Frustración: jarro de agua fría


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  La frustración es un sentimiento humano de esos por los que todo el mundo ha pasado en mayor o menor medida. La frustración es un visitante habitual del mundo del arte, que aparece siempre que los resultados no responden a las expectativas, y también cuando las musas son esquivas. Frustrado, y mucho, estaba el protagonista de Un día de ira y frustrada estaba también la niña de Pequeña Miss Sunshine, aunque las reacciones uno y otra disten años luz. Y frustrados están también cada uno de los directores de esas películas que se suponían un éxito y acabaron en un fracaso estrepitoso, como ocurrió en su día con Waterworld y hace nada con Cats. Y es que el éxito es muy volátil

En nuestro teatro la frustración también nos visita con frecuencia y, como ocurre en la vida, nunca es bienvenida. Distinto es como sepamos canalizarla, pero eso es más cuestión de personalidad que de oficio, más de tacones que de toga. Pero hay que estar ahí.

En esto tiempo es que un bicho microscópico llamado coronavirus  lo ha vuelto todo del revés, la frustración parece haber llegado con él, y, lo que es peor, al igual que él, amenaza con quedarse. Todavía nos queda lucha en uno y otro frente, empleando ese lenguaje bélico que parece haberse convertido en una jerga imprescindible.

Sin ir más lejos, uno de los más recientes jarro de agua fría ha sido la determinación de la fase en que entra cada territorio. No quiero frivolizar, pero la verdad es que una se sentía como cuando esperaba las notas un examen mientras esperábamos nuestra sentencia. O, por usar de una comparación más cercana aun a Toguilandia, como cuando esperas el veredicto del tribunal del jurado. Y resultó ser como el gordo de Navidad, muy repartido, pero que nunca llueve a gusto de todos. Doy fe que, como habitante de uno de esos territorios que no resultó agraciado, mi frustración fue mucha. Adiós a todas las expectativas, al menos de momento.

Pero no podemos perder el oremus. Aunque me venga fatal no poder ir a una terraza con mi mascarilla y mis tacones, eso carece de importancia al lado de las muchas repercusiones en todos los ámbitos en general y en el judicial en particular. Y en ese sentido, parece un poco absurdo que en la mitad del territorio de nuestro país estemos en fase 0 para vivir pero en fase 1 para nuestro trabajo en Toguilandia. Traducido, no habría función con mi mascarilla y mis tacones pero sí con mi toga y mis tacones. Aunque en realidad sea sin la toga, al estar previsto que se pueda prescindir de ella por razones de salud. Una de tantas zozobras que toca vivir estos días.

Y es que, la verdad, ya hace falta que Toguilandia se ponga en marcha. Siempre y cuando nos aseguren que tengamos cubierto el riesgo de contagio, que la salud es lo primero. Pero me pregunto con preocupación cómo lo van a pasar, por ejemplo, los juzgados de lo social, con el aluvión de trabajo que les espera tras el desastre para el empleo que el confinamiento ha supuesto. Se trata de juzgados que, como lo contencioso, lo mercantil o lo civil -salvo la parte de familia- han quedado en este tiempo absolutamente congelados, por lo que la vuelta va a ser dura. Porque traerán consigo un montón de expectativas frustradas y que tal vez nunca puedan cumplirse. Esperemos que quien corresponda les dote de los medios suficientes para que esa frustración solo sea aguda y no se convierta en crónica. Cruzaremos los dedos para que así sea, pero no dejemos de reivindicarlo que en esto también vale eso de a Dios rogando y con el mazo dando.

También reemprenderemos todas esas cuestiones penales que no tenían el marchamo de urgente, aunque nunca debemos olvidar que, para quien resulta afectado, lo suyo es lo más urgente del mundo. El clásico «qué hay de lo mío». Retomaremos todas esas instrucciones complicadas que se encontraban con el temporizador de la bomba del límite de instrucción haciendo su odioso tic tac. Según parece, se entiende que ese temporizador se vuelve a poner a cero, pero no nos dejemos engañar, que esto puede ser pan para hoy y hambre para mañana. Si una instrucción era complicada y requería tiempo, hoy lo será aun más, con la acumulación extra  que va a tener cada juzgado. Habrá que seguir insistiendo  para la derogación, porque esto no es más que un parche en una grieta enorme.

Y así, con todo. Sigo preguntándome para qué sirve habilitar agosto, si no se ponen sustitutos que suplan a juez, fiscal, laj y funcionarios y funcionarias para celebrar cuando estén de vacaciones, sean en agosto o en enero, seguidas o partidas. Porque el zumo de cinco naranjas es siempre el mismo, aunque lo dividamos en varios vasos.

No me olvido que esto es aún más sangrante en el caso de Letrados y letradas, procuradores y procuradoras. Las especiales características de su profesión hacen imposible organizarse si no hay tiempo inhábil. Salvo, claro está, que se trate de un despacho con suficiente número de personas para poder turnarse, pero no es este el caso de la mayoría de profesionales.

Aunque las últimas noticias al respecto me dejan que si me pinchan no sangro. Ahora resulta que el Consejo General del Poder Judicial, las Comunidades Autónomas y/o no sé yo quien más, piden, ruegan, recomiendan, insinúan o establecen -según se mire- que aunque agosto sea hábil se cojan las vacaciones por parte de sus señorías y no se señale. Vamos, lo que podría explicarse como una Yenka judicial. Izquierda, derecha, adelante, atrás, un dos tres versión toguitaconada. Muy gracioso si no tuviera ninguna gracia,  porque con las cosas de comer no se juega.

Y, ya que me he venido arriba, apuntaré algo más, referente a eso de habilitar las tardes, A ver si entienden de una vez que en esas tardes no es que no trabajáramos, sino que lo hacíamos en casa preparando el juicio del día siguiente o realizando dictámenes, calificaciones o sentencias. Así que, si utilizamos esas tardes, me pregunto cuándo hacemos lo que hacíamos por las tardes ¿Por las noches? Por no hablar de la conciliación, que vuelve lo difícil imposible. De nuevo repetiré el ejemplo del zumo, aunque cuando una empieza a pensar en todas estas cosas las dulces naranjas se tornan ácidos limones. Pero la cantidad de zumo que dan  sigo siendo la misma.

Aunque, si hablamos de frustración, una inmediata y bien gorda es la que causan los medios telemáticos cuando no funcionan o lo hacen a pedal, es decir, casi siempre. Esas videoconferencias que hacen que lo que tardaba diez minutos dure una hora y lo que duraba una hora, varias. Bien nos vendría aprender de mi compañero Jorge tal como lo expuso en nuestra Blogoconferencia. Pero, una vez más, el manto de la incertidumbre cubrirá nuestro teatro porque, según he visto, será cada señoría quién decidirá si usa o no la videoconferencia Más de lo de siempre.

Y es que la frustración es lo que tiene. Vamos a tener que bregar con la nuestra, con la del justiciable, con la de nuestras familias y con mucho más. Y lo haremos a base de capital humano y esfuerzo personal, como siempre. Y para quienes habrán de ponerlo es para quien pido el aplauso. Esperemos que transmita energías, porque van a ser muy necesarias.

