Desplazamientos: toga en ristre


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Pocas cosas hay más propias del mundo de la farándula que los bolos. Las galas de verano, las giras por distintas ciudades o por distintos países son la esencia del mundo del artisteo. Por eso, ha pasado a formar parte del acervo popular eso de viajar más que el baúl de la Piquer, por referencia a la tonadillera valenciana de hace ya unos cuantos años.

Y nosotros también llevamos nuestros buenos bolos a las espaldas. O al menos, algunos de los intérpretes de nuestro teatro. Porque la verdad es que jueces y secretarios Judiciales –en nada, Letrados de la Administración de Justicia- se desplazan poco. Tienen su juzgado, su partido judicial y, salvo algunos destinos concretos, se mueven poco. Lo hacen, eso si, para determinadas diligencias, como una reconstrucción de hechos, un levantamiento de cadáver o visitas a centros penitenciarios para práctica de diligencias, o para inspección de residencias, los que asumen esta función. También lo hacen los que llevan Juzgados de Vigilancia penitenciaria o Juzgados de Menores, para visitar los centros propios de su jurisdicción. Pero más allá de éstos, no son quienes más galas tienen en nuestro espectáculo. Cosas de la programación que en nuestro caso, se llama Ley orgánica del poder Judicial.

Quienes sí salimos con frecuencia somos los fiscales. Para nosotros, sí que vale el dicho del baúl de la Piquer, sobre todo los más jóvenes, que es bien sabido que, salvo excepciones, el nivel de escalafón es inversamente proporcional al número de salidas y la distancia de éstas de la respectiva sede. Cuanto menos veterano es uno, más galas le salen. Algo así como esos artistas que hacían las Américas para luego poder instalarse cómodamente en España. Y es que, como la distribución del Ministerio Fiscal tiende a centralizarse en una sede, aunque ya queden lejos los tiempos en que todos estaban en las fiscalías provinciales merced a la creación de Fiscalías de Area y Secciones territoriales, no queda otra que desplazarse para hacer las labores de guardia, los extintos juicios de faltas –hoy levitos-, los juicios civiles, o los juicios rápidos del octavo día o del día que toque. Con la toga a cuestas, con el chófer cuando lo había, el taxi concertado si el presupuesto llega, el trasporte público o el vehículo propio, según se pueda. Recuerdo la cantidad de kilómetros que recorrí en mi primer destino, con mi propio coche, como si fuera el Herbie de Chity Chity Bang Bang, y con mi propia angustia, dado que mi sentido de la orientación es el mismo que el de un gato de escayola, y entonces, lo del GPS no cabía ni en el más disparatado de los sueños. Sabía, eso sí, el día que había mercado en uno u otro pueblo y, dado que en uno de ellos coincidía con el día de los juicios de faltas, conseguía llegar siguiendo a las señoras que llevaban carrito de la compra, y que la policía nos hiciera un hueco al lado del camión que descargaba lechugas. Incluso en ocasiones nos regalaban alguna, y aun me río de la cara de pasmo del que nos las regalaba ante mi negativa obstinada a recibirla, no fuera a considerarse cohecho. Y no me iba a jugar mi puesto, que me había costado tanto esfuerzo, por una lechuga, por fresca y estupenda que estuviera.

Pero no somos los únicos que viajan. Los médicos forenses también tienen que hacerlo, que desde que dejaron de estar de adscritos a un juzgado y pasaron a integrarse en los Institutos de Medicina Legal, han pasado a tener una situación parecida a la nuestra.

Y, por supuesto, los abogados, y también los procuradores, cuando les toca. Que no es raro verles correr como alma que lleva el diablo porque tienen señalamientos distintos en pueblos con una distancia kilométrica importante. Y llega un punto en que empiezan a mirar el reloj como si se tratara de la lámpara de Aladino.  Porque cualquier retraso en un juicio o diligencia, desmonta ellas piezas de lego de su programación y desbarata el castillo. Y ahí están, haciendo encaje de bolillos para llegar de un sitio a otro. Recuerdo una vez, no hace mucho, en que la Letrada llegó con una brecha en la cabeza, directa del hospital donde le habían dado puntos entre juicio y juicio en diversos lugares de la provincia, porque con las prisas ella solita se había abierto la crisma con la puerta de su coche. Por suerte, no pasó del susto y aun bromeamos sobre ello.

Así hoy sí que sí. Vaya el aplauso para todos los que toga en ristre, se recorren a toda prisa la geografía española para que se pueda hacer justicia. Que no siempre es fácil. Que ya dijo el poeta eso de “Con tropemil juicios por banda, toga en ristre a toda vela..”. ¿O no era así’

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2 pensamientos en “Desplazamientos: toga en ristre

  1. Pingback: Bolos: plumas y togas | Con mi toga y mis tacones

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