Equívocos: la toga me confunde


zapatos de colores diferentes

Los errores, equivocaciones o simples despistes son parte de la vida. Los artistas, sin ir más lejos, tienen fama de despistados, con eso de que las musas consumen su tiempo y su espacio, y tan pronto pueden confundir el día de un estreno como a quién le habían concedido una entrevista. Una suerte para los agentes, por cierto, siempre que puedan permitírselos. Y también los propios errores protagonizan algunas obras,que hasta Dios comete errores, como le pasó el El cielo puede esperar o El cielo se equivocó.

Nuestro teatro, como todos los ámbitos, no escapa a errores o despistes. Y, aunque no trabajemos en el espectáculo, algunas, como esta humilde toguitaconada, somos tan despistadas como la más pintiparada estrella. Que no se diga. Eso sí, sin agente para que me lleve la agenda, a veces pasa lo que pasa. Y en más de un aprieto me he visto por culpa de ese despiste que me acompaña. Con y sin toga, con y sin tacones.

No sé si a alguien más le ha pasado, pero más de una vez he confundido el día de juicios, y me he visto en algún que otro aprieto. Por exceso o por defecto. En alguna ocasión he permanecido sentadita, con la toga puesta y los tacones colocados, en una sala de vistas viendo como pasaba el tiempo sin que nadie apareciera. Y, cuando empezaba a acordarme de toda la parentela de juez, personal del juzgado y demás, me he empezado a extrañar de que tampoco hubiera letradas ni letrados, ni testigos ni un triste acusado con que saciar mi hambre de fiscalita. Y claro, lo que no había era juicios. Que eran al día siguiente, y yo tan puesta. También en otro caso acudía a una reunión importante, AVE mediante, con maletita y todo, y no me dí cuenta de que había confundido la fecha hasta que en la propia estación me dijeron que aquel billete era para el día siguiente. Mea culpa.

Pero si esto se zanja asumiendo con deportividad el ridículo, cuando es por defecto es otro cantar. Pocas sensaciones más angustiosas que la de darme cuenta en el último momento que los juicios que creía que eran para el día siguiente se celebraban ya mismo. Y yo con estos pelos. Qué angustia tener que mirar las carpetillas a correprisa y aprovechando los huecos entre juicio y juicio, implorando a la suerte una conformidad o una suspensión para poder ganar tiempo para mirar el resto de causas. Por fortuna, nunca me ha pasado con un asunto de envergadura, pero a Dios pongo por testigo que no hay Lexatin que aplaque la ansiedad de esos momentos.

No obstante, mi despiste más sonado tuvo lugar el día en que me paseé por los seis juzgados del partido al que estaba adscrita, con mi toga y mis tacones…cada uno de un modelo. Unas cuantas horas con un zapato tipo mocasín marrón de ante y el otro modelo salón azul marino con puntera verde. Y sin percatarme. Y sin que me dijeran nada los fiscales en prácticas que me acompañaban. Cuando, ya de vuelta, me di cuenta, quise que la tierra se abriera bajo mis tacones y se me tragara.

Aunque no siempre la culpa va a ser mía. Y por imponderables del destino, todos los habitantes de Toguilandia en general, y los fiscales en particular, nos hemos encontrado con situaciones pintorescas, error mediante. Llegar a un juicio con la carpetilla confundida, sin saberlo, y sentirse incomprendida como los protagonistas de Encuentros en la tercera fase, al descubrir que todo el mundo hablaba de una alcoholemia cuando yo me había preparado un juicio por estafa. Y salir del trance como se puede. Como se sale cuando, sin saber por qué, hay una confusión en el testigo y cuando esperábamos a Matilde, aparece un señor con bigote, al que, disimulando, una pregunta “Y usted, ¿qué sabe de los hechos?”, con la esperanza de que nos aclare algo. Que seguro que más de uno y una que me lea se ha visto en estos berenjenales y ha sudado la gota gorda para salir con dignidad, y sin perjudicar a nadie.

Otras veces, los errores no son tales, aunque lo parezcan. Alguna vez he contado que un señor acudió indignado cuando le llamaron como “el actor” para aclararnos que no era actor, sino albañil, faltaría más. Pero no es el único caso. En uN  supuesto semejante, llamada a comparecer la actora, nos reconvino amablemente “se dice actriz, oiga”. Y no quisimos contradecirla, claro está.

Pero, como dice el refrán, el que tiene boca se equivoca. Por eso el aplauso es para quien tiene recursos para salir de esos errores con bien. Y los usa, claro. Aunque sude tinta china en el intento.

 

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