Y una vez más, una ovación extra para @madebycarol que, como siempre, acierta de pleno con sus ilustraciones

 

Reconstrucción: de vuelta


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El regreso a cualquier sitio es un bonito tema para cualquier tipo de arte. Que se lo digan si no al cine español, en el que dos de sus más sonados éxitos, Volver a empezar y Volver tratan precisamente de eso. Aunque no es el único. ¿Quién no recuerda aquella serie -luego peliculizada- llamada Retorno a Brideshead? ¿O películas como Los mejores años de nuestra vida o El regreso? Y es que a eso de regresar se le ha sacado tanto partido que casi dejan al limón sin una gota de jugo a base de regresos variados, como El regreso de Mary Poppins, El regreso de los muertos vivientes, El regreso de Aladino, Alien:el regreso o El regreso de la momia, entre otros muchos. Así que cuidado, no emulemos a Rocío Jurado y se nos gaste el regreso de tanto usarlo.

En nuestro teatro estamos de vuelta, aunque se llame reconstrucción o desescalada, con ese neolenguaje al que nos acabaremos acostumbrando -¿o no’- Pero no es una vuelta como las que hemos vivido hasta ahora. Nada tiene que ver con la vuelta al cole  con que nos encontramos cada regreso de las vacaciones, porque ni ha habido vacaciones ni hay en realidad regreso porque nunca nos fuimos. Precisamente, lo característico de este tiempo ha sido lo contrario, quedarse. Quedarse en casa, claro está, siempre que se podía, que a algunos y algunas de los habitantes de Toguilandia nos ha sido imposible.

Y ahí es donde está el primero de los problemas, en lo de las vacaciones. O la ausencia de ellas. Desde el primer momento, se barajó en ese plan choque que era más choque que plan la habilitación del mes de agosto, que finalmente ha quedado en un ni pa ti ni pa mí, O sea, que se habilita agosto pero solo unos días. Y, como quiera que soy buena y no me gusta sospechar, no diré que lo hicieron para enfrentar a los distintos operadores jurídicos. Así, he leído cosas tan lamentables como que los abogados se quedan sin vacaciones porque jueces y fiscales no queremos sacrificar las nuestras, como lo contrario, que la abogacía pone por delante sus vacaciones al derecho a la defensa. Pues bien, lamentables ambas posturas y, aunque minoritarias, son muy dañinas. Si no remamos en el mismo barco, mal vamos. Pero si remamos en direcciones opuestas, nos hundimos. Y además gastamos energías en enfrentamientos en lugar de en otras cosas mucho más productivas, sea trabajar por los derechos de los demás, o sea reclamar los propios para poder defender en condiciones los ajenos.

Sea como sea, ahora, poco a poco, con las fases y lo que nos vayan diciendo en cada caso, iremos regresando. Tendremos que recuperar el tiempo perdido, de una parte, y amoldarnos a esa nueva normalidad que nada tiene de normal, por otro. Así que, vayamos dándole un repaso imaginario. O no tan imaginario.

En cuanto a lo de recuperar el tiempo perdido, no va a ser fácil. Y eso, porque en Justicia somos especialistas en hacer complicado lo sencillo, o, mejor dicho, en no ver lo obvio. Y lo obvio no es otra cosa que, si queremos recuperar el tiempo perdido, lo más razonable sería poner más personal que pudiera trabajar simultáneamente en otras salas y sacando adelante los juicios de cualquier materia que quedaron empantanados. Se adelantaría y se guardaría la distancia de seguridad al duplicar en paralelo. O sea, lo que viene siendo nombrar juzgados paralelos con sus fiscales paralelos. Pero cuesta dinero, claro. Y aquí, como el refrán, mucho te quiero perrico, pero pan, poquico.

Y, como siempre, hay que hacer apaños. Nos hablan de jornadas de tarde, por ejemplo. Que no es mala idea si no fuera porque a la siempre difícil conciliación, se une el doble salto mortal de que no hay colegio. Con la pirueta en tirabuzón de que si hay deberes. Pero, tranquilicémonos, que hay excepciones a los turnos. Quienes tengan menores, quienes tengan mayores, quienes tengan una enfermedad y quienes sean mayores de 60 años. ¿Quién queda? Pues eso me pregunto yo, porque, o me fallan las cuentas, o quien no tiene edad de tener hijos menores o padres mayores, es porque ya es mayor de 60. ¿O no?

Pero no alarmemos, acabaremos entrando en esos turnos todo el mundo salvo excepciones muy puntuales, nos apañaremos como siempre hemos hecho y en nada se le habrá olvidado a todo el mundo y volverán a criticarnos por la lentitud de la justicia o porque los fiscales obedecemos órdenes del gobierno. Y si no, al tiempo. Nada nuevo bajo el sol

¿Y que pasará con la abogacía y procura? Pues más de lo mismo. O más de lo mismo, corregido y aumentado, porque sus condiciones laborales en circunstancias como estas son especialmente delicadas. Por eso insisto una vez más -y que me llamen pesada si quieren- en lo de remar unidos.

En cuanto a la logística, habrá que acostumbrarse también. Nuestra nueva realidad va a incluir sí o sí parabanes, mamparas, mascarillas y una prohibición de acercamiento distinta a la que acordamos para los delincuentes, quién nos lo iba a decir. Se acabó estrechar la mano por cortesía al compañero o compañera u ofrecerla a la víctima por empatía. Me decía ayer una letrada que era muy difícil atender a una víctima de violencia de género, y no poder hacer ese gesto que dice más que mil palabras para que se sienta apoyada. Es difícil manifestar empatía con una mascarilla de por medio y a metro y medio de distancia. Pero es lo que hay.

También será extraño ver las vistas sin togas, y no poder hacer -según han propuesto juicio donde se junten más de seis personas. No sé qué pasará con el resto, que son muchos, porque incluso un delito leve, con un par de testigos de cada parte, supera ese número. Será el momento en que los medios telemáticos hayan de dar el do de pecho, por más que suponga subir un buen repecho, y por más que cueste adaptarse a hacer las cosas pantalla mediante. Para eso hemos venido ensayando todo este tiempo con las videollamadas a familia y amigos, que tendremos que reconocer que hay con quienes hemos hablado más que en la vida. ¿A que sí? Pues eso

Así que, vamos a ello. Reconstruyamos Toguilandia como se pueda, y cuidado con el ladrillo que llevamos cada cual, no vaya a caérsenos encima. Que no será fácil

Mientras tanto, no nos olvidemos del aplauso. Que hoy va a ser de ánimo. Venga, habitantes de Toguilandia, que si nos unimos lo vamos a conseguir. Pero recordemos: solo si nos unimos.

 

Neolenguaje: la nueva normalidad


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Vivimos tiempos de continuos sobresaltos. Nunca como ahora estuvimos pendientes de lo que dicen los informativos y los datos del día, siempre Al filo de la noticia, y deseando cada día acabar con un Buenas noches y buena suerte. Lo ideal sería que en Primera Página saliera el fin de la pandemia con la llegada de la vacuna pero mientras tanto hay que seguir adelante con esto de los avances y los Encuentros en la tercera fase que tanto deseamos, sin necesidad de viajar a otro planeta. Por supuesto, evitando el riesgo de Contagio en todo momento. Aunque para eso tengamos que ser La máscara

En Toguilandia, y en todas partes, nos disponemos a afrontar esa nueva normalidad que tiene de todo menos de normal. No me extraña que haya quien la haya llamado “la nueva anormalidad”. Pero habrá que acostumbrarse. Y habrá que acostumbrarse también a ese lenguaje nuevo, tanto con sus nuevos palabros como con los viejos que cobran nuevo significado. Porque quizás el primer paso de la nueva normalidad sea adoptar la jerga de la pandemia. Así que vamos a ello.

