos el cuento a nuestra día a día en Toguilandia. Así lo hacen en twitter algunos compañeros y compañeras con excelentes resultados.

Por todo eso, el aplauso de hoy es múltiple. Dedicado para quienes saben diagnosticar el mal y tratan de ponerle remedio, de explicarlo o de denunciar las carencias ante quien corresponda. Difícil pero posible.¿O no?

Y hoy, una ovación extra. La dedicada a la imagen que ilustra este estreno, confeccionada por mi hija Lucía para dar vida al Dr, Huesos, un personaje nacido en mi cuenta de twitter que cualquier día se da un paseo por nuestro teatro.

Orgullo LGTBI: álbum de recuerdos


Hoy, en el cincuentenario de la primera celebración del Orgullo LGTBI, mi toga, mis tacones y yo nos queremos unir a la conmemoración. Y lo hacemos de la manera que más nos gusta, con un cuento. Porque nunca olvidemos que, pese a todo, es posible un futuro mejor

ALBUM DE RECUERDOS

Relato incluido en la antología del colectivo Valencia Escribe Cuentos de las Estaciones y en mi antología de relatos Remos de plomo

 

-Ven, corre. Ya han empezado a caer las hojas. Ya he recogido un montón para el álbum

Ya había cumplido diez años. Era la edad en que le prometí a ella, y a mí misma, que le contaría todo. Había llegado el momento.

Ángela, con las manitas cargadas de hojas amarillas, me esperaba en la terraza, en la mesa donde cada día, desde hacía tanto, desayúnabamos mientras el tiempo lo permitía.

Fui a su lado, con mi viejo álbum en la mano. Un torrente de recuerdos parecía caerse entre sus páginas.

Lo había guardado para ese momento. Aquel álbum que con tanto cuidado confeccionamos. Hojas, fotos, entradas de cine, una postal antigua. Más fotos y más hojas. Y un mechón de pelo del mismo color miel que el de ella. Ahí comenzó todo.

La niña empezó a mirarlo con ilusión, buscando entre sus páginas el tesoro anhelado. Me pareció entrever una expresión de decepción en su carita. No encontraba nada que justificara tanto misterio

 

-Son fotos de mamá. Y hojas, muchas hojas de otoño

 

No eran las primeras fotos de su madre que veía. Nunca le oculté que, aunque llevaba mis apellidos, era ella quien la había parido. Pero le juré a ella que, llegado el momento, se lo contaría todo. Y el momento había llegado.

Estrella, la madre de Ángela, fue mi mejor amiga del colegio, de la facultad, y desde que tenía memoria. Cuando éramos niñas, recogíamos las hojas que caían de los árboles y las pegábamos en cartulinas de colores hasta hacernos un álbum. A ella siempre le encantaron esas cosas. Todavía guardaba muchos de aquellos álbumes.

Pero ése era especial. Aquel otoño fue cuando descubrimos la verdad. O cuando nos atrevimos a reconocer una verdad que veníamos conociendo toda la vida. Nos amábamos. Nos amábamos con locura, pero no era tiempo en que dos mujeres pudieran hacerlo en libertad. Tal vez por eso, ella se lo quiso negar a sí misma, y se enredaba en relaciones sexuales de una sola noche que cada vez le dejaban un regusto más amargo.

En una de aquellas se había quedado embarazada. Ni siquiera sabía a ciencia cierta quién era el padre, ni tampoco le importaba. Había decidido tener su bebé. Me lo contó entre lágrimas, mientras confeccionábamos nuestro enésimo álbum de otoño. Y entonces la besé. Y fue como si las cosas se pusieran de pronto en el lugar que habían tenido que estar siempre. Estaríamos juntas y le criaríamos juntas. Ninguna ley permitía en esa época que una criatura pudiera tener dos madres. Pero daba igual. El mundo nos vería como dos amigas y el Registro Civil le daría los apellidos que quisiera. Y nosotras sabríamos la verdad.

Ángela fue un regalo maravilloso, pero pareció dejar a su madre sin fuerzas. No se recuperaba del parto por más que hubiera pasado el tiempo suficiente. Y entonces el destino nos recordó que no debíamos tener derecho a ser felices.

El diagnóstico fue demoledor. La enfermedad no tardaría en llevársela para siempre. Yo la cuidaba, y peinaba cada día su melena color miel viendo como los mechones caían como hojas de otoño.

Cuando ella murió, Ángela no había cumplido cuatro años. Le juré que la cuidaría, que la tendría siempre a mi lado como la hija que era. Me costó mucho tener que cambiarle los apellidos por los míos, al adoptarla legalmente. Nadie había previsto ni querido prever por aquel entonces un caso como el nuestro. La hija de dos mujeres que se aman.

