Distopias: el futuro ya está aquí


 

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El Diccionario de la Real Academia define “distopía” como “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. La verdad es que es un término rotundo y a su significado, en todo o en parte, se han acercado muchas obras de teatro y cine. Una de las más recientes en su adaptación a las pantallas, El cuento de la criada, ha dado y sigue dando mucho de que hablar, pero ya desde hace mucho incluso el cine más comercial abordaba el tema en películas como la inolvidable El planeta de los simios, con todas sus secuelas y remakes de diverso valor pero nunca a su altura.

Hay que reconocer que nuestro teatro, más que de futuro, es de pasado. Y muy remoto, dicho sea de paso. Llegamos con el pie cambiado a todas las novedades. O mejor sería decir que con la reforma cambiada y la tecnología caducada. Se ha convertido en casi un sello de nuestra denominación de origen, de esos que tanto nos gusta gastar, con sus tampones y su tinta que te mancha los deditos que pareces una cría con la pintura de dedos. Aunque, eso sí, ahora, con tanto lavado de manos y tanto guante eso no va a ser problema. Quien no se conforma, es porque no quiere. Para que luego digan que me quejo de todo.

La verdad es que el panorama que se nos viene encima en Toguilandia no sé si es exactamente una distopía, un futuro imperfecto o un “te lo dije” en toda regla. Lo que no cabe duda es que es un marrón de proporciones cósmicas. Y estratosféricas, galácticas y siderales que, salvo que nos reencarnemos en Luke Skylwalker, Han Solo o la Princesa Leia según los gustos, no sé si llegamos. Lo de los robots ni me lo planteo que ya sabemos que nuestro punto débil ha sido siempre la tecnología.

Pues bien, si me dice alguien hace apenas tres meses que íbamos a encontrarnos nuestras sedes de esta guisa, lo hubiera mandado directito a la fiscalía de personas con discapacidad en busca de la resolución oportuna para regir su persona y bienes, como manda nuestro Código Civil. O a un tratamiento de deshabituación de lo que quiera que tomara. Y sin embargo, aquí estoy viendo las novedades en Toguilandia y no sé si reir o llorar. Porque por necesarias que sean, no dejan de resultar inquietantes.

Siempre he manifestado mi animadversión con la señora del anuncio, que viajaba al futuro y no tenía más ocurrencia que traernos una botella de lejía. Sin embargo, ahora me he dado cuenta que he de rehabilitar al publicista, que resultó ser un visionario. La señora traía la botella de lejía porque se ha convertido en uno de los bienes que más cotizan. Y la señora, en vez de machista como he creído siempre, era una filántropa. Aunque bien mirado, ni la futurología se libra del machismo, que al fin y al cabo la de la lejía era una mujer. Igual hay un remake del anuncio con un tipo que trae del futuro mascarillas y pantallas protectoras. Nunca se sabe.

El caso es que el aspecto que tiene Toguilandia es, como decía, inquietante. Lo primero, es que demuestra que nos aprovecharon los capítulos de Barrio Sésamo, y sabemos indicar perfectamente delante, detrás, izquierda y derecha. Porque los suelos y las paredes se han llenado de flechitas que nos indican por donde y en qué sentido circular. Y, aunque me hubiera gustado más un holograma de Coco que lo explicara, no nos podemos quejar. Todo sea por impedir el contacto físico en la medida de lo posible.

El mismo fin ha guiado a la señalización de asientos de la cinta aislante roja y blanca cuyos fabricantes deben estar dando saltos de alegría. Por fin sirve para más cosas que para acotar la zona del delito o para precintar locales..Ahora nos indican las butacas en las que nos debemos sentar para que nuestro trasero no esté pegado a ningún otro. Ni al cuerpo que lo acompañe, claro.

Por otro lado, han empezado a aparecer a diestro y siniestro esas cajitas que antes solo veíamos en los cuartos de baño públicos: los dispensadores de jabón. Eso sí, ahora reconvertidos en dispensadores de gel hidroalcohólico, el top ten de la temporada. Ríanse ustedes de las ginebras premium para hacer el gin tonic más esplendoroso, que el líquido más valorado ahora es este. Como no podía ser de otro modo. Aunque, apostillo, no sé yo lo de las marcas blancas porque hay alguno que te dejan las manos más untuosas que si hubieras amasado mantequilla.

Aunque mejor eso que los guantes, Siempre pensé que el refrán que dice lo de que el gato con guantes no caza ratones era una bobada, Ahora veo que en esto también me equivocaba. Fiscalita con guantes no sabe pasar las hojas. Paciencia, desde luego, Aunque no estaría de más que alguien nos aclarara si los guantes son recomendables o no porque he leído de todo sobre ellos y su falsa seguridad. Incómodos, desde luego, son un rato.

Pero esto no es todo. Hay otros adminículos que se han vuelto indispensables, como las fundas del micro, que nos van a quedar plastificadas como las alcachofas de los periodistas de la tele y que, según leo, advierten que nos llevemos de casa, especialmente letradas y letrados. Yo voy a hacer acopio, no vaya a pasarme luego como con el papel higiénico o la levadura.

Aunque, para mí, lo peor es la necesaria existencia de mamparas y sucedáneos como esos plastificados cutres con papel film o hasta restos de bolsas Circulaba por redes una imagen de magistrados formando sala cada uno dentro de una especie de cabina de plástico transparente. Y, aunque en principio me pareció exagerado, ahora no tanto. Visto que están haciendo test a los jueces y juezas -y solo a ellos- tendrán que estar así para que nadie les toque o no servirán de nada tan solidaria medida. Como dice un compañero, es como matar a un regimiento con dos tiros -mira que nos gusta el lenguaje bélico- Y tiene toda la razón.

Seguiremos viviendo cosas y acoplándonos a ellas de la mejor manera posible. O de la menos mala, nunca se sabe. Mientras tanto, el aplauso lo daré a quienes con su sentido del humor hacen esto más llevadero. Empezando por @imorel72, autor del tuit que ilustra este estreno. Mil gracias.

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