25 N: Como Dios manda


Para conmemorar el Día para la erradicación de las Violencias contra las mujeres, este escenario abre el telón con un estreno especial, un cuento que fue seleccionado y publicado en la antología de Valencia Escribe “Cada Vez Más Iguales”

Ojala no hubiera que escribir más cuentos como este, o solo fueran cosa del pasado

COMO DIOS MANDA

-¿Puedo, madre? ¿Puedo?

– Mientras no se entere padre y no descuides tus obligaciones, haz lo que te venga en gana. Pero yo no quiero saber nada. ¿Está claro?

         Se fue a su cuarto dando saltos de alegría. Al final convenció a su madre, aunque le costó mucho. Pero mereció la pena. A partir de ese momento, podría ponerse en marcha para cumplir su sueño.

          Quería ser maestra. Le encantaba estudiar, y enseñar lo que había estudiado y, era, además, el modo perfecto de esquivar el futuro que le esperaba, ese futuro que habían diseñado para ella.

          Sus padres eran granjeros, como lo era casi el pueblo entero. No tenían más idea en la cabeza que la de que su hija les ayudara con las faenas de la casa hasta que la casaran con un buen hombre, y que el chico se hiciera cargo de la granja. Era una pena que el destino se hubiera burlado de ellos y les hubiera caído en suerte una chica lista y organizada y un chico que era un zoquete que pasaba las horas entre la calle y la taberna. Confiaban en que con el tiempo sentarían la cabeza aunque, si era difícil en el caso de él, en el de ella lo era todavía más. Pocas niñas sentían tan poca inclinación por las cosas de la casa.

         Fue la maestra del pueblo la que le dio la idea en el mismo momento en que sus padres decidieron que abandonara la escuela. Ella la prepararía en su casa para ser maestra. Era inteligente y aplicada y conseguiría sacarse el título, estaba segura.

          No se equivocó y, una vez consiguió el permiso de su madre –o que, al menos, hiciera la vista gorda- se aplicó como nunca había visto la maestra aplicarse a nadie.

          Cumplió su sueño. Pocos años después de aquella conversación con su madre, firmaba su contrato. Sería la maestra del pueblo vecino. Tendría su trabajo, su sueldo y su casa propia y, aunque las condiciones eran entre injustas y ridículas, las asumió con alegría. ¿Qué más le daba a ella llevar doble enagua, no andar con varones, no teñirse el pelo ni vestir de colores brillantes, ni toda esa sarta de tontadas? Era libre.

            Su padre, sin embargo, sintió que se la habían ido las cosas de madre. Cuando la niña se plantó con la maleta en una mano y el título en la otra, gritó que había dejado de ser su hija. Pero fue la madre quien pagó la osadía de su hija. Le dio tal paliza que casi no lo cuenta, aunque no le importó demasiado. Unos cuantos huesos rotos eran un precio asumible a cambio de la libertad de su hija.

            El no pensaba igual. Le avergonzaba que la niña anduviera por ahí como una cualquiera en vez de estar en la granja como Dios manda. Además, le vendría muy bien casarla con el panadero, que había enviudado. Así lograría un dinerito extra para salvar el desastre a que le habían llevado las deudas de su hijo.

            Cuando llegó aquel inspector y le pidió que le mostrara las instalaciones, ella no sospechó nada. Pero la sangre se le heló en las venas cuando vio lo que había en su cajón. No dudó ni un instante cómo había llegado hasta allí.

             La barra de labios que encontraron en su pupitre fue suficiente para su despido fulminante como maestra. Su contrato, fechado en el año 1923, le prohibía, entre otras muchas cosas, maquillarse. Era el fin.

             Regresó a casa de sus padres con la cabeza alta, pero no les miró a la cara. Su madre solo pudo pedirle perdón con una mirada triste de su ojo sano. Descubrió el plan cuando él recibió en paquete postal la barra de carmín, pero no pudo impedir que lo ejecutara.

               Apenas llevaba un día de vuelta cuando su padre la encontró en la cama con el cuchillo de la matanza clavado en el abdomen. A su alrededor, un charco de sangre tan roja como el carmín con el que se había pintado los labios por primera y última vez en su vida.

              Su venganza no acabó ahí. Su padre hubo de soportar un entierro clandestino fuera del cementerio, con el reproche y las lágrimas de su esposa como única compañía.

              Tuvo en su muerte la libertad que le negaron en su vida.  Las suicidas no pueden tener un sepelio como Dios manda.

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