Ángela lloraba al contárselo. Me abrazó y, por primera vez, me llamó “mamá”. Y, entre lágrimas y risas, hicimos nuestro propio álbum de otoño, que ella quiso guardar.

No volví a ver aquel álbum hasta el día en que Ángela cumplió la mayoría de edad. Ese día me llamó para que me sentara con ella en la terraza, con las manos llenas de hojas de otoño y el álbum sujeto con una cinta violeta. Al abrirlo, vi algo nuevo. En la primera página, junto a una foto de las tres juntas, una solicitud para llevar el apellido de Estrella junto al mío. Por fin la legislación permitía esas cosas que nunca soñamos que permitiría.

-Quiero que el mundo sepa lo afortunada que he sido teniendo dos madres y todo el amor del mundo.

Mientras pegábamos nuevas hojas a nuestro álbum de otoño, lloramos juntas. Y juraría que vimos a Estrella, abrazada a nosotras, con una hoja de otoño entre sus manos.

Ubicuidad: el don


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El don de la ubicuidad sería un verdadero sueño para cualquier cineasta o director teatral. La de cámaras y esfuerzos que podrían ahorrarse si consiguieran estar en varios lugares al mismo tiempo, y más aún si lograran trasladar al público de uno a otro. Pero, al menos de momento, eso no es posible. Más allá de duplicar a las protagonistas y enviarlas, como mucho Tu a Boston, Yo a California, solo mediante la ciencia ficción puede conseguirse de momento. Una verdadera lástima.

En nuestro teatro el don de la ubicuidad sea tal vez el más deseado y el más codiciado de cuantos nos pudieran dar con una varita mágica, habida la profusión de señalamientos  y las posibilidades -tanto estadísticas como hijas de la ley de Murphy – de que coincidan al mismo tiempo. Ahora bien, un apunte previo. Hablemos con propiedad y llamemos a las cosas por su nombre, que una vez se me quejaba un testigo de que no tenía el don de la ubicación y casi me da un síncope -¿o era un simposium?- al escucharlo.

La cuestión es que tan anhelado don se ha puesto de moda en estos días debido a un incidente en exceso publicitado -en mi opinión, claro está- y retransmitido por uno de sus protagonistas. Tanto es así que por un momento llegué a dudar de si me hallaba ante un culebrón titulado Las togas también lloran o una nueva serie de ciencia ficción, al estilo del Ministerio del tiempo, llamada El Ministerio del espacio.

No voy a hablar de ese caso concreto, que ya se ha hablado bastante y no creo que dé más de sí, ni de no dicho sea de paso. Pero sí que voy a aprovechar el momento de actualidad para echar un vistazo a esa situación que se da con tanto frecuencia en nuestra querida Toguilandia.

Cuando empecé en esto, mi tutor ya me dijo que el juez tenía en su poder el arma más poderosa del mundo: el libro de señalamientos.  A ello hay que sumar ahora las competencias cada vez más compartidas con los LAJ s al respecto. Y ojo que a veces, por delegación, también en los funcionarios, que quien tiene asignada la tramitación de un asunto es quien al final acaba decidiendo los días y horas en que se señalan declaraciones y comparecencias. Obviamente, ni juez, ni LAJ ni funcionario tienen en principio el más mínimo problema de este tipo porque, como pertenecen al personal de un juzgado concreto, el mismo juzgado no señala dos cosas a la vez.

Pero fijémonos que he dicho “en principio”. Porque aunque hubo un tiempo en que esto era una verdad incuestionable, ahora o no es tan verdad o no es tan incuestionable porque con la proliferación de apaños y parches que son juzgados paralelos, jueces paralelos, refuerzos, sustituciones sin relevación de funciones y demás enturbian bastante el panorama. Y es que si en vez de crear plazas, crear juzgados, o poner sustitutos cuando toca van haciendo estas chapucillas tipo Pepe Gotera y Otilio, pasa lo que pasa. Y lo que pasa es que al final hasta a un juez pueden coincidirle señalamientos, si los tiene de su propio juzgado y de aquel en que voluntaria o forzosamente le ha tocado sustituit. Y sí, sé que voy a derribar un mito, pero ni magistradas ni magistrados tienen más poderes que el resto de los mortales. Y el de la ubicuidad, pues va a ser que no. Pero guardadme el secreto, no vaya a ser que alguna señoría se enfade por descubrir su talón de Aquiles

No obstante, quienes más sufrimos por esa coincidencia de señalamientos que Murphy se empeña en activar, somos los otros operadores jurídicos. Empezando por fiscales y acabando por quienes ejercen la abogacía y la procuradoría. Y sí, sí, ya sé que habrá quien piense que a los fiscales no nos pasa. Pero a Dios pongo por testigo de que sufrimos eso mucho más de lo que el común de los mortales imagina.

