Orgullo LGTBI: álbum de recuerdos


Hoy, en el cincuentenario de la primera celebración del Orgullo LGTBI, mi toga, mis tacones y yo nos queremos unir a la conmemoración. Y lo hacemos de la manera que más nos gusta, con un cuento. Porque nunca olvidemos que, pese a todo, es posible un futuro mejor

ALBUM DE RECUERDOS

Relato incluido en la antología del colectivo Valencia Escribe Cuentos de las Estaciones y en mi antología de relatos Remos de plomo

 

-Ven, corre. Ya han empezado a caer las hojas. Ya he recogido un montón para el álbum

Ya había cumplido diez años. Era la edad en que le prometí a ella, y a mí misma, que le contaría todo. Había llegado el momento.

Ángela, con las manitas cargadas de hojas amarillas, me esperaba en la terraza, en la mesa donde cada día, desde hacía tanto, desayúnabamos mientras el tiempo lo permitía.

Fui a su lado, con mi viejo álbum en la mano. Un torrente de recuerdos parecía caerse entre sus páginas.

Lo había guardado para ese momento. Aquel álbum que con tanto cuidado confeccionamos. Hojas, fotos, entradas de cine, una postal antigua. Más fotos y más hojas. Y un mechón de pelo del mismo color miel que el de ella. Ahí comenzó todo.

La niña empezó a mirarlo con ilusión, buscando entre sus páginas el tesoro anhelado. Me pareció entrever una expresión de decepción en su carita. No encontraba nada que justificara tanto misterio

 

-Son fotos de mamá. Y hojas, muchas hojas de otoño

 

No eran las primeras fotos de su madre que veía. Nunca le oculté que, aunque llevaba mis apellidos, era ella quien la había parido. Pero le juré a ella que, llegado el momento, se lo contaría todo. Y el momento había llegado.

Estrella, la madre de Ángela, fue mi mejor amiga del colegio, de la facultad, y desde que tenía memoria. Cuando éramos niñas, recogíamos las hojas que caían de los árboles y las pegábamos en cartulinas de colores hasta hacernos un álbum. A ella siempre le encantaron esas cosas. Todavía guardaba muchos de aquellos álbumes.

Pero ése era especial. Aquel otoño fue cuando descubrimos la verdad. O cuando nos atrevimos a reconocer una verdad que veníamos conociendo toda la vida. Nos amábamos. Nos amábamos con locura, pero no era tiempo en que dos mujeres pudieran hacerlo en libertad. Tal vez por eso, ella se lo quiso negar a sí misma, y se enredaba en relaciones sexuales de una sola noche que cada vez le dejaban un regusto más amargo.

En una de aquellas se había quedado embarazada. Ni siquiera sabía a ciencia cierta quién era el padre, ni tampoco le importaba. Había decidido tener su bebé. Me lo contó entre lágrimas, mientras confeccionábamos nuestro enésimo álbum de otoño. Y entonces la besé. Y fue como si las cosas se pusieran de pronto en el lugar que habían tenido que estar siempre. Estaríamos juntas y le criaríamos juntas. Ninguna ley permitía en esa época que una criatura pudiera tener dos madres. Pero daba igual. El mundo nos vería como dos amigas y el Registro Civil le daría los apellidos que quisiera. Y nosotras sabríamos la verdad.

Ángela fue un regalo maravilloso, pero pareció dejar a su madre sin fuerzas. No se recuperaba del parto por más que hubiera pasado el tiempo suficiente. Y entonces el destino nos recordó que no debíamos tener derecho a ser felices.

El diagnóstico fue demoledor. La enfermedad no tardaría en llevársela para siempre. Yo la cuidaba, y peinaba cada día su melena color miel viendo como los mechones caían como hojas de otoño.

Cuando ella murió, Ángela no había cumplido cuatro años. Le juré que la cuidaría, que la tendría siempre a mi lado como la hija que era. Me costó mucho tener que cambiarle los apellidos por los míos, al adoptarla legalmente. Nadie había previsto ni querido prever por aquel entonces un caso como el nuestro. La hija de dos mujeres que se aman.

Ángela lloraba al contárselo. Me abrazó y, por primera vez, me llamó “mamá”. Y, entre lágrimas y risas, hicimos nuestro propio álbum de otoño, que ella quiso guardar.

No volví a ver aquel álbum hasta el día en que Ángela cumplió la mayoría de edad. Ese día me llamó para que me sentara con ella en la terraza, con las manos llenas de hojas de otoño y el álbum sujeto con una cinta violeta. Al abrirlo, vi algo nuevo. En la primera página, junto a una foto de las tres juntas, una solicitud para llevar el apellido de Estrella junto al mío. Por fin la legislación permitía esas cosas que nunca soñamos que permitiría.

-Quiero que el mundo sepa lo afortunada que he sido teniendo dos madres y todo el amor del mundo.

Mientras pegábamos nuevas hojas a nuestro álbum de otoño, lloramos juntas. Y juraría que vimos a Estrella, abrazada a nosotras, con una hoja de otoño entre sus manos.

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