Infancia: verdad verdadera


                Es bien sabido que los niños -y las niñas, claro está- siempre dicen la verdad. Aunque hay que reconocer que la dicen de un modo adorable- Tal vez por eso el mundo del espectáculo ha recurrido tantas veces a protagonistas infantiles, llegando incluso a explotarles hasta robarles la infancia. El rayo de luz de Marisol no brillaba tanto como quisieron que viéramos, los bucles de Shirley Temple no eran tan dorados como parecía, ni El pequeño ruiseñor era tan feliz como sus trinos hacían creer. Mucho se ha escrito sobre niños prodigio, pero, sea cual sea la historia de cada cual, su presencia en las películas suele funcionar. Es desternillante saber qué piensan los bebés de Mira quien habla, qué hace un niño que se queda Solo en casa, o conocer como crece Harry Potter película a película.

                En nuestro teatro la intervención de menores es tan frecuente como importante, y sus derechos han de ser objeto de especial protección, algo a lo que ya dedicamos más de un estreno. Pero hoy vamos a ponernos en su piel y saber que piensan de Toguilandia y de las cosas que pasan en el mundo.

                Cuando mi hija mayor tenía 5 años, su monitor de natación, un chico muy joven vino un día a hablar conmigo y, un poco azorado, me dijo que él no sabia en qué trabajaría yo, pero la niña le había dicho muy seria que si la volvía a obligar a tirarse de cabeza su madre -o sea, yo- le metería en la cárcel. Entre la risa y el bochorno, tuve que explicar a aquel chico que yo era fiscal y que ese era el modo en que mi hija interpretaba mi trabajo, barriendo, claro está, para casa. La verdad es que no sé si esto influiría pero años más tarde, estando en el Juzgado de guardia, un joven abogado me llamó, y en su cara pude reconocer después de un rato a aquel monitor de natación.

                Lo bien cierto es que entre nuestras hijas e hijos el tema de la prisión es muy recurrente, quizá porque es la manera más sencilla de explicarles nuestro oficio. Aunque no siempre piensan que es lo mejor. Entre nuestros vástagos, hay quienes quieren ser como mamá o como papá, y quienes de ningún modo porque trabajan mucho, como le dijeron a una compañera, o porque vuestras conversaciones son muy aburridas, como nos decían mis hijas. Pero cuidado, que cuando la niña de esta compañera le dijo que prefería ser ladrona para coger los dineritos, la hermana le advirtió que no lo hiciera porque su mamá le metería en la cárcel. No fue, sin embargo, el único. También otra compañera tuvo que escuchar de labios de su hijo de 5 años su vocación de ladrón en vez de fiscal aunque, en este caso, porque le parecía bastante más divertido. Y a lo mejor algo de razón tiene, el angelito.

                Lo bien cierto es que a veces les armamos un lío. Dice un compañero que su criatura no sabía muy bien lo que era su padre, que debía ser policía o médico porque trabajaba siempre en la guardia. Me cuenta otra compañera que, tras explicar pacientemente a sus niños que su trabajo como fiscal consistía en meter en la cárcel a los malos y en proteger a los niños, les preguntó si lo habían entendido. Aun se está riendo de su respuesta, ya que había hecho un mix y le dijo que los fiscales metían a los niños en la cárcel. Y tan contento.

                Sin duda, debemos tener cuidado con lo que les contamos, o nos podrá pasar lo que a una compañera, que se enteró que su hijo, muy fan de la policía, en una charla que le dieron en el colegio, afirmó con toda convicción que su madre trabajaba con los malos.

                Y es que las criaturas interpretan lo que ven a su manera. Ya  conté en las covidnécodtas que la niña de otra compi decía que ella no iba a hacer los deberes porque no era la niña de guardia, tras oír a su madre decir que ella no era la fiscal de guardia en ese momento. Ahora ya sabe un poco más y le pide a su madre que llame al juez para organizarse, no vaya ser que haya un malo malísimo detenido por coger algo del Ale Hop -lo peor de lo peor en su particular ranking delictivo- y les fastidie la tarde.

                A veces, no sabemos explicarnos bien, desde luego. Por eso la hija de 4 años de una compañera se quedó asombrada porque su madre le explicó que el malo del día había robado una casa. Después de preguntarle cómo lo hizo, con lo muchísimo que pesaría, ella misma se contestó. Con una grúa, claro. Blanco y en botella.

                No estaba sin embargo, tan blanco y en botella nuestro trabajo para el hijo de un colega que explicó en el colegio que su padre trabajaba en correos. Alertado por la tutora, que conocía que el padre era fiscal, preguntaron al niño quien, muy convencido, explicó que su padre llevaba muchos papeles y ponía muchos sellos. Y, desde luego, tenía toda la razón del mundo. Viva el Papel 0

                Pero nuestros retoños no solo se preocupan de nuestro trabajo. El coronavirus ha cambiado sus vidas tanto como las nuestras y sus reacciones han sido de lo más curiosas. Me cuenta una amiga abogada que su niño se le aparecía en pleno confinamiento al pie de su cama con sus zapatos en la mano, pidiéndole que le llevara al parque porque en ese momento, en plena noche, el virus estaría durmiendo. Su madre no pudo convencerle de que eso no era así exactamente, así que el niño acabó diciendo que se quería poner malo, así que fueran a la calle ya. Y, como no es tonto, cuando le riñen por portarse mal, le echa la culpa al virus, Y yo creo que voy a copiarlo, que como excusa no tiene rival.

                Desde luego esto del covid ha alterado incluso sus sueños y preocupaciones. La misma niña que no es la niña de guardia está muy agobiada pensando en cómo lo harán los Reyes y Papá Noel para llegar a las casas pese al virus y a las medidas restrictivas, y otro fiscalito junior se pregunta si no superarán el aforo los tres reyes y los habitantes de la casa. Y, además, a ver cómo lo apañan que no solo no son convivientes sino que además son personas de riesgo con las de años que tienen. Y así es, desde luego.

                Y a veces, por más que nos empeñemos en que son mayores para saber ciertas cosas, tiene sus propios tiempos. El sobrino de una compañera se encontró en una pintoresca situación cuando su padre decidió decirle que el ratoncito Pérez era él. El niño, ni corto ni perezoso, le miró asombrado y le dijo : Ualaaa ¿y cómo lo haces para ir a todas las casas?. A ver quién era el guapo de insistir con la verdad ahora.

                Porque los niños y las niñas saben muy bien lo que quieren. Que se lo digan si no a otra compañera que, harta de oir a su hija decir “yo quiero, yo quiero” una y otra vez , quiso contestarle diciéndole lo que quería ella. La niña le interrumpió, indignada, diciendo “estamos hablando de mí, no de ti”. Tal cual.