Me explicaré un poco, que si no mi fiscalita interior no me perdona, y eso si que no. Cada fiscal, además de llevar uno o varios juzgados de instrucción -exclusivos o mixtos- tiene que acudir a hacer juicios al juzgado de lo penal, a la sala y a las vistas de jurado, de recurso o de lo que sea que tenga asignadas, además de las guardias de presencia o disponibilidad que le toquen. Que una de estas coincida con juicios por delitos leves es más que probable. Que lo haga con declaraciones es casi seguro y, como quiera que la Ley de Enjuiciamiento Criminal no obliga a la asistencia del fiscal a la mayoría de declaraciones, pues salvo casos muy gordos ni se cuenta con que vaya. Explico esto para que la próxima vez que alguien vaya a una declaración y no vea al fiscal piense que no es que seamos unos vagos sino, simplemente, que no tenemos el famoso don de la ubicuidad. Si, además, llevamos un juzgado civil, las combinaciones y permutaciones se hacen infinitas.

Pero soy consciente de que, si para nosotros el problema es gordo, para abogados y abogadas, procuradores y procuradoras puede llegar a ser tremendo. Y también soy consciente que depende mucho de la empatía y capacidad de comprensión de Sus Señorías en cada ocasión. A mi siempre me fascina el sudoku que se monta cuando se suspende y se señala una continuación para otro día en un juicio con varias partes. Agendas, llamadas y consultas varias, hasta el punto  que encontrar día y hora a gusto de todos a veces cuesta más que lo que hubiera durado el juicio de haberse celebrado.

De todos modos, lo peor no es lo que sucede entonces. Lo peor ocurre cuando empiezan a llover los señalamientos en modo riego por goteo -o más bien riego por lexneteo- y en cuanto empieza a asomar el documento, una empieza a leer cruzando los dedos. Que no sea ese día, que no sea ese día, que no sea ese día. Y zas, no hay dedo cruzado que valga, que acaban coincidiendo. Y hay que pedir rápidamente al juzgado que corresponda la suspensión. Y que nadie se lleve a engaño, que hay una prelación establecida: primero las causas con preso, las de violencia doméstica y de género sobre las que no lo son, el penal sobre otras materias y la guardia siempre preferente. Y, si aun así hay coincidencias, pues es preferente quien primero señaló -versión jurídica de «tonto el último»-. Y cuidado con alterar ese orden y pedir la suspensión a quien no toca, que los jueces se enfadan mucho por eso. Quien avisa no es traidora.

Así que hoy solo e queda el aplauso, que no va a ser para el don de la ubicación, que no aparece por más que lo busquemos desesperadamente, sino para todos y todas los que hacen el sudoku de señalamientos con paciencia y buen humor, y a quienes los reciben del mismo modo. Hacer las cosas más fáciles no es tan difícil.

 

Pesadillas: las togas también duermen


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En el mundo del espectáculo llegar a lo más alto es un verdadero sueño, aunque en algunos casos se torne pesadilla. Hollywood se considera la tierra de los sueños, aunque también tenga su cara amarga, como veíamos en La la land entre otras muchas películas. La parte oscura del reino de Morfeo es un terreno muy atractivo para el cine, tal vez por eso Pesadilla en Elm Street llegó hasta la enésima entrega explotando la idea de un terrorífico Freddy Krugger que aparecía en cuanto las protagonistas cerraban los ojos aunque fuera para dar una cabezada. Y aunque a veces no sean tan evidente y pretenda ser metafórico o sutil, Un monstruo viene a verme, o podría venir, cada noche.

Ya dedicamos un estreno a los sueños, tanto buenos como malos, de quienes habitamos Toguilandia. Ahí ya hubo un espacio para las pesadillas recurrentes, entre ellas una que sufre mucha gente después de acabar la carrera o de aprobar la oposición, y que de vez en cuando se repite: la de levantarse un día y encontrarnos con que no habíamos aprobado alguna asignatura, una catástrofe con todas las variables posibles que van desde tener que volver a empezar la carrera a algún arreglo para superar la asignatura en cuestión, eso sí, siempre con el denominador común de la angustia. La mía, como confesé en su día, consistía en que el ordenamiento jurídico me perseguía y amenazaba con aplastarme, como esa bola de piedra enorme que hacía otro tanto con Indiana Jones En busca del arca perdida.