Lo primero que tenemos que aprender es los nuevos palabros, parecidos o no a los que en su día merecieron un estreno. Y el primero, y rey absoluto por el momento, es la desescalada que, aunque parece que venga de los deportes de montaña, de eso nada. Hasta donde yo sé, en el alpinismo se escala para llegar a un sitio y luego se desciende, no se desescala. Y, desde luego, en ese deporte la subida es siempre voluntaria, y no una curva maldita en la que nunca nos hubiéramos querido ver, por más que, eso sí, tenga forma de montaña. Qué diría el abuelo de Heidi si supiera que comparan una pandemia con su querida montaña… En Justicia como hemos escalado poco, poco podremos desescalar. Lo nuestro, después de la suspensión de estos días y el colapso que se avecina, más que desescalar va a consistir en despeñarse a poco que nos descuidemos.

Otra de las expresiones top es la del distanciamiento social que, por cierto, no acabo de entender. Se supone que distanciarse de alguien es algo más psíquico que físico, y en nuestro caso tanto da cómo estemos de unidos psicológimante mientras no nos acerquemos a más de metro y medio los unos de los otros. Y eso aunque estemos celebrando un juicio, tomando una declaración o trabajando en nuestro despacho. O sea, lo que toda la vida se había llamado distancia sin más. O lo que, en Derecho, llamamos «alejamiento». Y además sin necesidad de apellidarla “social”, aunque quede mucho más bonito. Donde va a parar.

Por otro lado, otra de las nuevas formas de expresarse consiste en usar el lenguaje bélico. Vamos a derrotar al bicho, lo haremos tanto quienes están en primera línea en el frente como quienes estamos en las trincheras de nuestras casas, perdemos batallas pero ganaremos la guerra, no daremos tregua, etc etc, etc. Todo ello, por descontado, con su conveniente forma de arenga aunque hay que reconocer que  un poco más larga y enrevesada que la que hubiera hecho Napoleón. A veces, confieso que me parece estar más cerca de la parte contratante de Groucho Marx en su Noche en la Opera. Claro está que en las actuales circunstancias, lo del camarote a rebosar va a ser que no.

Luego están las palabras rebautizadas para que suenen mejor. Por eso las tiendas no se reabren sino que se reaperturan, como si fueran uno de nuestros sumarios. Y la economía se reactiva, porque decir que se activa sería reconocer  que estaba parada, y eso duele.

Pero es muy bonito ver que, como en el caso de lo de reapertura, el lenguaje de Toguilandia también es bueno como neolenguaje. Ya adoptamos lo del confinamiento  con naturalidad y ya hubo quien comparó nuestra situación con la privación de libertad propia de las penas del Código Penal. Ahora, en esta famosa desescalada, nos hablan de libertad condicional, porque podemos salir pero con unas condiciones muy determinadas. Y cualquier día nos comparan la obligación de someterse a controles de temperatura en determinados casos con la obligación de comparecer apud acta. Tiempo al tiempo

Lo que sí ha adoptado todo el mundo es la costumbre de hablar de delitos de odio como si bastará con odiar para cometerlos. Ya hablamos de eso en su día, al igual que de las fake news que vuelven a estar en el candelero, como dijo la famosuela en su momento.

Aunque a mí lo que más me gusta es la nueva significación de palabras que ya existían. ¿Quién nos iba a decir que al hablar de mascarillas ya no nos referiríamos a la de pepino o de jugo de aguacate para la cara o el el pelo? ¿O que se podía plastificar algo en Toguilandia que no fueran los carnets, cuando de repente nos encontramos con las sedes envueltas en film transparente? ¿Y cómo íbamos a imaginar que un día íbamos a necesitar parabanes para protegernos y no solo para proteger a las víctimas o testigos del contacto visual con el acusado?

Aunque lo mejor es lo de las fases, con una nueva numeración que puede ser difícil, al menos a los habitantes de Toguilandia, que somos  mayoritariamente de letras, eso que la primera fase sea la fase 0, tras la cual viene la primera fase me tiene que vivo sin vivir en mí. Pero lo superaré. Y sino, seguiré las del Baile del Chiki-Chiki del Chiquiliquatre, entre las que me quedo con el Maiquelyacson, claro está, aunque el Crusaíto tampoco esté nada mal.

Pues es lo que hay.  En un mundo donde todo el mundo sabe lo que es un ERTE, algo desconocido, no es de extrañar que surjan epidemiólogos en cualquier esquina, sobre todo de redes sociales y tertulias, y cualquiera hable sin ningún empacho de cosas como letalidad o  carga viral.

La verdad es que eramos muy felices cuando Epi solo era el compañero de Blas, y no la equipación más deseada en el mundo.

Pero seguiremos adelante. Con neolenguaje y todo. Y mientras tanto, daremos el aplauso a todo el mundo, que de esta ya estamos saliendo. Y lo haremos antes de que lo llamen aplaudimiento o cualquier otra cosa que parezca más fina. Ahí estamos

Y una vez más, gracias a @madebycarol por esta ilustración tan estupenda y adecuada. Siempre acierta

 

 

#NuestrosMayores : El balcón


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El balcón

-Venga, hija, que ya es hora. Hemos de salir al balcón a aplaudir.

-Ya voy, ya voy

Le seguí la corriente aunque, en realidad, yo no era su hija. Yo soy su nieta pero mi abuela me trata como si yo fuera mi madre. Y la verdad es que, aunque me parezco un poco, es difícil que alguien nos confunda Salvo que, claro está, a ese alguien le pase como a mi abuela.

Cada tarde pasaba lo mismo. Mi abuela me llamaba y me instaba a salir a toda prisa al balcón y a pasarnos un buen rato aplaudiendo. Y yo lo hacía, porque sabía que le hacía feliz

-Hija, hay que ver qué sosos son los vecinos. Ya nadie sale a aplaudir al personal sanitario, con lo que se lo merecen.

-Ya ves…

-Como se entere tu abuela, se va a llevar un disgusto enorme. No le digas que no salió nadie ¿eh?

-No te preocupes, será nuestro secreto.

Cuando me hablaba de mi abuela, en realidad se refería a su madre, mi bisabuela.

Era jefa del servicio de neumología del hospital más grande de nuestra ciudad, y uno de los mayores del país. Yo no llegué a conocerla, pero todo el mundo hablaba maravillas de ella. Según dijeron, su actuación fue muy importante para acabar con la pandemia que asoló nuestro país en el año 2020.

A mí la verdad es que eso de una pandemia me suena muy raro. No me puedo imaginar que una enfermedad pare de cuajo nuestro estilo de vida, pero parece ser que fue así. Aunque igual es que mi abuela exagera. A la pobre parece que se le paró el reloj de su vida en aquella época. Aunque no me extraña, con lo que tuvo que pasar

Hace ya treinta años, pero ella sigue viviendo aquella época, cuando todavía, pese a todo, era feliz. Ella fue de las primeras médicas contagiadas por el Covid 19, aquel terrible virus que tanto daño hizo. No obstante, sus síntomas fueron leves y solo tuvo que quedarse en casa mientras su marido continuaba luchando contra la pandemia en primera línea.

Ella pasó a engrosar las filas de los millones de españoles que cada tarde salían a aplaudir al personal sanitario, pensando en él con cada aplauso.

