Bolos: plumas y togas


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Ya lo he dicho muchas veces. Las giras, también llamadas bolos, son parte inseparable de la vida del artista. Se estrene una obra, salga un disco al mercado o se presente un libro, toca hacer maletas y andar de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de país en país, tratando de promocionar lo que se trate. En la más pura tradición del umbralismo, hablando de su libro.
También nosotros hacemos nuestros bolos, que no se diga. Algunas veces más de andar por casa, que no es lo mismo estrenar en Matalasperas del Copete que en el mismísimo Broadway, y los bolos quedan reducidos a esos desplazamientos que nos llevan de punta a punta de la provincia En Busca del juicio perdido. Otras, con el más puro glamur hollywoodiense, cuando nos invitan a dar una charla, ponencia o seminario, y nos tratan tan bien que una piensa por un momento en eso de Ha nacido una estrella. Pero en esos casos la sensación dura poco, y la vuelta a la realidad de las trincheras convierte el regreso en un remedo de Aterriza como puedas. Es lo que tiene.
Pero sí es cierto que, de vez en cuando, alguien nos llama y hasta valora nuestros conocimientos o nuestra experiencia –o ambas cosas- Y, por un instante, se le quita a una esa sensación de desánimo que cada día nos invade más, cuando vemos cómo por más que gritemos que no tenemos medios, que no podemos hacer nuestro trabajo y que con estas leyes no podemos seguir, quienes tienen que escucharlo sufren una sordera mayor que las protagonistas de Hijos de un dios menor y la de El milagro de Anna Sullivan juntas.
Por suerte o por desgracia, nuestros estrenos son sin boa y sin plumas. Aunque no estaría mal bajar las escaleras del juzgado recibiendo a los encausados al más puro estilo Lina Morgan cantando eso de Gracias por venir. Pero no caerá esa breva. Nosotros somos gente seria y como tales nos hemos de comportar. O tal vez no, que quizás convendría quitar algo de caspa a nuestro oficio, aunque sin llegar a esos extremos de vedetismo, que una cosa es llevar toga y tacones y otra emular a Norma Duval en el Follies Bergere.
Así que, con nuestras plumas imaginarias, tan pronto vamos al colegio o al instituto de nuestros hijos –o los hijos de un amigo-a hablarles de nuestro trabajo o de una parte de él que les interese, como cruzamos el charco –alguna vez que otra- y participamos en un seminario internacional. Y, aunque no lo parezca, también es parte de nuestro oficio de servidores de la justicia, aunque haya quien lo cuestione. Aunque no todas las ocasiones son iguales, claro. Y entre el altruísmo y el interés crematístico hay un montón de estadios intermedios.
Trabajar de fiscal –o de abogado, juez, LAJ, procurador o lo que sea- no es algo que se ciña al momento en que una lleva la toga y los tacones. Yo también me siento cumpliendo con mi compromiso con la justicia cuando doy una charla a los jóvenes sobre violencia de género, o cuando hablo con alguien de justicia, y hasta cuando me muevo en redes sociales reclamando medios o cuando escribo este blog. Y soy fiscal, pero también soy madre, hija, lectora, aficionada a la danza o fallera, por poner un ejemplo, no vayamos a creernos que somos Napoleón Togaaparte. Pero creo que también estoy trabajando de fiscal cuando me dirijo a otros contando las alegrías, miserias y necesidades de mi oficio, y cuando trato fe explicarles que estamos a su disposición, porque somos un servicio público. Si nos dejan, claro, que como está el patio no nos lo ponen fácil.
Así que ahí estamos. Y ahí seguimos. Trabajando porque se haga justicia desde la sala de vistas o la guardia o desde los despachos, pero también desde las aulas o desde las mesas de conferencias, o desde donde se ponga a tiro. Con toga y tacones o con marabú. Y hasta con tutú llegado el caso.
Por eso el aplauso hoy es para los que sacrifican parte de su tiempo por servir al ciudadano más allá de los límites del juzgado. Porque a veces es preciso bajarse de estrados para tener contacto con la realidad. Y hacerlo mejor cuando volvamos a subir a ellos. Que la toga se acopla mejor si una la airea de vez en cuando.

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