Las pesadillas en esta nuestra comunidad, como diría el inefable señor Cuesta en Aqui no hay quien viva, son muchas y muy variadas, y van desde la fantasía más elaborada hasta la simpleza más machacona. También aquí hay veces que no hay quien viva. O sobreviva.

Entre las segundas, cabe incluir todas las que son del estilo de la que ilustra este post, colgada con el permiso de la titular de la página La Abogada que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, de donde proviene.  A la duda clásica sobre si se nos habrá pasado un plazo o si lo habremos contado bien -con todas sus aristas sobre días hábiles e inhábiles – viene a unirse ahora las derivadas de las tropelías informáticas del sistema Lexnet y sus secuaces. La zozobra de ver la ruedita girando sin par cuenta que ya ha dado para más de una visita al psiquiatra, o otro tanto cabe decir de la duda de si el escrito llegó o no.

Este tipo de cuitas, que más parecían propias de la abogacía y los procuradores y procuradoras, ha tenido un corrector legal que ha venido a democratizar el sufrimiento de la peor manera posible: ahora sufriréis todos. Por si alguien no adivina a que me refiero, hablo del famoso artículo 324 , el que limita la instrucción a seis meses y nos da la patata caliente a los fiscales sin que nunca hayamos tenido acceso a la sartén ni a los fogones. Esa bomba con temporizador cuyo tic tac constituye la banda sonora de las pesadillas ambientadas en Toguilandia

Primas hermanas de estas están las del tipo ¿dónde dejé la causa? ¿la puse en la salida antes de irme o me olvidé cuando me sonó el teléfono? O sencillamente , Maldita sea, me he dejado el informe/calificación/sentencia/recurso en casa, como si fuera el niño del anuncio de hace muchos años que no olvidaba los Donuts pero sí la cartera del cole -para quien no sepa de qué hablo, googlee “¡anda, la la cartera”- También aquí hay un revival cibernético. La pérdida de pen drive puede tener tintes de tragedia griega, por no hablar de ese agujero negro donde van los escritos que una mandó un día y que nunca llegaron a su destino.

Aunque hasta aquí todo parece normal, llega un momento en que la realidad y la ficción se mezclan de una manera especialmente terrible en el imperio de los sueños. De pronto, una sueña que  tiene una causa con un contenido especialmente delicado, con muchçisimos tomos y de la que nadie sabe nada. Sus detalles van colándose entre sábanas y bostezos y cuando una se despierta, no distingue bien entre realidad y sueño, y se queda con el come come. Para hacer más florido el cóctel, se le pueden añadir pinceladas de casos más o menos mediáticos de los que haya oído en televisión, y la mezcla queda ya explosiva. Para volverse loca, la verdad. Sobre todo, como a mí me pasó una vez, cuando, después de convencerme que todo ea un mal sueño, una causa como la que había soñado reposaba encima de mi mesa desafiándome con sus diversos tomos a un escaso día comenzar las vacaciones. Y sí, ya sé que alguno pensará  que me lo estoy inventando, pero esto es como la chica de la curva, que nunca se sabe si se te aparecerá a ti, por escéptica que seas. Pero aparece.

Las pesadillas jurídicas pueden ser muchas y muy variadas. Depende, además, del gusto del jurista, que para gustos hay colores. A mí había materias que me parecían una auténtica pesadilla cuando estudiaba, como las sucesiones y algunos temas de civil, como las servidumbres legales -tengo un trauma con las luces y vistas y la reja remetida- o la accesión -eso del árbol, en una u otra orilla del río nunca acabé de verlo-. Por no hablar de los censos, que no sé si vivía sin vivir en mí por el censo enfitéutico o por el de primeras cepas.

Claro está que pensarán que eso son cosas de penalista, de jurista de sangre, sexo y vísceras, como alguna vez me he definido, que acusamos el síndrome de abstinencia en cuanto nos alejamos unos metros del Código Penal. Pero no. Y como estas cosas pasan hasta en las mejores familias, también tenía manía a algunos temas de penal, como los daños, incendios o estragos o los ya extintos delitos contra la seguridad exterior del Estado. Juro que todavía soy capaz de recitar algunos de esos artículos, así como alguna que otra definición en latín. Y no solo en sueños, sino también en la vida real, aunque  para quien me oiga sí podría ser una auténtica pesadilla. Me abstendré de probarlo, por si las moscas

Así que hasta aquí llegan algunas de nuestra pesadillas. El aplauso es, por supuesto, para quienes cada día se sobreponen a ellas y hasta les sacan su lado bueno. Que seguro que también lo tienen

Normalizar: querido señor Relator


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A veces, ser normal es lo menos normal del mundo. En el mundo del espectáculo, poblado de gente que daría ambos brazos y ambas piernas por llamar la atención, lo ordinario es lo extraordinario, y viceversa. Hay estrellas rutilantes que se matan por ser Gente corriente y pasar desapercibidas por la calle, y aspirantes que no llamarían la atención ni aunque se pusieran un cartel luminoso en la cara.