Cuando le dijeron que él no solo estaba contagiado, sino que su estado era grave, solo deseaba tener a su madre cerca para que le consolara, como cuando era niña. La echaba tanto en falta que su mente se negó a admitir que ya hacía días que había muerto en la residencia de ancianos donde vivía, al igual que la mayoría de residentes.

El día que él murió tampoco quiso creerlo. Pensaban que era un mecanismo de defensa de su mente para soportar todo aquello, pero era algo más. El mal de Alzheimer que había llevado a su madre a la residencia no quiso marcharse y se instaló para siempre en la cabeza de la hija, de mi abuela. Y aunque ahora hay posibilidad de prevenir su avance, entonces no la había.

Por eso salgo cada día con ella al balcón. A este balcón donde se paró el tiempo un día de abril de 2020.

Blogoconferencia


Hoy nuestro escenario tiene un estreno extra: tenemos artista invitado, Jorge Cañadas, admirado juez -y sin embargo amigo- con el que, junto a su blog InterJuez, vamos a experimentar una nueva modalidad: la blogoconferencia, publicacando simultáneamente en ambos blogs.

Estoy recibiendo muchas llamadas de queridos compañeros de toda España, a propósito de la noticia de la que se han hecho eco los medios de prensa locales [ aquí ] y [ aquí ] sobre el uso del sistema de videoconferencia para la celebración de actuaciones judiciales, pero que ha saltado las fronteras turolenses para difundirse generosamente por Toguilandia.

 

He de comenzar diciendo que no tengo mayor mérito que el de mi curiosidad por todo lo tecnológico, que me ha llevado a experimentar con un sistema puesto a nuestra disposición por la Administración prestacional de los medios de Justicia en Aragón, que es la Comunidad Autónoma.

 

Hace mucho que se viene utilizando el sistema de videoconferencia para practicar actuaciones judiciales. El más frecuente es la comparecencia de un ciudadano ante el Juzgado desde la sede de otro Juzgado alejado geográficamente. Así, celebrando un juicio en Teruel, acompañado de las dos partes en conflicto y el Procurador y Abogado de cada una de ellas, así como de mi funcionaria del cuerpo de Auxilio judicial, si tiene que declarar como testigo un señor de, pongamos, Sevilla, con antelación al juicio, lo citamos para que acuda a los Juzgados de allí, con cuya sede nos conectamos por videoconferencia y practicamos la declaración, que no es cosa de que se tenga que hacer, en los tiempos que corren, más de 600 kilómetros para contarnos en unos pocos minutos lo que sepa del asunto. De todas formas, en la sala de vistas ya somos 8 y, si el testigo hubiera declarado en Teruel, en lugar de en Sevilla, hubiéramos sido 9. Y todo eso sin contar con las personas que, a la enérgica voz de «audiencia pública» que da mi compañera antes de empezar la vista, puedan sentarse en los bancos del público a ver el juicio. Como dicen en mi querida Andalucía, «una bulla».

 

De hecho, allá por febrero del 16, casi nada lo que ha llovido, ya se contó bastante de este invento en: «Videoconferencia: togas en plasma

 

En este estado de cosas, la novedad que nos trae la tragedia colectiva en la que nos ha sumido el dichoso bichito del COVID-19, es que nos obliga a alejarnos físicamente. Lo que han bautizado como «distanciamiento social», que tan duro se nos va a hacer a quienes, como Serrat, nacimos en el Mediterráneo. Y es que, no es cosa de «desescalar» el confinamiento domiciliario que nos ha impuesto el estado de alarma, volviendo a convocar cientos de ciudadanos en las sedes judiciales, que ríanse de un centro de salud en epidemia de gripe y hora punta, con el consiguiente riesgo de fomentar el contagio y volver al punto de partida que obligó a parar el planeta mundo.

 

Y como la Justicia no puede seguir a ralentí más tiempo, que eso también puede matar, no queda otra que reinventarse y buscar la manera de volver a poner la maquinaria a pleno rendimiento, pero esquivando el riesgo de contagio que viene de posibles aglomeraciones. Y no nos engañemos, en esta tesitura tenemos que ser conscientes de que trabajos con medios materiales manifiestamente mejorables y que nuestras sedes no están precisamente preparadas para el «distanciamiento social».

 

En ese proceso de reinvención, hemos estado trabajando en intentar casar el nuevo sistema de salas virtuales de videoconferencia que nos ha facilitado la Administración prestacional, que permite que cada interviniente se conecte a la sala virtual desde donde se encuentre, al estilo de la hoy famosa app Zoom, con el sistema tradicional de videoconferencia, en la que la sala de vistas de los Juzgados de Teruel y Sevilla conectaban entre sí para la declaración del testigo. Y ha funcionado. De modo que dicha sala de juicios física de siempre, también se conecta a la sala virtual como un participante más en la videoconferencia. Con ello hemos conseguido poder grabar el acto de que se trate en los sistemas de gestión procesal y que puedan comparecer en la sede física aquellos intervinientes que se precise por cualquier razón, entre las que no será menor la falta de medios o de conocimientos tecnológicos para hacer una videoconferencia, por lo menos en la «España vaciada».

 

Es un primer paso. Y sé que quedan por pulir aspectos técnico jurídicos de extraordinaria relevancia como las garantías de identificación de los intervinientes, de integridad de sus intervenciones e incluso de policía de los nuevos estrados virtuales por el Tribunal. Pero ningún comienzo ha sido fácil y este nos viene impuesto y, lo que es peor, por poderosísimas razones vitales.

 

El caso es que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad y tenemos que aprovecharlo. Ya no es el futuro, es el presente. Y tanto avanzan, que hoy tengo el honor de publicar esta entrada en «blogconferencia» con mi admirada compañera Susana Gisbert, en su«Con mi toga y mis tacones», blog de referencia para quien quiera conocer los entresijos de la Justicia, con tanta calidad y precisión como sentido del humor. Espero que la virtualidad de la que hablamos hoy, no impida que nos veamos en próximo 27 de mayo en el Casino de Teruel para asistir a la presentación de su novela “No me obligues”.

 

Jorge-Oswaldo Cañadas Santamaría

 

Solo queda añadir que tenemos una cita pendiente, la presentación en Teruel de mi última criatura, «No me obligues», que se nos quedó colgada del mes de mayo cuando cerraron el mundo. A ver si puede ser pronto y hacemos una nueva blogoconferencia para celebrarlo (y esa, en persona)

Insomnio: ojos como platos


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Dicen que los genios duermen poco y que de muchas noches de insomnio salen algunas de sus obras maestras. No sé si es cierto, o si ese insomnio tan productivo viene acompañado de alguna ayuda externa, como el alcohol de Edgar Allan Poe. Dostoievsky, por su parte, según cuentan, tuvo que dejar de dormir para duplicar su productividad, y así es como, paradójicamente, escribió El jugador, acuciado por la necesidad de pagar sus propias deudas de juego. Nunca se sabe qué tienen de cierto u qué de leyenda estas historias, pero es lo que hay. Pero si hay una película -o varias- que convierten el insomnio en el eje de su argumento, esa es Pesadilla en Elm Street, cuya protagonista tenía que luchar por mantenerse despierta a riesgo de que Freddy Krugger le atacara en cuanto entrara en territorio de Morfeo. Luego, ya se sabe, Fraddy se vino arriba y sus sucesivas entregas ya no fueron lo mismo. Aunque el miedo nos deje más de una vez con nuestros Eyes wide shout.