                Claro está que con esa actitud su madre no se enteraría de lo que pretendía saber otra fiscalita baby, cuando le preguntaba si tenía un enano en el estómago. Ante la sorpresa materna, la niña explicó que eso era como los que bailan flamenco, que se tiene o no se tiene. Y eso a los 6 años, que habrá que oírla cuando crezca.

                Para acabar, recordaré lo que dijo una niña valenciana a las cámaras de televisión, dándonos una lección de civismo acerca del uso de mascarillas. “Me ahogo un poquito, pero más vale ahogarse un poquito que morirse”. Ojala las personas adultas fuéramos tan consecuentes.

Por si acaso alguien no quiere hacerme caso, no dudaré en lo que hace la sobrina de otra compañera, de solo 6 meses que, apercibida de que cuando tose corren a cogerla, ahora finge una tos que ni un carretero después de fumar cuatro paquetes de caliqueños. Me la anoto como técnica de márquetin.

                Y esto es todo en Minitoguilandia, al menos de momento. El aplauso, sin duda, es para todos los niños y niñas cuyas palabras forman parte, aun sin saberlo, de este estreno, y para sus mamás y papás que me lo han querido contar.. Mil gracias

Por supuesto, no me olvido de la ovación extra para mi ilustradora de cabecera @madebycarol, que con sus pinceles todo lo mejora. Gracias otra vez

LECRIM. la entrañable viejecita


                Pocas cosas causan más ternura que una ancianita encantadora, aunque no siempre es oro todo lo que reluce. Las pantallas y los escenarios se han poblado en muchas ocasiones de todo tipo de viejecitas más o menos maravillosas. Las aparentemente inocentes protagonistas de Arsénico por compasión o la madre momificada del protagonista de Psicosis son cualquier cosa menos angelicales, desde luego. Sin embargo, hay heroínas entrañables como la Miss Marple de Agatha Christie o la Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen. Aunque, si tuviera que elegir, dudaría entre la Abuelita Paz de los tebeos de mi infancia, la abuelita de Piolín a la que le parecía haber visto un lindo gatito, o La vieja del Visillo del programa de televisión. Me producen una mezcla de ternura y mala leche que seguro que comparte más de uno y de una.

En nuestro teatro tenemos varias ancianitas venerables. Y no me refiero a ninguna magistrada, abogada o fiscal entrada en años, que nadie me malinterprete. Me refiero a nuestras leyes. Varias de ellas son centenarias, como el Código Civil , la ley de enjuiciamiento criminal o la ley de indulto y, como pasa en todas partes, hay quien envejece mejor o peor. Por supuesto, también depende de las operaciones a que se haya sometido, y de la calidad del profesional de la cirugía que las haya efectuado, que todo cuenta. No siempre basta con el Botox y la silicona.

Pues bien, entre las venerables ancianitas más achacosas que tenemos, está la ley de enjuiciamiento criminal, Lecrim para los amigos. La pobre está cerca de cumplir 140 años, ahí es nada, y no la dejan jubilarse. Y mira que se lo han prometido veces, pero no hay manera. Le hacen una operación de chapa y pintura y a funcionar. Y claro, tiene tantas cicatrices de cada operación que a duras penas puede ser útil. Y no la culpo. A ver quién aguantaría 140 años y seguiría estando tan pichi. Excepción hecha, claro está, de Matusalén, pero ya quisiera verlo yo teniendo que solventar tantas cosas como ha de hacerlo la Lecrim.

El caso es que, en los últimos tiempos, se habla con lo que parece mucha fuerza de una posible jubilación de la ancianita y su sustitución por una nuevecita de cabo a rabo. Quienes llevamos tiempo transitando por Toguilandia sabemos que eso no es nuevo. Se lleva hablando de una nueva ley de enjuiciamiento criminal desde, al menos, que yo estudiaba en la Facultad y seguro que antes. De hecho, comentaba un querido compañero en twitter, dirigiéndose a quienes preparan la oposición, que no se preocupen que seguro que, como tantas veces ha pasado, no queda más que en un proyecto más. Y no seré yo quien le contradiga. Recuerdo que, mientras estaba en la Escuela Judicial, ya nos juraban en arameo que nos preparáramos, que a la fiscalía nos iba a caer encima la instrucción. Y aquí estoy, tas veintiocho años, con mi paraguas para protegerme de la llegada de la instrucción apolillado por falta de uso.

Lo que no podemos negar es que ese parece el principal escollo o, al menos, lo más llamativo. Tanto es así, que ya tuvimos un estreno dedicado a la instrucción, donde, como si estuviéramos en El señor de los anillos, la judicatura sigue clamando por la instrucción por su tesoooooro. Un tesoro envenenado, por otra parte, porque como eso de «darnos» -como si le perteneciera a alguien que graciosamente nos la cede- la instrucción, si al final prospera, no viene acompañado de un plan de cambios a medio plazo y unos medios materiales y personales a plazo inmediato, va a ser el más sonado de los fracasos. Y yo, aunque odio a los profetas, acabaré teniendo que decir ese “¿Lo ves?” que tanta rabia da. ¿O no?

Por supuesto, hay más cosas, pero creo que el cambio de sistema es el eje de una reforma que, como Santo Tomás, creeremos cuando la veamos en el BOE. Lo que es obvio es que una ley que ha pasado por varias monarquías, una república, una dictadura y hasta un par de pandemias merece un descanso. Ya podría venir algún juez a tumbarla, una expresión tan utilizada en los últimos tiempos en los medios de comunicación y que tanto enfada a Sus Señorías, y con razón. Se están convirtiendo en tumbadores profesionales capaces, el día menos pensado, de noquear al mismo Mohamed Alí en su buena época. Tiempo al tiempo.

Y es que, si lo pensamos, el esquema inicial ha ido cediendo tanto que el sumario ordinario, que era el procedimiento tipo, ha pasado a ser excepcional y extraordinario, el proceso más común que es el abreviado se regula como un proceso especial y, pese a su nombre, puede llegara tener tomos y tomos y nada breves. Y así con todo.

Así que, démosle un merecido descanso que ya toca. Pero dotemos al bebé que le sustituirá de un buen ajuar, o el pobre no podrá salir adelante o lo hará renqueando.

De momento, ahí va mi aplauso para ella, como homenaje por el tiempo que lleva acompañándonos. No vaya a ser que me equivoque y esta vez sea que sí.

25 N: Como Dios manda


Para conmemorar el Día para la erradicación de las Violencias contra las mujeres, este escenario abre el telón con un estreno especial, un cuento que fue seleccionado y publicado en la antología de Valencia Escribe «Cada Vez Más Iguales»

Ojala no hubiera que escribir más cuentos como este, o solo fueran cosa del pasado

COMO DIOS MANDA

-¿Puedo, madre? ¿Puedo?

– Mientras no se entere padre y no descuides tus obligaciones, haz lo que te venga en gana. Pero yo no quiero saber nada. ¿Está claro?