En nuestro teatro somos mucho más normales de lo que la gente piensa. O, al menos, deberíamos serlo. Atrás quedaron los tiempos de torres de marfil y de sentirse semidioses intocables en un universo de cortinajes de terciopelo rojo al que solo se podía acceder con la venia. Ya hace tiempo que debemos haber asumido que servir a la justicia es una de las maneras de cumplir con un servicio público y no un sacerdocio sacrosanto.

Eso es, al menos, lo que muchos y muchas creíamos y para lo que llevamos tiempo esforzándonos.  Jueces fiscales somos personas normales que vivimos y sentimos como el resto de los mortales. Es más, no es que seamos jueces o fiscales, sino más bien trabajamos como tales. Ser, somos otras muchas cosas. Madre, hermano, tía, amiga, violinista, miembro de un club de macramé, jugadora de parchís, cinéfila, tiradora de tiro con arco, criadora de gusanos de seda o cualquier otra cosa que se quiera ser, además de miembro de la carrera judicial o fiscal, en su caso.

Eso era, a menos, lo que pensábamos, hasta que llego el  Relator de la ONU a tocarnos las narices. Porque hete aquí que un buen día llego ese señor Relator Especial de la ONU a hacer un informe sobre independencia de los magistrados y abogados (sic) y visto lo visto, cualquiera diría que alguna vez una o Uno de los nuestros le dio calabazas y ha querido vengarse. O es posible que, como a Dinio, la noche le confunda, se haya armado un lío con las togas y las sotanas, y haya creído que esto es un sacedorcio, con su voto de silencio y de pobreza y, por descontado, con su secreto de confesión en vez de secreto de sumario.

Veamos qué dice el relator de marras. Además de empezar tratándonos con condescendencia, como si fuéramos chiquillos traviesos, tras decirnos que seamos cuidadosos con lo que colgamos en medios sociales, nos recuerda que aunque lo hagamos de modo anónimo, hay medios para descubrirnos. Vaya sorpresa, señor Relator. Le juro que ninguno de los afectados, que nos dedicamos profesionalmente a la investigación, nos hubiéramos imaginado semejante cosa. Es más, pensábamos que si nos abríamos un perfil como Peter Pan, no nos encontrarían porque buscarían en el país de Nuncajamás.

Pero si alguien pensaba que el señor Relator se quedaba ahí, la cosa no había hecho mas que empezar, y el buen hombre se vino arriba. Y si no, que me expliquen esto: “cualquier información o biografía compartida en los medios sociales debe ser discreta y decorosa” ¿Eing? ¿Decorosa? Igual me he puesto yo muy pejiguera, pero eso suena como las páginas del Hola en blanco y negro del año de Maricastaña, que decía que “la sra Pérez de las Flores, de soltera Purita Mendez de Pimpanpúm, ha recibido al Sr de Miravalles que ha pedido la mano de su hija primogénita- vestida con todo decoro, faltaría más- Así que ya sabemos. Nada de ponerse a tomar el sol en público si una -o uno- no va tapada hasta el cuello, que el decoro es el decoro.

Pero ojito, que la cosa no acaba aquí, que va. Todavía quedaba lo mejor, ahí va : “Los jueces y fiscales deben abstenerse siempre de hacer comentarios políticos partidistas y no publicar nada nunca que pueda ser contrario a la dignidad de su cargo o que afecte de alguna otra manera a la judicatura o al ministerio público como institución”. Toma ya. El señor Relator, de una parte, nos toma por ignorantes, porque ya sabemos perfectamente lo que dice la Ley Orgánica del Poder Judicial en cuanto a las limitaciones que tenemos, que no son pocas. Además de no poder sindicarnos ni pertenecer a partidos políticos, no podemos dirigir a los poderes, autoridades y funcionarios públicos o Corporaciones oficiales felicitaciones o censuras por sus actos, ni concurrir a actos salvo en representación de la institución ni tomar en las elecciones más parte que la de emitir nuestro voto. De otra parte, sigue empeñado en asustarnos diciéndonos que de lo que hagamos depende el devenir del planeta, o poco menos. Y eso da mucha fatiga.

