Insomnio: ojos como platos


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Dicen que los genios duermen poco y que de muchas noches de insomnio salen algunas de sus obras maestras. No sé si es cierto, o si ese insomnio tan productivo viene acompañado de alguna ayuda externa, como el alcohol de Edgar Allan Poe. Dostoievsky, por su parte, según cuentan, tuvo que dejar de dormir para duplicar su productividad, y así es como, paradójicamente, escribió El jugador, acuciado por la necesidad de pagar sus propias deudas de juego. Nunca se sabe qué tienen de cierto u qué de leyenda estas historias, pero es lo que hay. Pero si hay una película -o varias- que convierten el insomnio en el eje de su argumento, esa es Pesadilla en Elm Street, cuya protagonista tenía que luchar por mantenerse despierta a riesgo de que Freddy Krugger le atacara en cuanto entrara en territorio de Morfeo. Luego, ya se sabe, Fraddy se vino arriba y sus sucesivas entregas ya no fueron lo mismo. Aunque el miedo nos deje más de una vez con nuestros Eyes wide shout.

En nuestro teatro el insomnio es un fiel compañero. Nos acompaña durante todo el camino, desde los primeros momentos en que estudiamos, y aún antes, para elegir la carrera primero o la oposición o el ejercicio profesional por la que el que decantarse. Nos continúa acompañando junto a Códigos y apuntes, y acaba quedándose al lado de demandas, contestaciones, calificaciones, informes, autos o sentencias. A veces se alía con las pesadillas  a las que dedicamos un estreno, y ambos luchan contra los sueños. Y otra, ni así.

Vivimos tiempos complicados. La zozobra de esta situación en que nos ha metido el maldito bicho coronado se ha sumado a la sempiterna falta de medios de nuestra querida Toguilandia. Y juntas, han hecho un cóctel explosivo. O van camino de hacerlo. Pero no nos engañemos, que el insomnio no es fruto del virus, ni siquiera su consecuencia. Ya vivía junto a nuestras togas mucho antes, y todo esto no ha hecho otra cosa que alimentarlo.

¿Quién no ha pasado una noche de insomnio por culpa de algún asunto? En Violencia de género, las dudas de si habremos acertado o no en dar tal o cual medida, o denegarla, en pedir y acordar la prisión del detenido o no hacerlo es algo que no se puede dejar colgado en el perchero cuando se cuelga la toga. Se viene a casa, nos acompaña durante el día y se hace fuerte durante la noche, cuando no hay ninguna otra cosa que pueda distraer nuestra atención,

Y no digamos qué es lo que pasa si a esa víctima le pasa algo. Muchas de las personas que llevamos años trabajando en esta materia hemos tenido alguna experiencia en este sentido, y es de las peores cosas de nuestra profesión. Esas víctimas te acompañan por mucho tiempo, llenando noches en blanco y habitando pesadillas. Y, aunque pueda parecer contradictorio, pobres de nosotros si no nos pasa, porque el día que se pierda la sensibilidad hay que pensar en dedicarse a otra cosa.

Otro tanto cabe decir de otras víctimas, las de violencia doméstica, menores, personas vulnerables a las que el temor de si se acierta o no se suma el problema social que no podemos resolver. También cualquiera que lleve un tiempo en estas profesiones ha pasado por esas situaciones de importancia de madres que se ven obligadas a denunciar a sus hiios porque las agreden, pero luego no quieren que se queden en la calle. También causan mucho desasosiego todos los casos en que hay una enfermedad mental de por medio, de esas a las que no podemos dar solución pero de las que no podemos evitar quedarnos con la preocupación enganchada.

Los casos, por desgracia serían infinitos, porque si por algo se caracteriza nuestro teatro es por ofrecer representaciones de las situaciones mas extremas del ser humano, esas para las que el Derecho no tiene respuesta.

Ahora, a todas esas cosas que ya formaban parte de nuestro día y día, y que, aunque han quedado eclipsadas por el confinamiento y sus consecuencias, van a volver como el anuncio del turrón en Navidad, hay que sumar la preocupación extra de cómo recuperaremos el tiempo perdido. Porque el mundo se ha parado pero los problemas no dejaron de existir, solo se quedaron en stand by. Y ahora no queda otra que retomar

Todo el mundo tenemos claro que hay que retomar. Lo que no tenemos claro es cómo hacerlo. Y ahí llega nuestro amigo el insomnio para hacerlo, si cabe, más difícil. A no ser que nos pase como a esos genios de los que hablaba al principio, y las noches en blanco nos supongan soluciones geniales que nadie había visto hasta el momento.

Ojala les pasará eso a quienes tienen poder para tomar decisiones pero parece que más bien al contrario, y que, como a aquel Dinio que pobló las teles y revistas del hígado por un tiempo, la noche les confunde.

Ya hablamos de las propuestas de solución que no acaban de convencer, y de la incertidumbre que amenaza con acompañarnos mucho tiempo. Pero habremos de recordar que cualquier solución que no pase por una inversión en medios personales y materiales, y que no respete los derechos de todos los profesionales que habitamos Toguilandia, amenaza con ser un fracaso.

Esperemos que el fin del confinamiento no sea el principio de muchas noches de insomnio, aunque la cosa pinta mal. De momento, hay que pasar las noches dándole vueltas a eso del desescalamiento, que a mí me sigue planteando muchas dudas sobre Toguilandia…y sobre lo que no es Toguilandia

Mientras tanto, reservemos el aplauso para el primero o la primera que dé con algo que convenza a quienes trabajamos en esto y no a quienes jamás pisaron las tablas de nuestro escenario. A ver si la noche les ilumina.

Y gracias, de nuevo a madebycarol por su fabulosa ilustración, Ninguna imagen más representativa que esa

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