         Se fue a su cuarto dando saltos de alegría. Al final convenció a su madre, aunque le costó mucho. Pero mereció la pena. A partir de ese momento, podría ponerse en marcha para cumplir su sueño.

          Quería ser maestra. Le encantaba estudiar, y enseñar lo que había estudiado y, era, además, el modo perfecto de esquivar el futuro que le esperaba, ese futuro que habían diseñado para ella.

          Sus padres eran granjeros, como lo era casi el pueblo entero. No tenían más idea en la cabeza que la de que su hija les ayudara con las faenas de la casa hasta que la casaran con un buen hombre, y que el chico se hiciera cargo de la granja. Era una pena que el destino se hubiera burlado de ellos y les hubiera caído en suerte una chica lista y organizada y un chico que era un zoquete que pasaba las horas entre la calle y la taberna. Confiaban en que con el tiempo sentarían la cabeza aunque, si era difícil en el caso de él, en el de ella lo era todavía más. Pocas niñas sentían tan poca inclinación por las cosas de la casa.

         Fue la maestra del pueblo la que le dio la idea en el mismo momento en que sus padres decidieron que abandonara la escuela. Ella la prepararía en su casa para ser maestra. Era inteligente y aplicada y conseguiría sacarse el título, estaba segura.

          No se equivocó y, una vez consiguió el permiso de su madre –o que, al menos, hiciera la vista gorda- se aplicó como nunca había visto la maestra aplicarse a nadie.

          Cumplió su sueño. Pocos años después de aquella conversación con su madre, firmaba su contrato. Sería la maestra del pueblo vecino. Tendría su trabajo, su sueldo y su casa propia y, aunque las condiciones eran entre injustas y ridículas, las asumió con alegría. ¿Qué más le daba a ella llevar doble enagua, no andar con varones, no teñirse el pelo ni vestir de colores brillantes, ni toda esa sarta de tontadas? Era libre.

            Su padre, sin embargo, sintió que se la habían ido las cosas de madre. Cuando la niña se plantó con la maleta en una mano y el título en la otra, gritó que había dejado de ser su hija. Pero fue la madre quien pagó la osadía de su hija. Le dio tal paliza que casi no lo cuenta, aunque no le importó demasiado. Unos cuantos huesos rotos eran un precio asumible a cambio de la libertad de su hija.

            El no pensaba igual. Le avergonzaba que la niña anduviera por ahí como una cualquiera en vez de estar en la granja como Dios manda. Además, le vendría muy bien casarla con el panadero, que había enviudado. Así lograría un dinerito extra para salvar el desastre a que le habían llevado las deudas de su hijo.

            Cuando llegó aquel inspector y le pidió que le mostrara las instalaciones, ella no sospechó nada. Pero la sangre se le heló en las venas cuando vio lo que había en su cajón. No dudó ni un instante cómo había llegado hasta allí.

             La barra de labios que encontraron en su pupitre fue suficiente para su despido fulminante como maestra. Su contrato, fechado en el año 1923, le prohibía, entre otras muchas cosas, maquillarse. Era el fin.

             Regresó a casa de sus padres con la cabeza alta, pero no les miró a la cara. Su madre solo pudo pedirle perdón con una mirada triste de su ojo sano. Descubrió el plan cuando él recibió en paquete postal la barra de carmín, pero no pudo impedir que lo ejecutara.

               Apenas llevaba un día de vuelta cuando su padre la encontró en la cama con el cuchillo de la matanza clavado en el abdomen. A su alrededor, un charco de sangre tan roja como el carmín con el que se había pintado los labios por primera y última vez en su vida.

              Su venganza no acabó ahí. Su padre hubo de soportar un entierro clandestino fuera del cementerio, con el reproche y las lágrimas de su esposa como única compañía.

              Tuvo en su muerte la libertad que le negaron en su vida.  Las suicidas no pueden tener un sepelio como Dios manda.

Cambios: rebus sic stantibus


                El cambio es una constante en nuestras vidas. Tal vez por eso, las miradas al pasado tienen tanto éxito en cine y teatro, a pesar de que no siempre se pueda afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Recuerda es el mismo títulos de una película ya clásica, y es que rememorar Tal como éramos siempre gusta, sobre todo si es para revivir nuestra particular Belle Epoque. También es bueno atreverse a Volver, aunque no siempre los recuerdos sean amables, pero es necesario para Volver a empezar. Y en ello estamos

                En nuestro teatro el pasado es un componente esencial  porque, al fin y al cabo, los argumentos siempre hacen referencia a un pretérito más o menos remoto, o más o menos inmediato. Se trata de colocar el cartel de The End a aquella historia que vivimos y que acaba en los pasillos de Toguilandia, sea para poner una pena al culpable de un hecho delictivo, para resarcir a una víctima, para regular los efectos de una ruptura matrimonial o para ventilar las vicisitudes de una herencia o los conflictos con una propiedad.

                Los tiempos que nos ha tocado vivir, y que hace nada nos hubieran parecido una película de ciencia ficción, han hecho que tengamos que adaptarnos a unos cambios que nunca hubiéramos imaginado. Si han venido a quedarse o no, el tiempo lo dirá. Aunque, mientras tanto, podemos hacer un ejercicio de adivinación, porque el futuro es tan incierto que toda previsión lógica puede saltar por los aires en cualquier momento.

                Entre las cosas de las que espero librarme lo mas pronto posible –siempre, claro está, que sea lícito hacerlo- están las mascarillas. Aun recuerdo cuando veíamos las imágenes de un Michael Jackson desteñido y enmascarillado y nos parecía algo totalmente irreal. Ahora, lo de las mascarillas es el pan nuestro de cada día y en cuanto al desteñido, no es de extrañar vislumbrar cierta palidez en nuestras caras, ya que pasamos una buena temporada entre las cuatro paredes de nuestra casa y ahora, aunque salgamos, no lo podemos hacer ni con la frecuencia ni con a alegría de antaño. Quién nos lo iba a decir hace nada.

                La cuestión es que lo de las mascarillas puede tener, incluso, su lado bueno, aunque a mí me costaba encontrarlo. Una compañera, contestando a una de esas preguntas con las que le doy la lata para nutrir estos estrenos, me decía que en algunas cosas echará de menos las mascarillas cuando desaparezcan de nuestras vidas, esperemos que más bien pronto que tarde. Decía que el tapabocas le sirve para poder comentar cosas por lo bajini con su juez y “adelantar faena” –hay que ver cómo le sacamos partido a cualquier cosa.- y que además permite disimular cuando a una le entra la risa con las numerosas anécdotas con las que bregamos día a día. Esta parte confieso que me gusta más, y que además la vivía ayer mismo cuando una testigo dijo con toda su intención, a la pregunta de si era cierto que vio determinada cosa, que ella, como Chus Lampreave, era testiga y no podía mentir. Así que, visto lo visto, nos resultó útil la mascarilla para ocultar el ataque de risa, hay que reconocerlo.