Y me guardaba lo mejor para el final, que hay que ver como son los señores relatores cuando se les pilla inspirados. Pues bien, dice el susodicho informe: “Los jueces y fiscales pueden utilizar twitter; no obstante, dado que en las cuentas de twitter figuran como jueces o fiscales , tales cuentas solo deben utilizarse con fines informativos y educativos y para actividades relacionadas con su trabajo”

Ojo al dato, como decía un locutor, que si me pinchan no sangro. Ahora va a resultar que un señor que viene de un organismo dedicado a salvaguardar los derechos humanos, se va a dedicar a cercenar los míos, empezando por la libertad de expresión. Y eso sí que no. Tengo cuenta de twitter porque me da la gana, no porque el señor Relator me lo permita, y puedo hablar en ella de lo que me apetezca, dentro de los límites que la ley me impone y que no hacía maldita la falta que viniera ningún relator a recordarme. Y tampoco tengo por qué dedicarme, si no me apetece, a hacer pedagogía a no ser que me contraten para ello. Que sí, que ya sé que yo,como otros y otras twitteros, tratamos de hacerlo, pero porque queremos y no porque este señor lo mande.

Así  que igual tenemos que hacer como en aquella escena de High School Musical en que los protagonistas deciden saltar por encima de los estereotipos y dedicarse a hacer lo que nadie espera de ellos, comenzando por el as del baloncesto empeñado en cocinar crème brûlée. Os invito al reino del pajarito azul a hacer, como algunos colegas, fotos de la luna, hablar de macramé, de esoterismo, de ballet, de cine o de la cría del calamar salvaje. Y a ver si se atreve, señor Relator, a venir a decirle a alguien, por más juez o fiscal que sea, que no puede hablar de fútbol o del último partido de tenis de Nadal. ¿A que no hay? Pues eso.

Y esto es todo por hoy. El aplauso se lo dedico hoy a todos y todas mis compis tuiteros que hacen pedagogía porque les da la gana y a los que no la hacen y se hacen fotos en la playa porque también les da la gana. Señor Relator, ¿qué le parecería a usted si limitaran su libertad de expresión y le dejaran sin relatar? ¿A que no le gustaría? Pues a nosotros, tampoco.

Por supuesto, no me olvido de la ovación extra, una vez más, para @madebycarol2, autora de la deliciosa imagen que ilustra este estreno -ya quisiera el relator tener una ilustradora así para sus informes-

 

Responsabilidad: el plus


 

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Para todo en la vida hay que ser responsable, tanto a la hora de acometer la tarea como a la de asumir el fracaso -el éxito lo asume cualquiera, aunque gestionarlo ya sea otra cosa-. El cine nos lo muestra con frecuencia. A ser responsable le enseñaba  el maestro a su pupilo de Los niños del coro, o el operario del cine al Totó de Cinema Paradiso. La cosa se pone especialmente peliaguda si a quien se le exige responsabilidad es al propio estado, como hacía Erin Brocovich. Aunque, a veces, es difícil distinguir dónde acaba la línea del egoísmo y empieza la de la responsabilidad, sobre todo con un matiz social, una duda que expresa a la perfección el personaje principal de La lista de Shrhindler.

En nuestro teatro, como no puede ser de otro modo, tenemos que andar haciendo un ejercicio de responsabilidad diario. Y creo que también fuera de él hay que seguir haciéndolo, según qué cosas y qué circunstancias. Pero no hagamos spoiler antes de tiempo y continuemos con el estreno de hoy.

Decía que hay que ser responsables. Eso vale para todas las personas que intervienen en nuestra función, desde la primera figura al último tramoyista. Porque si falla cualquier cosa el resultado puede ser catastrófico para nuestro público que no olvidemos que no es otro que el justiciable, ese adjetivo abstracto que engloba a toda la sociedad. Recordemos, una vez más, que la Justicia emana del pueblo y se administra en nombre de él, algo que digo tantas veces que acabaré resultando más pesada que matar un cerdo a besos. Algo que, por cierto, habría qué analizar si es delictivo y en qué tipo se encuadra. Pero mejor dejar las animaladas para su propio estreno y centrarnos en este.

Que hay que ejercer nuestra profesión con responsabilidad es algo que no tiene duda. Tanto es así que una de las primeras cosas que hacemos al tomar posesión en nuestro primer destino  -e incluso antes- es enterarnos cómo está lo del seguro de responsabilidad civil, por si las moscas. Yo me lo hice antes de poner mi primer “visto” y aunque jamás lo he tenido que usar, ni conozco a ningún colega que lo haya hecho, reconozco que me da tranquilidad tenerlo

Pero hoy me gustaría llamar la atención sobre esos momentos en que no estamos ejerciendo nuestra profesión. O sí, que no es fácil dar una respuesta tajante. En cualquier caso, no lo hagáis ahora, esperad a después del estreno.

