Trincheras: togas de camuflaje


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En el teatro, como en la vida, no todo el mundo puede ser una estrella. De hecho, siempre hay más tropa que generales, más indios que jefes. Tal vez por eso sea tan común en cine bélico, desde los principios de la gran pantalla. Y siempre, o casi siempre, fijándose más en el soldado que en el general, en las trincheras que en los despachos de los estrategas. Por eso había que Salvar a soldado Ryan a cualquier precio, por eso nos desesperamos ante Johny cogió su fusil, ante Pearl Harbor y sus múltiples historias, o reímos con el día a día de las trincheras de Mash. Porque las trincheras siempre están llenas aunque la fama se la lleven los generales.

En nuestro teatro también hay trincheras. Y muy bien pobladas, por cierto. Da fe de ello cada día mi querida compañera @escar_gm que desde su cuenta de twitter nos cuenta cada día un pedacito de #LaVidaEnLasTrincheras entre togas, tacones, mocasines y códigos. Y coche, mucho coche. Algo que ya contaba en un artículo  y que sigue retransmitiendo día a día, con la naturalidad  de quien, como nosotras, no es otra cosa que parte de un servicio público y esencial, la Justicia.

Las trincheras de la Justicia son variadas, movibles, y están pobladas por gran número de habitantes. Con más o menos años de antigüedad, que no se trata, como algunos puedan creer, de los recién llegados. Tras veinticinco años, sigo trabajando en las trincheras y no me importa mojarme las rodillas. Y lo que te rondaré, morena.

Mucha gente piensa en jueces o en fiscales y pinta en su mente la imagen de cortinajes de terciopelo rojo, collares con medallas, solemnidad, lejanía…y hasta un puntito casposo que a veces responde a la realidad y otra no tanto. Piensa en intrigas palaciegas, en luchas de poder, en llamadas casi de Teléfono Rojo, órdenes de superiores y conjuras varias. Craso error. Puede que la cara visible para los medios de comunicación sea la del Tribunal Supremo y su prosopopeya del día de la apertura del año judicial, de los discursos, de los juicios mediáticos y la de los nombramientos conflictivos. Pero la mayoría de nosotros y de nosotras vivimos a años luz de esas cosas.

Cuando una es fiscal, y, sobre todo, cuando es una fiscal joven como mi compañera Escarlata, pasa gran parte de su vida con la toga a cuestas. Aunque la gente lo crea, y por eso se queje sin conocer la realidad, no somos parte del personal de ningún juzgado. La mayoría de fiscales despachan más de un juzgado de instrucción, o mixto. Y, aun quienes tenemos la fortuna de que los años y las canas nos hayan premiado con un destino algo más cómodo territorialmente hablandoo, además del trabajo del o los juzgados al que estamos adscritas, hacemos nuestras tandas de juicios en Juzgados de lo Penal y en Sala. Total, que en una semana nos podemos merendar entre treinta y cuarenta juicios sin despeinarnos. Y juro que no exagero. Echemos cuentas: entre juicios por delitos leves, juicios civiles, juicios en los juzgados de lo Penal, en la Sala, y juicios rápidos en la guardia hay semanas que aún me quedo corta. Ya he dicho alguna vez que mi récord está en 33 juicios celebrados –celebrados, no suspendidos ni aplazados- en una sola mañana. Algo a tener en cuenta para quienes se empeñan en seguir tildaándonos de los señoritos de la Justicia. Porque confieso que, muchas veces, me identifico más con Gracita Morales que con aquel a quien ella llamaba “el señoriiiito” con su inigualable voz atiplada.

Para hacer todos esos juicios, hay que llegar a la sede, aunque parezca una obviedad propia de un episodio de Dora la Exploradora. Pero juro que hay fiscales que viajan para eso más que el baúl de la Piquer. Y en eso somos colegas de Abogados y procuradores –y abogadas y procuradoras, claro está- que también andan de Herodes a Pilatos con una descuadre de horas importante y tratando de hacer el encaje de bolillos que no llevan sus togas para llegar a tiempo. Puñetas son, de uno u otro modo.

También los jueces tienen sus trincheras, aunque más serían la retaguardia. Ahí permanecen, como los LAJs, en su sede –salvo sustituciones forzosas en virtud de la supresión de los sustitutos- viéndonos desfilar uno tras otro, un juicio tras otro…y llevándose como deberes para casa una sentencia tras otra. Nosotros los deberes los hicimos antes, a la hora de calificar la causa o de preparar el juicio. Y es que nuestra profe imaginaria, la señorita Justicia, nos pone distinta tarea. Y, aunque sabe que no tenemos suficientes medios para hacerla, no le queda otra que resignarse y jurar que reclamará al director del cole que nos traiga bolis y gomas, lápiz y papel –o su versión moderna, ordenadores que funciones con programas que funcionen-. Pero ni caso le hacen a la pobre. Ni puñetero caso, sea dicho en el más literal de los sentidos.

Por supuesto, de una parte y de otra, de retagardia y trincheras, tenemos que recibir los disparos desde primera línea. Las quejas del justiciable por una tardanza de la que casi nunca tenemos culpa, las demandas de reforma de una ley que no están en nuestras manos, o las consecuencias de imponderables contra los que no podemos hacer nada, como que se queme todo un juzgado con sus expedientes.

Y sí, tenemos otra vida. Y hasta familias, se crea o no. Aun recuerdo mecer a mi hija mayor con una mano al tiempo que sostenía un expediente con la otra. Seguro que a más de una compañera, y de algún compañero, les suena la canción. Esa conciliación  que sigue siendo una asignatura pendiente y poca pinta tiene de que lleguemos a aprobarla alguna vez

Y, aunque también tenemos vacaciones, en nuestro caso son una estafa. Porque los expedientes se acumulan mientras vacacionamos.  Pocas depresiones post-vacacionales hay tan profundas como la de quien llega con las pilas cargadas y se le descargan como la batería de un viejo móvil a la vista del montón de expedientes que está esperando en su despacho, que dejó limpito y reluciente, como si lo hubiera lavado la mismísima chica de la lejía que vino del futuro solo para eso y lo hubiera comprobado el inaguantable mayordomo que hace la prueba del algodón.

Pero, pese a todo, he de decir que vale la pena. Que dedicarse a lo que le gusta a una es un privilegio, y poder hacer algo cada día por los demás lo es aún más. Y que, si quienes nos mandan se encargaran de que lo hiciéramos en unas condiciones dignas y con medios suficientes, ya sería la bomba. Pero tal vez eso sea pedir demasiado. Aunque ya se sabe, contra el vicio de pedir…la virtud de no dar. Algo que aplican a pies juntillas los máximos responsables de nuestro teatro.

Así que hoy, como no podía ser de otra manera, el aplauso para todos los trincheristas del derecho, para quienes cada día visten su toga de camuflaje y se enfrentan a lo que venga con ganas y, si es posible, con una sonrisa. Y, en especial, para mi compañera Escarlata, cuyo chute de ánimo por #LaVidaEnLasTrincheras ha inspirado este estreno. Gracias por esa inyección de ilusión y ganas.

 

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