                También la mascarilla nos da una excusa perfecta para esas veces en que no hemos saludado a alguien o no queremos hacerlo. Y para cuando, cosa muy posible, no recuerdas a la persona y ella sí te recuerda a ti. A este respecto, haré una confesión: alguna vez me encontraba en los pasillos con abogadas o abogados que me abordaban hablándome de “nuestro asunto”, sin que yo recordara de qué se trataba. Ahora es más fácil escabullirte con un “no le reconocía con la mascarilla”. Incluso puede ser cierto, además.

                Sin embargo, hay algo a lo que es difícil encontrar el lado positivo, aunque también puede tenerlo. Se trata de las limitaciones a las reuniones sociales que, desde luego, incluyen esos cafetitos que con distancia y pocas personas, no saben igual, si es que se llegan a hacer. Pero, bien mirado, también nos pueden librar de algún compromiso indeseado, aunque yo he de confesar que cada día echo más en falta la vida social, incluso para cosas que antes no valoraba. No obstante, a mi café burbuja -las cuatro compañeras que tomamos juntas el primer café de la mañana- no lo cambio por nada

                Pero, aparte de la mascarilla y de las limitaciones en distancia y número de personas, si algo ha traído consigo el coronavirus y sus consecuencias es la pantallización de muchos ámbitos de nuestras vida, desde el profesional hasta el lúdico. Ya dedicamos un estreno a las pantallas a tutiplén y, mucho antes, al teletrabajo , pero es algo que, desde luego, ha venido a quedarse, si no en todo, en buena parte. Me dice una compañera que su gran cambio laboral ha sido el teletrabajo y que “de aborrecer el expediente digital ha pasado a adorarlo”. La verdad es que es curioso que hayamos necesitado nada menos que una pandemia mundial para dar este cambio, pero bienvenido sea si es para bien. Lo bien cierto es que ha solucionado muchas cosas que no podrían hacerse con las restricciones, y que es mucho más seguro para nuestra salud y la de los nuestros. Así que, si mejoraran los medios, ya seria lo más. A ver si toma nota quien corresponda y llega el día en que podamos celebrar sin que ningún “me se escucha, me se oye” enturbie el proceso, y sin tener que pasar más rato conectando que en el acto procesal en sí mismo. Prefiero pensar que todo se andará, aunque hay que recordar que hay muchos lugares donde la digitalización sigue sin existir. Yo, sin ir más lejos, sigo llevándome los expedientes a casa en mi maletita. O maletota, vaya.

                La otra cosa que ha cambiado radicalmente son los cursos, como me apunta otra compañera. Su parte positiva es que permite realizar más formación al no tener que depender del traslado varios días y, especialmente, permite tener contacto con muchos sitios y entidades a los que no se accede en persona con tanta facilidad., como puede ser el Consejo de Europa. Pero esta es a su vez una parte negativa, porque perdemos el contacto con compañeros y compañeras que, muchas veces, son lo mejor del curso, tanto en su vertiente profesional al compartir experiencias, como en la lúdica, que tampoco hay que desdeñarla. No solo de juicios vive el jurista.

                Así que cojamos lo bueno y desprendámonos lo mas pronto que las circunstancias permitan, de todo lo negativo que nos ha obsequiado esta pandemia. Y eso sí, tengamos mucho cuidado en que no sirva de excusa para cicatearnos medios, que no es que yo sea malpensada, pero tampoco podemos ir siempre con el lirio en la mano.

                El aplauso de hoy, por su parte, es obvio. Y se lo doy a esas compañeras y compañeros que con sus comentarios han ayudado, una vez más, a que abra el telón de este escenario. Mil gracias. Espero que pronto nos podamos ver en persona, aunque hayamos aprendido que también se pueden hacer las cosas de otro modo.

Homofobia: el estanque de las tortugas


Hoy, nuestro teatro se viste de gala para estrenar un cuento, un cuento sobre amor, discriminación e injusticia. Algo que ojala fuera solo cosa del pasado

EL ESTANQUE DE LAS TORTUGAS

(Relato seleccionado en la antología «Cada vez más iguales» de Valencia escribe)

Me costó un mundo cumplir la última voluntad de mi abuela, pero tenía que hacerlo. Se lo había prometido, y maldecía el momento en que lo había hecho. Y todavía maldecía más la otra promesa que me arrancó con su último suspiro: que guardaría silencio. Así que, por más que costara no había otro remedio que proceder conforme ella quiso.

Esa era la razón de que yo me encontrara aquel domingo sola, frente a un estanque lleno de tortugas, mientras que el resto de mi familia estaban en el entierro de mi abuela. Mi madre se había enfadado tanto que temía que no volviera a dirigirme jamás la palabra. Y yo cargaba con la impotencia de no poderle explicar nada.

– Ya sé que ibas todos los domingos con la abuela a ese dichoso parque, pero ella ya no está. ¿Lo entiendes? No está. Y lo que tú tienes que hacer ahora es venirte al funeral con tu familia.

Bajé la cabeza y seguí adelante, mientas me tragaba mis lágrimas y las que le veía derramar a ella.

Nada más llegar al estanque, me vine abajo. Comencé a llorar sin consuelo, aferrada a la barandilla que rodeaba el pequeño islote de tortugas. Entonces la vi y lo entendí todo.

-Se ha ido ¿verdad?

Esas cuatro palabras fueron suficientes para darme cuenta de lo importante que fue aquella mujer para mi abuela. No tardé en reconocerla. Cada domingo, a la misma hora, coincidía con nosotras alrededor del estanque. Mi abuela y ella nunca se decían nada, nunca se tocaban, ni siquiera se acercaban la una a la otra, pero nunca faltaban a su cita. Yo creía que era casualidad, pero ese día conocí la razón

-Ella y yo nos amábamos desde jovencitas. Nuestros padres nos pillaron juntas y nos prohibieron vernos. A ella, además, la obligaron a casarse. Yo no me casé nunca. Desde entonces, nos conformamos con vernos a través de la reja que circunda el estanque, cada una a un lado, sin juntarnos nunca.

-¿Y jamás os volvisteis a tocar?

-Nunca. Ni un dedo, Mi padre dijo que nos denunciaría. Hubiéramos ido a la cárcel por invertidas, como él no se cansaba de repetirme,

-¿Y luego? ¿Cuándo ya no era delito?

-Era demasiado tarde para nosotras. Habíamos aprendido a disfrutar de las migajas que nos dio la vida, un par de horas mirándonos de lejos con unas tortugas como cómplices.

