Responsabilidad: el plus


 

mafalda irresponsables

Para todo en la vida hay que ser responsable, tanto a la hora de acometer la tarea como a la de asumir el fracaso -el éxito lo asume cualquiera, aunque gestionarlo ya sea otra cosa-. El cine nos lo muestra con frecuencia. A ser responsable le enseñaba  el maestro a su pupilo de Los niños del coro, o el operario del cine al Totó de Cinema Paradiso. La cosa se pone especialmente peliaguda si a quien se le exige responsabilidad es al propio estado, como hacía Erin Brocovich. Aunque, a veces, es difícil distinguir dónde acaba la línea del egoísmo y empieza la de la responsabilidad, sobre todo con un matiz social, una duda que expresa a la perfección el personaje principal de La lista de Shrhindler.

En nuestro teatro, como no puede ser de otro modo, tenemos que andar haciendo un ejercicio de responsabilidad diario. Y creo que también fuera de él hay que seguir haciéndolo, según qué cosas y qué circunstancias. Pero no hagamos spoiler antes de tiempo y continuemos con el estreno de hoy.

Decía que hay que ser responsables. Eso vale para todas las personas que intervienen en nuestra función, desde la primera figura al último tramoyista. Porque si falla cualquier cosa el resultado puede ser catastrófico para nuestro público que no olvidemos que no es otro que el justiciable, ese adjetivo abstracto que engloba a toda la sociedad. Recordemos, una vez más, que la Justicia emana del pueblo y se administra en nombre de él, algo que digo tantas veces que acabaré resultando más pesada que matar un cerdo a besos. Algo que, por cierto, habría qué analizar si es delictivo y en qué tipo se encuadra. Pero mejor dejar las animaladas para su propio estreno y centrarnos en este.

Que hay que ejercer nuestra profesión con responsabilidad es algo que no tiene duda. Tanto es así que una de las primeras cosas que hacemos al tomar posesión en nuestro primer destino  -e incluso antes- es enterarnos cómo está lo del seguro de responsabilidad civil, por si las moscas. Yo me lo hice antes de poner mi primer “visto” y aunque jamás lo he tenido que usar, ni conozco a ningún colega que lo haya hecho, reconozco que me da tranquilidad tenerlo

Pero hoy me gustaría llamar la atención sobre esos momentos en que no estamos ejerciendo nuestra profesión. O sí, que no es fácil dar una respuesta tajante. En cualquier caso, no lo hagáis ahora, esperad a después del estreno.

A nadie se le escapa que jueces, fiscales, lajs y todos los operadores jurídicos nos quitamos la toga alguna vez en la vida. Física y mentalmente, o eso al menos debiera ser, aunque a veces no es fácil olvidarse de los casos tan espeluznantes que ha visto una en el juzgado o lo difícil de la decisión a tomar. Pero más allá de Toguilandia, tenemos otra vida. ¿O debiera decir que tenemos vida, sin más?

De un modo simple, podríamos decir que con la toga en la percha, queda en la percha nuestra profesión. Al igual que les ocurre a los médicos con sus batas blancas o sus pijamas verdes. Pero luego resulta que no es así, porque si ocurre un accidente o cualquier percance siempre se acaba preguntando si hay un médico en la sala y además si el médico franco de servicio dejara de atender a alguien en ese momento de extrema necesidad puede incurrir en un delito. Eso sí, ojo con eso de la gravedad, que no puede servir de excusa para atracar al doctor o doctora que nos pongan al lado en la mesa en una boda explicándoles si nos ha salido un sarpullido o nos cruje la rodilla cuando cambia el tiempo.

En nuestro caso, claro está, no es igual de fácil. No veo cómo una situación en que se requiera un jurista pueda ser apremiante -salvo los supuesto de guardia, o sea, con la toga puesta- por más ganas que sienta una de librarse de un inquilino que no paga o poner fin a un matrimonio o a la situación de servidumbre de luces y vistas con reja remetida que a cada cual le traiga por la calle de la amargura. Ni veo tampoco un símil en términos jurídicos de la maniobra de Hemshel, esa que se hace para evitar que una persona se ahogue y que tanto sale en las películas como si la gente anduviera ahogándose a cada rato.

Llegadas a este punto, es cuando apelo al título de este estreno, la responsabilidad. Está claro que una, aunque nunca se desprenda del todo de su fiscalita interior, puede irse con amigas a un karaoke y cantar a pulmón La chica yeyé o El Cadillac solitario, o bailar dándolo todo como si no hubiera un mañana, pero no estaría bien que se le fuera la olla delante de según qué público. Obviamente, a nadie se le ocurriría hacer un remedo de Los Chichos cantando Libre libre quiero ser… en un acto con presos preventivos. Puro sentido común, digo yo.

Sin embargo, si nos vamos al ámbito de la vida digital, las cosas cambian, y eso me preocupa especialmente, tanto por acción como por omisión. Lo que se dice en medios de comunicación y redes sociales en qué concepto se hace.¿Somos jueces o fiscales al dar una entrevista, al responder un tuit o colgar una foto en Instagram?¿O somos totalmente libres?Nos encontramos con jueces, fiscales, LAJs, letrados, notarios y toda clase de fauna jurídica imaginable diciendo cosas acertadas, menos acertadas…y quizás nada acertadas. Y eso al margen de su opción sobre actuar con el nombre propio o bajo anonimato a lo que ya dedicamos otro estreno.

Me explico. Si una dice que es fiscal -o jueza, LAJ, o lo que sea- en ese momento se pone una mochila a la espalda a la que no puede renunciar aunque quiera. Y ha de tener cuidado no solo por ella misma, ya que la ley nos impone ciertas limitaciones, sino fundamentalmente de cara a la gente. No podemos olvidar que aunque en twitter -o la red social de que se trate- no estamos actuando profesionalmente, estamos opinando bajo el manto de esa supuesta autoridad que nos da la toga, la llevemos o no puesta. Por eso, se debe andar con mucho tiento a la hora de exaltar los ánimos criticando cosas o sobre todo si se crean alarmas innecesarias e injustificadas. Otra cosa es hacerse una cuenta donde una se identifique como pensadora, criadora de erizos marinos u organizadora de eventos y pueda decir o criticar lo que le venga en gana.

Así que no me enrollo más. Pero no olvido el aplauso que hoy dedico de todo corazón a aquellos y aquellas compañeras que usan las redes sociales como un instrumento para hacer pedagogía. Y hasta para dar buen rollo, que nunca bien mal. Mil gracias, nos seguimos viendo por el ciberespacio.

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