En nuestro teatro el insomnio es un fiel compañero. Nos acompaña durante todo el camino, desde los primeros momentos en que estudiamos, y aún antes, para elegir la carrera primero o la oposición o el ejercicio profesional por la que el que decantarse. Nos continúa acompañando junto a Códigos y apuntes, y acaba quedándose al lado de demandas, contestaciones, calificaciones, informes, autos o sentencias. A veces se alía con las pesadillas  a las que dedicamos un estreno, y ambos luchan contra los sueños. Y otra, ni así.

Vivimos tiempos complicados. La zozobra de esta situación en que nos ha metido el maldito bicho coronado se ha sumado a la sempiterna falta de medios de nuestra querida Toguilandia. Y juntas, han hecho un cóctel explosivo. O van camino de hacerlo. Pero no nos engañemos, que el insomnio no es fruto del virus, ni siquiera su consecuencia. Ya vivía junto a nuestras togas mucho antes, y todo esto no ha hecho otra cosa que alimentarlo.

¿Quién no ha pasado una noche de insomnio por culpa de algún asunto? En Violencia de género, las dudas de si habremos acertado o no en dar tal o cual medida, o denegarla, en pedir y acordar la prisión del detenido o no hacerlo es algo que no se puede dejar colgado en el perchero cuando se cuelga la toga. Se viene a casa, nos acompaña durante el día y se hace fuerte durante la noche, cuando no hay ninguna otra cosa que pueda distraer nuestra atención,

Y no digamos qué es lo que pasa si a esa víctima le pasa algo. Muchas de las personas que llevamos años trabajando en esta materia hemos tenido alguna experiencia en este sentido, y es de las peores cosas de nuestra profesión. Esas víctimas te acompañan por mucho tiempo, llenando noches en blanco y habitando pesadillas. Y, aunque pueda parecer contradictorio, pobres de nosotros si no nos pasa, porque el día que se pierda la sensibilidad hay que pensar en dedicarse a otra cosa.

Otro tanto cabe decir de otras víctimas, las de violencia doméstica, menores, personas vulnerables a las que el temor de si se acierta o no se suma el problema social que no podemos resolver. También cualquiera que lleve un tiempo en estas profesiones ha pasado por esas situaciones de importancia de madres que se ven obligadas a denunciar a sus hiios porque las agreden, pero luego no quieren que se queden en la calle. También causan mucho desasosiego todos los casos en que hay una enfermedad mental de por medio, de esas a las que no podemos dar solución pero de las que no podemos evitar quedarnos con la preocupación enganchada.

Los casos, por desgracia serían infinitos, porque si por algo se caracteriza nuestro teatro es por ofrecer representaciones de las situaciones mas extremas del ser humano, esas para las que el Derecho no tiene respuesta.

Ahora, a todas esas cosas que ya formaban parte de nuestro día y día, y que, aunque han quedado eclipsadas por el confinamiento y sus consecuencias, van a volver como el anuncio del turrón en Navidad, hay que sumar la preocupación extra de cómo recuperaremos el tiempo perdido. Porque el mundo se ha parado pero los problemas no dejaron de existir, solo se quedaron en stand by. Y ahora no queda otra que retomar

Todo el mundo tenemos claro que hay que retomar. Lo que no tenemos claro es cómo hacerlo. Y ahí llega nuestro amigo el insomnio para hacerlo, si cabe, más difícil. A no ser que nos pase como a esos genios de los que hablaba al principio, y las noches en blanco nos supongan soluciones geniales que nadie había visto hasta el momento.

Ojala les pasará eso a quienes tienen poder para tomar decisiones pero parece que más bien al contrario, y que, como a aquel Dinio que pobló las teles y revistas del hígado por un tiempo, la noche les confunde.

Ya hablamos de las propuestas de solución que no acaban de convencer, y de la incertidumbre que amenaza con acompañarnos mucho tiempo. Pero habremos de recordar que cualquier solución que no pase por una inversión en medios personales y materiales, y que no respete los derechos de todos los profesionales que habitamos Toguilandia, amenaza con ser un fracaso.

Esperemos que el fin del confinamiento no sea el principio de muchas noches de insomnio, aunque la cosa pinta mal. De momento, hay que pasar las noches dándole vueltas a eso del desescalamiento, que a mí me sigue planteando muchas dudas sobre Toguilandia…y sobre lo que no es Toguilandia

Mientras tanto, reservemos el aplauso para el primero o la primera que dé con algo que convenza a quienes trabajamos en esto y no a quienes jamás pisaron las tablas de nuestro escenario. A ver si la noche les ilumina.

Y gracias, de nuevo a madebycarol por su fabulosa ilustración, Ninguna imagen más representativa que esa

Incertidumbre. ¿qué se nos viene encima?


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Aunque el género humano gusta de certezas, es cierto que al mundo del arte le gustan casi más las incertezas. La incertidumbre, el miedo a lo que vendrá mañana o la zozobra ante lo que se avecina es tema de obras de teatro, películas o novelas desde que el mundo es mundo. El Qué será será que cantaba Doris Day en El hombre que sabía demasiado, de Hitchcook, podía ser la banda sonora de los días que vivimos, pero también de muchos que se vivieron antes. ¿Nos esperan Los mejores años de nuestra vida o tal vez Un día de furia tras otro? ¿Resolveremos la Incertidumbre El día de mañana, o será para El día después de mañana? Veremos

Y, si la incertidumbre va a ser el leit motiv de nuestras vidas una semana tras otra, Toguilandia no podía ser menos. Una vez superados los peores momentos de esta pandemia que nos ha pillado con el pie cambiado, hay que recuperar nuestras vidas en la medida de lo posible. Y en nuestra vida entran, sin duda, nuestros pleitos. Presentes, pasados y futuros.

En el presente, lo primero es saber cómo resolvemos. Cuando, hace ya cuarenta días que parecen una vida, nos cerraron el mundo, se quedaron dentro de él nuestras togas y nuestros juicios -los tacones me los llevé puestos, afortunadamente- Los señalamientos fueron cayendo como fichas de dominó, uno tras otro, y, aunque se supone que las causas con preso podían celebrarse, la realidad me ha dado la razón a lo que aventuraba en uno de losprimeros estrenos del confinamiento  y la inmensa mayoría no pudieron celebrarse porque no acudieron los testigos. No olvidemos que ser testigo de un juicio no es una excepción para la obligación de permanecer en casa así que, en teoría, hasta se jugaban ser multados.

El presente de Toguilandia ha resultado ser fantasmagórico. Me crea un desasosiego enorme cada vez que voy a la guardiay veo a todo el mundo guardando las distancias, en el sentido literal de la palabra, con mascarilla y guantes, y un no sé qué en la expresión de la cara que dice que estos no son los juzgados que conocíamos, aunque el escenario sea el mismo y los intérpretes también.