Le di el abrazo que llevaba tanto tiempo esperando. Yo no era mi abuela, pero era todo lo que le quedaba de ella. Nos quedamos abrazadas, llorando juntas en silencio, hasta que llegó la hora de volver a casa, la hora en que cada domingo mi abuela y yo emprendíamos el regreso.

Me maldije a mí misma por no haberme dado cuenta de nada, por no haberla ayudado, por no haber hecho algo que devolviera a estas dos mujeres, al menos, una mínima parte de lo que una sociedad injusta les había hurtado.

Nunca volví a verla. No supe nada de aquella mujer a la que había amado toda mi vida mi abuela hasta que, un par de meses más tarde, vi una noticia en la televisión. El cadáver de una mujer había sido encontrando flotando, sin signos de violencia, en un estanque rodeado de tortugas. No necesité más para saber que, por fin, estaban juntas.

Olvidos: ¡Andá, la mascarilla!


                El olvido y la desmemoria son temas recurrentes en el mundo del arte, sobre todo cuando va unido al dolor y melancolía que forman ingredientes esenciales de cualquier buen melodrama. La dificultad de continuar Más allá del olvido, la de tratar de pensar en El olvido que seremos o componer Los versos del olvido son algunos ejemplos, como lo es la petición de que No me olvides.

                En nuestro teatro los olvidos son tan frecuentes como en cualquier otro ámbito, aunque hay que andarse con cuidado porque los efectos pueden ser mucho más graves. Hay olvidos grandes y pequeños, importantes o intrascendentes, y hay olvidos inevitables en estos tiempos de pandemia.

                Más de una vez en estos días me he acordado del anuncio de Donuts de mi más tierna infancia, donde un niño –en blanco y negro todavía- olvidaba su almuerzo y, como quiera que regresaba a remediar el despiste, cometía uno mayor. Su frase de “Anda la cartera” ha seguido repitiéndose como paradigma del despiste, aunque, desde luego, revela la edad de quienes lo recordamos.

                Como decía, más de una vez me he sentido ahora como el niño de los Donuts cuando he salido de casa. Y es que, no sé por qué, nos olvidamos de la mascarilla, obligatoria en estos tiempos pandémicos que nos ha tocado vivir. No sé si es mi subconsciente, que quiere hacerse la ilusión de que nada de esto ha pasado, o mi esperanza, que quiere mirar a un futuro en que volvamos a vernos la cara completa. Pero, sea uno u otra, confieso que he tenido que andar alguna vez sobre mis pasos para coger la mascarilla.

                Algo así debió pasarle el otro día a un abogado, que entró en una declaración tapando su nariz y su boca con una braga de motorista que agarraba con la mano para que no se le bajara. Estoy segura que olvidó el tapabocas –como dicen, tan bonito, en Hispanoamérica-, algo que se intuía no solo por el sucedáneo que utilizaba sino por la expresión de apuro que se adivinaba en su cara.

                Y, aunque no sea exactamente un olvido, no puedo dejar de recordar al hilo de esto una anécdota que me pasó en mis primeros tiempos en la fiscalía, relacionada, precisamente, con la prenda de ropa en cuestión. Resulta que me encontré con un atestado por el robo en una gasolinera donde los acusados “cubrían su cara con bragas”. Me quedé impactada imaginando a los acusados de semejante guisa porque, por aquel entonces, yo desconocía que existieran más bragas que las que forman parte de la ropa interior femenina, y me preguntaba por qué habían elegido aquello como disfraz. El entuerto se deshizo cuando cometí la ingenuidad de preguntarle a un compañero cómo colocarían los agujeros para las piernas. Mi compañero debe estar riéndose de mí todavía, y yo aún me sonrojo solo de pensarlo. Eso sí, aquí no hay olvido que valga, nunca dejaré de recordar que existen más bragas que las de lencería.

                Por supuesto, hay olvidos más relacionados con nuestro trabajo. Yo, que el día que repartieron la cualidad del orden estaba haciendo pellas, suelo tener olvidos y despistes día sí día también, que trato de suplir con alarmas, notas y pósits que a mí misma me cuestan de entender . Sin ir más lejos, confieso que tengo un grupo de whatsapp conmigo misma donde me digo todas las cosas pendientes, pero aún así he llegado a ir a coger un tren un día antes del curso que iba a hacer, o he olvidado la hora en que salía y he llegado por los pelos al siguiente, como me ocurrió para la celebración de las bodas de plata de mi promoción de fiscales.

                También me sucede de vez en cuando con juicios y carpetillas, y aunque nunca ha llegado la sangre al río, el mal rato no me lo quita nadie. Recuerdo una vez que pasé una hora entera sentada en la sala de vistas, indignada porque no había llegado ni jueza, ni letrados ni partes. Indignada, llamé al juzgado para pedir explicaciones y aún están carcajeándose con la fiscal que llegó con un día de antelación a sala. Si eso no es puntualidad, ya me dirán qué es.

                Otro de los olvidos horribles es el de las carpetillas, nuestro instrumento para conocer los pormenores del juicio al que vamos, que muchas veces no hemos calificado ni instruido.  Sabiendo eso, no es difícil imaginar cómo se queda una al saber que se ha olvidado la carpetilla en casa, en el coche, o donde sea. O que a ha confundido con otra. Y, aunque siempre se encuentra una solución –volver a por ella, mirar los autos in situ o pedir un receso, el mal trago no nos lo quita nadie.

                Supongo que, mutatis mutandi –toma latinajo- lo mismo se podría decir de las carpetas donde los letrados y letradas llevan sus copias o del expediente que maneja Su Señoría. Aunque en su caso no suele darse la circunstancia tan habitual en los fiscales de no haber visto ese asunto hasta la fase de juicio, salvo casos como sustituciones entre compañeros o la llegada a un nuevo juzgado con asuntos antiguos. Quien se haya visto en este caso seguro que sabe de lo que estoy hablando.

                Otro de los útiles cuyo olvido es relativamente frecuente es la toga, pero hoy ya no tiene trascendencia. Entre las muchas cosas que se ha llevado el coronavirus por delante está la obligatoriedad de la toga en estrados. Ahora la uniformidad y solemnidad del negro se ha visto sustituida por una variedad de colores que a veces hasta se agradece, porque, como le dijo una vez a su madre la hija de una compañera, hay quien se pregunta por qué hemos de ir vestidos de cucarachas. Sea como sea, ya dedicamos a la toga epi un estreno, así que ahí lo dejo.

