#NuestrosMayores : El balcón


balcon sombras

El balcón

-Venga, hija, que ya es hora. Hemos de salir al balcón a aplaudir.

-Ya voy, ya voy

Le seguí la corriente aunque, en realidad, yo no era su hija. Yo soy su nieta pero mi abuela me trata como si yo fuera mi madre. Y la verdad es que, aunque me parezco un poco, es difícil que alguien nos confunda Salvo que, claro está, a ese alguien le pase como a mi abuela.

Cada tarde pasaba lo mismo. Mi abuela me llamaba y me instaba a salir a toda prisa al balcón y a pasarnos un buen rato aplaudiendo. Y yo lo hacía, porque sabía que le hacía feliz

-Hija, hay que ver qué sosos son los vecinos. Ya nadie sale a aplaudir al personal sanitario, con lo que se lo merecen.

-Ya ves…

-Como se entere tu abuela, se va a llevar un disgusto enorme. No le digas que no salió nadie ¿eh?

-No te preocupes, será nuestro secreto.

Cuando me hablaba de mi abuela, en realidad se refería a su madre, mi bisabuela.

Era jefa del servicio de neumología del hospital más grande de nuestra ciudad, y uno de los mayores del país. Yo no llegué a conocerla, pero todo el mundo hablaba maravillas de ella. Según dijeron, su actuación fue muy importante para acabar con la pandemia que asoló nuestro país en el año 2020.

A mí la verdad es que eso de una pandemia me suena muy raro. No me puedo imaginar que una enfermedad pare de cuajo nuestro estilo de vida, pero parece ser que fue así. Aunque igual es que mi abuela exagera. A la pobre parece que se le paró el reloj de su vida en aquella época. Aunque no me extraña, con lo que tuvo que pasar

Hace ya treinta años, pero ella sigue viviendo aquella época, cuando todavía, pese a todo, era feliz. Ella fue de las primeras médicas contagiadas por el Covid 19, aquel terrible virus que tanto daño hizo. No obstante, sus síntomas fueron leves y solo tuvo que quedarse en casa mientras su marido continuaba luchando contra la pandemia en primera línea.

Ella pasó a engrosar las filas de los millones de españoles que cada tarde salían a aplaudir al personal sanitario, pensando en él con cada aplauso.

Cuando le dijeron que él no solo estaba contagiado, sino que su estado era grave, solo deseaba tener a su madre cerca para que le consolara, como cuando era niña. La echaba tanto en falta que su mente se negó a admitir que ya hacía días que había muerto en la residencia de ancianos donde vivía, al igual que la mayoría de residentes.

El día que él murió tampoco quiso creerlo. Pensaban que era un mecanismo de defensa de su mente para soportar todo aquello, pero era algo más. El mal de Alzheimer que había llevado a su madre a la residencia no quiso marcharse y se instaló para siempre en la cabeza de la hija, de mi abuela. Y aunque ahora hay posibilidad de prevenir su avance, entonces no la había.

Por eso salgo cada día con ella al balcón. A este balcón donde se paró el tiempo un día de abril de 2020.

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