Curriculum: la carrera de la vida


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Me dice San Google que “currículum vitae” significa “carrera de la vida” –eso era fácil a poco que una haya estudiado latín en el Bachiller- y que se empezó a utilizar en la antigua Roma por contraposición a “curriculum honoris”, que hacía referencia a la carrera profesional. Curioso dato, teniendo en cuenta que hoy en día que ese curriculum, -o cv, como se conoce generalmente- hace casi siempre referencia a la carrera profesional o la vida laboral, y no a esa vida genérica a la que parecían aludir los romanos. Pero, sea como sea, en el mundo del espectáculo, como en tantos, es imprescindible presentar ese papelito donde se hace referencia a títulos, a dónde se obtuvieron, a experiencia profesional y a otras muchas cosas. Algo así como la historia personal de cada cual, de la que puede depender mucho. La biografía es tan importante que ha dado lugar a un subgénero propio, el biopic, lleno de ejemplos, que van desde La pasión de Juana de Arco a El hombre elefante, desde la agresiva El lobo de Wall Street a la hilarante La vida de Bryan, pasando por El Gran Gatsby, Patton, Ghandi, Malcom X, El último Emperador y muchas más.

En nuestro teatro, el currículum importa, aunque no  tanto como en otros sitios, y no, desde luego en el sentido tradicional. Dependiendo de a cuál de los lados de estrados nos coloquemos, la cosa es diferente.

Para quienes accedemos a Toguilandia por oposición –Jueces, Fiscales, Lajs, forense o funcionarios-, lo del currículum es relativo. La oposición  es libre y presidida, en principio, por una transparencia absoluta aunque de vez en cuando caigan nubarrones como ya comentamos en un estreno  no hace mucho. Nadie nos pide la más mínima referencia a nuestra historia anterior, más allá de acreditar estar en posesión del título de Derecho  –que, por quien no lo sepa, cuesta normalmente cuatro o cinco años, a pesar de las noticias de que hay quien hace nada se lo sacó en poco más de cinco minutos-. Más adelante, para concursar a destinos con lengua cooficial , hay que acreditar el conocimiento de tal lengua para adelantar unos pasitos en el escalafón, aunque este, de momento, sea un requisito aun no regulado para fiscales –sí para jueces, Lajs y funcionarios-. Y, aparte de eso, poco más hemos de aportar para los destinos de trinchera, salvo algunos casos de especialización en algunas jurisdicciones  para miembros de la judicatura – como Social, Contencioso, Mercantil, Menores- o para plazas en determinadas secciones para fiscales –como Menores o Violencia de Género-

Cuando la plaza a la que se aspira es  de algo más que trincherista, la cosa empieza a cambiar. Se ha de presentar el currículum y decidir, teóricamente, por los principios de mérito y capacidad tal como dice la Constitución, pero ahí hay mucha tela que cortar. La falta de un baremo de méritos hace que presentemos las cosas como buenamente sabemos, con el convencimiento, por desgracia, de que hay otros factores que influirán en esa decisión. No abriré ese melón de momento, aunque no descarto hacerlo algún día. Basta decir aquí que en esos currículums no reglados una se encuentra las cosas más pintorescas. Recuerdo el de un aspirante a Fiscal Jefe que incluía entre su méritos el haber sido pregonero de las fiestas de su pueblo, algo que me parece estupendo  y despierta mis simpatías –a folklórica no me gana nadie- pero que no aporta mucho a sus cualidades para el desempeño de la jefatura. Por cierto, el pueblo en cuestión ni siquiera pertenecía a la provincia ni la Comunidad Autónoma a la que aspiraba, cosas de la vida. y juro que me quedo con la duda de si incluir el cursillo de natación que hice de niña, la catequesis de la Primera Comunión o un lacito verde por buen comportamiento que me dieron en el parvulario.

Si hablamos de otros lados de estrados, la cosa puede cambiar. No cabe ninguna duda que para entrar en un  despacho de abogados de los de campanillas o en una empresa importante es preciso tener un currículum lo más abultado posible. Con conocimiento de idomas que, a ser posible, vaya más allá de pedir un relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor. Y por supuesto con cursos, cursitos y cursillos y cómo no, con uno varios másters de postín. Que ya sabemos que el plan Bolonia ha traído consigo, entre otras cosas, una remasterización en toda regla. En sentido literal.

Y ahí la cosa empieza a ponerse resbaladiza. Podemos salir del ámbito de Toguilandia y encontrarnos con las cosas que nos encontramos últimamente. Aunque, a decir verdad, no se trata de salir de Toguilandia sino de acceder por otra puerta de entrada, la que usan quienes no llevan togas ni puñetas e interpretan otros papeles en nuestro teatro. Sin ánimo de hacer spoiler jurídico -o lo que es lo mismo, respetando los asuntos que están subiudice-, no deja de ser penoso que el modo de obtener determinadas titulaciones de las que se hace gala sea, cuanto menos, poco ortodoxo. Que visto lo visto, no descarto levantarme de la cama cualquier día y encontrarme que, sin saberlo ni ir ni siquiera a clase, me ha sacado un flamante máster en física cuántica o en técnica de macramé grado avanzado. Nuca se sabe, aunque, por si acaso, si algo así me ocurre, me abstendré de incluirlo en mi currículum ni de colgarlo en las paredes de mi despacho.

Lo que realmente me apena es pensar cómo se deben sentir las personas que, con un enorme esfuerzo en tiempo y en dinero, se encuentran con que otros logran lo mismo sin ese esfuerzo. Y no solo eso, sino que esas cosas devalúan los títulos y a las entidades que los expiden . Lo que se viene conociendo comúnmente por pagar justos por pecadores.

Por eso hoy, sin duda, el aplauso irá a dedicado a quienes invierten su tiempo en formarse y no solo en presumir de haberse formado. Que, aunque pueda parecerlo, no es lo mismo.

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