                Y ahora solo queda el aplauso, que de eso no me olvido. Y lo daré esta vez a todas aquellas personas que, como yo, sufren con sus despistes. Al final, todo tiene remedio .Aunque siempre queda el bochorno, claro

Y hablando de olvidos, casi se me olvida citar la fuente de la viñeta de Idígoras y Pachi exclusiva de jupsin’. https://jupsin.com/la-vineta/vuelta-al-cole-del-donut-a-la-mascarilla-y-el-gel/… Gracias por traducir a imágenes nuestros pensamientos

Onlainismo: pantallas a tutiplen


                En el mundo del espectáculo están acostumbrados desde hace más de un siglo a la utilización de pantallas. Sin ellas, el cine no hubiera nacido y no podríamos disfrutar de ese grandioso invento de Los hermanos Lumiere. Pero las ciencias adelantan que es un barbaridad, como dice la canción, y la tecnología que en su día convirtió el cine mudo en sonoro, que lo hizo panorámico o en 3 D también forma parte del contenido de las películas. Y se queda obsoleto tan rápido como en la vida real. Así, lo que era tecnología punta en Tienes un email o El diario de Bridget Jones, el correo electrónico, ha pasado a quedarse limitado al ámbito formal para dar paso a WhatsApp, redes sociales o cualquier otro modo de mensajería que también acabará pasando de moda. La red que dio lugar a la película de ese nombre nada tiene que ver con la de hoy. Deprisa, deprisa.

                En nuestro teatro, la digitalización siempre lleva retraso respecto del resto del mundo, ya lo hemos dicho en varios estrenos y mucho me temo que seguiremos teniendo que decirlo. Pero si algo ha traído consigo la pandemia y el confinamiento que supuso y supone en uno u otro grado es la activación de la vida digital. Teletrabajo , webinars y todo tipo de actividades on line sustituyen al presencialismo de toda la vida. A la fuerza ahorcan.

                Como tantas otras cosas, cuando empezó el confinamiento, pensamos que saldríamos cambiados. Creímos que, además de ser mejores personas por fin entraríamos en la modernidad, especialmente en Justicia. No sé como pudimos tener tanta ingenuidad. Ni mejores personas, ni una Justicia más eficiente. Parches, parches y más parches, como siempre. Y chapuzas y chapucillas de todos los modelos. Y es que no se podía sacar de donde no había, por más que se pusiera buena voluntad.

                Es cierto que con las obligadas restricciones a la movilidad, aprendimos que si se hacen determinadas cosas a través de videoconferencia, no implosiona el mundo ni se cae la balanza de la justicia sobre nuestras cabezas. Por fin nos hemos dado cuenta de que no hacen falta cortinajes de terciopelo y togas para hacer justicia. Eso sí, fieles a nuestro peculiar estilo, parece que siempre se escoge el sistema informático más complejo y menos intuitivo, y que el “se me escucha, se me oye” va a seguir siendo un clásico. Ya hablé de muchas de esas covinécdotas cuando tuvieron su propio estreno.

                La cuestión es que hemos vuelto exactamente al sitio donde nos encontrábamos, con alguna excepción. Seguimos llevándonos el trabajo  a casa en nuestras maletas y maletines, por más que lo llamen teletrabajo porque queda mejor, allá donde no había digitalización. Y allá donde la había, tienen exactamente los mismos problemas que antes de la llegada del virus. Y es que no hay virus que pueda con las vetustas costumbres de Toguilandia, ni vacuna que las prevenga.

                Pero hablaba de una excepción, y esa son los webinars -¿o las webinars?-. una palabreja que antes nadie conocía y ahora es el pan nuestro de cada día. O, mejor dicho, la pantalla nuestra de cada día. Se hacen para todo, formación, talleres de todo tipo, presentaciones de libro o tutoriales de maquillaje, yoga o macramé. El formato es sufrido y admite todo. Pero quienes no acabaremos admitiendo todo somos quienes las presenciamos, porque o se cuida el sistema o satura. Y ya andamos cortos de paciencia como para saturarnos más.

                La formación on line ha acabado siendo un sistema barato que amenaza con quedarse. En nuestro caso, adiós licencias de estudios porque podemos hacer el curso cuando acabemos de trabajar en casita, en el rato dedicado a nuestro ocio o a la conciliación, y a coste cero. Y eso no era exactamente lo que se pretendía. Pero parece que va a ser la tónica general. Lo que no sé es si no acabará decayendo el interés.

                No obstante, hay formaciones on line fantásticas. Se trata de adaptarse al sistema, y acoplarse a sus ventajas y dejar sus inconvenientes. Y me parece que por ahí flojeamos si no se plantea una adaptación completa. Que algo se haga por medio de un ordenador no significa formación on line, sino que necesita un plus de interacción y de atracción que va más allá de una ponencia tras otra leída o contada. O al menos eso creo, y no soy la única.

                Hemos de tener presente que no todas las cosas admiten el formato digital, que hay situaciones que, circunstancias mediante, no pueden dejar de tener su componente de ser realizadas en vivo y en directo, o pierden mucho. Yo confieso que el testimonio de una víctima por videoconferencia pierde mucho, y en los matices está a veces la diferencia entre una absolución y una condena. Si, además, esa declaración es con mascarilla y acompañada de las acostumbradas deficiencias técnicas, la cosa empeora y se vuelve casi imposible si a todo eso le sumamos la asistencia de intérprete . Quien lo haya experimentado sabrá de lo que hablo.

                Además ese tipo de declaraciones teleconferenciadas dan lugar a situaciones hilarantes cuando, como si del juego del teléfono escacharrado se tratara, entendemos una cosa por otra. Ser docente no es lo mismo que ser inocente o llamarse Vicente. Ni ser insolvente e insolente son la misma cosa aunque suenen parecidas.

                Así que ánimo. Aguantaremos carros y carretas digitales mientras no nos quede otro remedio pero habrá que recuperar algunas cosas cuando sea posible. No todo cabe en la pantalla de un ordenador.

                Mientras tanto, daremos un aplauso digital a Toguilandia entera. Porque de vez en cuando tenemos que animarnos,

Taquicardia: corazones desbocados


         ¿Quién no conoce la sensación de tener el corazón a punto de salírsele por la boca, o de reventarle en el pecho? Es algo tan conocido que no podía ser ajeno al mundo del cine, y un título paradigmático así lo atestigua: todo el mundo se ha sentido alguna vez como Esas mujeres al borde del ataque de nervios de Almodóvar. No son las únicas, claro. También hay quien se siente Con el corazón en la boca, o se va Donde el corazón de te lleve, pero los Nervios ahí están, A flor de piel.

         En nuestro teatro, los nervios son fieles visitantes, tanto que ahí están casi siempre, aunque no los veamos. Y, junto a ellos, para redondear el asunto, la taquicardia, ese modo de latir el corazón de modo desbocado que anticipa un acontecimiento importante. Y es que para el justiciable “lo suyo” siempre es importante.

         Pero no solo nuestro público sufre esa taquicardia de la que hablaba, como antesala al momento en que se conoce una decisión. También quienes somos intérpretes fijos en Toguilandia hemos sufrido de ese mal. Y, aunque parezca mentira, lo seguimos sufriendo. Más aun en este tiempo en que la incertidumbre es lo más cierto que hay.

