Vehículos: en marcha


Troncomóvil

¿Qué sería de nuestra vida sin medios de transporte? ¿Y qué sería del teatro y el cine sin ellos, tanto dentro como fuera del escenario? Llegar a la alfombra roja en una flamante limusina o en un desvencijado Opel Corsa dice mucho de quien va a hacer su arribada, desde luego. Y hay películas que no serían nada sin una escena antológica con vehículo, como el inolvidable taxi en el que subían las Mujeres al borde de un ataque de nervios de Almodóvar, la cuádriga de Ben Hur o el coche de caballos en el que Escarlata huía de Lo que el viento se llevó. Y hasta a veces, es el propio vehículo el protagonista, como el simpático Chity Chity Bang Bang, o sus herederos de Cars, el autobús de Speed o el superheroico Kit, El coche fantástico, pasando por los inefables Autos Locos y sus no menos locos conductores, o los complementos del coche de El Inspector Gadget, que tantas veces hemos deseado tener en medio de un atasco. Y eso por no hablar de barcos, como el Titanic, aviones, como el Concorde, trenes como el Orient Exprés, globos como el de La vuelta al mundo en ochenta días y hasta submarinos, como en 20.000 leguas de viaje submarino

En nuestro teatro, como en el de verdad, los medios de transporte tienen su propio protagonismo dentro y fuera del escenario. Aunque hay que reconocer que estamos más cerca del Opel Corsa desvencijado –ojo, sin desmerecer a este modelo, que es que habitualmente conduce esta toguitaconada, en un bonito tono rosa, eso sí- que de la flamante limusina. Lejos de alcanzar velocidades supersónicas. Seguro que no sorprende a nadie.

Hubo una época que los vehículos ocupaban mucho espacio en los atestados. Eso de coger un coche, hacerle el puente y llevárselo para cometer fechorías o simplemente para fardar con los compinches e irse de fiestuqui hasta que el depósito se agotaba, estaba a la orden del día. De esa época recuerdo la cara que se le quedaba al detenido de turno cuando le informaban que estaba imputado de un presunto delito de utilización ilegítima de vehículo de motor ajeno. “¿Mandeeeee?, que yo no hice nada de eso, si yo solo lo cogí para dar una vuelta”, me contestó uno, haciendo evidente el divorcio entre el lenguaje jurídico y el de la calle. Pero en cualquier caso, mucho más fino ese nombre que el de “hurto de uso”, que no solo no me gusta nada en la forma sino tampoco en el fondo, cuando hay que darle la vuelta y decir que se remite a las penas del robo pese a no serlo, o explicar aquello de que si hay fuerza en las cosas para llevárselo o para usarlo, si el ánimo es de lucro o de usarlo y todas esas exquisiteces jurídicas que a veces son tan difíciles de comprender tanto a víctima como a autor. Hoy, sin embrago, ese tipo de delitos han pasado al museo de incunables delictivos, junto con el inefable robo de radiocassette previo uso de una bujía para romper el cristal. Qué tiempos aquellos. Hoy se lleva más lo de apropiarse de vehículos de lujo para revenderlos en cualquier ignoto país para desesperación de su atribulado propietario. Ya nadie quiere aquellos utilitarios que tanto molaban a los manguis de otros tiempos y que hoy causan hasta ternura.

Como objeto o instrumento del delito, hoy los coches nos aparecen en los delitos de tráfico de drogas o en otros como un componente meramente económico, pero la cosa ya no tiene ese componente kirsch, desde luego. O como instrumento de venganza o de odio cuando se rajan las ruedas o se rompe el retrovisor de alguien, que esto sí sigue siendo un delito atemporal. Con lo que molaba el coche con el que Torrente apatrullaba la ciudad, o la época en que hasta se cantaba sobre lo difícil que es hacer el amor en un Simca 1000 o sobre una novia que había dejado al chico por otro con un Ford Fiesta a rayas y un jersey amarillo.

Pero los vehículos no solo son protagonistas de nuestras funciones. También prestan su genuina función de medios de transporte  con los que quienes vestimos toga llegamos al lugar donde debemos usarla. Ya comenté en otro estreno que, a diferencia de los jueces y LAJ, que tienen su sede estática, la nuestra, como la de quienes ejercen abogacía y procuradoría, es dinámica. Viajamos con la toga a cuestas como el baúl de la Piquer, en los medios que tienen a bien darnos o de los que nos autoabastecemos. Que cada día son menos, por cierto. Atrás quedaron los tiempos en que había coches oficiales a cascoporro –yo no llegué más que a dos conductores que nos repartíamos por rigurosa lista- y a un coche de la guardia que también había que compartir. Hoy, ni eso. De hecho hace poco, un día en que la inundación de las instalaciones de los Juzgados de guardia dejó sin luz el edificio y a mí sin poder acceder al garaje donde me esperaba mi querido y modesto cochecito, le pedí a la Juez de guardia permiso para que el vehículo de la guardia me llevara a mi casa, a apenas 10 minutos de mi casa, porque dada la lluvia torrencial que caía y lo avanzado de la hora no había un taxi en 100 km a la redonda. Y me dijo que nones, a pesar de la penica que daba verme calada hasta los tacones y lo que te mojaré morena. Y menos mal que un funcionario generoso se abalanzó con agilidad felina sobre un taxi que encontró media hora después en lontananza, porque si no estaría todavía curándome la neumonía y no habría ni toga ni tacones que valga.

A esto ya sé que quienes me leeis estaréis pensando en que esto es una venganza toguitaconada en toda regla. Y sí, no lo niego, que se ve que voy olvidando todo eso del perdón y de la otra mejilla que se esforzaban en enseñarme las madres Teresianas en su día. Pero que conste en acta que no es un ataque a Sus Señorias en general, con quienes tengo muy buenas relaciones, sino a una señoria en particular. Y un agradecimiento al funcionario que fue mi Indiana Jones particular y me salvó de El diluvio que viene y de irme directamente a Urgencias o a Hospital Central.

Eso sí, que quede claro que, a pesar de lo que muchos suponen, y hasta afirman, nadie nos pone un coche para ir a trabajar, ni nos pagan un taxi, que más de una vez he leído u oído eso de que “el señorito del fiscal, que le tiene que traer o llevar a casa”. Aprovecho para recordar que los fiscales no tenemos nuestra sede ni nuestro puesto de trabajo en ningún juzgado sino en fiscalía, que la mayoría despachan más de un juzgado y que nos tenemos que trasladar a muchos kilómetros como buenamente podemos y cuando nos llaman. A veces, de varios sitios a la vez. Dicho quede o de lo contrario mi fiscalita interior – y los y las compis que me leen- no me lo perdonarían.

En cualquier caso, es curioso que nuestras leyes aún siguen ancladas en los tiempos, no del Simca 1000, sino de la diligencia. De hecho, hasta 2015, la LECrim seguía distinguiendo en la regulación de los juicios de faltas en función de los kilómetros que separaban de la sede del juzgado el tiempo para las citaciones y comparencias. Y con ese tipo de leyes seguimos.

Por eso hoy el aplauso es para quienes nos convertimos en verdaderos Correcaminos de la justicia, corriendo para que el Coyote de la imprevisión y la falta de medios no nos pille. Volando voy…

 

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Un pensamiento en “Vehículos: en marcha

  1. Pingback: Toguipropiedad: mío, mío y mío | Con mi toga y mis tacones

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