A nadie se le escapa que jueces, fiscales, lajs y todos los operadores jurídicos nos quitamos la toga alguna vez en la vida. Física y mentalmente, o eso al menos debiera ser, aunque a veces no es fácil olvidarse de los casos tan espeluznantes que ha visto una en el juzgado o lo difícil de la decisión a tomar. Pero más allá de Toguilandia, tenemos otra vida. ¿O debiera decir que tenemos vida, sin más?

De un modo simple, podríamos decir que con la toga en la percha, queda en la percha nuestra profesión. Al igual que les ocurre a los médicos con sus batas blancas o sus pijamas verdes. Pero luego resulta que no es así, porque si ocurre un accidente o cualquier percance siempre se acaba preguntando si hay un médico en la sala y además si el médico franco de servicio dejara de atender a alguien en ese momento de extrema necesidad puede incurrir en un delito. Eso sí, ojo con eso de la gravedad, que no puede servir de excusa para atracar al doctor o doctora que nos pongan al lado en la mesa en una boda explicándoles si nos ha salido un sarpullido o nos cruje la rodilla cuando cambia el tiempo.

En nuestro caso, claro está, no es igual de fácil. No veo cómo una situación en que se requiera un jurista pueda ser apremiante -salvo los supuesto de guardia, o sea, con la toga puesta- por más ganas que sienta una de librarse de un inquilino que no paga o poner fin a un matrimonio o a la situación de servidumbre de luces y vistas con reja remetida que a cada cual le traiga por la calle de la amargura. Ni veo tampoco un símil en términos jurídicos de la maniobra de Hemshel, esa que se hace para evitar que una persona se ahogue y que tanto sale en las películas como si la gente anduviera ahogándose a cada rato.

Llegadas a este punto, es cuando apelo al título de este estreno, la responsabilidad. Está claro que una, aunque nunca se desprenda del todo de su fiscalita interior, puede irse con amigas a un karaoke y cantar a pulmón La chica yeyé o El Cadillac solitario, o bailar dándolo todo como si no hubiera un mañana, pero no estaría bien que se le fuera la olla delante de según qué público. Obviamente, a nadie se le ocurriría hacer un remedo de Los Chichos cantando Libre libre quiero ser… en un acto con presos preventivos. Puro sentido común, digo yo.

Sin embargo, si nos vamos al ámbito de la vida digital, las cosas cambian, y eso me preocupa especialmente, tanto por acción como por omisión. Lo que se dice en medios de comunicación y redes sociales en qué concepto se hace.¿Somos jueces o fiscales al dar una entrevista, al responder un tuit o colgar una foto en Instagram?¿O somos totalmente libres?Nos encontramos con jueces, fiscales, LAJs, letrados, notarios y toda clase de fauna jurídica imaginable diciendo cosas acertadas, menos acertadas…y quizás nada acertadas. Y eso al margen de su opción sobre actuar con el nombre propio o bajo anonimato a lo que ya dedicamos otro estreno.

Me explico. Si una dice que es fiscal -o jueza, LAJ, o lo que sea- en ese momento se pone una mochila a la espalda a la que no puede renunciar aunque quiera. Y ha de tener cuidado no solo por ella misma, ya que la ley nos impone ciertas limitaciones, sino fundamentalmente de cara a la gente. No podemos olvidar que aunque en twitter -o la red social de que se trate- no estamos actuando profesionalmente, estamos opinando bajo el manto de esa supuesta autoridad que nos da la toga, la llevemos o no puesta. Por eso, se debe andar con mucho tiento a la hora de exaltar los ánimos criticando cosas o sobre todo si se crean alarmas innecesarias e injustificadas. Otra cosa es hacerse una cuenta donde una se identifique como pensadora, criadora de erizos marinos u organizadora de eventos y pueda decir o criticar lo que le venga en gana.

Así que no me enrollo más. Pero no olvido el aplauso que hoy dedico de todo corazón a aquellos y aquellas compañeras que usan las redes sociales como un instrumento para hacer pedagogía. Y hasta para dar buen rollo, que nunca bien mal. Mil gracias, nos seguimos viendo por el ciberespacio.