         Los momentos al borde del ataque de nervios llegan pronto. Mucho antes de que nos hayamos puesto la toga por vez primera, llegan los exámenes de la facultad, con su reparto de notas que, como toda evaluación que se tercie, nos tiene expectantes hasta que conocemos el resultado.

Pero si hay un momento en que el corazón se acerca tanto a la boca que aún no sé cómo no han encontrado más de uno por los suelos, es durante el desarrollo de la oposición, Conocer el resultado de cada prueba, saber que se van superando -o no- etapas y que al final se obtiene la plaza es algo difícilmente explicable para quien no lo haya experimentado. Aunque ya lo he contado alguna vez, no puedo evitar rememorar lo que ocurrió a uno de mis compañeros en el examen oral en el Tribunal Supremo. Yo estaba allí y me dejaron para el siguiente día, pero él si se examinó, y, cuando esperaba el resultado tras la deliberación, vio cómo el agente judicial salía con el veredicto -el papel que fijaban al tablón- y decía “ningún aprobado hoy”. El se marchó cabizbajo, desde luego, sin saber que mientras tanto yo comprobaba que lo que el agente judicial dijo no era cierto. El sí había aprobado, y tuve que recorrerme los pasillos del Tribunal Supremo para decírselo. Por supuesto, aquello forjó una amistad para toda la vida, además de la relación de compañeros de una profesión que me llegaría a mí al día siguiente.

         No obstante, el pellizco llegaba para quedarse. Y confieso que hay muchas ocasiones en que me siento igual, por mucho que haya pasado el tiempo. Una de ellas es el momento en que una espera el veredicto del jurado, sobre todo después de algún caso especialmente difícil. Cuando, ya sentada en mi sitio, espero a que el portavoz del tribunal del jurado lea su veredicto, los golpes que me da el corazón son tan fuertes que creo que van a oírlos desde el otro lado de estrados. Y la verdad es que nunca lo he preguntado, que igual es así. Nunca se sabe.

         Por supuesto, ese es un caso especial, pero en general la llegada de cualquier resolución sobre un tema en el que se ha estado trabajando, produce un efecto similar. Más aún cuando se trata de la resolución de un recurso que hemos interpuesto. Imagino que jueces y juezas también sentirán algo parecido cuando la Sala, el Tribunal Constitucional o quien quiera que sea, se dispone a confirmar o revocar. Son gajes del oficio, pero gajes que a veces nos ponen al borde del síncope. O del simposium, como me dijo una señora, que en su declaración testifical decía que lo que presenció fue tan terrible que casi le da un simposium. Y casi nos da otro a quienes lo escuchamos, hay que reconocerlo.

         Ahora, la dichosa pandemia nos ha puesto de nuevo en el disparadero de tener el corazón desbocada a cada poco. O a mí, al menos. He de reconocer que cada comparecencia del Presidente del Gobierno, del Ministro de Sanidad, del Presidente de la Comunidad Autónoma o de quien quiera que nos informe, me tiene en un ay hasta que suelta la bomba. Así hemos escuchado esas cosas que creímos que no escucharíamos nunca , como declaración de estado de alarma o confinamiento. Y ojala no tuviéramos que volver a oírlo, pero mucho me temo que nos quedan muchos telediarios a sufrir.

         Aunque, como juristas, nada como el cambio de una ley o las declaraciones del Ministro de Justicia de turno. Eso sí que es vivir al límite y lo demás son tonterías. Ya me gustaría ver a mí a Van Damme o a Schwarzanegger -aunque a mí me gusta más llamarlo Sobresagüer, como la madre de un amiga mía- en una de estas. Y es que, como Rambo, no sentimos las piernas. Ni los brazos, ni la cabeza, ni nada de nada.

         Espero poder cerrar el telón de la función de hoy sin otro sobresalto, que no damos para sustos. Mientras tanto, daré el aplauso a todas aquellas personas que llevan estas cosas con sosiego, y dan calma a quienes lo necesitamos, Habría que clonarlas y repartirlas por el mundo.

Discapacidad: distintas capacidades


         Mucho se ha hablado de las diferentes maneras de llamar a esas personas especiales a las que ya dedicamos un estreno.  Parece que discapacidad es el término que parece más empleado en Derecho, y, como alguien me sugirió hace tiempo, lo acepto siempre que se entienda como distintas capacidades, con las que se pueden conseguir cosas asombrosas. El cine nos lo mostró en su día con Campeones y ahora con Especiales y a estas personas me gustaría dedicar mi post de hoy, un relato incluido en el libro Cada Vez Más Iguales, de Valencia Escribe

EL JURADO

¡Maldita sea la hora en que acepté ser jurado! No sé en qué narices estaría pensando para decir que sí tan alegremente.

No dejaba de repetírmelo una vez y otra mientras, al otro lado de la pared, el conflicto seguía enquistado.

Me dijeron que iba a ser sencillo. No tenía más que leer cada uno de los relatos y puntuarlo como me pareciera. La dueña de la editorial, amiga de mi amiga Mara -que el diablo la confunda- me metió en el lío y me explicó que mi papel era hacer de contrapeso, que había un escritor atormentado al que todo le parecía mal y una escritora de novelas románticas a la que todos le daban pena y les otorgaba buena puntuación. Yo no tendría que hacer nada más que aportar sentido común.

En ello estábamos cuando recibimos la llamada de Mara. En la editorial se habían enterado de que una de las participantes era una chica con síndrome de Down, y estaría bien que miráramos su relato con especial cariño. Se me llevaron los demonios, y por más de un motivo. Nada en la plica que presentaban debería indicar un dato así de la autora, y mucho menos debería influir en nosotros. Solo insinuarlo era un insulto.

Aún había más. Aunque ganara aquella chica, no tenía por qué hacerse pública otra cosa que su nombre, y nadie tendría por qué saber que tenía síndrome de Down. Salvo, claro está, que apareciera algún oportuno periodista acompañado de una cámara no menos oportuna a la recogida de un premio que nunca había sido objeto de más atención mediática que, con suerte, una reseña de cuatro líneas al final de algún suplemento cultural.

Cuando recibimos la llamada, me temí lo peor. Pensé que íbamos a enfrascarnos en una discusión eterna, que a la escritora romántica le daría pena y al escritor atormentado le daría rabia y a mí me tocaría hacer una mediación imposible. Los subestimé. Ambos se indignaron con la editorial por siquiera insinuarlo y dijeron que abandonarían el jurado si les obligaban a tomar una decisión así. Y yo me quedé sin nada acerca de lo que mediar. No podía estar más de acuerdo.

Le comunicamos a la amiga de Mara -el diablo la siga confundiendo- nuestra decisión inapelable. Ni siquiera queríamos saber cuál era el título del relato de aquella chica para impedir que afectara nuestra decisión.

