Homofobia: el estanque de las tortugas


Hoy, nuestro teatro se viste de gala para estrenar un cuento, un cuento sobre amor, discriminación e injusticia. Algo que ojala fuera solo cosa del pasado

EL ESTANQUE DE LAS TORTUGAS

(Relato seleccionado en la antología “Cada vez más iguales” de Valencia escribe)

Me costó un mundo cumplir la última voluntad de mi abuela, pero tenía que hacerlo. Se lo había prometido, y maldecía el momento en que lo había hecho. Y todavía maldecía más la otra promesa que me arrancó con su último suspiro: que guardaría silencio. Así que, por más que costara no había otro remedio que proceder conforme ella quiso.

Esa era la razón de que yo me encontrara aquel domingo sola, frente a un estanque lleno de tortugas, mientras que el resto de mi familia estaban en el entierro de mi abuela. Mi madre se había enfadado tanto que temía que no volviera a dirigirme jamás la palabra. Y yo cargaba con la impotencia de no poderle explicar nada.

– Ya sé que ibas todos los domingos con la abuela a ese dichoso parque, pero ella ya no está. ¿Lo entiendes? No está. Y lo que tú tienes que hacer ahora es venirte al funeral con tu familia.

Bajé la cabeza y seguí adelante, mientas me tragaba mis lágrimas y las que le veía derramar a ella.

Nada más llegar al estanque, me vine abajo. Comencé a llorar sin consuelo, aferrada a la barandilla que rodeaba el pequeño islote de tortugas. Entonces la vi y lo entendí todo.

-Se ha ido ¿verdad?

Esas cuatro palabras fueron suficientes para darme cuenta de lo importante que fue aquella mujer para mi abuela. No tardé en reconocerla. Cada domingo, a la misma hora, coincidía con nosotras alrededor del estanque. Mi abuela y ella nunca se decían nada, nunca se tocaban, ni siquiera se acercaban la una a la otra, pero nunca faltaban a su cita. Yo creía que era casualidad, pero ese día conocí la razón

-Ella y yo nos amábamos desde jovencitas. Nuestros padres nos pillaron juntas y nos prohibieron vernos. A ella, además, la obligaron a casarse. Yo no me casé nunca. Desde entonces, nos conformamos con vernos a través de la reja que circunda el estanque, cada una a un lado, sin juntarnos nunca.

-¿Y jamás os volvisteis a tocar?

-Nunca. Ni un dedo, Mi padre dijo que nos denunciaría. Hubiéramos ido a la cárcel por invertidas, como él no se cansaba de repetirme,

-¿Y luego? ¿Cuándo ya no era delito?

-Era demasiado tarde para nosotras. Habíamos aprendido a disfrutar de las migajas que nos dio la vida, un par de horas mirándonos de lejos con unas tortugas como cómplices.

Le di el abrazo que llevaba tanto tiempo esperando. Yo no era mi abuela, pero era todo lo que le quedaba de ella. Nos quedamos abrazadas, llorando juntas en silencio, hasta que llegó la hora de volver a casa, la hora en que cada domingo mi abuela y yo emprendíamos el regreso.

Me maldije a mí misma por no haberme dado cuenta de nada, por no haberla ayudado, por no haber hecho algo que devolviera a estas dos mujeres, al menos, una mínima parte de lo que una sociedad injusta les había hurtado.

Nunca volví a verla. No supe nada de aquella mujer a la que había amado toda mi vida mi abuela hasta que, un par de meses más tarde, vi una noticia en la televisión. El cadáver de una mujer había sido encontrando flotando, sin signos de violencia, en un estanque rodeado de tortugas. No necesité más para saber que, por fin, estaban juntas.

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