Balconismo: una nueva especie


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Hay situaciones en que la vida queda limitada a lo que se puede alcanzar a través de una ventana o un balcón. Una idea muy interesante si el que mira es James Stewart y el que dirige Alfred Hitchcook que puede dar lugar a una obra maestra como La ventana indiscreta Pero que es mucho más desesperante cuando se trata de una, como nos pasa ahora mismo. Y es que no podemos olvidar que las relaciones entre vecinos no siempre son idílicas. Que se lo digan si no a los protagonistas de series de vecinos como Aquí no hay quien viva, Lo que se avecina o, muchísimo antes, Un hombre en casa o Los Roper.

En nuestro teatro -madre mía, cómo lo echo de menos- los pleitos de vecindad han proliferado durante mucho tiempo, sobre todo en los antiguos juicios de faltas, como vimos en el estreno dedicado al vecinismo Un vecino o vecina puede ser testigo esencial en un juicio, o puede ser parte interesada, como ocurría en aquellos juicios antológicos en que la mancha de lejía que una vecina causaba a otra daban lugar a un pleito de varias horas, como el resto del vecindario tuviera a bien -o a mal- tomar partido por una u otra.

Me acuerdo ahora de los preceptos relativos a la responsabilidad extracontractual que nos hablaban de las cosas que se caían o arrojaban de los balcones, y que pasábamos por alto como si esa prolongación de las casas no tuviera importancia. Quién nos iba a decir que en algún momento se iban a convertir en el epicentro de nuestras vidas.

De otro lado, las relaciones de vecindad son el objeto de unos cuantos preceptos de nuestro Código Civil, sobre todo cuando se trata de explicar las distancias que ha de haber entre balcones, los muros medianeros o algunas servidumbres, como la de paso. Yo confieso que todavía sigo enamorada del precepto que habla de la ventana con reja remetida, un verdadero hit de mi oposición.

Pero ahora, si me hubiera visto envuelta en un juicio de esa clase, estoy segura que estaría arrepentida. Porque lo de la reja y, sobre todo, si es remetida, nos quita gran parte de nuestra actual vida social, por no decir toda. Que, con esto del confinamiento, salir al balcón a aplaudir y hasta a regar las plantas es el mejor momento del día. O, al menos, el de mayor socialización. Hay que ver qué relaciones se cimentan con solo unos minutos cada día. Mi vecina de enfrente, la de la bata, nos decía por gestos el otro día que habían estado esperándonos la tarde anterior, que mi hija y yo no pudimos salir a balconear. Y mi vecino del otro lado nos pregunta a grito pelado cuándo habrá discomóvil balconil  con los DJ de arriba. Y, por supuesto, estamos todos de acuerdo en que la fiestuqui que nos vamos a montar en plena calle cuando esto acabe será de los que hacen historia.

Eso sí, que quede claro que será para entonces, y solo para entonces, No vayan a meternos un pleito por desobediencia y entre en Toguilandia por la puerta de atrás, sin toga ni tacones.

Y es que hay que tener cuidado, que hasta desde los balcones se puede delinquir, si nos ponemos. Que, con el síndrome de abstinencia verbenil que nos quedó desde Fallas, Semana Santa y otras celebraciones, nos arriesgamos a venirnos arriba con el Resistiré y acabamos incurriendo en un delito contra el medio ambiente por contaminación acústica. Por más que otro vecino contraataque con  la indirecta de Y ya no puedo más de Camilo Sesto o la directa del Se acabó en cualquier de sus versiones. Que solo nos faltaba eso.

Quienes deben estar de celebración son los especialistas en delitos contra la seguridad vial, que, con la restricción de movilidad, habrán visto disminuida la faena un montón, que no hay mal que por bien no venga. Porque, aunque echemos de menos conducir, fingir que estamos al volante desde la ventana no es lo mismo. Ni tampoco la consola, aunque cualquier día los juegos son tan reales que hasta te ponen la multa o te encausan por delito.

Y es que hay que ver las cosas como cambian. Hasta hace nada, el término balconing nos transportaba a las majaderías de tipos que habían consumido cualquier cosa y se jugaban la vida saltando desde los balcones de hoteles, más de una vez con resultados letales. Supuestas juergas veraniegas que deberían ser de las cosas que nadie añore.

Ahora, sin embargo, el balcón es el entorno donde recordamos que hay algo más que nuestras cuatro paredes. Es la promesa de lo que llegará a la salida, y también de lo que podemos hacer mientras tanto, como cuidar las plantas o escuchar los pajaritos, ahora que, sin coches ni polución, se pueden oir. Devolvamos al medio ambiente un poco de lo que le hemos ido quitando durante tanto tiempo.

Por todas estas cosas, hoy el aplauso no podría dedicárselo a otras personas que a los vecinos y vecinas que hacen esto no solo soportable sino incluso agradable. A mi vecina del batín rosa y al que pide canciones de su época, al dueño del altavoz, y a la que dirige la coreografía o monta un bingo improvisado. Mil gracias por estar ahí.

La ovación extra es esta vez para Kolo ilustrador, que me ha prestado su dibujo para este estreno. Y para su perro Lolo, no se me vaya a enfadar. Mil gracias a ambos.

 

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