Después de oír unos cuantos gritos al otro lado de la pared y de una tensa conversación con la representante de la editorial, decidieron que seguiríamos y que sería con nuestras condiciones.

Así fue, y reconozco que los lazos con mis compañeros de tarea se estrecharon con un vínculo que ha perdurado después de aquello. No tardamos gran cosa en ponernos de acuerdo. Cuando recogió el veredicto, la amiga de Mara -que el diablo la haya confundido para siempre- evitó mirarnos a la cara.

Yo tenía claro que nunca más me llamarían de la editorial cuando vi en la pantalla de mi móvil el número de la oficina. Me invitaban a la entrega de premios que se celebraría en un par de semanas.

Acudí, y compartí palco con mis amigos, el escritor atormentado y la escritora romántica. No era la primera vez que nos veíamos desde que fuimos jurado. Ahora quedábamos todos los miércoles a tomarnos unas cañas.

Cuando llegó el momento de desvelar quién había ganado, miré alrededor de la sala. Ni un periodista ni una cámara en varios kilómetros a la redonda. Y, la verdad, fue una lástima, De haber estado allí hubieran hecho un fantástico reportaje sobre la ganadora, una joven con síndrome de Down, que se había alzado con el galardón con un relato titulado “El jurado”.

Haters: odiadores en red


         Aunque no siempre se reconoce, todo el mundo ha sentido odio alguna vez. Odiar es humano, al igual que querer. Y tanto uno como otro sentimiento están presentes en la mayoría de películas, aunque en algunas El odio es el protagonista absoluto. Ya dice el refrán, y el título de una película que Del odio al amor no hay más que un paso, y buena prueba de ello la tenemos en filmes como La guerra de los Rose, el paradigma de una ruptura dramática. Aunque la lista, desde luego, podría ser tan larga como quisiéramos.

 En nuestro teatro, el odio tiene su propia sede. Los delitos de odio, que ya tuvieron su estreno, cada día son más visibles. Pero no es oro todo lo que reluce. Como he dicho más de una vez, ni todo el odio es delito de odio, y no es necesario que exista un odio tal como lo conocemos para cometer ese delito.

Me explico. En el caso de un hombre que asesine al amante de su mujer porque ha descubierto la infidelidad, puede hacerlo porque le odia mucho, incluso pude gritarlo a los cuatro vientos, pero no es delito de odio. Tampoco lo sería en el caso inverso, esto es, que la mujer acabara con la vida de la amante de su pareja, por más que lo odiara. Para que no se diga que siempre voy a los mismos ejemplos.

Por su parte, para cometer un delito de incitación al odio no es necesario odiar a una persona concreta, ni siquiera dirigir los insultos a alguien determinado, pero sí arrojar esa semilla de difusión propia del llamado discurso de odio.

Precisamente, era del discurso de odio de lo que iba a hablar hoy, al hilo del anuncio de una proposición no de ley para que las redes sociales eliminen los mensajes de odio. Algo que, confieso, por más que tenga la mejor intención, me pone los pelos como escarpias, porque no sé que legitimidad tiene una red social para calificar lo que incita al odio o no. Y ya sé que no se habla de delitos de odio, sino de incitación al odio. Precisamente, ahí está el problema. Si se tratara de delitos, está claro quién debe calificarlo de tal. –juez y fiscal, dentro de sus respectivas competencias- y cómo actuar al respecto, que para eso está el procedimiento, por más mejorable que sea.

El verdadero conflicto viene cuando hablamos de esas otras expresiones por las que no se sigue un procedimiento judicial, la de esos seres enmascarados en el anonimato virtual que escupen su odio y su repugnancia un día sí y otro también, algo de lo que más de un tuitero y tuitera –incluida esta toguitaconada- sufrimos a diario. Ya dedicamos en su día otro estreno a los trolls pero los haters –u odiadores, que no suena tan in– son sus primos hermanos. O, más bien, sus primos de Zumosol.

Reconozco que hay que armarse de paciencia para soportar el acoso cibernético de quien torpedea, malinterpreta y da la vuelta a cualquier mensaje, algo de lo que el feminismo sabe un rato. Cualquier excusa es buena para vomitar el odio. Por ejemplo, el atentado yihadista en una Iglesia de Francia o la noticia de que se condena a un taxista por no dejar entrar en su vehículo al perro guía de un ciego. De lo primero tienen la culpa, como no. las feminazis, y de lo segundo se hace burla solo porque una feminazi lo comparta. Y, de paso, pues le digo unas cuantas cosas sobre su físico, su profesionalidad o cualquier otra cosa, que no nos falte de na. Os invito a dar una vuelta por mi perfil de twitter para comprobarlo

La verdad es que algunos de estos haters no hacen sino dar mucho más valor al odiado u odiada del que en realidad tiene. Cuando te culpan de las decisiones del gobierno, de las del Poder Judicial o de las de la Fiscalía en pleno, no hacen sino creerte capaz de ejercer una influencia tal que pueda cambiar esas decisiones.

Pero hasta ahí llega la cosa. Hemos de recordar que la libertad de expresión no solo es un bien precioso sino que es uno de los pilares de nuestras democracias. Como se cree que dijo Voltaire -aunque no está claro-, «estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirtlo»

Limitar un derecho fundamental solo es posible cuando se vulneran los derechos fundamentales de otras personas, y eso ocurre cuando se comete el delito de odio, pero no cuando se dirige un mensaje que manifiesta odio, que de eso vemos todos los días y aviada estaría si tuviera que perseguirlos. Y los delitos, repito, los califican fiscales y los juzgan jueces y juezas.

¿Quiere esto decir que la red social, o el medio de comunicación donde se viertan no pueda hacer nada? Por supuesto que sí, puede hacerlo pero con unos límites muy claros, los que se aceptan en el contrato que, aunque no lo sepamos, firmamos al acceder a la red social y, sin duda, los que dispongan los juzgados si adoptan medidas cautelares. Pero de ahí a que una ley convierta a la red social en policía hay mucho camino. Y mucho peligro.

Lo mejor es poner en práctica el viejo refrán de que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. Y recordar eso de Ladran luego cabalgamos que, aunque se le suele atribuir a Quijote, pertenece a unos versos de Goethe que no aparecen en la obra cervantina.

Por todo eso el aplauso es para todas las personas que comprenden una cosa tan sencilla como que para el discurso del odio hay una vacuna. Se llama respeto y está disponible desde hace mucho tiempo al módico precio de 0 euros, solo hay que administrarla.

Una vez más, la ovación extra es para mi ilustradora de cabecera @madebycarol , cuya obra es tan fantástica que hay quien se arroga el derecho de copiarla sin pedirle permiso, cosa que no se puede permitir, por supuesto, con odio o sin él