1000: la #CifraDeLaVergüenza


1000

Hay cosas sobre las que una no sabe si no debería existir cine y literatura, o todavía existe demasiado poco. La violencia de género es una de ellas. Se le han dedicado muchas películas, desde la frivolización intolerable de Sor Citröen  -¿cómo se aguantaba?- hasta la escalofriante delicadeza de Te doy mis ojos, pasando por Durmiendo con su enemigo, Solo mía, En tierra de hombres o la mismísima Gilda, con ese bofetón tras quitarse ella un guante que se vendía como el no va más del glamur cuando era una representación de libro de la violencia de género más genuina.

Nuestro teatro, por desgracia, tiene que ver con tanta frecuencia manifestaciones de esta pandemia horrible que hemos necesitado que se cree una jurisdicción propia para luchar contra ella. Y ni aún por esas. La Cifra de la Vergüenza de mujeres asesinadas a manos de quien más debía quererlas no nos ha dado tregua. Hasta alcanza los cuatro dígitos. 1000  desde 2003. Y muchas más antes, que ni siquiera contaban ni se contaban.

No es el primer estreno que dedico a la violencia de género . Por desgracia, la realidad  me ha dado muchos motivos para dedicarle líneas y más líneas, para abrir y cerrar nuestro telón con la esperanza de que la función nunca más habrá de darse #PorEllas. Pero siempre hay que volver, y no solo porque el almanaque lo recuerde cada 25 de noviembre  sino porque los hechos son los que son cada día del año.

Cuentan las crónicas que la primera mujer de la que se tiene constancia escrita que padeció y denunció violencia de género -aun cuando el delito ni siquiera tuviera nombre- fue Francisca de Pedraza,  que allá por el 1624 en Alcalá de Henares consiguió que por primera vez se reconociera la condición de víctima a una mujer. Por fortuna, Francisca vivió para contarlo, pero no corrieron tal suerte nuestras protagonistas de hoy que desde 2003 a hoy han alcanzado el fatídico millar.

Desde Diana, en 2003, a Beatriz, en 2019, la cifra de la vergüenza ha superado la barrera de 1000, un límite que esperábamos que nunca llegara pero sabíamos que, tal como iban las cosas , acabaría llegando. Lo peor, pensar que aunque el nombre de Diana quedará fijo en el recuerdo como la primera, es difícil que el de Beatriz quede como la última. Porque precisamente es eso lo que provoca más rabia, más impotencia y más indignación: la casi total certeza de que no será la última.

Quizá alguien no sepa por qué las bolitas de nuestro  ábaco imaginario empiezan a contar en 2003. Pues, ni más ni menos que porque hasta entonces la violencia de género ni tenía sustantividad propia ni a nadie que desde ninguna instancia se molestara en computar sus víctimas. Y ya se sabe que lo que no se nombra no existe. Las mujeres que padecían este tormento se veían abocadas a un ostracismo social y legislativo que multiplicaba por otro millar su sufrimiento. Hasta el infinito y muchísimo más allá.

A partir de 2003 empezamos a contarlas y a contar con ellas. Fue en ese mismo año donde se reguló la orden de protección  -para víctimas de toda la violencia doméstica, no solo de género, como hay quien se empeña en hacer creer- pero hubo que esperar a fines de 2004 para tener una ley propia, y a mediados de 2005 para que hubiera juzgados especializados. Empezamos a andar con fuerza pero en algún punto del camino parece que nos quedamos sin resuello y paramos el avance para llegar a esa meta del fin de la violencia de género que tanto anhelamos.

En el ínterin, esta toguitaconada ha visto a mujeres asesinadas con cuchillos jamoneros, arrojadas por una escalera o por el balcón, apuñaladas decenas de veces, ahogadas en el agua de la bañera o de un lago, quemadas, estranguladas, tiroteadas con escopeta o con el cráneo roto a pedradas. Y esa es solo mi experiencia. Si sumo la de todos los compañeros y compañeras que han pasado por esto, podríamos escribir un manual de todas las formas de asesinato posibles, habidas y por haber, a las que sumar cualquier tipo de tortura imaginable, desde obligarlas a comer heces de perro a arrancarles el pelo a mechones y pegarlo con pegamento de contacto. Y juro que no invento nada, y que tampoco cuento todo. Invitaría gustosa a quienes niegan que la violencia de género exista a darse una vuelta por nuestros juzgados a ver si cambian de idea. Pero, como dice el refranero, no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Así que hoy, si me permitís, en lugar de aplauso, una ovación cerrada para esas 1000 mujeres que, desde Diana a Beatriz, han configurado, a su pesar, la #CifraDeLaVergüenza. Y el más cariñoso recuerdo par quienes las quisieron y no pudieron disfrutar de ellas por culpa de un asesino machista. Hacia ellos todo nuestro rechazo. Sin fisuras. Hagámoslo #PorEllas