Ahora vivimos las urgencias, lo que no admite demora, lo que ha de solucionarse ya mismo o incluso antes. Detenidos, órdenes de protección, y causas con preso en cualquiera de sus trámites en el orden penal. No olvidemos que, como decían las series de antaño, el crimen nunca descansa, y por eso quienes lo perseguimos tampoco. Por lo que atañe al Registro Civil inevitables gestiones derivadas del dolor de los fallecimientos y de los nacimientos que recuerdan que la vida se abre paso. En el orden civil, fundamentalmente cuestiones de familia, relacionadas con regímenes de visitas y la situaciones de los menores, cuyo eventual riesgo no admite ni un minuto de retraso. Y en otras jurisdicciones, las actuaciones que tampoco admitan demora, como ha sido toda la materia laboral derivada de esta hecatombe económica que ha traído consigo el maldito virus. Nadie había oído hablar de un ERTE hasta ahora. Sin embargo, ahora raro es quien no sepa qué es.

Pero ¿y el pasado? ¿Qué va a ser de todos los juicios que se suspendieron, de los plazos que quedaron congelados, de los asuntos que estaban pendientes de algún trámite y que no se encuentran en el top ten de los asuntos de urgencia inaplazable?. Pues parece que recobraremos su pulso, pero es imposible saber cómo. Ni, por supuesto, cuando.

Una de las primeras dudas que me asalta es lo relativo al límite de la instrucción, del que tanto he hablado. Ese límite de seis meses -prorrogable a dieciocho- tras el cual no se podía seguir investigando. Un límite que ha provocado la impunidad de varios asuntos que se sepa, sobre todo relacionados con  la corrupción. Pero que también puede haber dado lugar a más impunidades en asuntos que ni siquiera sabemos, porque las prisas no son buenas consejeras y el haber cerrado una causa con prueba justita puede suponer una absolución si esa prueba por cualquier motivo falla. Y mi pregunta es ¿ese plazo sigue corriendo? Cabe pensar que no, y que la suspensión de los plazos le afecta, pero la cosa no es tan simple. Porque, cuando llegue un mañana que está más cerca de lo que parece, la cosa va a estar fastidiada -léase el sinónimo malsonante, que es más real- ya que, si era difícil concluir la instrucción en tan poco tiempo y con tan pocos medios, hacerlo en peores condiciones por el trabajo acumulado durante este tiempo va a hacerlo casi heroico. O, como diría el torero, en dos palabras im-posible. Esperemos que recuperen la cordura, si la tuvieron, o que la encuentren en otro caso y que por fin se avengan a derogar este precepto, haciendo una versión multiplicada por diez del refrán. O sea, a la trigésima va la vencida.

Pero esto no es más que un ejemplo. Pensemos en todas esas suspensiones con señalamientos a dos años vista que tan frecuentes eran debido al colapso de algunos juzgados. E imaginemos qué será ahora ¿a cuatro, cinco años vista? Obviamente, un desastre cuya solución solo tiene una fórmula mágica, que siguiendo a Quevedo no es otra que la de Poderoso caballero es Don Dinero, Que no se diga que no citamos a los clásicos.

Y, por supuesto, íntimamente relacionado con eso, está el futuro. ¿Qué nos deparará un mañana donde, de momento, no podemos recuperar el tiempo perdido porque aun dependemos de las medidas oportunas para preservar nuestra salud y la de los demás?. Lo del teletrabajo  sería en muchos casos, si no una solución, sí un buen parche, pero para eso tendría que estar todo previsto, y va a ser que no. Y eso sin olvidar que la vetustez de algunas de nuestras leyes aguantan tan mal la modernidad que cualquier remedio no pasa de ser una tirita deshilachada.

Ya hemos visto las medidas del plan de choque, más choque que plan  Pero sin medios materiales y personales no van a ningún sitio. Y con ellos en cantidad suficiente, tampoco hacen falta más medidas que duplicar personal y medios. De nada sirve habilitar agosto si no va  haber jueces, ni fiscales, ni LAJs para celebrar los juicios. Y eso sin olvidar ese cómo me la maravillaría yo que, tal cual si fueran la mismísima Lola Flores deben cantar cada día letrados y letradas. Y no basta con una toga de lunares y volantes, por más que podría quedar apañada. O no,

Así que este es el panorama, para el que ya ni siquiera sirve lo de Virgencita que me quede como estoy. Saldremos, pero esperemos que no tengamos que acabar cogiendo moscas. Mientras tanto, y por si eso llega, adelanto el aplauso, que va dirigido a quienes, al fin y al cabo y como ocurre siempre, habremos de sacar las castañas de fuego desde la trinchera 

 

Balconismo: una nueva especie


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Hay situaciones en que la vida queda limitada a lo que se puede alcanzar a través de una ventana o un balcón. Una idea muy interesante si el que mira es James Stewart y el que dirige Alfred Hitchcook que puede dar lugar a una obra maestra como La ventana indiscreta Pero que es mucho más desesperante cuando se trata de una, como nos pasa ahora mismo. Y es que no podemos olvidar que las relaciones entre vecinos no siempre son idílicas. Que se lo digan si no a los protagonistas de series de vecinos como Aquí no hay quien viva, Lo que se avecina o, muchísimo antes, Un hombre en casa o Los Roper.

En nuestro teatro -madre mía, cómo lo echo de menos- los pleitos de vecindad han proliferado durante mucho tiempo, sobre todo en los antiguos juicios de faltas, como vimos en el estreno dedicado al vecinismo Un vecino o vecina puede ser testigo esencial en un juicio, o puede ser parte interesada, como ocurría en aquellos juicios antológicos en que la mancha de lejía que una vecina causaba a otra daban lugar a un pleito de varias horas, como el resto del vecindario tuviera a bien -o a mal- tomar partido por una u otra.

Me acuerdo ahora de los preceptos relativos a la responsabilidad extracontractual que nos hablaban de las cosas que se caían o arrojaban de los balcones, y que pasábamos por alto como si esa prolongación de las casas no tuviera importancia. Quién nos iba a decir que en algún momento se iban a convertir en el epicentro de nuestras vidas.

De otro lado, las relaciones de vecindad son el objeto de unos cuantos preceptos de nuestro Código Civil, sobre todo cuando se trata de explicar las distancias que ha de haber entre balcones, los muros medianeros o algunas servidumbres, como la de paso. Yo confieso que todavía sigo enamorada del precepto que habla de la ventana con reja remetida, un verdadero hit de mi oposición.

Pero ahora, si me hubiera visto envuelta en un juicio de esa clase, estoy segura que estaría arrepentida. Porque lo de la reja y, sobre todo, si es remetida, nos quita gran parte de nuestra actual vida social, por no decir toda. Que, con esto del confinamiento, salir al balcón a aplaudir y hasta a regar las plantas es el mejor momento del día. O, al menos, el de mayor socialización. Hay que ver qué relaciones se cimentan con solo unos minutos cada día. Mi vecina de enfrente, la de la bata, nos decía por gestos el otro día que habían estado esperándonos la tarde anterior, que mi hija y yo no pudimos salir a balconear. Y mi vecino del otro lado nos pregunta a grito pelado cuándo habrá discomóvil balconil  con los DJ de arriba. Y, por supuesto, estamos todos de acuerdo en que la fiestuqui que nos vamos a montar en plena calle cuando esto acabe será de los que hacen historia.

Eso sí, que quede claro que será para entonces, y solo para entonces, No vayan a meternos un pleito por desobediencia y entre en Toguilandia por la puerta de atrás, sin toga ni tacones.

Y es que hay que tener cuidado, que hasta desde los balcones se puede delinquir, si nos ponemos. Que, con el síndrome de abstinencia verbenil que nos quedó desde Fallas, Semana Santa y otras celebraciones, nos arriesgamos a venirnos arriba con el Resistiré y acabamos incurriendo en un delito contra el medio ambiente por contaminación acústica. Por más que otro vecino contraataque con  la indirecta de Y ya no puedo más de Camilo Sesto o la directa del Se acabó en cualquier de sus versiones. Que solo nos faltaba eso.

Quienes deben estar de celebración son los especialistas en delitos contra la seguridad vial, que, con la restricción de movilidad, habrán visto disminuida la faena un montón, que no hay mal que por bien no venga. Porque, aunque echemos de menos conducir, fingir que estamos al volante desde la ventana no es lo mismo. Ni tampoco la consola, aunque cualquier día los juegos son tan reales que hasta te ponen la multa o te encausan por delito.

Y es que hay que ver las cosas como cambian. Hasta hace nada, el término balconing nos transportaba a las majaderías de tipos que habían consumido cualquier cosa y se jugaban la vida saltando desde los balcones de hoteles, más de una vez con resultados letales. Supuestas juergas veraniegas que deberían ser de las cosas que nadie añore.

Ahora, sin embargo, el balcón es el entorno donde recordamos que hay algo más que nuestras cuatro paredes. Es la promesa de lo que llegará a la salida, y también de lo que podemos hacer mientras tanto, como cuidar las plantas o escuchar los pajaritos, ahora que, sin coches ni polución, se pueden oir. Devolvamos al medio ambiente un poco de lo que le hemos ido quitando durante tanto tiempo.

Por todas estas cosas, hoy el aplauso no podría dedicárselo a otras personas que a los vecinos y vecinas que hacen esto no solo soportable sino incluso agradable. A mi vecina del batín rosa y al que pide canciones de su época, al dueño del altavoz, y a la que dirige la coreografía o monta un bingo improvisado. Mil gracias por estar ahí.

La ovación extra es esta vez para Kolo ilustrador, que me ha prestado su dibujo para este estreno. Y para su perro Lolo, no se me vaya a enfadar. Mil gracias a ambos.

 

Plan de choque: más choque que plan (II)


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Ya he dicho alguna vez que en cine se suele hacer realidad el dicho de que segundas partes nunca fueron buenas., aunque hay gloriosas excepciones, entre las cuales podríamos citar la saga de El Padrino o la de La Guerra de las Galaxias y hasta, si me apuras, la de Indiana Jones. Así que voy a arriesgarme a continuar con el estreno anterior, porque me quedé a medias y porque siempre está bien acordarse no solo de la parte contratante de la primera parte, sino también de la parte contratante de la segunda parte. Y eso, por supuesto, con el `permiso de Groucho. Aunque ahora sea imposible emular su famoso camarote. Ya quisiéramos pasar con ellos Una noche en la ópera.

Así que sigamos. En el estreno anterior nos quedamos en la quinta de las propuestas que en el orden penal hace el Consejo para salir de este entuerto, el muchólogo judicial llamado Plan de choque. Así que habrá que avanzar hasta llegar al 13, el numero que han escogido para proponer en esta materia.

La sexta propuesta, referida a la supresión de recursos contra resoluciones interlocutorias, me plantea muchas dudas en un aspecto, y muy pocas en otros. En cuanto a lo primero puede ser buena idea el hacer un recurso mix que incluya las impugnaciones de fondo como de forma en una suerte de dos por uno procesal, siempre que no padezcan las garantías del justiciable. Y puede aprovecharse para eliminar esas duplicidades de recursos que hacen las causas interminables, como sucede cuando corren vidas paralelas el recurso contra el auto de prisión y contra el auto de ratificación de la prisión con iguales motivos y dos días de diferencia, aunque esto no lo hayan previsto. Es una medida que, según se lleve a cabo -el propio documento plantea dos opciones- puede ser útil. No obstante, no podemos correr el riesgo de eliminar trámites si esto afecta la tutela judicial efectiva.

La séptima medida, referente a las prioridades, es tan obvia como decir que a la mano cerrada se le llama puño. Por supuesto que se establecerán las prioridades en función de la materia y la urgencia, y también en relación con el retardo sufrido. Lo que da miedito son los criterios y la posible laxitud a la hora de interpretarlos. Pero voy a ser buena gente y voy a dar un voto de confianza, Nadie mejor que quienes habitamos Toguilandia para saber lo que es urgente.

En cuanto a la ejecución dineraria, medida que tiene el ordinal  8, solo se me ocurre decir que no sé por qué no lo habían pensado antes. Que nos auxilie Hacienda, nuestra prima mayor y rica, es de Perogrullo. Hoy y también ayer. Pero, volviendo al refranero, nunca es tarde si la dicha es buena. Y si Hacienda, que es capaz de recibir las declaraciones de IRPF en un solo clic sin necesidad de Lexnet ni de gaitas, nos ayuda, seguro que nos va a ir de perlas. Lástima no habernos hecho amigüitas antes.

La novena de las medidas, supresión de algunos delitos leves, me resulta un deja vu. Seguro que quienes requieren urgentemente un paso por la peluquería para teñirse saben de lo que hablo. En el año 92 salió una norma parecida, que hacía que los fiscales bailáramos -yo acababa de llegar- en un pie. Podía dejar de acudirse a determinados juicios de faltastras la oportuna circular que nos legitimara a ello. Fue nuestra despedida de muchos juicios de tráfico que, según me contaron, hicieron pasar muchas horas a jueces y fiscales con disquisiciones no tan jurídicas. Ahora se prevé que, además de las que necesiten denuncia, podamos abstenernos de ir a otros delitos leves, herederos de las faltas. Solo queda saber cuáles. Y saber, también, por qué no se les había ocurrido antes. Porque la razón esgrimida, aprovechar los medios materiales del Ministerio Fiscal, es tan evidente que no se entiende cómo no se hizo mucho antes-

La décima de las medidas atañe al Jurado. Y no hace sino darnos la razón a la mayoría de juristas, juradistas o no, con más de veinte años de retraso. Que el allanamiento de morada, las amenazas condicionales o la omisión del deber de socorro enjuiciados por un tribunal de jurado es matar moscas a cañonazos lo sabe cualquiera. Y que los cañonazos son caros, también. Así que bienvenido sea aunque resulte más aplicable que nunca el refrán de que más vale llegar tarde que rondar cien años. Ahora, supongo que dentro de 25 años más, alguien pensará que eso de las exacciones ilegales, que hasta a los juristas nos cuesta definir, tampoco es lo más adecuado para este tipo de proceso. Esperemos que no necesitemos otra pandemia para descubrirlo.

La undécima de las medidas se refiere a las notificaciones. Y digo yo que está muy bien  que se agilice, pero que la existencia de trámites absurdos ya llevaba tiempo esperando, y si no son absurdos habría que pensarlo no vaya a ser que prive de garantías. La pescadilla que se muerde la cola…o no

Otro tanto cabe decir de la duodécima medida, referente a la supresión del trámite de audiceica previa en el proceso de menores. Si es superfluo no sé a qué esperaban para quitarlo, y si no lo es, cuidadin no nos pasemos de castaño oscuro.

Por último, se habla de suprimir ciertos casos del recurso de queja, el que tiene el nombre más bonito por evidente, nada de su primo el de súplica, que parece que estamos arrodillándonos en vez de ejercitar derechos. Pero vuelvo a lo mismo, bienvenida sea la supresión de trámites innecesarios, pero no olvidemos que el derecho al recurso forma parte de la tutela judicial efectiva. Y no lo digo yo sino el Tribunal Constitucional, que es quien sabe de eso.

Y ahora las dos medidas fantasmas. Por no decir invisibles o inexistente. La primera, tan obvia que es casi insultante hablar de ella. ¿Dónde está el dinerito? Porque de poco sirve que se habilite el mes de agosto si no hay jueces ni fiscales ni Lajs que sustituyan a quienes estén de vacaciones -que algún día podremos tener, digo yo-. Y eso por no hablar del resto de personal o de los medios materiales, que también. Esto suena a muchólogo de «mucho te quiero perrico, pero pan poquico»

Y, para última, la de siempre. ¿Dónde está lo de la supresión del límite de instrucción, que no lo encuentro? Que muchos proyectos pero nada de nada. Y si las causas seguían caducando y provocando impunidad hasta ahora, a partir de este momento no quiero ni pensarlo. Prefiero creer que se han olvidado y recórdarselo con todo mi cariño. Ya lo sabe, quien corresponda

Y hasta aquí mi resumen y comentario del muchólogo de tropemil medidas. Veremos a ver si se hace real y cómo resulta. Hasta entonces, me guardo en la nevera mi aplauso. Y le pongo mascarlla y hasta guantes, que se conserve bien sano para cuando llegue el momento.

 

 

Plan de choque: más choque que plan (I)


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Los intentos de arreglar las cosas han dado mucho al mundo de cine y series. Ya el tebeo de toda la vida estaban unos personajes antológicos, Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, sin duda los precursores de aquellos Manolo y Benito de Manos a la Obra. Y es que a veces, construir La casa de tus sueños puede convertirse en Esta casa es una ruina. Y hay que tener cuidado, no nos caiga encima. Y es que cuando, como en Apolo XIII, decimos eso de Houston, tenemos un problema, hay que atarse los machos

En Toguilandia tenemos un problema. Y no sé si más grave que el de la nave espacial, pero sí tan importante. Se nos hunde la casa. Si ya andaba renqueando, la situación imprevisible del coronavirus y sus consecuencias nos han machacado. Pero no tenemos que preocuparnos. O sí. Tenemos nuestra propia Liga de la Justicia para salvarnos. O no

El Consejo General del Poder Judicial, como no podía ser de otra manera, ha elaborado un muchólogo de medidas. Permitidme que le llame así, que es lo que se me ocurre hacer con un decálogo que no es tal sino que tiene muchas propuestas.  Tropemil, para ser exacta, o hijoemil, que diría una buena amiga. En penal, en concreto, son 13. Espero que la elección de este número no sea premonitoria de sus efectos. Mejor no ser supersticiosa.

No obstante, no pretendamos que estas medidas vayan a ser la solución absoluta. Y, aunque lo han llamado pomposamente Plan de choque, me parece que hay más choque que plan, y eso vale para todas las materias, aunque el derecho penal tenga sus peculiaridades.

El derecho procesal penal venía pidiendo a gritos una reforma desde hace décadas, y cualquier cosa que no sea una reforma integral no es más que una capa de gotelé sobre unos muros agrietados. Esperemos que nuestro gotelé judicial aguante más que el Manolo y Benito. Y ahora, al lío.

La primera medida hacer referencia al fomento de las conformidades. Me hace gracia, como si fuera algo que no estuviéramos haciendo desde hace mucho, incluso en esas secciones específicas  que parece inventar y ya existen en muchas fiscalía, como en la mía, y con grandes resultados. De todas maneras, ya sabemos, porque la conformidad tuvo su propio estreno, que si se fuerza la máquina corremos el riesgo de convertir los procesos en un mercadillo. Y hay que tener cuidado, no acabemos ofreciendo lotes de «llévate tres juicios y paga solo dos», como el el híper.

La segunda medida se refiere a las posibles conformidades en los delitos leves, y propone que el Ministerio Fiscal haga un traslado extra proponiendo por escrito una conformidad, para el caso que el denunciado quisiera conformarse -y si no, pues trabajo del fiscal a la basura, vaya-. La verdad es que esta medida me da sarpullidos, porque parece que es cambiar las manzanas de cesto. Si el fiscal ha de calificar, este procedimiento más rápido se vuelve casi igual que el abreviado, y adoptará sus tiempos. Quizá haga más rápido el juicio, pero ralentiza la tramitación. Lo que viene siendo pan para hoy y hambre para mañana.

La siguiente propuesta es la de supresión de algunos delitos leves, nuestras antiguas faltas. Un primer bloque sería el de los delitos leves de alteración de lindes y distracción del curso de las aguas. Hay que ver lo cerca que teníamos la solución a los problemas de la justicia, y nosotros sin verlo. Sin duda que la supresión de dos delitos que jamás he visto en 27 años es definitiva para arreglarlo todo. Eso sí, ¿qué será lo próximo? ¿Derogar el precepto del Código Civil  que regula la persecución de abejas por fundo ajeno o el del tesoro oculto? No somos nadie.

Sin embargo, lo de suprimir otros delitos leves como las amenazas y las coacciones sí que me plantea serias dudas. Hay conductas de esta índole que no llegan al delito grave pero pueden resultar dañinas, y dejarlas impunes tal vez no sea lo más conveniente. El principio de oportunidad podría hacer ahí una gran trabajo, en lugar de ir a la derogación directa. Y también preveo problemas respecto al paralelismo con conductas de la misma naturaleza en el ámbito de la violencia de género o doméstica. Pero mejor no me anticipo. Tiempo al tiempo.

La cuarta propuesta aun me tiene hablando sola. Alude a la introducción como alternativa a la pena de multa de la pena de trabajos en beneficio de la comunidad o localización permanente. No sé qué ventajas puede tener una sobre otra a la hora de ejecutar, ni alcanzo a comprenderlo, más todavía cuando sabemos de buena tinta que hay veces que los trabajos sociales no llegan a cumplirse por no disponer de plazas o por otras razones, como la de la pandemia de ahora mismito. Y tampoco sé cómo casa la agilización con la proporcionalidad de bienes jurídicos en cada caso. Seguiré hablando sola, a ver si doy con la clave.

La quinta de las propuestas de choque del Consejo General del Poder Judicial es la que alude a las sentencias in voce, que también se prevén para otras jurisdicciones. En la jurisdicción penal ya existían para los casos que trata, delitos leves y conformidades, y la única novedad en este caso consiste en sustituir la documentación por la mera acta del juicio en soporte digital. Esto es, que no habrá sentencia tal como la conocemos. No dudo de lo práctico de esta medida, sobre todo si están conformes las partes. Me plantea, sin embargo, muchas más dudas cuando no lo están, porque la tutela judicial efectiva, de la cual es parte fundamental la motivación de las resoluciones y el derecho al recurso, pueden tambalearse. Y eso sí que no

Así que hasta aquí la primera parte del muchólogo de medidas y sus comentarios. No quiero cerrar el telón son agradecer a mi compañera @Si_be_lius su hilo en twitter guiándome para un primer resumen. Para ella, y para todos y todas los que se están afanando para interpretar todo este batiburrillo, va el aplauso. Para el propio Consejo autor, un silencio expectante a ver cómo sigue la cosa. Pese a mi escepticismo, ojala en un futuro no muy lejano pudiera romperme las manos aplaudiendo, pero ya veremos. Como veremos, sin duda, la segunda parte de este choque sin plan. Permanezcan atentos a sus pantallas